El rábano por las hojas

Tenemos resultados del Censo de Población 2010. La población tuvo un ritmo de crecimiento del 1,17 por ciento anual acumulativo. En la perspectiva de largo plazo hay un cierto incremento en la tasa de variación anual acumulativa de la población: las tasas inter censales previas fueron menores.
Los datos – de un censo muy criticado por los profesionales del área por la metodología, la preparación previa, etc.-, fueron acompañados por algunas declaraciones “militantes” de algunos de los directivos del INDEC.
Números provisorios confirman – más allá de algunas tasas de crecimiento mayores en ciudades del interior – la tendencia a la concentración de la población en el área metropolitana cuya cabecera es la Ciudad de Buenos Aires en la que, por otra parte, se observa una disminución de su condición de ciudad dormitorio e incremento en su condición de ámbito de trabajo y servicio.


Buenos Aires sigue siendo el lugar de más elevado de nivel de densidad demográfica y de mayor nivel de ingreso por habitante. El embudo. La cabeza de Goliat.  En esa ciudad habita el poder económico y político: eso no ha cambiado. Y sin embargo, lo revela el Censo, día tras día se teje un cerco de pobreza en torno de ella. No ya un continuo de coloraciones que se van difuminando sino, por el contrario, el contraste brutal.
El primer y más contundente resultado del Censo confirma lo que todos ya sabemos: la Argentina en este decenio mantuvo su inveterada tradición secular de carecer de política demográfica y su lógico correlato de ocupación territorial. Es decir, la ausencia de una política del espacio.
Los argentinos recibimos de los padres fundadores, criollos, un territorio heredado de la Conquista y la Colonización que a su vez fue la cuna de pueblos aborígenes que fueron desplazados de sus espacios. Como quiera que hayan sucedido las cosas, en nuestra historia “poder” y “espacio” son dos conceptos que necesariamente se intersectan. No hay historia sin “poder” y “espacio”.
Hoy la proporción de nuestro territorio vacío denuncia un enorme vacío de poder. Hay una declinación relativa constante de la ocupación territorial. El Estado argentino, en la práctica, no ocupa territorio como una dinámica derivada de su política de desarrollo. Y por lo tanto no extrae todo el potencial de recursos que, por otra parte, sería fácil de inventariar. Y las oportunidades y bienestar de los  habitantes no son las que el recurso espacio, tal como lo imaginamos, nos permite proyectar, justamente porque el “poder” político, a causa de la ausencia de una política demográfica y de ordenamiento del territorio, redunda en esta contradicción entre potencial y realizaciones.
Han sucedido varias cosas en estos años que implican, a más de la “desocupación” territorial, la cesión de espacio y recursos. Los ejemplos más rimbombantes son la apropiación de aproximadamente el 30 por ciento de las reservas energéticas por parte del Estado de la República Popular China intermediado por empresas estatales chinas. Las mismas a las que el gobierno de los Estados Unidos les impidió apropiarse de reservas en ese territorio. Sumamos además la conocida cesión de reservas energéticas a la empresa estatal brasileña; la apropiación de las reservas energéticas por la que fuera una empresa estatal española; la apropiación de la explotación de los yacimientos mineros más importantes del país por empresas extranjeras; el proyecto de entrega de 300 mil hectáreas de tierras agrícolas a colonos de origen chino en la provincia de Río Negro por 100 millones de dólares, etc.
Al tiempo que el ejercicio real de la soberanía, el poder al servicio del pueblo, se declina- en la perspectiva de ocupación del territorio que podemos llamar ignoto- parte – si no todo – lo que está identificado como reserva estratégica sobre el territorio se enajena a estados extranjeros o empresas multinacionales que, desde nuestra mirada de país pequeño, son como verdaderos estados. Pero hay más.
El terremoto de Villa Soldati y las réplicas de estos últimos días en distintos lugares del país, ponen en evidencia que las realizaciones para un número no menor de los habitantes están a años luz del potencial de la Nación. La concentración de la pobreza también es una deriva dinámica de desocupación del espacio y una deriva dinámica de extranjerización de las reservas estratégicas.
Ambos fenómenos tienen aproximadamente similar fecha de nacimiento cronológica y ADN de crecimiento ideológico. Todo nace de la misma fuente.
Soldati es la irrupción de la pobreza en la televisión. Y como toda la realidad, en este nuevo mundo de las imágenes, adquiere las proporciones del espacio que la televisión le cede. Finalmente hemos asistido al protagonismo de la pobreza.
La pobreza, para los que no son pobres, es siempre extraña y por lo tanto, desde esa visión etimológica,   “extranjera”. No quiero decir que los que no son o no se sienten pobres, “sepan” que “los pobres” son de nacionalidad extranjera. Más bien “saben” que “la pobreza” es diferente, es extraña, Y puesta a la luz de la televisión, o expuesta en la toma de predios públicos o privados, ha hecho una irrupción repentina y sorprendente. Un verdadero terremoto al que siguen sus réplicas.
Fue un terremoto para el propio gobierno nacional que, por esa razón o con esa razón, se vio impulsado a modificar la estructura de gobierno creando un ministerio de seguridad. La primera reacción oficial descansada frente a la irrupción de “lo extraño” fue su manera de mejorar “la seguridad”: una metáfora. Y la cuasi militarización del conurbano. La Gendarmería se hará cargo de las zonas calientes que rodean a las ciudades o concentraciones urbanas de alto o mejor nivel de vida. La reacción frente a “lo extraño” es defensiva.
