¡Qué semana!

25 de Septiembre de 2011

Carlos Leyba

Ni hablar del desplome de los mercados, a pesar de la tibia recuperación del viernes. Ni hablar de la caída del precio de la soja. Ni de las expresiones de Christine Lagarde, la directora gerente del FMI (el artículo determina el género del “ente”) acerca de las estadísticas argentinas. Tampoco hablar de los exhortos del Juez en lo Penal Económico, Alejandro Catania, vinculados a la labor de los periodistas en la publicación o comentario de estimaciones de tasa de inflación producidas por consultores privados. O de las expresiones al respecto del CELS (organización de lucha y testimonio por el derecho y los derechos humanos en la que Augusto Conte Mc Donell y Horacio Verbistky tuvieron un papel protagónico) que en un comunicado señala “la conveniencia de despejar cualquier sospecha de publicaciones basadas en operaciones económicas, mucho más si ocurren a cambio de pagos explícitos o implícitos de sumas dinero”.
Sería como mucho comentar todo eso. Pero, rápidamente y de atrás para adelante, ¿cómo se podrían dejar fuera de esas posibilidades los comentarios de periodistas que difunden las estimaciones de inflación del INDEC en medios que reciben publicidad de ese organismo; o qué si la difusión es de medios que sólo reciben publicidad de organismos estatales? Se dirá que si bien hay pagos explícitos (o implícitos) por parte de los diversos gobierno no hay “sospecha de publicaciones basadas en operaciones económicas”. Es difícil deslindar esas sospechas cuando todo el tiempo alguien compra o alguien vende; y cuando todo el tiempo la información económica influye en esas operaciones; y cuánto más cuando la asimetría de la información hace más imperfectos a los mercados.
Arturo Jauretche comentaba, en otros tiempos tecnológicos, que las grandes cerealeras -las únicas que disponían de información-hace 70 años “bajaban línea” comprando siempre más barato al productor.
Lo más sano sería abundar en la información, de unos y otros, para que cada cual se forme su propio juicio. Simplemente diciendo la fuente cada uno sabrá a que atenerse. Si el periodista no se arroga el derecho de ser dueño de la verdad, y no le otorga a ninguna fuente ese valor, cuando difunde hace lo que debe hacer.
Sería prolijo decir, por ejemplo, el INDEC estima tanto; y el señor X o la provincia tal -que Usted meritará cuánto vale- estima más o menos tanto. Y Usted optará por su criterio. No hay engaño. Usted confía o desconfía.
La inflación y el PBI son estimaciones; no lo son los ingresos fiscales o las cifras de comercio exterior. Sobre variables como las segundas no hay discusión, la información del Tesoro o de la Aduana no son cuestionadas por nadie.
Pero, respecto de las estimaciones, la existencia de mucha información divergente no es más que interpretaciones diferentes de una misma realidad. Y no es que “No hay hechos, sólo interpretaciones” según decía Friedrich Wilhelm Nietzsche. Hay hechos parecidos y muchas interpretaciones. Se eligen los hechos y se proveen las interpretaciones. Y los lectores elegimos.
¿Es procedente en este caso la acción de la Justicia? ¿En qué cambiará la situación si es no se pasa de manera directa a la censura? En nada. La censura es otra cosa.
Por ejemplo, la mediana de la Encuesta de Expectativas de inflación -Universidad Di Tella- ha evolucionado desde 10 por ciento en el mes de septiembre, a 20 un año después y a 30 el siguiente; bajaron en 2009 a 20 y luego 25 en 2010 y 25 por ciento en septiembre de 2011. Esa es la tasa de inflación que las encuestas señalan que la sociedad estima.
Más allá de la sospecha que el CELS quiere que se despejen, resulta que para la CGT al demandar salarios por la inflación del supermercado puede que tenga en cuenta el pasado y las expectativas.
El ritmo de los convenios no ha estado lejos de las cifras de expectativas. El Ministerio de Trabajo ha homologado convenios laborales que estuvieron por encima de las expectativas de inflación (habida cuenta del crecimiento del PBI). Los trabajadores, los empresarios y la autoridad laboral le han pegado por ahí, no cabe duda que tenemos un problema de asimetría en la información y que estamos condenados a escuchar muchas campanas y no sería bueno que el silencio consista en escuchar una sola a la que pocos, dentro y fuera del oficialismo, creen.
