LA FIESTA

4 de septiembre de 2011

Carlos Leyba

Las primarias liquidaron, salvo algo imprevisible, la segunda vuelta; y convirtieron a las elecciones de octubre en un trámite. Los opositores pretendieron realizar una pre primaria, los radicales entre Ricardo Alfonsín, Julio Cobos y Ernesto Sanz; los peronistas entre Eduardo Duhalde, Alberto Rodríguez Saa, Felipe Sola, Mario Das Neves. Ambos intentos volcaron en la primera cuadra. Consecuencia: entraron a la primaria cuatro opositores y no dos: se sumaron dos gobernadores, Hermes Binner y Alberto Rodríguez Saa. La consecuencia de la primaria es el ninguneo a los dos primeros opositores por parte de los medios y de los propios. Los radicales en Mendoza, donde pueden ganar, lo espantan a Alfonsín como al espectro de la mala pata. Las elecciones esmerilan a la oposición.

El oficialismo avanza porque la oposición camina para atrás; y porque incorpora a sectores que, antes de las primarias, le eran remisos.
La prueba fue el acto del Día de la Industria. Ahora sabemos que la oposición desvencijada no recibirá ni un mínimo aliento de ninguno de los sectores empresarios. Todo para CFK no ya sólo de parte de los miembros del nuevo establishment que, como siempre, aplaudieron a rabiar. El nuevo establishment lo integra la nueva oligarquía de los concesionarios (bancos emergentes apropiados de los bancos provinciales, constructores de obras públicas, concesionarios de privatizadas y de la explotación de energía y minería y de otras actividades de renta hasta Carlos Menem propiedad del Estado) aquellos que fueron Patria Financiera, Patria Contratista o Patria Privatizadora (¿se acuerda?). Ese grupo de empresarios, de nacionalidad argentina, siempre estuvieron al lado del oficialismo y tratando de ocupar el papel de una nueva burguesía nacional a pesar de no tener el corazón de sus negocios en la industria. Sus actividades dependen de una concesión del Estado que es el valor llave y principal de su actividad, y eso los hace naturalmente oficialistas. Y que aplaudan es una obviedad ya que, entre las razones del entusiasmo, que han de ser muchas, están las cuentas patrimoniales que, en estos años (en términos relativos al punto de partida), han sido muy buenas y parejas a su protagonismo. Ese aplauso no es nuevo y no cambia nada. Lo que es nuevo y cambia es que el jueves hubo entusiasmo militante entre casi 2.000 empresarios y dirigentes industriales que expresaron su coincidencia, absoluta y sin reservas, con la marcha de la economía, la orientación futura y los modos de gestión. La presencia de Hugo Biolcatti, presidente de la Sociedad Rural, representante de las hilachas de la ex oligarquía ganadera (¿habrán sido los tamberos oligarcas en aquellos años?), sumó el aplauso rural. Puede que se alegue cortesía. Pero no es la que se esperaba.
Los díscolos se han anoticiado que de aquí en más carecerán de laderos: nadie se sacará una foto con ellos.
En síntesis, antes de la primera vuelta de octubre, con la base electoral más amplía jamás alcanzada por el kirchnerismo, que barre regiones y clases sociales; y más allá de los episodios de irregularidades fraudulentas reconocidos por jueces electorales, CFK, el jueves por la noche, configuró una suerte de Consejo Económico y Social virtual en el que, por los discursos, las presencias y los aplausos, logró un consenso de adhesión, de quienes detentan las microdecisiones de empleo, salarios e inversiones, hecho público y sin condicionantes. CFK puede pensar y decir, sin faltar a la verdad, que los empresarios le han dado un cheque en blanco y sin contraprestaciones.
Envejeció en esa misma noche la crítica a los “riesgos inflacionarios” y quedó diluida, al 99 por ciento, por el discurso de Ignacio de Mendiguren, otrora para el kirchnerismo “el perverso devaluador” de 2002, con la amigable expresión “tensiones de crecimiento”. Si hubo tensiones sectoriales, el jueves quedaron en el pasado y sepultadas. Ya no están vivas.
Por eso lo del jueves y en Tecnópolis fue “la fiesta” de celebración del triunfo pasado y del que todos creen que vendrá. Pero la celebración no terminó en estas pampas.
