2012: tres senderos

30 de diciembre de 2011

Por Carlos Leyba

Terminó un año. Y con él la década posterior a la convertibilidad. Al terminar 2001 y comenzar 2002, aquella economía, que duró 10 años y 8 meses (1991/2001), signada por la estabilidad quedó sepultada por su error genético. No era imaginable otro final.

Esta década estuvo signada por el alto crecimiento del PBI, los extraordinarios superávit comercial externo y fiscal. ¿Hay, en la genética de esta década, garantía de la continuidad de esos resultados? ¿No hay en ella residuos del ADN de la convertibilidad?

¿Qué era la convertibilidad? Lo central fue la adopción del patrón moneda de los Estados Unidos. Prácticamente el BCRA solo emitía pesos a cambio de dólares. Y como el sistema bancario – a través del multiplicador – creaba moneda, la disciplina de la conversión gestionada por el Central, era violada. Al error genético se le sumaban distorsiones que acelerarían el colapso de una genética irreparable. Mientras duró la ilusión pocos gritaban “el Rey está desnudo”.

La condición necesaria para sobrevivir, en convertibilidad, era aproximar nuestra productividad a la de Estados Unidos. Nada se hizo. La productividad de los Estados Unidos tuvo un crecimiento extraordinario. Resultado: distintas productividades y misma moneda igual a balance comercial negativo y endeudamiento creciente.

Ante la incapacidad genética de hacer crecer la productividad y sostener  la ilusión del uno a uno, se eligió vender las joyas de la abuela, ceder riquezas naturales e incrementar el endeudamiento.

La lógica estructural nos dice que adoptar el valor de la moneda del país más eficiente obliga a una gigantesca transformación productiva. (Mire la crisis de la zona euro) En los 90 no se hizo. Se optó por un programa de dependencia. ¿Cómo? Vía desaparición del peso estratégico del Estado (privatizaciones); el predominio del capital globalizado en las decisiones internas (extranjerización) y el control de las decisiones en manos del aparato financiero (endeudamiento).

Mantener la convertibilidad sin el programa de la dependencia (desestatización, extranjerización, endeudamiento) exigía un programa de transformación de la estructura productiva para dar, en breve tiempo, un salto en la productividad que validara el patrón dólar. Y también desarrollar estrategias defensivas en el tránsito. Nada de esto podría hacerse a causa de una cultura política de dependencia que ha calado muy fuerte en la dirigencia (¿Desapareció, se la reemplazó?. Volvemos. No se hizo y se conformó una economía desestatizada, extranjerizada y endeudada, que desembocó en la crisis de una Nación embargada, en manos de decisiones externas; y sin Estado, en tanto voluntad y posibilidad de transformación.

Mientras que el endeudamiento crecía a mayor velocidad que la productividad y se agotaban los ingresos por enajenación; los atajos para aparentar éxito y holgura, fueron acompañados de un brutal proceso de exclusión social: desempleo y concentración de pobreza urbana, migraciones de empobrecimiento. La mejora ostensible en las condiciones de vida (modernización y Primer Mundo) de los sectores altos y medios altos, fue la contrapartida que anestesiaba la conciencia del fracaso social y el desierto industrial. El discurso del derrame: ahora nosotros (pocos), después  ustedes (muchos).

Privatizaciones, extranjerización y endeudamiento; convalidación militante del desierto industrial por falta de transformación estructural y la consolidación del fracaso social en términos de pobreza e inequidad: eso es el ADN de los 90.

Esta década que termina, comenzó con el colapso de aquella desventura. Constatado el fracaso, la sepultura recibió muchas paladas de tierra por parte de quienes habían puesto en marcha el programa. Por ejemplo, algunos miembros de la muy académica Carta Abierta escribieron elogios a los “logros de la convertibilidad” y no sólo en los albores de los 90 sino después del 2001. Lo mismo pasa con dirigentes políticos, empresarios y sociales. Derecho a cambiar. Pero ¿derecho a no reconocer el error de haber apoyado lo que hoy decimos que fue un horror? Feo. Y peligroso.

