Primarizacion

En 1974, los pobres en el país eran el 5 por ciento de la población; el desempleo era de 3 por ciento; el Coeficiente de Gini de 0,36. Desde los Acuerdos de Bretton Woods (1944) nuestra economía, al igual que en la mayor parte del mundo capitalista, puso en marcha el Estado Benefactor, el ciclo fue administrado por las ideas keynesianas y el desarrollo fue diseñado por programas de largo plazo con conceptos de precios (y rentabilidad) sociales que dieron lugar al proceso de industrialización creadora de trabajo y de condiciones de vida dignas. Entre 1944 y 1975 la Argentina creció al ritmo de los Estados Unidos. No fue casualidad.

Desde 1975 el país ingresó en un proceso sombrío de decadencia. No hay decadencia sin progreso previo. El proceso decadente, tampoco fue casualidad: surgió del predominio del mercado y de la tasa de interés como regulador; y de la renuncia a la política.

En 2004, después de 30 años de abandono de las políticas de desarrollo, los pobres eran el 30 por ciento de la población, el Coeficiente de Gini 0,50 y el desempleo de 13 por ciento. En ese año se inicia, después de una crisis descomunal, un proceso de extraordinaria tasa de crecimiento. Volveremos para analizar los resultados y las causas de este crecimiento.

Desde 1975, el corto placismo, generó la lógica de la economía de la deuda; y la renuncia a la política provocó la desarticulación del Estado. Gran parte del poder económico público, que era mayor que su capacidad regulatoria, fue cedido a la nueva oligarquía de “los concesionarios” que integran los apropiadores de las rentas estratégicas que otrora fueran del Estado.

Desde 1975 la industria dejó de liderar el proceso económico y el stock de capital por persona disminuyó generando el descenso de la productividad.

Un ejemplo. En 1974 se produjeron 293 mil automotores con una integración local del 90 por ciento: 234 mil unidades equivalentes, es decir, 106 habitantes por automotor equivalente producido. En 2010 la producción será de 720 mil automotores; la integración de 30 por ciento, las “unidades equivalentes” serán 228 mil o 175 habitantes por unidad. Conclusión: la dimensión de la “industria automotriz” se redujo a la mitad.

La caída en la participación en el PBI del sector industrial; y la declinación del stock de capital por habitante son dos elementos centrales para entender que el extraordinario crecimiento, ocurrido a partir de 2004, tiene una dinámica en la que los recursos de “la naturaleza” han sido los que mayor aporte han realizado.

Por cierto, entre 1975 y  2004, la desindustrialización convivió con algunos períodos de crecimiento, de los que el más largo fue el de la convertibilidad. Pero todos ellos fueron consecuencia de un incremento del endeudamiento público externo. Hay una correlación perfecta entre crecimiento de la deuda externa pública y la dimensión del incremento en el PBI.

No hubo acumulación reproductiva de esos recursos financieros (financiaron la estabilización de precios vía importaciones y la destrucción del aparato productivo) haciendo previsible e inevitable el  colapso del default. “La deuda pública” sustituyó a las rentas estratégicas a las que el saqueo del Estado convirtió en privatizaciones. La deuda fue el motor de los crecimientos efímeros. Y cada interrupción de esa dinámica financiera paralizó a la economía. En todo ese período quedó en evidencia la creciente debilidad del poder público y el creciente predominio del poder financiero.

En 1944/1974 la política construyó un período de crecimiento (y “convergencia relativa”), con resultados sociales extraordinarios, caracterizado por un período de industrialización. En 1975/2004 la ausencia de la política forjó un período de profundo deterioro social (y fuerte “divergencia”) con impulsos esporádicos de crecimiento generados por la deuda.

A partir de la crisis de 2002, precisamente a partir de 2004, se inicia un período de crecimiento con “desendeudamiento” pero en el que el crecimiento de la industria no fue el motor central.

“El período 2002-2007 emerge como una de las fases de mayor ritmo de crecimiento …a diferencia de la fase 1964-1974…, el sector manufacturero no parece ser, como entonces, el eje propulsor y dinamizador de la economía…, el núcleo central del modelo de acumulación”. [1]

En el período iniciado en 2004, la expansión no deriva de la industria ni de la deuda: surge de la naturaleza. Esto es “primarización”. Los resultados cuantitativos positivos de la “primarización”, que sustituye con ventajas al “endeudamiento”, no pueden solucionar los problemas de una economía que se instala en las ventajas de la naturaleza: la dotación de factores y no las ventajas competitivas que se construyen desde la política.

