DIFICIL DE IMAGINAR

26 de febrero 2011, Carlos Leyba
“Cada veinte años, los jóvenes del mundo le hacen preguntas a sus mayores a las que estos no saben responder” lo dijo George Bernanos, el gran novelista católico emparentado con Francois Mouriac y Graham Greene, y – a raíz de las revueltas en el norte de África – nos lo recordó días pasados Nicolas Baverez en el diario Le Monde.
La cadencia veinteañera de Bernanos llevó a Baverez a recordar que también hace 20 años los jóvenes hicieron caer (1989) al Muro que dividía Europa entre el capitalismo del bienestar y el socialismo del malestar. Pero el Muro no sólo cayó y derrumbó con él al socialismo. Sus escombros cayeron sobre Occidente.


El capitalismo – sin barreras – invadió el planeta. Son pocas las excepciones que confirman la regla. Pero así como se expandió el capitalismo y lo hicieron las empresas de los países centrales en el mundo dando origen a la globalización, el sistema dejó de construir el bienestar internamente. Los jóvenes que derribaron el Muro nunca imaginaron las consecuencias que su rebelión habría de ocasionar sobre el resto del mundo.
Desde entonces una oleada de cambios generó una sucesión de crisis, inicialmente financieras, que derivaron en que aquellos que estaban bien (los habitantes de Occidente) empezaron a estar peor (desempleo, distribución regresiva del ingreso, sistemas de seguridad complicados). Y los que estaban mal (los que sufrían la decadencia del socialismo en la Europa Oriental) empezaron a estar mejor (acceso a bienes de consumo, empleo, condiciones de vida).
Estos hechos bien podrían confirmar la hipótesis que sostiene que el Estado, en Occidente, actúo en prevención del contagio socialista que la mala vida podría hacer propicio en territorio capitalista. Y, en consecuencia y a modo de seguro, Occidente desde la posguerra puso en marcha un inmenso sistema de inclusión social. La realidad es que la caída del Muro aceleró la conjugación de las locas de Milton Fridman, y su semillero de Chicago Boys, las ideas de Ronald Regan y Margaret Tatcher, que conformaron un incipiente paradigma que se adueñó del pensamiento de la política sin respetar origen. En realidad vació el pensamiento de la política y convirtió a sus profesionales en unos zombies pragmáticos. La cuenta se puede hacer desde Felipe González hasta Carlos Menem que, en nombre del pragmatismo y la cínica expresión acerca de que no importa de qué color sean los gatos con tal que atrapen ratones, hicieron posible que los excluidos volvieran a ser protagonistas. Aclaro González gobernó España con un promedio cercano al 20 por ciento de desempleo y pudo sostener la paz social, e inclusive el avance de los demás, gracias al subsidio de la Unión Europea cuya magnitud por año se aproximaba a la suma en que se incrementaba cada año la deuda que generaba Menem al cerrar industrias y provocar desempleo.
Aquella barrera del Muro, mientras encerraba a unos – la Europa socialista del Este –
en el sufrimiento de un sistema paralizado por los burócratas; del otro lado hacia posible que la clase política, por convicción o por temor, avanzaba en la inclusión de todos.
La caída del Muro coincide con la arremetida final que nos llevo al Consenso de Washington universal y al fin de las políticas de inclusión. Los jóvenes que derribaron el Muro no pretendían eso sino más bien que las cosas que se habían logrado en el capitalismo de bienestar, estuvieran disponibles para ellos. Pero la historia que provocaron fue distinta. Cayó el socialismo y también surgió la doctrina del fin inevitable del Estado de Bienestar. Mirada en perspectiva una consecuencia paradojal. ¿Quién se atrevería hoy a pensar las consecuencias que la rebelión árabe podría tener en el castillo de naipes que es hoy la organización internacional? ¿Están derribando un Muro o están construyendo otro? Es tan difícil proyectar estos hechos como difícil fue para los expertos anunciar la caída del Muro. Lech Walesa, el líder de Solidaridad, un tiempo después de los acontecimientos de 1989 relató que en una conversación en Berlín, dos días antes de la caída del Muro, Helmut Kohll, el canciller alemán, le dijo que la Alemania se unificaría después de su muerte. Nadie imaginaba la inminencia de los hechos más allá de la acumulación de causas para que ocurran. Nadie supo anticipar las consecuencias.