Hay una condena casi unánime al menemismo de los 90. Y una inmensa mayoría celebra los logros de la economía de la primera década del SXXI. Es grande la zona en que se intersectan los conjuntos que condenan a los 90, con los que aplauden esta primera década. No todos los que aplauden esta aplaudieron la anterior. Pero sí la inmensa mayoría. Incluidos los principales dirigentes de hoy. Los 90 forman “la década abandonada”. Una muestra del abandono son las declaraciones del Senador Carlos Menem. Dijo: Cristina Kirchner “está haciendo un buen gobierno” y Amado Boudou es un “hombre de primer nivel, que conoce bien … la economía” (La Nación, 30/6/2011). Uno de los hombres de Domingo Cavallo dijo que la del 90 y ésta década son las mejores, las que revirtieron la decadencia. Menem, como tantos otros funcionarios y legisladores de su gobierno, que hoy son funcionarios y legisladores del FPV, (Menem está alineado con la mayoría del FPV en el senado) tienen una doble lealtad contradictoria. O ambas décadas tienen mucho en común o nuestros dirigentes tienen un estomago a prueba de balas.

¿Es la retórica? El discurso dominante, en ambos períodos es definitivamente opuesto. Pero ¿lo son los hechos?¿las estructuras?

Si hechos y las estructuras de hoy (no ya las palabras) se parecieran, se comprende la pertenencia a ambos espacios aunque la retórica sea diferente. La comprensión de las conductas se hace cuesta arriba si además del discurso, los hechos y las estructuras de un período y otro son antagónicos. ¿Son antagónicos los hechos? ¿Son coherentes las personas?¿Importan estas preguntas?

Para eso exploremos si hay residuos de los 90 en esta década. ¿Por qué? Si la genética de los 90 no ha sido reemplazada ¿no corremos riesgos de contagio?

La década de los 90 es privatizaciones, extranjerización y endeudamiento; crecimiento del desierto industrial, ausencia de transformaciones estructurales positivas en el sentido de la productividad; fracaso social en términos de pobreza e inequidad.

La primera década del SXXI, más allá del discurso, ha señalado fuertes cambios en algunos de estos aspectos. Pero no en otros. Veamos.

El desendeudamiento logró romper la dependencia del sistema financiero; el desplazamiento del FMI y sus condicionalidades regresivas. Pero aún hay resabios de la Patria Financiera de 1976: rige la misma ley de José A. Martínez de Hoz, los bancos continúan sin cumplir función relevante en el desarrollo y generan enormes ganancias sin cumplir la función para la que se les ha dado la concesión para captar los recursos del público. El balance del desendeudamiento y de la ruptura del dominio financiero es positivo. Pero más que insuficiente. Se ha hecho poco, en términos estructurales, en la cuestión financiera heredada de la convertibilidad.

En privatizaciones, el retorno al régimen de reparto es el mérito principal de esta década; y si bien retomar Aerolíneas (AA) no puede no compartirse, ni duda cabe que la concepción pergeñada en ANSES esta a años luz de la de Aerolíneas. Ni el proceso de recuperación, ni la administración de AA parecen responder a una visión apropiada. Poco a favor en esta materia para compensar el desastre de la gestión privada en energía y transporte. La no reversión del proceso menemista queda clara en la pérdida de reservas energéticas y la ausencia de exploración. Y se agranda el defecto si sumamos el sistema de transporte y fundamentalmente, la conducta ferroviaria. En el terreno de las privatizaciones de los 90 no hay cambios, con la sola y muy importante excepción de la CFK sobre las AFJP.

Extranjerización. El proceso ha continuado y se ha profundizado en estos años. Positivo: la nueva ley que limita la venta de tierra a extranjeros. En contrapartida, el subsuelo, la minería en particular, sigue gobernada por la legislación menemista. Ponderando adecuadamente, y excluyendo deuda, ANSES y ley de tierras, en “lo financiero”, privatizaciones y extranjerización, poco y nada ha cambiado. El ADN está ahí.

