GPS Y POLÍTICA

25 de Septiembre de 2011

Carlos Leyba

Blancanieves, tenía una madrastra, la reina vanidosa, que le preguntaba a su espejo mágico por quién era la más bella. El espejo le decía: eres tu. Pasaron los años y un día el espejo respondió: la más bella es Blancanieves.

Recalculando. La voz del GPS recuerda al conductor que ha cambiado el camino. No el objetivo. El cambio puede obedecer a imprevistos, situaciones externa no controladas; o  a decisiones del conductor a la búsqueda de  un camino mejor.

La política, si se practica por tener ideas claras de lo que se debe hacer desde el Estado para construir la Nación, siempre tiene objetivos; el político esta preparado para el recalculo, que no es la voz del GPS, a causa del monitoreo inteligente de las dificultades y oportunidades que se abren a cada momento y que pueden mejorar el rumbo, aumentar la productividad del camino o reducir los costos del transito.

El GPS y el conductor, para esa tarea, están obligados a mirar hacia delante a partir de dónde están. El conductor también mira a los costados y por el espejo retrovisor. El GPS al pasado sólo lo computa o lo traza como información almacenada. El conductor sabe que la marcha está condicionada por el pasado y que lo que viene por detrás también la condiciona.

Pero lo que el conductor no debe hacer, si no quiere estrellarse o perder el objetivo o simplemente perderse en el camino, es dejar de lado el mirar al frente y a los costados y solamente mirar para atrás. El espejo retrovisor no brinda información por dónde y como ir.

De esto no hay dudas. Ni en escuela de chóferes ni en manual de conducción política. La retórica de la acción apelando a lo que se ve por el espejo retrovisor carece de lógica.

La presidente, hace unos pocos días, ha confesado ser peronista de Perón y Evita; y que ha imaginado que la historia de amor de Juan y Eva podría ser como la de ella y Néstor. Seguramente alimenta la convicción de que miles de parejas militantes del peronismo, muchas de las cuales entregaron su vida, hicieron de su amor joven una cruzada por el retorno del General o por el retorno de las ideas del General. Porque creían que el General había transformado la vida de los argentinos. Si no se cree en eso no se puede ser peronista. Se puede creer en eso y no ser peronista. Pero no se puede ser peronista y no creer en la transformación que Perón produjo.

¿Quién duda que los tiempos de Perón fueron de inmensas transformaciones? Mientras se realizaban, una minoría las criticaba por  demasiado revolucionarias. Otra minoría, ínfima, por poco revolucionarias.

La prueba de que es así es que el peronismo se hizo con la incorporación inicial y continuada de radicales, conservadores, socialistas, nacionalistas católicos, trostkistas y con trabajadores urbanos, rurales y patrones urbanos y rurales, con curas e intelectuales, con universitarios y maestros.

Se hizo por esa acumulación porque, personas de procedencia diversa, sentían la necesidad de esos cambios y también estaban convencidos de que esos cambios eran posibles sin tragedias. Creían en la política como camino de la transformación sin violencia revolucionaria. El peronismo se alumbró en uno de esos tiempos de la historia, los mejores, en que lo necesario se torna posible. ¿Cómo?

Siempre es por la intervención de los liderazgos capaces de generar consensos con rumbo. Perón hizo posible – en su tiempo – esa alianza de contrarios que reflejaba el consenso de lo necesario posible. Liderazgo de consenso.

De todas esas transformaciones, la que le cabe al plano social, no tuvo retorno: fue definitiva. La democratización de la vida cotidiana, nuestro carisma en Latinoamérica, es hija del peronismo de Perón. Nunca más después de aquella etapa volvió para atrás. Se había cruzado una frontera definitivamente: una transformación fundamental y extraordinaria.

También lo fue la expansión del mercado interno y la asociada aceleración de la industrialización. Un planteo serio que comenzó con la industria liviana y dio lugar, entre otras, a la automotriz y a la aeronáutica. Los aviones Embraer que hoy compramos a Brasil nacieron aquí. Una medida de lo que habíamos conseguido y de lo que perdimos, tal vez, definitivamente. Una muestra de que esa transformación se desvaneció.

Sin Domingo Sarmiento la democratización social liderada por Perón no hubiera sido posible. Pero aquella economía industrial no hubiera sido posible sin la previa visión de Carlos Pellegrini o la acción protectiva de Federico Pinedo. La sola mención de esos nombres habla del extravío de los que se dicen sus seguidores. Y también de la hipersimplificación de los historiadores a la moda.

Muchos de los seguidores de aquellos hombres, tan distintos y de épocas diferentes, pasaron a formar parte del peronismo porque las vertientes se funden en el cauce del río grande capaz de brindar las mayores energías. Y es lógico que a partir de esa etapa se haya generado, una memoria y una pasión, y una voluntad de retorno, de reencuentro, de reedificación a la que hasta ahora, unos y otros, los que lo son y los que no, llamábamos peronista.