En el New York Times del mismo día, una nota de Ian Mount (periodista residente en Buenos Aires, especializado en vida cotidiana y autor de un libro de próxima publicación sobre vinos argentinos), comienza diciendo “Argentina parece ser uno de los últimos países de la tierra en ofrecer lecciones para manejar la enfermedad de la economía”, para decir más adelante que “el Presidente Obama y el Congreso deberían mirar (la experiencia) para inspirarse”. Una simplificación simpática que ha estado varias veces en boca de CFK y que está en la cabeza del poder económico local como quedó de manifiesto en Tecnópolis.
CFK, citando al historiador y periodista Fernando del Corro sin nombrarlo, recordó que cuando Argentina ingresó al FMI (1956), después de derrocado Juan Perón, la cuota que se nos asignó como socios del Fondo era similar a la de la República Federativa del Brasil. La dimensión de ambas economías era similar. Hoy nuestra economía es menos de un tercio de la de nuestro socio en el MERCOSUR. Es que toda mirada para atrás es demoledora: no mencionó que en 1923 generábamos mucho más del 50 por ciento del consumo de petróleo del MERCOSUR ampliado. CFK, siempre con el texto de del Corro, señaló que para 1956 éramos uno de los cinco productores de aviones del mundo. El recuerdo es importante. Las lecciones del pasado deben mencionarse para tomarlas en cuenta. Desde Perón de la primera y segunda presidencia y hasta Perón de la tercera y hasta su muerte el 1 de julio de 1974; la economía y la sociedad argentina estaban instaladas en una economía del Estado de Bienestar, si bien con algunos frenos y altibajos; y con un programa profundo de industrialización y desarrollo y con un proceso de distribución estructural de los ingresos. Hay que recordarlo: al final de esa etapa la pobreza era menor al 5 por ciento de la población y el tamaño relativo de la economía, en el concierto de América del Sur, todavía era el propio del líder regional de ese proceso. Brasil, hizo lo contrario, continuó desde Juscelino Kubistchek hasta la fecha una política magna de desarrollo que desgraciadamente Argentina abandonó en 1975 y que aún no hemos recuperado. ¿O sí?
La presidente y los industriales, en el discurso y en el aplauso, han señalado la convicción de que sí hemos recuperado el sino del desarrollo industrial abandonado. ¿Sí?
Nadie puede poner en duda el extraordinario crecimiento de la economía desde el pozo pos devaluatorio de 2002 y la velocidad china alcanzada a partir de la explosión sojera. ¿Pero realmente estamos instalados en el proceso de desarrollo?
El discurso presidencial -que reconoció algunos errores o desajustes o desequilibrios- y el discurso de Mendiguren, que ratificó sin más el rumbo, denotan la convicción que lo principal está trazado. Es decir, el próximo período presidencial y probablemente el diseño de la re reelección es una profundización con correcciones de lo que hay. Sin cambios. La presidente afirma que en términos de inversión y exportaciones la economía se ha industrializado y avanza en esa dirección. ¿Es así y sin discusión?
La semana pasada comentamos ideas atribuidas al joven camporista Axel Kicillof -candidato a ministro de economía o a influyente teórico- que entendía que no se había avanzado en el proceso de desarrollo industrial, en la concepción del mismo, en la dimensión y con la velocidad necesarias. No es lo que señaló CFK y tampoco lo que reclamó la UIA.
Los fuertes elogios al crecimiento económico registrado desde 2003 no escondieron reclamos para que el país pase a una etapa de desarrollo. ¿Dicen todas las voces lo mismo o es lo propio de una fiesta?
En el congreso de la Asociación de Economía para el Desarrollo de Argentina orientada por “La Cámpora”, Juan Carlos Schmidt, de la mesa directiva de la CGT, dijo: “Hubo una etapa muy fuerte de crecimiento con inclusión, pero no ingresamos en el desarrollo. Los instrumentos no son los mismos; el desarrollo implica un plan con metas para saber adónde ir y con quiénes uno está acompañado” y reclamó poner en marcha el consejo económico social que el Gobierno prometió hace dos años. No uno virtual por aplauso, sino uno para discutir objetivos e instrumentos. La posición de este dirigente coincide con la posición de Martín Schorr, economista de simpatía K especializado en industria, que sostiene que “la aplicación de un plan de reindustrialización nacional es una asignatura pendiente e ineludible para el próximo gobierno” (El Economista, 2/11/2011)
