EL DESACUERDO

1 de octubre de 2011

Carlos Leyba

“Se expande la opinión desencantada de que hay poco para deliberar y que las decisiones se imponen por si mismas, al no ser el trabajo propio de la política otra cosa que la adaptación puntual a las exigencias del mercado mundial” . La cita es de Jacques Ranciere, a quién le robamos el título de la obra ( “El desacuerdo” )

¿Es así? Sobre esto volveremos.

Empecemos por “el desacuerdo” local. ¿Dónde estamos?

Los números de la economía, aquellos que son estimaciones (precios, producto, pobreza, empleo, etc.) más allá de limitaciones que no son de ahora, actualmente son discutidos como nunca antes.

La anécdota. Un economista, artífice intelectual del desastroso programa de José Luis Machinea – Fernando de la Rúa dijo que “había que atender a la “nominalidad” de la economía. Ese economista es uno de los sostenes mediáticos del gobierno. Fue interrogado por la expresión “nominalidad”. Respondió: ¿ quieren que hable de inflación y me cobren una multa de 500 mil pesos?.  No es un opositor. Es un “para oficialista” en la encrucijada de callar o poner 500 mil pesos; o hablar en clave. La anécdota refleja la magnitud del “desacuerdo” en los números. Los números “nominales” se usan para identificar. No conforman medida o cantidad u orden. Sólo son una identificación: la chapa de un auto, la caravana de una vaca, el número de una casa.

Para hablar de crecimiento de precios o de salarios, el economista entendió que, para no pagar una multa, debía suprimir la función habitual de los números y ponerle una identificación numérica  a las variables económicas de las que se hablaba. ¿?

Perdón por la extensión. Ese economista tiene una larga y variada militancia política; ha sido encumbrado funcionario público, y para él los precios y salarios no son ni altos ni bajos, Sólo tienen “nombres” en forma de números: “nominalidad”. Si alguien, amigo del oficialismo, habla de esa manera ¿no es suficiente demostración del tamaño del desacuerdo?

Este desacuerdo en los números que estiman la economía equivale al desacuerdo en la cantidad de glóbulos rojos en sangre. No sabremos, a partir de ese desacuerdo, y referido, por ejemplo a la anemia, de qué estamos hablando.

¿Cómo poder gestar un acuerdo o tan siquiera un diálogo? Si no tenemos un consenso mínimo acerca de la cantidad de glóbulos rojos no hay manera de saber si la persona está sana o enferma. O si sigue caminando por la calle panchamente y hace esfuerzos extra; o si, por el contrario, está enferma. Viendo las sombras todos creen ver animales diferentes; unos domesticables, otros salvajes. Convengamos que lo que haríamos en cada caso, todos, sería radicalmente diferente. Una cosa es amansar y otra protegerse.

Para el gobierno la tasa de crecimiento de los precios es mínima y responde a sus pronósticos. El PBI crece vertiginosamente y la pobreza se desploma a los mínimos de la historia.

Frente a esos números ¿que otra cosa cabe que sentirse satisfecho e ir por más? Ese mundo, aquí y ahora, es el mejor posible. El resto del mundo declina con desempleo generalizado y estancamiento. Crecer mucho más y seguir en este camino nos lleva a eliminar pobreza e indigencia y llegar a la sociedad más justa que todos, hasta los opositores, desean. Y si el precio de estos logros es una tasa de inflación de un dígito qué importa. Este es el mundo que ve y mira el oficialismo.

Para toda la oposición, desde Fernando Pino Solanas a Elisa Carrió; desde Ricardo Alfonsín a Eduardo Duhalde; los números de la inflación real son tres veces mayores; la pobreza es también más del doble; el PBI no crece tanto; y las definiciones de empleo y desempleo ameritan otras lecturas. Todos ellos coinciden en que éste está muy lejos de ser el mejor mundo posible. Aunque discrepan fuerte en la manera de modificar la situación.

El desacuerdo en los hechos abisma las diferencias políticas y convierte a todo diálogo en enfrentamiento.

¿Cómo salir? Hay que ponerse de acuerdo en el modo de medir los glóbulos rojos y en la toma y preservación de las muestras. A esta altura de los acontecimientos es absolutamente imposible.

Tan imposible que, para hablar de esto tímidamente y en un discurso favorable al gobierno, nuestro economista Mc Donald de la semana rescató de “Cien años de soledad” (Gabriel García Márquez) a Aureliano Buendía que como  «El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre…» le puso nombre a las cosas (precios, salarios,“nominalidad”).

Pasamos el punto de no retorno. No existe posibilidad alguna de una modificación de los números oficiales o de los no oficiales, de modo que ambos converjan.  Solamente habrá acuerdo sobre los números de los glóbulos rojos cuando, la “percepción de la realidad del conjunto” sea idéntica o parecida a los números oficiales. Y eso ocurrirá sólo si la “realidad” converge a los “números”. Es decir los números oficiales, más allá de que estimen acertadamente la realidad o no, se han convertido en un programa: baja inflación, alto crecimiento y baja drástica de la pobreza. Desde ese punto de vista esos números son un consenso. Pero, si ese fuera el programa, ¿está en marcha? Los opositores dicen que no. Que lo que está en marcha va en la dirección contraria.

Mientras, en definitiva, toda la discusión política transita estos carriles, las cuestiones del mundo que nos rodea se ponen más complicadas para el mundo desarrollado y también para nosotros.

Antes de embarcarnos hacia fuera, miremos algunos desacuerdos mayores.