Por lo menos fue así hasta el sábado 15 de este mes. En la casa de Antonio Cafiero y con motivo de su 89 cumpleaños se dieron cita personas de alineamientos tan distintos como Carlos Kunkel,  fundador de los K y Carlos Corach, cerebro del menemismo. U Oscar Parrilli, hoy K y ayer ejecutor fundamental del programa privatizador menemista y José Luis Castiñeiras de Dios padre, uno de los fundadores del peronismo y académico de letras. Todos unidos junto a Cafiero para ratificar la memoria común. También se sumaron muchos recién llegados, que pareciera con fe verdadera, cantaron a voz en cuello “Perón, Perón que grande sos”. Y cantaban porque tienen en común la convicción que ser peronista es trabajar para reconstruir la primera década que Perón construyó. No repetirla. El pasado no se repite. Reconstruir es – a la altura de los tiempos – tratar de sostener aquellas transformaciones: democratización de la vida social e industrialización es lo que se propuso el liderazgo de Perón en la tercera presidencia.

Mi amistad con Antonio nace de ese retorno de Perón y a causa de su programa de concertación social y política que sintetizó con esa nueva verdad de que “para un peronista no hay nada mejor que otro argentino” y que tuvo la amplitud y riqueza de abrir un camino con otras tradiciones sociales y políticas. Esa, la tercera y última, fue la etapa superior del peronismo con Perón. Los años y la experiencia y lo ya realizado, hicieron a Perón un líder superior a sí mismo. Por eso decía sin jactancia que el país se había transformado; y que, en ese tercer período, “ahora peronistas son todos”. Las necesidades del tiempo fundador se habían convertido en convicciones para la inmensa mayoría. Podía haber más. Pero no menos.

La Argentina del retorno de Perón, a pesar de la persecución y proscripción del peronismo durante 18 años, era socialmente democrática y su aparato industrial podía sostener esa condición: una década de expansión industrial había profundizado los lineamientos del desarrollo inicial. Por eso, en su breve período de gobierno, además de los cambios geopolíticos, su gobierno puedo exhibir una distribución del ingreso comparable a la de Dinamarca de hoy y una inclusión social del 96 por ciento de los argentinos, pero no con una canasta equivalente a hoy de 11 pesos diarios para no considerarse pobre.

A pesar de los golpes y los tumbos, hasta los intentos de retroceso, esa era la Argentina en la que él, Perón, encaró una etapa superior.

El pueblo la avaló con más del 60 por ciento de los votos propios; y a esos votos, los suyos, habría que agregarle los de Ricardo Balbín y Oscar Alende que sostenían el mismo programa. Y así sumamos más del 86 por ciento de coincidencias programáticas. Esa convergencia fue sostenida por la unanimidad con la que el Congreso votó todas las leyes transformadoras que Perón propuso.

Unos pocos jóvenes de entonces, muchos hoy arrepentidos, nos combatieron a punto de asesinar el 25 de septiembre de 1973, inmediatamente después de aquella elección plebiscitaria, a José Ignacio Rucci que era el brazo sindical del proyecto de Perón.

“Eran muy jóvenes” dijo, uno de los jefes de la organización Montoneros explicando, en el documental de María Seoane sobre José B. Gelbard, el brazo empresario del proyecto,  aquella conducta irracional que decía estaba inspirada, no por los jefes, sino por la presión de los adolescentes que los seguían.

El golpe cívico militar genocida, es mi visión, se hizo con el propósito de  terminar con el programa económico de esa etapa superior y de consenso nacional del peronismo y las demás fuerzas nacionales y populares. La profundización de aquél programa suponía nuevos cambios estructurales en los que los poderes económicos, sociales y políticos – que habían alentado todos los golpes militares desde 1955 – habrían perdido definitivamente el peso que, hasta entonces, habían mantenido para controlar las situaciones críticas. La “constitución legal” habría de imponerse a la “real” controlada por los grupos de presión económica dominados por la ideología liberal. Nadie puede dudar que la muerte de Rucci, la de Adelino Romero y la de Perón diezmaron la capacidad de liderazgo a pesar de la inmensa corriente de apoyo popular.  Todos los que contribuyeron a ese debilitamiento, contribuyeron al resultado económico final.

Pero las herramientas expresas fueron el golpe de palacio de José López Rega, las acciones destructivas de sus funcionarios y el final de Celestino Rodrigo. Ellos fueron, desde adentro, los que abrieron la puerta del Caballo de Troya de la financiarización, extranjerización y destrucción de la economía del desarrollo. Pero no se puede dejar de lado la fractura que le infirieron al proyecto el asesinato de Rucci y la muerte de Adelino Romero.