El discurso político (con excepciones) y el discurso de los colegas (con excepciones) no da cuenta acabadamente de esta condición de la actual economía nacional cuya permanencia ya resulta perturbadora para el diseño de una economía con una densa trama industrial y con equidad distributiva que es su previsible correlato.

Desde los ´70, hasta finales de los ´90, la participación de las exportaciones primarias en el total exportado por nuestro país, se redujo sistemáticamente. Pero ese proceso se detuvo en esta primera década del Siglo XXI como respuesta al cambio del eje de expansión de la economía.

Un dato (CEPAL, 2009) las exportaciones industriales de alta tecnología representaban el 3,2 por ciento del total de nuestras exportaciones; en Brasil representaban el 6,9. La participación en Japón (19,5), Corea (29,5) y China (34,5 por ciento), que conforman los “emergentes” de tres diferentes períodos a partir de Bretton Woods, señala que el proceso de desarrollo cada vez requiere de mayores esfuerzos en bienes de alta tecnología. O lo que es lo mismo es necesario iniciar el camino inverso a la “primarización”. Las exportaciones primarias de esos tres países asiáticos sumadas a los productos industriales procedentes de la naturaleza, representan entre el 10 y el 17 por ciento del total de las exportaciones.

Otra mirada se refiere al grado de transformación que contienen las exportaciones.

En el caso de Italia, Alemania y Estados Unidos el 70 por ciento de sus exportaciones corresponden a productos de Tercera Transformación. Ello habla de la densidad de las cadenas de valor y de la densidad del aparato industrial. El 44 por ciento de las exportaciones de Brasil son de Tercera Transformación, mientras que la Argentina sólo alcanzan al 22 por ciento: la mitad. Un dato más de la primarización de nuestra economía.

Nuestras exportaciones, miradas desde distintas ópticas, y la participación de la industria en la generación del producto, confirman el grado primario de nuestra economía. El proceso de “desindustrialización y descapitalización relativas” da cuenta de las razones del estancamiento o reversión del proceso de  “desprimarización” de nuestras exportaciones.

El reciente fenómeno de crecimiento con primarización, en lo inmediato no nos ha ocasionado problemas. Nos ha resuelto varios. Sin la favorable evolución de los términos del intercambio a favor de nuestras dotaciones de factores (naturaleza y elevadísima productividad del sector agropecuario) no hubiéramos dispuesto de los superávit externo y fiscal de la década; ni del tipo de cambio como ancla inflacionaria; ni hubiéramos podido financiar la fuga de capitales sin sobresalto cambiario. No son los problemas de “la macro” los más graves de lidiar con la primarización.

Sus problemas no derivan de las posibilidades que nos brindó y nos brinda. Los problemas no son los términos del intercambio ni la productividad primaria. Los problemas graves son los de las transformaciones que no realizamos y que podríamos haber realizado. La abundancia de la primarización, sin inversiones transformadoras, describe las oportunidades perdidas.

Asociado al proceso de primarización (intensivo en naturaleza) se encuentra la acumulación de excedentes en moneda extranjera fuera del sistema financiero local y propiedad de residentes argentinos. La fuga de capitales, así reconocida, se estima (hay quién estima cifras mayores) en 160 mil millones de dólares. Esa cifra es equivalente al 100 por cien del valor del stock de capital de equipo de producción. Desde 2003 la economía nacional ha generado ahorro excedente todos los años: ha producido más de lo que ha consumido. Pero no ha realizado inversiones brutas fijas por el valor del excedente.

Este proceso está asociado a la debilidad de acumulación y fuga con regresión distributiva. La fuga es una medida de la oportunidad perdida y de la ausencia de una política, herramientas y objetivos, destinada a la materialización de la acumulación reproductiva.

¿A que se debe esta extraordinaria oportunidad que brinda la dotación de factores? ¿Ha sido consecuencia de una estrategia deseada o resultado de variables que no podemos sino tomar como datos?

Ese proceso es la consecuencia del cambio que en esta década ha tenido la localización de la “locomotora” mundial. En 2010 el PIB de China superará al de Japón. En diez años China creció 170 por ciento y Japón 7,3 por ciento; un símbolo de la dinámica explosiva de los emergentes y del estancamiento relativo de los centrales. En la década 22 países crecieron más de 100 por ciento (extremo superior de 387); más del 60 y menos de 100, 24 países. Todos “emergentes”. Entre 50 y 60 por ciento 36 países; uno de ellos Argentina (50,5 por ciento) que ocupa el lugar 79 en el ranking.

