LA MOCHILA DE 2011

16 de Septiembre de 2011

Carlos Leyba

En materia de pronósticos, los economistas no tenemos buenos antecedentes. En una reunión anual de banqueros (Jackson Hole, 2003), la revista The Economist descubrió un método infalible para anunciar el futuro. Como el ciento por ciento de los pronósticos de años anteriores había sido equivocado, el mejor vaticinio era “lo contrario” del de los financistas. Abro el paraguas y me limito a inventariar el contenido de la mochila que el presente le carga al 2012.
¿CFK va a revisar la mochila? Si algo le preocupa, ¿qué hará?
El método K es “paso a paso”. Y sorpresa.
¿Cómo serán las reacciones K ante los problemas que existen y los que, sin cambios, se suscitarán?
¿Será que piensan que “El futuro será mejor mañana”, como popularizó George W. Bush Jr.?
Hagamos un inventario, aunque incompleto, de problemas que 2011 proyecta sobre lo venidero.
Esta nave se alejó de la costa salvaje -a la que fue arrojada por la convertibilidad- por méritos, primero, de los inmensos vientos que vienen del naciente y, después, por los del default, la minidevaluación de 2002 y la inmediata estampida devaluatoria del mercado. Y, finalmente, por las exitosas quita y renegociación de la deuda.
Navegamos, a alta velocidad, mar adentro. En poco tiempo, lo horrible quedó lejos, lo que no asegura que la nave esté rumbo a un horizonte venturoso.
La tripulación -todos- no duda de que nos alejamos de la costa mala. Tampoco hay diferencias, en la mayoría absoluta de la tripulación, acerca de adónde queremos ir. Cierto es que, en el cómo, las diferencias son mayores. Pero la discusión más fuerte -y que, por el carácter del diferendo, resulta crispada- reside en que no estamos de acuerdo en cómo determinar si estamos yendo hacia donde la mayoría quiere o si estamos con un rumbo a tumbos.
Veamos.
Los que conducen, la cabina, afirman que la marcha es rauda y en la dirección deseada. Y los que vamos afuera, guiándonos por las estrellas, vemos otra cosa. Creemos (José Ortega y Gasset) que nos pasa lo que al expedicionario al Polo Norte que descubrió, en la noche,  que iba hacia el Sur: viajaba sobre un témpano al que la corriente subterránea empujaba en dirección contraria.
Dos de las enfermedades clásicas del corto plazo son el desempleo y la inflación.
Con K, el desempleo bajó mucho. Pero ahora la tasa de descenso del desempleo es mucho menor que la tasa de crecimiento del PBI. El crecimiento ha dejado de hacer bajar el desempleo, y el empleo privado que crea tiene mucho de informal. Y se observa que crece el empleo público sin que la oferta de bienes públicos se expanda, como lo requiere una sociedad con este nivel de PBI promedio por habitante.
La inflación, posdevaluación, estuvo controlada básicamente por los elevados, si bien heredados, niveles de desempleo y pobreza de los primeros años K. Cuando avanzó el empleo y disminuyó la pobreza, la inflación se hizo problema. Si la opción fuera inflación o más pobreza y más desempleo, ¿quién dudaría en privilegiar el combate a la pobreza y el desempleo?
La carencia de inversiones es la causa del problema y la política de inversión la respuesta adecuada.
Inflación y desempleo altos potencian el malestar.
La inversa potencia el bienestar.
Las elecciones dijeron que, para la mayor parte de la sociedad, no hay malestar por la inflación, la desaceleración del desempleo y el estancamiento de la pobreza. Y eso a pesar de que los tres problemas son evidentes. No sólo los votos sino las expectativas económicas de todos los sectores, medidas por encuestas serias, marcan un estado de ánimo sin nubarrones. Siendo así, ¿cómo no van a confirmarse, los que mandan, que todo está bien?
Pero, ¿es así?
