Garrote, zanahoria y abrazo

23 de Octubre de 2011

Carlos Leyba

Buena vida. Vida buena. El orden de las palabras modifica el sentido. El gran pensador español José Luis Aranguren, con esa pincelada, abre un camino. Por ejemplo, cuando decimos “buena vida” ¿pensamos en excesos, de peso, de Shopping, de objetos? ¿pensamos en posesiones? ¿en aquello que no podemos abandonar? O como diría el Abbe Pierre: ¿pensamos en lo que no nos pertenece porque no podemos deshacernos de ello? ¿Más que tener esos bienes estamos poseídos por ellos? ¿Eso los convierte en males?

La vida buena suena de otra manera. Las respuestas son del lector.

Vamos a una analogía. Buena economía y economía buena. No es lo mismo.

Hoy millones de argentinos concurrirán a las urnas. No menos del 70 por ciento de ellos no votaron antes de 1983. No más del 30 por ciento pudo votar antes de la dictadura genocida de 1973.

Son pocos los electores que vivieron el período de los 30 años gloriosos (1945/1975) de la economía mundial. Durante ellos el PBI por habitante de la Argentina creció al mismo ritmo que el de los Estados Unidos, la economía líder del mundo occidental.

Nuestra economía creció. Socialmente, ese período, fue dominado por la inclusión social y una decidida redistribución del ingreso. El INDEC, entonces reconocido veraz por toda la profesión y la opinión pública, informaba que en 1974 la pobreza estaba en el orden del 4 por ciento y lo mismo el desempleo. Los asalariados recibían el 50 por ciento del ingreso generado; y el Coeficiente de Gini no superaba 0.35. Socialmente podíamos pensarnos como un país – si bien en vías de desarrollo – en marcha hacia los patrones sociales de un país europeo avanzado. Alfredo Canavese – economista, académico, desaparecido en juventud intelectual – en aquellos años imaginaba una aproximación a los patrones de una economía nórdica, más avanzadas socialmente que las europeas avanzadas. Teníamos una “economía buena” que se prodigaba incluyendo, sin gigantes desigualdades, a casi toda la comunidad. Sin grandes distancias y con pocos pobres.

De aquello sólo queda una memoria lejana en una minoría de la sociedad. La medida de nuestro retroceso es que, en el terreno de lo social, el “mejor futuro” está en el pasado. Lo dicen los registros estadísticos que, en las ciencias sociales – cuando no están sujetos a discusión – son la base del análisis comparado, en este caso, histórico.

¿Está claro a qué debemos llamar “economía buena”? ¿Está claro que hay casos de “buena economía” que no podemos reconocer como “economía buena”?

La “buena economía” tiene – al igual que la “buena vida” – “eso” de excesos que, en la macro, son “desequilibrios”. Ya volveremos.

A pesar de los números sociales del pasado propios de una situación superior, que se cortó de raíz a partir de la dictadura; y que la democracia hasta ahora no pudo recuperar, muchos de los jóvenes de entonces militaban – con distintas doctrinas – por el acceso al poder por la vía armada para instalar el socialismo revolucionario.

No era una vía armada para instalar el socialismo light de Tony Blair o Felipe González o Willy Brandt. No. Se trataba de la abolición de la propiedad privada de los medios más o menos importantes de producción. Y la lucha armada significaba matar al que les impidiera acceder al poder.

No eran aquellas condiciones sociales “prerrevolucionarias: pobreza, desempleo y dinámica de creciente concentración de riqueza. Pero a pesar de los números, vistos hoy maravillosos, un grupo de jóvenes desarrolló su vocación y gimnasia revolucionaria.

La mayor parte de la sociedad y de los jóvenes tenían otra actitud.

Juan Perón ganó con el 62 por ciento. Sumado Ricardo Balbín y los demás opositores, la condena a la lucha armada era unánime. Septiembre fue una elección plebiscitaria de ese modelo de concertación social. La reacción indignada fue el asesinato de José Ignacio Rucci. Reacción infame de quienes estaban en la lucha armada por el socialismo, y contra la decisión popular a favor de las políticas de consenso. Una reacción que marcaba desprecio por la voluntad popular, el movimiento obrero organizado y la idea de la concertación política, económica y social.

