SECOS

Tiempos de reflexión. Estamos terminando una década que comenzó con una crisis descomunal. El PBI en 2002 fue para atrás y terminó igual al de 1993. El derrape de la producción, tres años deflación, entre 1998 y 2001 produjo la mitad de la caída; y el derrumbe de 2001 a 2002, la otra mitad.
¿Podía la política no estar alertada? La convertibilidad arrojó, entre 1993 y 2001, 4 millones y medio de personas a la pobreza. La Deuda Pública Consolidada pasó de 70 mil millones de dólares (30 por ciento del PBI) en 1993, a 140 mil millones (55 por ciento del PBI) en 2001. Todo en dólares. Estas hipotecas, social y financiera; y el derrumbe de la producción, generaron el “Que se vayan todos”.
El default (o no podemos pagar la deuda); la devaluación (o el aparato productivo no resiste estos precios relativos), la pesificación asimétrica (la deuda interna o es licuada o no será pagada), las retenciones (el sector primario debe detener el quiebre fiscal y solventar las licuaciones), y el Plan Jefes y Jefas (alimentar la urgencia hasta que se reconstruya el trabajo) fueron las respuestas que brindaron – con debilidades y defectos – Adolfo Rodríguez Saa, Eduardo Duhalde y Jorge Remes. Si bien, las decisiones de 2002 y 2003, incrementaron notablemente la deuda pública, terminaron con el “Que se vayan todos”.
La elección de Néstor Kirchner fue posible porque la política había retornado. No al revés.
Con Kirchner retornó el respeto a la capacidad de decisión en el Estado.
¿Qué resultados generó? Respecto de la hipoteca de la deuda, según el BCRA, en el II Trimestre de 2010, la deuda pública nacional total – después de la quita, en gran parte pesificada y en manos del propio Estado nacional – era equivalente a 147 mil millones de dólares (49 por ciento del PBI) y la externa, en el I Trimestre, era del 38 por ciento del PBI. Respecto de la hipoteca social: catorce millones eran las personas bajo la línea de pobreza cuando asumió Kirchner y ya había comenzado a reducirse la pobreza incrementada notablemente en 2002. Hoy – dependiendo de los precios tenidos en cuenta – estimamos que las personas bajo la línea de pobreza son aproximadamente 8 millones: sustancial reducción de 6 millones.
Respecto de las dos hipotecas más gravosas, que dejó el sistema de convertibilidad, se produjo una sustancial reducción de la deuda pública por la quita y por la absorción vía excedentes de organismos públicos; y la reducción del número de las personas en situación de pobreza, por creación de empleo, mejora en los niveles de salarios y políticas de pagos de transferencia. Esto fue posible gracias a la intervención directa del Estado. A su vez, el crecimiento redujo su peso relativo.
¿Cómo pudo sostener esas políticas? Los pilares fueron la emergencia China y la expansión brasilera en una década de extraordinario crecimiento en el mundo emergente. De 180 países, en esta década, superamos a 101. Pero 78 crecieron más. Entre ellos Panamá, Perú, República Dominicana, Costa Rica y Ecuador. Crecimos mas o menos como Honduras y no lejos de Bolivia, Chile, Brasil y Paraguay. No fuimos la excepción. Carece de fundamento (y de utilidad) el discurso de record y excepcionalidad.
El crecimiento y el papel protagónico del Estado se asociaron por el superávit externo y fiscal que fueron excepcionales herramientas para la macroeconomía. El superávit externo monetizado dio lugar a una liquidez abundante para lubricar el ciclo económico. La abundancia de dólares brindó una sólida posición de reservas, financió la reducción de la deuda en moneda extranjera post quita y la fuga de capitales sin sobresaltos; y disuadió toda especulación contra el peso. Un escenario de estabilidad cambiaria y financiera “administrada” funcionó como ancla inflacionaria.
El superávit fiscal, alimentado por las retenciones a las exportaciones, crecientes en volúmenes y en valor, permitió una política de pago de transferencias y subsidios que alimentó el consumo y las inversiones en infraestructura que empujaron el nivel de actividad y contribuyeron a resolver algunos (no todos) problemas estructurales.
Las exportaciones de 2002 a 2008 crecieron 170 por ciento, alcanzando un nivel del que no van a bajar por la pujanza del sector primario, de la soja y la minería más lo que significará, en la balanza comercial futura, el reciente redescubrimiento de YPF.
Esa es la clave de estos años. La emergencia China, la superficie sembrada, la producción y el precio internacional de la soja que se duplicaron desde comienzo de siglo, fueron el determinante del patrón de crecimiento. Al igual que en la década del 20 con el Foreing Office, el patrón, en definitiva, ha derivado más de las decisiones del CC del PC Chino que de una estrategia de desarrollo nacional.
Este escenario productivo representa un cambio estructural. Su reversión, por ejemplo, el retorno a precios de 2002, tendría consecuencias devastadoras sin una política de previsión transformadora.
