VIENTOS DE CAMBIO

Por Carlos Leyba

28 DE AGOSTO DE 2011

Que la economía nacional, fundamentalmente, con lo bueno y lo malo es la consecuencia del viento de cola del naciente – sin desmerecer la devaluación, las retenciones, y la quita y renegociación de la deuda – no cabe la menor duda, al menos, para cualquier economista razonable. Los que están en el timón siempre tienen la necesidad de creer en lo imprescindible de su pilotaje: pero atención que con viento de cola un tarambana puede hundir  el navío más probablemente que en calma. Los que criticamos la ausencia de rumbo, o el mal aprovechamiento del  viento somos los verdaderos heterodoxos en el sentido de que entendemos que nuestra economía librada a la fuerza del viento se primariza y concentra la riqueza; la contratara de ello es la desindustrialización (siempre relativa) y el empobrecimiento que suma a los técnicamente pobres al número de personas que están en riesgo de serlo.

Este fin de semana, en la reunión de Lindau (Alemania), el Premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz nos advirtió que el viento puede amainar en términos de precios de la soja, por ejemplo, si China se baja la velocidad como consecuencia de la recesión global; y aclaro por mi cuenta, como consecuencia de la recuperación productiva y exportadora de Estados Unidos, y como consecuencia de la tendencia proteccionista que se insinúa en el plantea. Stiglitz agregó que no habíamos hecho, en este tiempo de abundancia, lo que había que hacer: diversificar, vía industrialización, nuestras exportaciones. Supimos traducir crecimiento en consumo, pero no en inversiones. El mercado librado a sus fuerzas tiende a fortalecer el consumo y la función del Estado (capacidad de prever) consiste en garantizar la expansión necesaria de la inversión.

También esta semana la presidente CFK cambió parte de su estilo: intervino en la determinación del salario mínimo y de hecho laudo a favor de los empresarios, le puso una línea de tope al número de las próximas negociaciones salariales y aproximó por esa vía una preocupación por el nivel de crecimiento de la nómina de los salarios públicos y, porqué no, por la inflación real. 

También en esta semana en una presentación pública, Axel Kicillof (40 años) uno de los “jóvenes K” candidato a Ministro de Economía, si bien sostuvo que hay demasiadas cosas que no han sido hechas por el gobierno; y que, si bien todo lo que se ha hecho se ha hecho bien, esta convencido en que se deberá avanzar en las que no hizo ya que la recesión mundial es un escenario favorable para los cambios internos. Entre ellas y con acento, mencionó la política industrial de la que afirmó este gobierno carece. Es la primera vez que en la gestión K un funcionario reconoce la que, sin duda para nosotros, es una de las falencia graves del gobierno que se auto califica progresista en materia económica.

Como ha dicho Stiglitz la gestión ha tenido un fuerte impacto primarizador en la estructura productiva y en la exportadora. Y si Dani Rodrick tiene razón y los países son lo que exportan, entonces eso significa que somos decididamente primarios.

¿Cuál es el problema? Pues que, si no exportamos industria no podremos tener empleo de calidad o crear empleo de calidad. Y eso es lo que nos pasa. No de ahora sino hace treinta años.

Lo paradojal es que la bonanza económica, que nos hace vivir mejor, no es la consecuencia de una estructura que crea mejor trabajo, sino de una producción primaria que aporta dólares, y que nos permite comprar lo que no producimos; que nos aporta impuestos para compensar (Asignación Universal) la abundancia de trabajo en negro y desempleo (no contabilizado con el criterio del INDEC que, por otra parte, mide de acuerdo a la OIT) y sostener una situación de pobreza que sigue siendo escandalosa.

Si el viento de cola continuara, si la advertencia de Stiglitz fuera sólo eso,  y la política del gobierno continuara como hasta ahora (mas allá de la preocupación fiscal e inflacionaria de la presidente) lo que ocurrirá es que los dólares baratos terminaran por impedirnos producir la industria que hasta ahora producimos.