La energía. El gobierno no sólo afirma su política energética sino que cree que ha tenido éxitos extraordinarios. Concretamente CFK – en poco tiempo – ha puesto en marcha un parque eólico, una central atómica, y ha inaugurado una nueva planta para la importación de gas licuado. La imagen brindada es la de un país que avanza de manera extraordinaria en la provisión energética. Los sectores críticos, por el contrario, señalan que hemos perdido el autoabastecimiento energético. El propio gobierno estima que en 2012 importaremos más gas oil (60 por ciento más) y más nafta. Y ambos déficit son hijos de la falta de inversiones en el sector. Pero, para el gobierno, no hay un problema y cree que la política aplicada es básicamente correcta y no se va a rectificar. Para la oposición, con muy distintas visiones, la política aplicada es incorrecta y como no se va a rectificar afirma que habrá problemas.

Por dónde lo miremos “el desacuerdo local” empieza por el desacuerdo en los hechos. Nadie está viendo las mismas fotos ni la misma película.  Y sin embargo estamos todos en el mismo lugar.

Las elecciones pasadas y las por venir son reveladoras. La mayoría de las personas ven la misma realidad que describen las cifras oficiales. Y sin duda no podrían no ver el peso de una inflación que les mordiera a dentelladas el salario; y tampoco no aceptarían con aplausos una situación de pobreza extendida y dilatada. Pero, a su vez, otra mitad – que está en el mismo lugar – sufre una erosión en la capacidad de compra y sufre o se conduele de la pobreza.

El alineamiento electoral no es lo suficientemente claro como para despejar el desacuerdo con el argumento de “todos están viendo lo mismo”. No. Por mitades. Las fotos están acá. La mitad ve sol, la mitad nublado. La película se está proyectando. No terminó. En rigor ¿está película termina alguna vez? Pero el público esta dividido. Unos ven a un personaje como el héroe leal y abnegado, otros ven en él al desleal y corrosivo.  ¿Quién es?

“Cuando hablan Juan y Andrés; no hablan dos sino seis. El Juan que Juan cree que es; el Juan que Andrés cree que es; y el Juan que realmente sólo Dios sabe quién es. Y lo mismo le pasa a Andrés” La idea es de inglés cuyo nombre no recuerdo, lo tome de don Miguel de Unamuno, vaya a saber dónde, y la rima es mía por lo que valga. Todo lo cuál obscurece más.

¿Y Ranciere?¿Y la cita? Ahí vamos. El “desacuerdo local” comienza y termina, en el desacuerdo de los hechos y hace imposible la deliberación. Hasta en el proyecto de Presupuesto, que por definición es un programa, hay estimaciones; y una vez que ellas aparecen, ya no son las interpretaciones de los hechos las que están en cuestión, sino los hechos mismos. Hablamos de cosas diferentes.

El desencanto de Ranciere pone este desacuerdo en otro plano; al decir que hoy, la política no es otra cosa que “la adaptación puntual a las exigencias del mercado mundial”. No es necesario coincidir con Ranciere para reconocer cuánto ha recortado, a “la política” del Estado Nación, el peso de la globalización o más claro, la dimensión del mercado mundial. Tanto Barak Obama como Silvio Berlusconi, ante la crisis, han comenzado a pensar en deshacerse de activos públicos para calmar el apetito furioso de los mercados que exigen cancelación de la deuda. ¿Quién osó decir que el Consenso de Washington ha muerto?

La dación en pago de los bienes públicos para paliar la deuda externa, que fue la mutilación del Estado Nacional en tiempos de Carlos Menem, hoy ronda en la periferia de la Europa Continental y ya está echando dentelladas de carroñera en los Estados Unidos. ¡Sorpresas te da la vida!

La globalización, el crecimiento escandaloso del poder de los financieros – que resisten alimentándose con la suerte de la economía real- está de vuelta; y ahora en los desarrollados.

Sólo para tener en cuenta: 100 empresas financieras multinacionales son las propietarias vía tenencias accionarias de más de 40 mil multinacionales que marcan el ritmo de la inversión y la tecnología a escala mundial.

¿Y el desacuerdo? Es que ahora se ha instalado en el seno del oficialismo. Y se refiere a la manera de adaptación al impacto de la crisis mundial y a los males engendrados desde casa. La  vocación de fuga de capitales, la caída del precio de los commodities, anuncian un freno en el crecimiento, un impacto en la caja de pesos, y una complicación en la caja de dólares. Frente a esta situación el bloque oficialista se enfrenta a una realidad de información poco reciclable. Se trata de hechos. Dos corrientes de pensamiento se enfrentan dentro de las filas K. El origen liberal y la natural vinculación con intereses financieros locales propio de esa visión, ha generado una corriente de “salida a los mercados internacionales para endeudarse”. El objetivo no detener la economía y no perder reservas, trayendo deuda. La otra versión, más vinculada al sector real, pasa por buscar una punción allí donde haya caja: el origen de los miembros de esta corriente proviene de la izquierda revolucionaria de los 70, tres cajas aparecen posibles “la extra liquidez bancaria local de bancos que no prestan”; las rentas rurales (retenciones plus); y las obras sociales sindicales. Los de origen más “peronista” privilegian apretar las rentas mineras y energéticas; siguiendo por los bancos y después las rurales. El problema son los aliados.

En el grupo local de los 6 (incluida la UIA) la decisión es apoyar a los que quieren mas deuda externa. El problema es el INDEC, Estados Unidos, el FMI y el Club de Paris. Complicado. La “otra versión” afecta notablemente a muy buenas relaciones de amigos del oficialismo y a gobernadores leales. Y este desacuerdo no tiene problemas de “nominalidad” sino de – como decía Hipólito Yrigoyen – efectividades conducentes.

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21 octubre 2011

EL DESACUERDO

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