Para el FMI, cuya voz es importante para los miembros del G20 (Argentina forma parte y firmó todos sus documentos), ha puesto más fuerte su mirada crítica sobre la información económica oficial. Estando el Ministro ocupado en cerrar con el Club de París y -según dicen- en reabrir el camino de la deuda externa para Argentina, la opinión del FMI merita que se refute, si es que hay argumentos, de modo que ese organismo reconozca su error. Si no es así Club de París y endeudamiento futuro estarán en problemas.
Por cierto para quien esto escribe, volver al endeudamiento externo privado sería una confesión de camino de retorno a los peores tiempos de Argentina.
Pero parece que no es por los problemas del desplome del mercado internacional ni por la caída del precio de la soja las razones por las que se habría puesto en boca del Ministro el “retorno a los mercados generando más deuda externa”. No.
El Ministro ha dicho que el precio de “de los commodities no sufrirán variaciones importantes en los próximos años”… y que “desde el punto de vista de la demanda internacional no prevemos variaciones en los productos que produce Argentina, porque según estimamos en los próximos 5 años, por lo menos los mercados de commodities y sus principales demandantes estarán en un proceso que difícilmente tengan una vuelta atrás”, “en un mundo de alta volatilidad, los precios que van a tener menor variación sin duda van a ser los precios de commodities que exporta Argentina”… aclaró que “no es todo color de rosa”, “tenemos como desafío incrementar la oferta energética, instrumentando políticas para tener mayor nivel de generación y producción”.
Justamente, las dos afirmaciones del Ministro tienen que ver con los más serios problemas estructurales no resueltos de la Argentina.
El primero es que, desde antes de la baja del precio de la soja y desde antes de la devaluación brasileña y antes de los efectos que sobre Argentina habrá de tener el programa de apoyo fiscal a la competitividad de Brasil, venimos con una caída del superávit comercial.
La fuente de la caja externa que sirvió para domesticar el tipo de cambio, proveer de liquidez abundante al mercado interno, financiar la fuga y la política de subsidios y transferencias, está en una razonable alerta.
Pero la afirmación ministerial es que no habrá problemas con el precio de lo que exporta Argentina. Un pronóstico de futuro de mercados blindados. Pero además, y esto es grave, hay una definición estratégica para los próximos 5 años por lo menos: consentimiento entusiasta acerca de una estructura económica que exporta commodities. Los países son lo que exportan y esta definición es que en el próximo período “gracias al viento de cola” seguiremos siendo un país primario.
La afirmación dos es que tenemos un desafío energético. Un problema estructural. Lo que producimos en la materia, la oferta, no sigue el ritmo de la demanda del crecimiento. Miremos los números del comercio exterior.
Venimos soportando un deterioro de nuestro saldo de balance comercial externo.
La balanza en agosto 2011, contra el mismo mes del año anterior, informa una caída del 39 por ciento. No es una golondrina de invierno.
En los primeros ocho meses, contra el mismo período anterior, la reducción del saldo positivo fue 23 por ciento. Caída y dinámica de la caída, por ahora, sin efecto recuperación.
Las exportaciones crecen. El problema es que las importaciones lo hacen a una velocidad superior o, lo que es lo mismo, la elasticidad producto de las importaciones crece y mucho.
Las segunda cuestión, en las palabras del Ministro, es que se anticipa el aumento de las importaciones de combustibles y energía. Lo que abulta el lado negativo del comercio.
Dos veces negativo. Comprar afuera más que pasamos de exportadores a importadores.