En las décadas previas, simplificando, la ausencia de viento de cola fue suplida por el endeudamiento externo que se generaba por las importaciones que erradicaban industriales locales y generaban empobrecimiento y todas las secuelas sobre el capital social. Se cerraba la fábrica y desaparecía el club de barrio. Ahora el riesgo es la enfermedad holandesa. Y si la recesión mundial se embala la abundancia de productos industriales golpeará nuestras costas para entrar industria y bajará los precios de lo que vendemos. Enfermedad holandesa de grado 2.

Sin política industrial “masiva” y de horizonte largo (por ejemplo, a la Brasileña con protección, financiamiento y subsidios), es imposible crear empleo de calidad; y la intensidad de la política necesaria es estrictamente proporcional a la abundancia de dólares, producción de soja y crecimiento de China.

Y sin empleo de calidad no se resuelve ninguno de los problemas sociales.

Que cambia la intensidad del viento es una realidad que entrará por el puerto de Rosario y por el de San Pablo. Vamos a tener dos corrientes de cambio no una sola. La advertencia de Stiglitz es que es muy probable y muy seria para nosotros por no haber hecho lo obvio. La actitud de CFK y el anuncio de Kicillof contradice las palabras de los triunfadores electorales que han dicho que ahora la consigna es “no cambiar un centímetro”. El gesto de CFK y las palabras de Kicillof muy ligado a La Cámpora anuncia cambios no menores y en principio saludables más allá de que sean tan tardíos y que hayan generado una fuga de capitales de magnitudes importantes.

El oficialismo no anunció cambios en esta campaña. Ninguno de los comunicadores políticos oficialistas (CFK incluida)- hasta la elección – percibió que el cambio en el anterior paradigma de la economía mundial  se convierte el escenario propicio para recuperar las políticas activas y poner en marcha las concepciones de transformación estructural sin las cuales, el posible colapso de la bonanza, pondrá en evidencia lo poco que hemos avanzado para el desarrollo en estos años de crecimiento.

De tener peso las opiniones del joven K, el oficialismo podría, a partir de la autocrítica, recomponer la dirección de la economía. Ese redireccionamiento, seguramente, habrá de poner al poder económico gestado en estos años (concesionarios, bancarios y servicios públicos, energía, transporte, etc.) en una línea defensiva ya que, cualquier transformación positiva para el país, implicará afectar algunas de las transferencias que hoy reciben.  De adoptar un camino de transformación productiva, CFK puede perder el sólido encolumnamiento de los grupos económicos de reciente emergencia. Pero también puede habilitar, con la sólida base de la abundancia de dólares, el paso a importantes transformaciones económicas y sociales más allá de que implicaran conflictos con los actuales aliados. Una tormenta interior. La consistencia del cambio hacia un proceso de industrialización exportadora obliga a los concesionarios de energía, por ejemplo, a invertir en exploraciones y no seguir distribuyendo dividendos como hace hoy YPF; obliga a reducir el costo que para el BCRA tiene la política de Letras y Notas afectando la super utilidades de los bancos; obliga a revisar a fondo la política minera. Todas esas decisiones (y muchas más) son decisiones de “quitar” a los grupos empresarios aliados. Y sin esas quitas la dimensión de las políticas será mínima o inconsistente. Los muchos nuevos millonarios locales titulares o socios de mega empresas tendrán que desacelerar la vertiginosa carrera a la concentración que han alcanzado en estos años. La buena política que se propone el joven K , el viento de cambio industrializador, tiene necesariamente enemigos internos poderosos.

La interpretación de la mayor parte del gobierno es que la opinión pública ha dado un veredicto que será ratificado o que será más firme en Octubre: más del 50 por ciento coincide en que es mejor que sigan las cosas así. Con lo que el pensamiento de los jóvenes como Kicillof, y los conflictos con los aliados internos, no estaría justificado en los votos. Dejemos todo como está: esa es la voz de los más cercanos a la Rosada.

Los jóvenes como Kicillof  compartirán con una  minoría – no escasa – el deseo que los tiempos cambien (¿ incluye al el 25/30 por ciento de personas bajo la línea de pobreza? ) porque sufren o por que imagina un futuro incierto si seguimos por el mismo camino. 