Pero – siguiendo a Bernanos – además, esto lo agrega el que suscribe, en 1968 la revuelta juvenil parisina, el “mayo francés”, hizo emerger profundas transformaciones culturales que dieron lugar a cimbronazos sistémicos. Los cambios del 68, desde dentro de Occidente; o los del 89 desde afuera de Occidente, tuvieron enorme repercusiones inesperadas.
Con el mayo francés tomó estado de rebelión la percepción de la debilidad del Estado de Bienestar europeo que, entonces, parecía no poder seguir incorporando más jóvenes al tren. Y las barricadas de Paris tuvieron sus reverberaciones: las relaciones del mundo cambiaron, Richard Nixon en 1971 anunció el fin del patrón dólar convertible; en 1973 estalló la primera crisis petrolera y el oro negro dejó de ser una mercadería regalada para pasar a tener un precio que obligaba a cambios tecnológicos y de poder; los petrodólares transformaron el sistema financiero internacional; y a partir de entonces, en un mundo de dinero abundante y petróleo caro, surgió la economía de la deuda que gobernó el aterrizaje del mundo en vías de desarrollo primero y más recientemente el mundo desarrollado. Aterrizaje que ocurre u ocurrió, para tratar de hacer descender a una gran cantidad de pasajeros del avión que vuela hacia mejores condiciones de vida. Pero mientras tanto en la sala de espera de los aeropuertos imaginarios, multitudes, propias y migrantes, pugnan por subir.
La sociedad construida en Occidente antes del Mayo francés no pudo, no supo, no quiso, seguir subiendo pasajeros; y volar más alto al mismo tiempo. Los setenta fueron años de estanflación. Y de ahí en más comenzó el proceso que, por aquí fue la década pérdida; y en los 90, terminó de conformar un paradigma cuyos costos sociales han sido enormes. Sin embargo ese paradigma resiste.
Los jóvenes del 68 manifestaron el malestar de la sociedad y tal vez golpeaban para entrar. Lo que no imaginaron que la respuesta de los mayores fuera comenzar a desmontar aquello de lo que sus padres habían disfrutado. ¿La pregunta que hacían era si podrían estar ahí tan seguros como lo habían estado sus padres en la juventud? Los gobiernos no estaban en condiciones de dar la respuesta. Y comenzó una larga trayectoria de búsqueda que culminó, después de los sorprendentes hechos del dólar y el petróleo, en una sucesión de crisis de la periferia hacia el centro. La crisis se convirtió en tsunami cuando, a fines de la primera década del SXXI, invirtió el sentido y fue desde el centro a la periferia.
Veinte años después, en 1989 fue la juventud socialista a la que los viejos burócratas no le daban respuestas. El sistema socialista no podía transformar las inversiones de la guerra de las galaxias en adminículos para la nueva vida cotidiana. La voluminosa inversión socialista no se convertía en mejores condiciones de vida. Aunque los avances tecnológicos eran similares, la capacidad socialista para hacerlos objetos de mercado (p.ej. el teléfono celular) era nula.
Los jóvenes occidentales del 68 ¿querían imaginación para compensar la seguridad de un mundo que iba minando su capacidad de brindarla? Los jóvenes orientales del 89 ¿querían consumir a la manera de los vecinos?
En ambos casos, en la protesta, estaban presente los elementos de búsqueda de independencia, cambio, libertad y el hartazgo tan propio de los jóvenes, que no aceptan ser domesticados para la adaptación en el marco de economías en declinación.
