La política no toma nota

Podemos resumir, de una manera extrema, que la aspiración más compartida de todas las gestiones públicas es procurar un período más o menos extenso de crecimiento económico asociado al progreso social. Acerca de esto hay un consenso amplio.

Claro que las disonancias comienzan apenas avanzamos en la definición de qué es exactamente crecimiento y qué progreso y, fundamentalmente, cuáles son los límites que le pone el uno al otro y como se obtienen ambos.

El crecimiento económico requiere de una aplicación creciente de capital a los procesos productivos y de una intensidad mayúscula en el trabajo. Con la misma cantidad de capital y la misma cantidad de trabajo, el crecimiento será sólo marginal y dependiente de las mejoras en la organización. Todo crecimiento requiere de incrementos de capital y de incrementos de trabajo. Pero también de mejoras en la organización.

Por ejemplo el boom de los países del sudeste asiático de hace unas décadas se debió más a la aplicación de grandes cantidad de  recursos de capital y de masivas migraciones rurales de mano de obra a las zonas industriales, que a mejoras en la organización, término con el que aludimos a la “productividad”.  También la expansión argentina del fines del XIX y principios del XX se debió fundamentalmente a la masiva incorporación de inmigrantes, fuerza de trabajo, y de capital, más que a incrementos de la calidad organizativa o productividad.

La armonía del progreso económico exige que los tres factores – capital, trabajo y “organización” (que la usamos como comodín por productividad) – estén presentes. Sin el pari passu de todos ellos la “eficiencia” del proceso declina.

Justamente el progreso social puede ahora ser asociado al concepto de crecimiento económico: lo que califica a la “organización” es justamente el avance social colectivo. ¿Qué ponemos allí? Pues bien, la educación y la formación continúa, estándares de la calidad de vida en términos de infraestructura colectiva, vivienda, salud; esparcimiento; normas sociales y administración de seguridad y justicia, por citar algunas. Ellas son proveedoras de “organización” a la estructura productiva.

Generalmente se habla de “clima de negocios” como condición para el proceso inversor. Es un concepto relevante. Pero hay un “clima social” – que tiene que ver con la demanda de progreso continuo – que es previo y principal para la eficiencia de cualquier sistema económico. De lo que se desprende que el “progreso social” es una condición necesaria para la continuidad del “crecimiento económico”. Es indudable que el crecimiento económico es fundamento del progreso social; pero el crecimiento económico por sí mismo no lo produce y, es más, librado a su espontaneidad, lo retrasa.

Con lo que si el lector ha seguido el razonamiento surge con bastante claridad que hay procesos de crecimiento económico que pueden verse trabados como consecuencia de los daños que su espontaneidad habría de producir sobre el progreso social.

Parece un juego de palabras pero no lo es. No hay crecimiento económico estable sin progreso social continuo; y claramente no puede haber progreso social estable sin crecimiento económico continuo.

El corolario de esta afirmación es que la continuidad de ambos procesos es justamente la garantía de su estabilidad o de su no “marcha atrás”. Los procesos de crecimiento económico se han visto interrumpidos muchas veces a consecuencia de la criticidad de las situaciones sociales generadas. Y a su vez las interrupciones del crecimiento económico han generado situaciones sociales de extrema complejidad.

Como dijimos al principio hay consenso acerca del crecimiento económico y el progreso social. Pero no lo hay tan acendrado acerca del necesario pari passu. Por ejemplo, durante la convertibilidad se apostó al “crecimiento económico” (que ni siquiera se logró) sin atender al desempleo y a la pobreza crecientes, sobre la base de que se habría de producir un derrame de la riqueza acumulada como consecuencia inevitable de que toda copa al final se llena. No hubo derrame; no hubo crecimiento, y hubo un enorme costo y desborde social.

También han existido períodos en los que se ha procurado el “progreso social” sin tener en cuenta las bases materiales del crecimiento económico. Esos intentos terminaron, “urbi et orbi”, mal en el sentido de una profunda desaceleración de la economía que finalmente concluyó en crisis social.

No es fácil avanzar sobre una sola pierna. Y el echo de que una se adelante intensamente, mientras la otra permanece atrás, arriesga más un desgarro que una marcha acelerada. De eso se trata: la política, y aquí llegamos al tema,  tiene como propósito central armonizar esa marcha. Asegurarse todo el progreso social posible en el marco del crecimiento económico necesario. Sin progreso social el crecimiento económico finalmente se detiene y sin crecimiento económico el progreso social se convierte en una quimera.

Para ponerlo en términos prácticos, la gestión pública necesita de un responsable del crecimiento económico, un responsable del progreso social y de un responsable de la armonía de la marcha de los dos.

¿Cuáles son las condiciones que deben cumplirse para que el crecimiento económico sea posible?: que el aprovechamiento del potencial disponible sea el máximo posible y que el desgaste de los equipos o del stock (en el caso de las reservas de recursos) sea compensado a la medida del uso; y que el proceso de incremento del potencial disponible sea proporcional a la tasa del progreso social. Para ello la tasa de inversión, la acumulación bruta de la economía, debe mantener un ritmo básicamente continuo que debe acelerarse en el tiempo. ¿Qué acumulación? Básicamente reproductiva.

Las preguntas que deben hacerse para conocer la marcha del “crecimiento económico” son: ¿hay capacidad ociosa?¿se han repuestos los desgastes de equipos (incluye la obsolescencia tecnológica)?¿se han recompuesto los stocks?¿cuál ha sido el incremento del capital reproductivo en términos de producto a generar?