¿Cuáles son los hechos que consideran unos y otros?¿Estamos mirando lo mismo?
Para CFK y la UIA (y por cierto para la oligarquía de los concesionarios) todo está hecho y sólo hay que corregir errores o administrar las “tensiones del crecimiento”. Para esta poderosa opinión, el oficialismo abrumadoramente mayoritario y los empresarios de todo pelo y condición, el resultado de las políticas no puede ser mejor y por lo tanto “esta política” es la mejor.
Sin embargo para otros, algunos jóvenes K, el sindicalismo de la CGT y la lectura neutral de los que no se benefician con la economía inmediata (empresarios y concesionarios), no hay tal cosa como un plan de reindustrialización -que se considera imprescindible-ni tampoco un plan de desarrollo surgido de la convicción y concertación colectiva.
Y esa enorme distancia con que ambas lecturas describen la realidad, no es una cuestión entre oficialismo y oposición. Es más “la oposición” incluido Binner, sostienen -al igual que CFK y Mendiguren- “no volvamos a las políticas activas industrialistas”. Esa sería la opinión de Javier González Fraga y Martín Redrado, ambos economistas de cuño liberal más allá de matices.
No es con la oposición la posibilidad de una discusión creativa, sino en el seno o proximidad del oficialismo como hemos señalado.
Esta disputa abre, para los que compartimos la visión crítica de algunos jóvenes K, de Schmidt y de Schorr, alguna esperanza de cambio antes de que sea demasiado tarde. Sí porque hay un intento promisorio de romper el “nuevo pensamiento único” del paso a paso y que todo ya esta hecho.
La necesidad de un programa concertado de desarrollo y reindustrialización es de carácter estructural. Sin reindustrialización masiva a la brasileña no hay empleo de calidad para los argentinos que bulevan en los márgenes de la pobreza; no hay reequilibrio social; no hay fortaleza de la sociedad y aumentan los riesgos de reducir la inclusión del bienestar.
Por ahora no es el pensamiento de CFK y desde el jueves tampoco el de la UIA.
Pero sin ese programa, ante una crisis -que no es imposible aunque improbable- sí corremos el riesgo que, por desesperación, se retorne a la apertura a mansalva y a la búsqueda de financiamiento externo y al retorno del ciclo del ajuste fundado en la desgracia. Sabemos que esas políticas han sido aplicadas por peronistas versión menenista, por radicales y progresistas versión alianza: no le son ajenas a esos partidos.
No hay garantía partidaria de que esas ideas no vuelvan.
Una situación de crisis, si llegara con el actual diseño, no tendría anclas estructurales ni políticas para evitarlo. Un dato para ilustrar la dependencia de esta política: a precios de 1993, para aislar el efecto precio de las commodities, la velocidad de crecimiento de las importaciones es notablemente superior a la de las exportaciones. El saldo de la balanza comercial, en esos términos, hoy ya sería negativo. Con la tendencia a la fuga que no para, sin políticas de reversión, una reducción de los términos del intercambio generaría un estrés en la economía e inutilizaría las herramientas que el discurso presidencial ratificó. Siempre el “pensamiento único”, el aplauso del presente, la mirada corta, la filosofía del paso a paso, han sido “beneficiosas para el día a día” y siempre y cuando se mantengan las condiciones externas que facilitan esos ausencias de estrategia: el milagro de la convertibilidad se derrumbó cuando se cortó el chorro de la deuda y este milagro, salvando las enormes distancias, depende demasiado -si no se hace otra cosa- de la suerte de las commodities. La resaca de la fiesta.

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25 septiembre 2011

LA FIESTA

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