Antes de la caída del Muro se hablaba de la esclerosis europea; y con la caída del Muro surgió la propaganda del fin de la historia; y el surgimiento de un canon de esta democracia occidental y de la versión del capitalismo del malestar, como el camino único y universal.
La novedad para esa lectura del mundo ha sido, en esta década, el arrastre chino que ha financiado la desindustrialización Y cuando las dificultades que surgieron de esa reducción del pensamiento comienzan a aflorar en la economía occidental con una crisis real, no financiera, que no acaba de resolverse, surge la novedad de la rebelión de los jóvenes árabes dando cumplimiento al ritmo de 20 años de preguntas sin respuestas, esta vez en el marco de sociedades que han crecido velozmente en los últimos años.
En esta década los países del norte de África crecieron al ritmo de los países de América del Sur. Ninguno alcanzó el 71 por ciento de Perú ni el 59 de la Argentina; pero Egipto (57) y Lybia (55) estuvieron cerca; y no demasiado lejos Algeria (42) y Tunez (49).
La demanda de materias primas empujo a ambos subcontinentes de manera extraordinaria. El crecimiento de la China y de la India y su influencia regional, más el surgimiento previo de los adelantados países del sudeste asiático, han sumado un giro de la dinámica económica mundial que vive un extraordinario fenómeno de arrastre.
Todo tiene que ver con la globalización, los medios de transporte, las generaciones que comparten una cultura tecnológica cualquiera sea la parte y la cultura del planeta que habitan, y con las demandas que han caracterizado a las clases medias preocupadas por su bienestar surgido recientemente del crecimiento económico acelerado, de la modernización cultural y la deriva de esas realidades materiales que constituye las demandas de libertad. Esas son las preguntas que los jóvenes, según Bernanos, cada tanto formulan y que los mayores no están en capacidad de responder.
El capitalismo se ha universalizado. Pero sus formas, en materia de acumulación y distribución, no son idénticas. La concentración es una tendencia peligrosa en las sociedades desarrolladas; pero en las sociedades que no lo son, la concentración es distinta en tanto es una herencia de los modelos previos en las que se basa el poder político. La distribución regresiva es una enfermedad en las sociedades desarrolladas; pero es una herencia de los modelos previos en las sociedades que no lo son.
Esta rebelión refleja la insatisfacción de los modelos de acumulación y distribución en sociedades que crecen y que han generado recientemente densas clases medias.
Pero también se han universalizado las necesidades de las economías capitalistas.
La rebelión disparó el precio del petróleo y bien puede ser que vivamos un nuevo “choc” petrolero. El jueves 24, en Londres, el petróleo tocó los 120 dólares. Este tercer golpe puede frenar la recuperación de las economías desarrolladas y poner mayores dificultades en el manejo de las ya complejas cuestiones migratorias.
Los países de la región en rebelión, los grandes productores de petróleo, deberán disponer de mayores recursos para mantener las situaciones sociales internas.
Todo hace pensar que la rebelión juvenil, respecto del resto del mundo, se expresará en mayores precios del petróleo lo que será la consecuencia de la necesidad de mas recursos para mantener la paz interior en la región y – por lo tanto – en menos recursos para los países consumidores para acelerar la recuperación de las economías centrales.
El mayor costo del petróleo tiende a desacelerar incluso a las economías emergentes, como la China, y a acelerar en ellas el proceso inflacionario. Brasil será uno de los principales beneficiarios; aunque pagará el costo de la tendencia a la revaluación del dólar.
Esta rebelión juvenil ha incorporado al norte de África a los medios occidentales y locales con intensidad. Pero los conocedores no dejan de señalar que Aljazeera, una suerte de CNN árabe, que difunde una mirada del plantea desde el corazón del mundo árabe, ha sido la protagonista mediática de estos acontecimientos que, al igual que las otras rebeliones juveniles, nadie puede saber como se encaminaran. Sólo sabemos que pocas cosas serán siendo iguales; y que la experiencia de las rebeliones juveniles previas nos ha enseñado que las consecuencias son difíciles de imaginar.

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26 febrero 2011

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