Nuestro crecimiento, ¿de época?, fue y sigue siendo consecuencia del crecimiento de los emergentes y del cambio en el vector de demanda mundial que generó el auge de la commodities. Unos países emergentes lideran el proceso industrial y demandan productos primarios. Otros son proveedores con tendencia a la especialización.

Ese último es el caso de los países sin proyecto propio. Ejecutan, sin saberlo, el proyecto ajeno. Esta discusión a principios del siglo pasado la protagonizaban Juan B. Justo, firme librecambista y partidario de la especialización rural y Carlos Pellegrini industrialista. La contradicción sirve para apuntar que lo que determina el modelo de distribución es básicamente la estructura productiva; no hay lo uno sin lo otro[2].

¿Cómo nos influye hoy este proceso? La Argentina en 2010 dispondrá de un superávit comercial de 13 mil millones de dólares que surgirá del valor de las exportaciones del “complejo soja, oleaginoso”. Una sola línea de producción agrícola más algunas etapas del proceso de elaboración, generarán 20 mil millones de dólares y si le agregamos otros sectores primarios (como minería, combustibles, agrarios) sumamos un total de 27 mil millones de dólares que compensaran los 14 mil millones de dólares de déficit comercial de la  industria. En una década pasamos de 10/12 millones de hectáreas de soja a 19/20 millones; y en esa década se duplicó la producción y los precios de todos los productos del complejo soja. Ese superávit comercial externo es, lo hemos vivido estos años, la otra cara de la salud fiscal gracias a las retenciones al sector primario y a la soja en particular.

El destino asiático de esa producción identifica la fuente de nuestros recursos externos netos y de nuestro superávit fiscal; también señala la locomotora a la que estamos atados y evidencia que la “fortaleza” del Estado, privado de las rentas estratégicas y de un eje industrial de desarrollo, está vinculada a esta dinámica que se sintetiza en la riesgosa dependencia de la soja.

La poderosa oligarquía de los concesionarios, y el sistema de subsidios; la hipoteca social heredada, y el sistema de pagos de transferencia; necesitan del superávit fiscal que tiene su fuente en el sector primario. En ausencia de rentas estratégicas y dinámica industrial – liberados de la dependencia de la deuda externa – el papel de la primarización es clave. Una muestra de ello es la crisis política que generó la crisis del campo.

Adaptación o transformación. Dos actitudes. La adaptación gesta estrategias defensivas de control. Ellas suavizan la marcha pero no cambian el rumbo. La transformación supone redefinir el rumbo y aprovechar los recursos que la tendencia dominante genera.

La primarización “exitosa” genera recursos abundantes pero no genera trabajo de productividad alta para los millones de habitantes que somos. No todo crecimiento genera trabajo digno para todos.

Una dramática demostración de este hecho son los episodios de Villa Soldati y la proliferación de asentamientos en todos los centros urbanos ocurrida en los últimos años. La ingeniería de supervivencia de muchos es la demostración de la inexistencia de trabajo en condiciones dignas. El ciclo de crecimiento, derivado de la abundancia de la primarización sin acumulación y exportación industrial, ejerce una fuerza de atracción dado el nivel de gasto (crecimiento) que exhibe. Pero dada la baja capacidad de creación de trabajo de alta productividad que contiene, culmina en estas explosivas dicotomías: atracción e incapacidad de absorción. El crecimiento atrae y como no es endógeno no puede generar absorción. La dinámica de la primarización que genera más expulsión que absorción. Multiplica contradicciones.

Una visión comparada puede realizarse observando la relación entre la participación de la industria en las exportaciones y el Coeficiente de Gini.

Entre industrialización competitiva (acumulación) y equidad distributiva hay asociación. El caso emblemático es el de Corea que partió de una economía agraria en condiciones sociales precarias y hoy tiene un Coeficiente de Gini como el de Japón. Nuestra baja “industrialización competitiva” señala que no existen estructuralmente las condiciones para generar un proceso de equidad que termine con el retroceso social al que asiste la Argentina desde 1974.

La densidad de la trama industrial, cuya capacidad competitiva (productividad con altos salarios) se manifiesta en el nivel de participación de la industria en las exportaciones, es la condición necesaria para apuntar al desarrollo integral de la sociedad.