¿Esta mal? No. Se trata de una reacción de remediación: necesaria pero acompañada de lo no deseado. Cuando la alternativa es la remediación es que partimos de una situación equivocada. Pero no sería sensato no “remediar” en razón de que partimos de una situación equivocada.
El mejor ejemplo es la crisis de la subprime. Los bancos, los financistas, fueron irresponsables y aventureros, quizá ladrones; pero dejarlos caer hubiera significado un “acto de justicia”, pero un desastre mayor. Era necesario acudir a salvarlos, no por ellos, sino porque la caída del sistema habría sido un daño mayor. Eso es lo que llamamos políticas de remediación.
La segunda reacción fue, frente a “lo extraño”, acordar con el principal opositor, en el lenguaje militante el principal enemigo, un plan, una respuesta administrativa: un censo, un sistema y una respuesta clásica. La respuesta clásica es, otra vez, que la pobreza es un estadio que se remedia: se remedia con daciones. Una breve aclaración. La enfermedad sobre un cuerpo sano se trata mediante un proceso de remediación. Se aplica un remedio para restaurar un equilibrio perdido. La pobreza, tratada en forma clásica, es una enfermedad que implica estar en tránsito, un “por ahora”, camino a un equilibrio. Una marcha de una exclusión – no importa porque razones – a una inclusión; y en el tránsito, una protección que ayuda a mitigar los costos de la exclusión. Esas son políticas de remediación como las que hemos ejemplificado con la cuestión de la subrpime.
¿Cómo conectamos, censo, Soldati, subprime?
El fracaso más importante de la gestión pública argentina de las últimas dos generaciones (36 años) es que mientras la población creció a una tasa, digamos, del 1, 3 por ciento anual acumulativo, el número de personas pobres en 36 años creció a la inaudita tasa de 6 por ciento anual. Un millón de pobres en 1974, dos millones en 1986, cuatro en 1998 y ocho en 2010. Se duplica, en promedio, cada 12 años. La exclusión que genera una tasa de crecimiento, de esa magnitud, de personas viviendo bajo la línea de pobreza, no provoca daños sólo en quienes lo sufre,
lo que por sí alcanzaría para hablar de fracaso. Sino que rompe las estructuras de relación comunitarias: excluidos e incluidos no tienen la misma idea del espacio que comparten ni del poder que pretende regular ese espacio. Y quiebra el potencial de desarrollo de la sociedad. En estos días la Argentina recibió los resultados de la prueba internacional de educación PISA: en ella hemos sido calificados en el quinto nivel. El último. Antes de la hecatombe de la veloz dinámica de la pobreza nuestro país tenía un sistema educativo que calificaba con aspiraciones en los niveles más altos del planeta. Los sistemas educativos, todos, son buenos o malos según la calidad de los alumnos. La conclusión es bastante obvia. El hambre, el desamparo, la violencia, la inseguridad, muchas de las desgracias que acompañan a la pobreza no forman los mejores candidatos a alumnos.
Si se pudo evitar no es un accidente.
Soldati no es un accidente y tampoco lo es el fracaso de las pruebas PISA. Una prueba de lo poco que comprendemos el fenómeno es que Soldati se convirtió en una cuestión de Seguridad o de acuerdo para créditos; y el fracaso en las pruebas PISA se concentró en las explicaciones del ministerio de la Educación. En ambos casos ocurrió la tradicional confusión de tomar el rábano por las hojas. Ambos problemas tienen una común causa y una común superación, no remedio. El problema es económico. Sí. Estrictamente económico: de asignación de recursos. Hablamos al principio del Censo, de la ocupación del espacio, del potencial, de la vergonzosa y escandalosa entrega del patrimonio nacional; hablamos del crecimiento de la pobreza. Y – siendo muchas las cosas que nos quedan por decir – nos queda mencionar que este año de 2010, fugaran del sistema productivo 11 mil millones de dólares que se sumaran a los más de 160 mil millones que duermen fuera del sistema financiero. Esos miles de millones de dólares no son convidados de piedra en este comentario. No. Esos miles de millones de dólares representan el excedente argentino generado aquí y que no ha retornado al sistema productivo. Esos miles de millones de dólares que “escapan del espacio nacional” que escapan del poder local, son exactamente la contrapartida del desempleo, que es el padre de la pobreza, que es la madre del fracaso educativo y cuya simiente garantiza una caída en el nivel de productividad social colectiva.
La concentración demográfica, la pobreza, el fracaso educativo y la fuga de capitales tienen el mismo origen que la entrega del patrimonio nacional.   ¿Cuál?
El origen esta en la renuncia de la política argentina, de los partidos, de los hombres públicos, a comprometerse detrás de un proyecto de vida en común, de un proyecto de grandeza como el que tuvieron los grandes líderes que supo tener nuestra Patria.
Resulta sorprendente el silencio de la política ante la transferencia a China de reservas energéticas, o ante el fracaso educativo o el permanente alegato en pos de las inversiones extranjeras cuando el capital fuga o ante la actitud permanente de remediación para males que se arrastran por décadas.
Tal vez sean necesarios sacudones como los de estos días para dejar de lado las hojas y ocuparse del rábano.

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18 diciembre 2010

El rábano por las hojas

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