Evidencia del colosal fracaso de la privatización del sistema energético. Las exploraciones en energía han sido irrelevantes.
A los privados les ha resultado más rentable agotar las reservas que reponerlas que sería la conducta esperada de una política energética de sentido nacional. Y en esto están asociados políticamente el peronismo de Carlos Menem; peronismo, radicalismo y otros de la Alianza; y los peronistas, radicales y los que gobiernan hoy.
Dada esta continuidad, la energética, es una política de Estado (lleva 20 años y varios presidentes) que se ha profundizado con los años; Menem privatizó, la Alianza entregó Loma de la Lata, los gobiernos provinciales han prorrogado a favor de “los no inversores privados” – habrá excepciones – el derecho de explotar hasta por dos o más generaciones nuestros recursos energéticos.
Y ahora estamos en problemas buscando inversores cuando llevamos más de 60 mil millones de dólares de ahorro fugados del sistema que, con políticas adecuadas, podrían haber acrecentado nuestras reservas y nuestra capacidad de producción.
En los primeros ocho meses exportamos un 25 por ciento más que en el mismo período de 2010; y en el mes de agosto alcanzamos un récord histórico. Los productos primarios, en bruto, aumentaron el 25 por ciento por la suba de precios de los granos y el oro. Suena espantoso. Pero sí exportamos oro y granos en bruto.
Y además crecen los precios más que las cantidades. Las Manufacturas de origen agropecuario (MOA) crecieron 32 por ciento, llevan la punta, como consecuencia del incremento de los precios de la industrialización de la soja (grasas, harinas, pellets) Y finalmente las Manufacturas de Origen Industrial (MOI) crecieron 26 por ciento a causa del incremento de las cantidades (no los precios) exportadas de automóviles a Brasil.
La cuenta energética pesa en las importaciones. Gasoil, gas natural licuado y fuel oil crecen al ritmo anual de 113 por ciento o lo que es lo mismo un aumento (un adicional) de 3.500 millones de dólares más que en 2010. Terrible sobre todo si se tiene en cuenta las utilidades de Repsol YPF distribuidas, en gran parte, a causa del convenio de compra de las acciones de esta filial, a la casa matriz, por parte de la familia Eskenazi .
Pero la elasticidad importaciones del crecimiento (que incluye las partes de la industria automotriz que importamos, vehículos, insumos, equipos, bienes de consumo, etc.) genera un aumento de las mismas que denota la dinámica del mercado interno y también la permanencia del proceso de desindustrialización que arrastramos hace 36 años.
La crisis externa que agobió a la economía argentina durante tantos años no parece estar a la vuelta de la esquina.
Pero no es igual verla venir que irla a buscar. O no es lo mismo no verla venir pero irla a buscar haciendo de la primarización (y el aumento de sus precios) el eje de la política.
Sin una reacción en la política energética e industrial, las turbulencias del mundo se harán sentir fuerte.
Este año el superávit comercial podrá llegar a 9.000 millones. Pero todo indica que las importaciones de energía en 2012 van a subir más de los 3.500 millones de dólares de este año. Suena sorprendente que exista la posibilidad que el saldo de comercio exterior esté en manos de las importaciones de energía y que éstas se vayan poniendo en la línea de límite de la expansión económica nacional.
Es cierto. No es la crisis internacional lo peor de la semana, sino que se está develando lo que habrá que pagar por le fracaso de la privatización energética, por la ausencia de un programa de industrialización, la ausencia de signos de sustitución de importaciones y de exportaciones primarias por industriales.
La única manera que la fuga no se revierta en tragedia de revaluación cambiaria es un programa de inversiones masivo que pasa por resolver los problemas estructurales que están a años luz de haber sido resueltos.
Los jóvenes, no tan jóvenes, de La Cámpora parece que son conscientes de este desrumbo del viento de cola. Ojala.

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25 septiembre 2011

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