¿Los jóvenes K toman en cuenta estos problemas?

La democracia es un sistema de decisiones hacia el futuro basado en el pasado o en el presente, y encierra una potencial contradicción si la continuidad no garantiza el futuro.

Los políticos – cuando cumplen el papel de poetas lúcidos que sugieren, de pedagogos sabios que iluminan, de talentos capaces de aunar voluntades en torno de decisiones sugerentes para un proyecto común a la manera de Ortega – superan esa contradicción: la calidad de la democracia es hija de la calidad de los políticos.

En la pasada campaña electoral el oficialismo reiteró sus conquistas del pasado. Y su programa ofertado fue hacer más de los mismo. La oposición criticó errores del pasado, se preocupó por señalar que parte de los éxitos del gobierno eran iniciativas suyas lo que es verdad; y en realidad no puso en acción una crítica estructural como la de Kicillof ,que es funcionario oficialista.

¿En qué discrepan los opositores con los que mandan? ¿Lo de Kicillof expresa también la queja opositora? No que se haya dicho. Raúl Alfonsín y Hermes Binner (20 por ciento) comparten una visión crítica acerca de lo institucional y una próxima al gobierno en lo que hace a la orientación de la política económica y social. No dicen lo que parece señalar Kicillof.

Discrepan en la medición de la tasa de inflación, que la estiman en más del doble que la que informa el INDEC, y como consecuencia proponen un tratamiento de esa enfermedad. El oficialismo, basado en las cifras del INDEC, sostiene que no existe la tal enfermedad y por lo tanto que no cabe el tratamiento antiinflacionario.

En rigor, por lo dicho, y más allá de las prolijidades fiscales y monetarias, este sector de la oposición, radical socialista, no parecería tener en mira un programa, estructural y macro, diferente al que maneja el oficialismo, más allá de las prolijidades morales y de la enfermedad inflacionaria. La critica expresada por Kicillof justamente apunta a una mirada de cambio estructural. ¿Hay más críticos adentro que afuera?

Digamos entonces que, por sus dichos, radicales y socialistas, más que para ejecutar una alternativa, estaban para confirmar la tendencia. Pero con otras maneras.

 La línea que marcó Eduardo Duhalde apuntó a un discurso crítico más enfático y muy enfocado a las cuestiones de seguridad dominantes en la Provincia de Buenos Aires. Sumaron a lo institucional y a la inflación, problemas en las políticas sociales. Pero, más allá del énfasis del discurso, no se comunicó un camino “alternativo” ni en la política macro ni en lo estructural. ¿Se pueden sumar los votos de Alberto Rodríguez Saa a los de Duhalde? En realidad, si no fuera por las personas que lideran, casi todo es sumable.  Este espacio peronista disidente sumó otro 20 por ciento. Pero tampoco ese espacio apuntó a cambios estructurales de la economía.

En este casi 40 por ciento de votos sumados, no hay “alternativa” sino “estilos” o “prioridades” pero para administrar la tendencia.

Sólo algunas de las formulas minoritarias contuvieron alternativas. La de Jorge Altamira que predicaba el socialismo superó el mínimo gracias a periodistas famosos que no comparten el socialismo. Fernando Pino Solanas  (sustituido por la socióloga Alcira Argumedo) fue el único que se manifestó por la recuperación del poder de decisión estatal midiéndolo en rentas estratégicas, recuperar el petróleo y la minería, en la recuperación del ferrocarril. Pero tampoco reivindico un programa industrialista aunque si identificó los recursos para hacerlo.

Por lo dicho los vientos de cambio vendrán de afuera. Podemos aprovecharlos a la manera de lo que sugirió Kicillof o acomodarnos como lo puso en practica CFK. El oficialismo presenta dos miradas: una sola le da rumbo a los vientos que vienen. La oposición necesita su propio viento de cambio o no podrá ofrecer mejor gobierno aunque cambie el viento.

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07 septiembre 2011

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