A pesar de la “economía buena”, que los datos identifican, no todos se sentían satisfechos. Algunos, el caso de los militantes armados, a la insatisfacción la expresaban con violencia. Una minoría.

La “economía buena” no alcanzó. La “sociedad buena”, por cierto, requiere más. La “economía buena” habilita, pone en marcha. La “sociedad buena” fortalece valores colectivos. Y requiere inexorablemente de una “política buena”. Veamos.

La “política buena” se forma, en el marco del cumplimiento irrestricto de los procedimientos democráticos y republicanos, entre otras cosas, con una vocación por el diálogo y el acuerdo.

En la nave “Patria” vamos todos; y lo primero es sentirse realmente parte de un todo; es decir no querer echar a nadie por la borda. Digamos no hay “política buena” si de un lado y otro, se vive, se piensa, se habla con la dialéctica del enemigo.

Sabido es que el poder se construye, se conserva o se ejerce con el garrote, con la zanahoria o con el abrazo. Pero no todo poder es ejercido en función de la “política buena”.

El General Alfredo Stroessner decía que para conservarlo “el poder no se usa, se abusa”. Garrote. O zanahoria administrada en términos de captación, corrupción o como se le quiera llamar.

La construcción de la “política buena” pasa por el abrazo. La contención. No es angelismo sino la comprensión que la “política buena” es tan buena como el período en el que se proyecta. Nunca es “buena” una política de mira corta.

Si “política buena” es algo así como, sintetizando, el abrazo ¿ qué es “buena política”? En todo caso ¿una y otra son contradictorias?

“Buena política” es la que permite construir, ejercer y proyectar el poder. Es mala política toda la que lo deshilacha, lo desvanece, lo silencia, lo paraliza. Los vacíos.

Es imposible que exista una “política buena” sin una “buena política”: son complementarias.

Pero de ninguna manera es una derivación inexorable que toda “buena política” genere una “política buena”.

Nuestro país en la crisis de 2001/2 había vivido un período de poder deshilachado, desvanecido, silenciado y paralizado. Fernando de la Rua decretó el “estado de sitio” y al hacerlo puso en evidencia que el poder no estaba ahí y se había repartido en las calles: mala política.

La reconstitución del poder a los tumbos, con presidentes cuyos nombres hemos olvidado, llega hoy a una expresión contundente con un oficialismo que demostrará una mayoría incuestionable; y adversarios dispersos que denotan la falta de convicción de los electores y también de los elegidos.

Una dispersión que afirma que quien gobierna ejecuta una “buena política”.

Pero ¿construyen el oficialismo y las oposiciones una “política buena”? La respuesta mía es: No.

La “buena política” fracasa inevitablemente si no construye el escenario de la “política buena”. No es un juego de palabras.

Sin “política buena” no hay largo plazo. Y nada que se construye sin tiempo dura. Es lo que nos enseña la historia.

Dice John Gray que progreso es “un avance acumulativo, un avance en el que lo conseguido en un estadio o en una generación determinada es luego seguido por nuevos avances en el estadio o en la generación siguiente”.

¿Puede darse ese proceso sin lo que llamamos “política buena”? De eso se trata.

Estamos en una etapa de “buena política”. Sin duda. Pero qué de la “política buena”. ¿Cómo empezar? Hoy puede ser el principio.

Robando el nombre a una comedia protagonizada por Diane Keaton y Jack Nicholson, la cuestión para aproximarnos a ese clima es que “alguien tiene que ceder”. Difícilmente sea el que pierde el que pueda o deba hacerlo.

Una manera de ceder es declinar posiciones y pasarse al oficialismo. Es el caso precursor de Felipe Sola. Eso no es bueno para nadie. Ni para el oficialismo que puede ser tentado por la hegemonía en todos los planos.

Resulta bastante razonable pensar que quien debe ceder es el oficialismo, este y cualquiera que gane elecciones con la distancia con la que ganará CFK.