¿Cuáles son las condiciones que deben cumplirse para que el progreso social sea posible?: Que las condiciones de infraestructura social sean tales que permitan una tasa de inclusión que termine con la exclusión social en un período mínimo y que a la vez genere una mejora continua en las disponibilidades de aquellos que ya están incluidos. Para ello la tasa de inversión social debe mantener un ritmo continuo que debe acelerarse en el tiempo. ¿Qué acumulación social? Básicamente la que contribuye a la inclusión.  Las preguntas que deben hacerse para conocer la marcha del “progreso social” son: ¿hay capacidad de inclusión subutilizada?¿ cuál ha sido el incremento del capital social en términos de inclusión a generar?¿ Y cuál la mejora en la infraestructura de los que ya están incluidos?

¿Nos hacemos un test?

La economía argentina está atravesando una década de fuerte crecimiento económico.¿Hay capacidad ociosa? Sí en alguno sectores; en otros se está agotando ¿Se han repuestos los desgastes de equipos (incluye la obsolescencia tecnológica)? Ha habido inversiones de reposición y de adecuación tecnológica ¿Se han recompuesto los stocks? Este es uno de los puntos de máxima vulnerabilidad: el caso emblemático es el de la ganadería donde la dilapidación del rodeo ha generado una presión sobre la oferta reducida que ha explotado en materia de precios; y el otro es el de la energía donde continuamos en un proceso de deterioro de las reservas que nos obliga a incrementar continuamente la importación de hidrocarburos ¿Cuál ha sido el incremento del capital reproductivo en términos de producto a generar? Escaso. Vale decir la “reposición de capital” mantiene el nivel de actividad y el uso de capacidad ociosa genera incrementos de producto; pero los avances de la economía basados en el incremento del potencial no han ocurrido.

La sociedad argentina está instalada en un boom de consumo de los sectores altos y medios. Refleja el incremento en el empleo, las mejoras salariales y un proceso de mejora en la distribución del ingreso. También existe una fuerte mejora en el nivel de consumo de los sectores mas postergados y esta vez como consecuencia del lanzamiento de importantes programas sociales.

Pero ¿se están cumpliendo las condiciones del progreso social posible? ¿ Las condiciones de infraestructura social están generando tasas de inclusión que garanticen terminar con la exclusión social próxima y una mejora continua en la disponibilidad de infraestructura para los incluidos? La respuesta es negativa: la tasa de inversión social es baja en relación a las necesidad y fundamentalmente respecto de las de inclusión.  La educación, las situaciones de pobreza, el clima de inseguridad componen un cuadro de exclusiones de gravedad extrema, primero porque es inconsistente con las tasas de crecimiento económico recientes, y segundo porque se está gestando una consolidación cultural del proceso de marginación social.

Es muy difícil llamar la atención de estos fenómenos cuando amplios sectores de la sociedad perciben, a través del boom del consumo, una mejora del bienestar. Y es más difícil convocar a la reflexión política acerca de estos asuntos que, en ningún caso,  tienen que ver con lo inmediato.  Para decirlo de una manera sugerente: una gran parte de la sociedad, en estas condiciones, alienta a la política a seguir focalizada en el día a día.

De aquí se desprende, parece traído de los pelos pero no lo es, una serie de fenómenos “políticos” interesantes. Primero si la democracia es la decisión de la mayoría, y una mayoría percibe en el consumo personal una medida sintética del crecimiento económico y del progreso social, entonces “el incremento del consumo para la mayoría” (fenómeno de puro presente) asegura la convalidación electoral con prescindencia de las condiciones de la minoría que puede estar integrada por excluidos. Segundo, si como consecuencia de ello la política se focaliza en el día a día, entonces la política se convierte en “administración” y de allí la invasión de los “gerentes” en el marco de la política que convalida a su vez la visión “corto placista” de la política y de las mayorías relativas. Tercero si “gobernar es prever” no es la característica de administrar (por cierto imprescindible) lo que caracteriza a la política; sino la visión del futuro. O, lo que es lo mismo, y volviendo al principio, que la única manera de hacer estable el crecimiento económico y el progreso social es que estén  montados ambos a la vez sobre un proceso continuo.

Para eso el proceso de inversión económica y social es crucial y está muy lejos de ser el que debe ser en la Argentina de hoy.

¿Por qué? A los problemas de capacidad ya mencionados que generan aumento de importaciones (p.ej. energéticos) y de precios (p.ej. carne) y que responden a fallas en la política (muy atada a la coyuntura) que ha afectado a las inversiones (que se notan en plazos más largos); se suma la ausencia de inversiones de transformación del aparato productivo que modifique el patrón de crecimiento atado a la especialización “soja-China- auto- Brasil dependiente” . Hay ausencia de grandes proyectos de inversión, destinados a la diversificación productiva, postergación de la transformación que rompa la tendencia a la dependencia a la que nos arrastra la inmensa dotación de recursos naturales de las que dispone nuestro país.

Es que la especialización dependiente esta en nuestra naturaleza y la gran deuda de la política nacional es no haber sabido aprovechar esa ventaja para construir la diversificación liberadora que es el único camino posible para materializar una sociedad más justa que es aquella fruto del propio esfuerzo. O sea la armonización de crecimiento económico y progreso social es la tarea de ese responsable de la armonía que vendría a ser el eje de la transformación del modelo productivo . No está. No está en el discurso. Y su ausencia no genera expectativas favorables. Aunque le cueste creerlo cuando las encuestas nos informan que la mayor parte de la gente dice que le va económicamente bien pero que cree que al país en su conjunto no, lo que está denunciando es que el que está ausente es el responsable de la armonía. La sociedad lo siente y lo expresa. La política no toma nota.

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02 septiembre 2010

La política no toma nota

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