La desindustrialización, la economía de la deuda, y ahora el ritmo de crecimiento derivado de las “ventajas de la naturaleza y la tradición” y de la demanda emergente, nos acaban de enfrentar a una situación inimaginable 30 años atrás: el fracaso que significa estar en el nivel “pobre” (el último de cinco) de las evaluaciones internacionales PISA de la educación adolescente.

El nivel de requerimientos de educación de una industria competitiva, hoy está – en términos relativos – más comprometido que hace 30 años. Sin educación no hay industria; pero sin proceso de industrialización la educación atraviesa serios problemas de realización y salida.

Otro aspecto de la primarización es la enfermedad holandesa, o como la mejora en el precio relativo de aquello que podemos producir con enorme facilidad, por la dotación de factores y un tradición que ha hecho de nuestro sector agropecuario el más eficiente del planeta, nos puede generar una revaluación permanente de nuestra moneda induciéndonos a una balanza comercial importadora esta vez gracias a la abundancia de la soja.

El proceso de revaluación de las monedas de toda la región derivada del incremento de los precios de las exportaciones, más que del incremento de las cantidades exportadas, es la enfermedad holandesa derivada y reproducida por el proceso de primarización derivado de la tendencia de los términos del intercambio.

Debemos celebrar haber terminado con la economía de la deuda y la perversa vocación por el Estado de Malestar que duró más de 30 años. Con una economía en crecimiento hemos superado la situación de crisis y en el activo disponemos de recursos de los que antes carecíamos: un nivel de reservas importante, incrementos muy fuertes en los niveles de empleo y una fuerte ampliación del mercado interno. Y además estamos en la parte del mundo que recibe señales favorables en materia de comercio. Tenemos una economía que genera fuertes excedentes.

Pero estamos en un camino a la defensiva. Por ejemplo, el anuncio del Pacto Social tiene más de diálogo para administrar limitaciones, que de acuerdo destinado a una estrategia de ataque a los males de la economía y la sociedad que son enormes: pobreza, distribución, educación y fuga de excedente.

La primarización de la economía y de las exportaciones genera un escenario social que refleja que las economías son lo que exportan. Salir de ese escenario no pasa por el diseño de líneas de defensa sino por la transformación necesaria que hoy es la reindustrialización del país.

Cada nuevo proyecto industrial exportador de 1000 millones de dólares puede desencadenar crecimientos de hasta 1 por ciento en el nivel del PBI. El excedente de 55 mil millones de dólares generado desde 2004 y no asignado a la producción local, podría haber disparado un crecimiento endógeno con otra estructura social.

La condición necesaria para lograr la reversión de ese proceso es un programa de largo plazo capaz de generar un acuerdo sobre el destino colectivo. Esa es la primera misión de la política. Un programa nacional es la condición para generar una burguesía nacional; sin él la burguesía nacional carece de destino y no puede sobrevivir como lo demuestra la abismal extranjerización de la economía ocurrida en estos años no interrumpida por el crecimiento primarizante.

La primarización de nuestra economía es, por definición, un proyecto ajeno porque no puede contener a todos.

Es difícil convocar a posiciones críticas acerca de los pasos que hoy afectan al futuro cuando el camino que pisamos y lo que tenemos delante, brilla. Lo que brilla, que muchas veces es fugaz, tiende más a encandilar que a iluminar. El éxito, siempre aparente, tiene la diabólica capacidad de cegar y hace depositar todas las fuerzas del Estado a la defensiva. Es urgente pensar como atacar los males que nos aquejan y darle al futuro el lugar que hoy no tiene en la cabeza de la dirigencia política, empresaria y sindical. La primarización es la inevitable consecuencia del egoísmo del presente. O de una mirada circular que no se anima al desarrollo. Una cita de Umberto Ecco es esclarecedora: “Los aborígenes australianos… en el inmenso desierto…seguían su exploración girando siempre en redondo… capturaban un lagarto…que era toda comida… y … por la mañana, volvían a ponerse en marcha. Si en lugar de haber girado en círculo, por un instante hubieran seguido en línea recta, habrían llegado al mar, donde los esperaba un festín de tortugas y langostas”. Romper la circularidad y ponernos en línea recta al desarrollo. Hoy rigen las condiciones externas mas favorables para hacerlo.


[1] Azpiazu, Daniel y Schorr, Martín; Hecho en la Argentina, industria y economía, 1976-2007, Editorial Siglo Veintiuno,”2010, Buenos Aires; Pág.234

[2] Ver Revista Reseñas y Debates, Nº59, Año 6 IAJP, Buenos Aires

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28 diciembre 2010

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