¿Qué significa ceder? Pongamos ejemplos para atrás. La Asignación Universal por Hijo, un proyecto emblemático del oficialismo, fue propuesto por Elisa Carrió muchos años atrás. ¿No podría haber sido un proyecto compartido con toda la oposición desde su origen?

Volvamos a la economía. La primera década del SXXI comenzó con una mala economía y – naturalmente – con una economía mala. La mala economía era la caída abismal del producto (10 por ciento menos que en 1998) generada por la recesión de la convertibilidad que había generado déficit fiscal y tal fuga de capitales que en 2001 las reservas a fin de año habían caído a la mitad.

La economía mala era 38 por ciento de pobreza y un mega desempleo. El remedio fue, al menos por un tiempo, peor que la enfermedad. A pesar de que la economía, en el pozo, comenzó a poco tiempo a recuperarse, la economía mala se duplicó en pobreza y desempleo.

La recuperación fue prodigiosa. Un poco sobre la demolición del ajuste cambiario, otro por el repudio de la deuda, otro poco por la recuperación de los fondos de la seguridad social y todo junto con el empuje único, extraordinario, inimaginable, del precio de la soja y de los commodities.

Pato o gallareta la nave, con el viento de cola – otra cosa sería sin él – comenzó a bogar; y el cariño de la brisa generosa, el ritmo sereno de una mar sin nada bravo que atravesar, nos puso frente a un horizonte amplio abierto a las mil y unas posibilidades.

Una “buena economía” medida por la tasa de expansión. Sin dudarlo. Pero ¿una economía buena? Definitivamente no.

Para que la pobreza sea baja y la información oficial señale una reducción abrupta de la misma, buena intención por cierto, fue necesario que el INDEC afirme que con 11,25 pesos por día una persona no es pobre. Con 11 pesitos y una moneda, dice el INDEC, se compran “ todos los bienes y servicios que se consideran necesarios para que (una persona) satisfaga las necesidades básicas” … lo que incluye el gasto no alimentario … vivienda, medicamentos, indumentaria y transporte público…”. Aclaro que el cálculo es de setiembre de 2011 y se basa en una pareja con dos niños de 8 y 5 años que logran no ser pobres si obtienen 1.362,73 pesos mensuales.

La pobreza, así cuantitativamente definida, se baja con transferencias por ese monto. Pero con esas transferencias no es cierto que se reduzca la pobreza. Lo más probable es que aumente.

No es una “economía buena” la que tiene que definir así la pobreza para que el número de pobres baje. La “economía buena” es aquella que reduce la pobreza al revés, haciendo crecer el valor de la canasta de la pobreza al ritmo de la expansión real de la economía. Y no al revés.

Es que la “economía buena” es la que tiene aquello de “acumulativo” que señalaba John Gray. Y esta “buena economía” de estos 10 años puede exponer crecimiento. Pero no industrialización competitiva. Tenemos porcentualmente igual o menos industria que en la década infame de los 90; tenemos un mega déficit comercial externo de la industria y uno gigante con Brasil al que exportamos industria a pesar de ser el país que mas revaluó. Y – además – corremos el riesgo de un creciente déficit energético.

Tenemos una “buena economía” pero no una “economía buena”.

Los datos de la pobreza lo confirman mirando desde el escalón bajo del progreso social. Y también mirando desde el escalón alto del progreso individual la prueba es que la fuga de capitales es escandalosa. Se vota al oficialismo y se botan los dólares, el ahorro, el excedente. ¿Lindo lugar para vivir y no para invertir? ¿Es decir “buena vida” si; pero no “vida buena”?

Hoy la mayoría de los que votan no han vivido una “buena economía” y una “buena política” como las que hoy se vive. Es verdad.

Pero están lejos de vivir en una “economía buena” y “una política buena” que es lo que provee progreso verdadero.  Ojala que el voto de todos contribuya a construirlo generando el paso imprescindible que es el del abrazo y el del “alguien tiene que ceder”. El mundo del garrote es invivible y el de la zanahoria insostenible. Un poco de abrazo.

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25 Octubre 2011

Garrote, zanahoria y abrazo

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