La nave tiene un enorme agujero. Y, si bien lo mejor que nos pasa es que producimos más de lo que consumimos, es decir, generamos un inmenso excedente; como ese excedente, en lugar de transformarse en ahorro disponible para la inversión, se fuga del sistema en forma de miles de millones de dólares, lo que realmente nos pasa es que el potencial de inversión que generamos se derrama en el océano de las finanzas mundiales. Y eso frustra la inversión potencial que estaría destinada a aumentar el empleo de calidad y disminuir la tasa de inflación. La fuga es una corriente subterránea que, más tarde o más temprano, desacelerará la marcha de la nave. La costa mala de la que nos apartamos dejará de alejarse.
Esta fuga está asociada -entre otras cosas- a la pérdida del potencial energético y a la ausencia de transformación y diversificación del aparato industrial.
No anuncia una tragedia inmediata. No. Es que el viento del naciente sopla; y la soja financiará la fuga y pagará la cuenta energética y el déficit del comercio industrial; y también las reparaciones sociales propias de la desaceleración interna.
Sin soja, esos problemas habrían desmayado a la economía.
Pero la soja está; y estará en 2012.
La crisis de los desarrollados tiene poco impacto en nuestros países. Y China y la India, por ahora, crecerán menos, pero el impacto de esa minoración, valga la redundancia, será menor. Tal vez, las tribulaciones de Brasil nos generen incomodidades de más envergadura.
Pero el desorden en el corto plazo, si es que lo hay, será autoproducido. Si nada se hace, la inflación se pondrá incómoda, el desempleo pegajoso será difícil que baje y la pobreza se estancará.
No esperamos nada mejor que lo que hasta ahora ha venido del naciente. Soplará con menos fuerza. Tampoco nada mejor de los vecinos; ni de lo que viene de adentro. Habrá menos incremento de recursos y aceleración de la demanda por los mismos. Podemos hablar de zona de conflictos, pero con soja suficiente, aunque deberá ser mejor administrada.
Creceremos menos, y si nada se hace, seguiremos con inflación y una creación de empleo que irá perdiendo calidad y desacelerándose. Las expectativas se deterioran y los dólares seguirán viajando, tal vez a menos velocidad.
El “paso a paso” puede ganar tiempo. Pero el tiempo hará patente la pérdida de oportunidad que es difícil de ver desde el presente. La nena le dijo que no al estudiante novio, que después fue profesional exitoso.
Oposición, oficialismo, y también la profesión, han olvidado que el desarrollo es un proceso provocado de transformación estructural y diversificación del aparato productivo.
No lo hace el mercado. Ni el viento de cola. Ambos, es lo grave a lo que no se le presta suficiente atención en la cabina, consolidan la estructura productiva que determina la actual distribución del ingreso, concentra la producción (primarización), la población (en el conurbano) y la riqueza (exuberante en la nueva oligarquía de los concesionarios).
Nadie quiere eso.
El comando cree, o dice creer, que no va en esa dirección y que no nos pasan esas cosas.
¿Están mareados por el éxito? Decía José Stalin (Pravda, 1930) que “los éxitos tienen su lado oscuro, especialmente cuando se logran ‘con facilidad’ y, por así decirlo, de un modo ‘inesperado’”.
Resuelto el gran desempleo, morigerados  la pobreza y el desencanto, es justo pensar en el éxito. Cómo que no.
Pero ¿y el lado oscuro? Ése es la primarización, motor del equilibrio externo y fiscal, que confirma la estructura que prorroga el subdesarrollo y sus males. El pilotaje ha sido fácil y, además,  bendecido por hechos inesperados favorables. Sería sano tomar conciencia de eso.
Marearse es perder el equilibrio. Sin pretender hacer pronósticos, válgame Dios, cabe decir que si no se busca con energía el equilibrio, la pérdida de la oportunidad no será lo peor.
En cálculo de costo y beneficio, la economía es una buena consejera.

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25 septiembre 2011

LA MOCHILA DE 2011

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