La soja es el elemento central del crecimiento de estos años y la clave de la recuperada fortaleza del Estado. Si eliminamos este factor, la debilidad del Estado – consecuencia de las privatizaciones del peronismo con Carlos Menem – se haría tan evidente como lo fue durante la última etapa del menemismo y su prolongación en la Alianza. Aquél era un Estado sin moneda y sin rentas estratégicas. La soja cumple la función de ambas. Y la crisis del campo lo puso en evidencia.
La oligarquía de concesionarios, apropiadores de las rentas estratégicas, domina una parte sustantiva del presupuesto público; y el Estado puede mantener control gracias a los recursos que provienen del sector primario.
¿Qué lamentamos? Que nada importante, contundente, se ha hecho para “aprovechar”, en términos estructurales, la “bonanza” de la dependencia de la soja. Ese recurso extraordinario logrado por una constelación de beneficios externos no fue aplicado a una transformación que reemplace la dependencia. Del análisis del ingreso nacional se infiere que, entre 2002 y 2009, el equivalente de 55 mil millones de dólares, excedentes del ahorro nacional, no fueron aplicados a la inversión. Esa es una medida del desapego transformador dominante: la inversión es la manera en que la política se materializaría con esos recursos hoy desaprovechados.
Es que toda estructura económica se resuelve en acumulación y distribución. A pesar de las tasas chinas no instalamos un proceso de acumulación transformadora de desarrollo. La economía se ha primarizado. Y eso se evidencia en la debilidad distributiva que sufrimos. Los episodios de Villa Soldati son una postal de esa contradicción entre crecimiento, que puede surgir de circunstancias externas y ajenas; y desarrollo, que sólo ocurre como consecuencia de un programa.
Jorge Gaggero ha estimado, para el período 2006/2009, un Coeficiente de Gini de 0,49. Distancia homérica a la década del 70.
¿Qué pasa ahora? Continuará el viento de cola y el crecimiento sin avatares fiscales o externos. Pero el proceso inflacionario generará presiones sobre el Estado por parte de la oligarquía de los concesionarios (p.ej. precio del gas redescubierto) y de la sociedad, para solventar el estado estacionario de las hipotecas.
Esto acusa menos grados de libertad hacia el futuro y obliga a un acuerdo social que no puede ni debe limitarse a precios y salarios. Nuestro problema es el de la acumulación, en contexto de bonanza externa, que tiene mas de enfermedad holandesa que de ganancia de mercados por productividad. Nuestro tipo de cambio, ancla inflacionaria, se beneficia de la devaluación del dólar respecto de las demás monedas. Pero las importaciones están creciendo más que las exportaciones y la balanza comercial industrial, primarización, sigue siendo notablemente negativa.
Si no se intenta un programa de largo plazo, la falta de horizonte transformador, nos pone en camino – si bien aún estamos lejos – a una profundización de la dependencia con consecuencias difíciles de administrar. Esto es lo que pasa.
¿Qué pasará? La bonanza, “el milagro”, es recurrente en el discurso de la política económica local.
En los 90 la dramaticidad de la deuda se negaba – a pesar de la evidencia contable de la misma sobre el PBI y las exportaciones – en base al elevado nivel de las reservas.
La soja, que tiene consecuencias complejas sobre la demografía, el ambiente y la trama productiva, no ofrece un costado contable dramático. Pero brinda sospechosas satisfacciones sin esfuerzo de largo plazo. ¿Alcanza para la acumulación transformadora que genere distribución de equilibrio social? No.
Hoy se busca un acuerdo social, necesario, de tiempo de escasez: administración de postergaciones. No está mal. Pero, planteado en términos de precios y salarios, es administración cortoplacista. Así no se superará la tendencia a la primarización que se refleja en que la inversión local es menor que el ahorro nacional, en que el Coeficiente de Gini está por encima de lo que nuestra cultura reclama, y en que la pobreza tiene tal dimensión que es un componente decisivo hacia el futuro como lo reflejan los desastrosos resultados de la prueba internacional de educación PISA.
Es bueno mirar el medio vaso lleno: es fundamental inventariar lo logrado. A condición de mirar atentamente el medio vaso vacío. La política, no el marketing, se ocupa de llenar el vacío. En política y economía no existe la categoría del éxito. Cada solución genera un problema. Las buenas sustituyen un problema mayor por otro menor; difícil por sencillo. Para gobernar, para lograr, hay que tener un programa de lo que falta. Para enamorar –la política necesita mística – hay que dibujar un horizonte: un ideal histórico concreto (Jacques Maritain). De eso estamos secos.
por Carlos Leyba
Publicada en Debate el 9 de diciembre de 2010

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09 diciembre 2010

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