A partir de allí, desde la muerte de Perón se fue destruyendo la base económica heredada del primer peronismo que se continuo, con altos y bajos, como una línea de desarrollo que su tercer gobierno venía a superar. El golpe genocida vino a perfeccionar la línea destructiva usando todas las herramientas incluidas la represión salvaje. Pero no pudieron destruir la transformación democratizadora de la sociedad, porque el peronismo la había hecho cultura. El genocidio no pudo destruir esa base cultural.

Pero sí destruyó las bases de la economía y también de la cultura económica. Nada desaparece hasta que se lo reemplaza y desde 1975 en adelante se construyó una cultura a la medida de nuestro subdesarrollo. La impotencia industrial de la Argentina más la impotencia política del Estado, se instalaron como depresores de toda voluntad transformadora. Después de la crisis de esa cultura y de su modelo económico ¿cuánto se ha reconstruido de aquella base?

Preguntémonos por algunas cuestiones fundamentales ¿La economía está más extranjerizada o no que hace 60, 50, 40, 30, 20, 10 años? ¿El petróleo, la minería, los recursos estratégicos, los monopolios naturales, están en manos del Estado  – como lo exige la doctrina peronista y el sentido común – o en manos privadas? ¿La distribución del ingreso? La tasa de crecimiento del número de personas bajo la línea de pobreza, con cualquiera de las cifras que se quiera exponer, creció al 6 por ciento anual como mínimo desde que murió Perón hasta hoy. ¿Cuál es el déficit comercial externo de la industria? ¿Cuál el porcentaje de la industria en el PBI en esta década y las anteriores?

Puedo poner esos números pero no quiero cansar. Los números son los que Usted imagina.

¿Pero estoy mirando el espejo retrovisor o el espejo mágico para que me diga que todo tiempo pasado fue mejor? No. De ninguna manera.

Sólo quiero decir que, mirando el presente, es obvio que todos los datos del presente son mejores que los datos de la crisis y también es cierto, con algunas correcciones, que cada año se ha avanzado por sobre el anterior en varios indicadores económicos y sociales. Pero estamos lejos de haber retornado a las bases del modelo que se supone conforman el anhelo irrenunciable del peronismo y de los que conformaron en 1973 el amplio frente nacional y popular. Entonces estamos lejos del objetivo. Miramos la distancia transcurrida, por el espejo retrovisor, y constatamos lo poco que hemos avanzado no respecto del pozo de la crisis sino en relación a lo que fue la época dorada de las realizaciones del país, sea que hablemos de economía, de sociedad o de política.

El domingo 18 de septiembre el futuro vicepresidente dijo que “el cambio que se produjo bajo las gestiones kirchneristas ni siquiera lo pudo realizar el ex presidente Juan Domingo Perón”. La respetable opinión, del seguramente sucesor de CFK, un día después que peronistas de todo el arco festejaban el cumpleaños del más joven ministro de Perón (cuando ser joven era tener 30 años), difiere 180 grados de lo que aquellos invitados seguían pensando hasta el día sábado e incluso de lo manifestado por CFK pocos días atrás: que el peronismo es la tarea de volver a las condiciones de la estructura social, económica y política que legó Perón. No repetir lo irrepetible, sino recuperar el sentido del proyecto nacional. Es que esa idea de retorno es “volver al futuro”. Entre otras cosas porque Perón, a pesar de sus 80 años, en sus mensajes no contaba lo que había hecho que no era poco: anunciaba al pueblo lo que iba a hacer que es en lo que consiste gobernar. Es más en esa dinámica de propuestas al futuro y leyes y programas estratégicos, para llevarlas a cabo, instaló el Modelo Argentino como su legado doctrinario. En síntesis, aunque parezca un juego de palabras, el “retorno” es el compromiso con una propuesta de futuro.

En los tiempos del último mandato de Perón, la política era discutir el futuro y no mirar ni el espejo retrovisor ni el de la Madrastra para que confirme la excelencia del presente que, en el mejor de los casos, es la convocatoria al inmovilismo. Primero, porque mirando al futuro uno va recalculando para no escaparse del objetivo o no caer en el corolario que es el conformismo del posibilismo; segundo, porque mirar el espejo retrovisor es una dependencia enfermiza del pasado reciente o “lo que hicimos”, un complejo de los que no pueden apostar al futuro que siempre implica riesgos; y tercero, porque mirar el espejo mágico es una trampa en la que lo peor es creerle como lo hacía  la Madrastra.

El GPS nos cuenta a esta marcha a cuanto tiempo estamos del objetivo y el conductor responsable sabe que falta tanto y hemos hecho tan poco que no tiene sentido hacer la cuenta del recorrido ni tampoco enfrentarse al espejo de la Madrastra. Y mucho menos si la radio nos dice que por otro lado llueve y se anuncian temblores. Cualquiera sabe que la Tierra es una sola y las vibraciones telúricas no son muy previsibles.

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