Un cambio positivo respecto de los 90 es que el crecimiento del desierto industrial se ha detenido. Pero rige  “el principio de la Reina de Corazones” expresado en Alicia en el País de las Maravillas: “Aquí hay que correr mucho para poder seguir en el mismo sitio”. En materia industrial no hemos corrido mucho: no ha habido transformaciones estructurales y ninguna norma soporte a la usanza del mundo entero. No puede haber transformación estructural sin política industrial; y la política industrial es tal, si y solo si, existen recursos. Eso hasta aquí no ocurrió. La productividad comparada sigue lejos. El tipo de cambio hasta ahora aguanta, porque la economía americana esta en proceso de debilidad monetaria. Y esto sostiene las cotizaciones de nuestros productos primarios. Mientras nos primarizamos por precio; nos debilitamos industrialmente por productividad. Eso es lo que dice nuestra balanza comercial. No hemos corrido. Estamos mas o menos en el mismo sitio en materia industrial. Y lejos, lejos, lejos en materia primaria; y eso porque el viento de cola y la debilidad del dólar nos empujan. El viento no constituye parte del ADN.

El otro tema central heredado de la convertibilidad es la dimensión del fracaso social, pobreza e inequidad. Con  la pobreza tenemos un problema de medición. Los números que utiliza la Presidente y gran parte de la sociedad, dicen que una persona es pobre si gana menos de 11,50 pesos por día; y 46 pesos diarios lo necesario para comer, viajar, vestirse, en farmacia y vivienda para una familia de 4. Una proeza. Para otras estimaciones el número de personas en la pobreza ronda el 25 por ciento de la población. Para el INDEC, en el tercer trimestre de 2011, el 50 por ciento de la personas, de acuerdo al ingreso de los hogares, dispuso de menos de 1625 pesos mensuales y ,en promedio, de 873 pesos mensuales. Saque Usted conclusiones.

La no transformación de la estructura productiva industrial es componente genético de la convertibilidad. De ahí la apelación a la estrategia de la dependencia (privatización, extranjerización, endeudamiento) con su consecuencia de empobrecimiento y crisis fiscal. Todo proceso revaluatorio es un camino de retorno a la convertibilidad. Y demanda, en consecuencia, una acelerada transformación industrial que, debería ser acompañada por un proceso de ruptura de los que llamamos “ejes de la dependencia”. Caso contrario la crisis social y fiscal aumentan sus posibilidades de retorno si es que dejan de ser aventadas por el viento de cola y la debilidad del dólar. Esto no depende de nosotros.

¿Dónde estamos? La cuestión de los subsidios, el control de importaciones, la crisis fiscal de las provincias (Santa Cruz) son campanazos que deberían servir para despertarnos del ensoñamiento de la soja.

Tres desperezamientos (tres senderos) están en curso. Uno la presencia de Axel Kicillof, economista, 41 años; cree en el diseño global de la macroeconomía, en el planeamiento de mediano y largo plazo y en la necesidad de una sólida estrategia de reindustrialización. Buena noticia. Quiere transformación estructural. Dos, la visión inmediatista de corto plazo, parece estar en manos de Hernán Lorenzino, quien quiere, se dice, apelar a nuevo endeudamiento. Tres, la que rechaza esa dos vías, en mano de Guillermo Moreno. Paso a paso. Ahora parece decidido a arrebatarle la super renta a la nueva oligarquía de los concesionarios (los que se apropiaron de los bienes del Estado) eligiendo por ahora a los petroleros y a los bancarios, para proveer recursos energéticos y financieros a la economía a los costos compatibles con la competitividad.  Buena noticia.

Esas son las tres líneas, senderos, que están largados a la carrera en tiempos de enfriamiento, desaceleración y sabana corta. Kicillof apunta a resolver la estructura productiva que nos legó la convertibilidad. Demandará tiempo. Moreno, en esta nueva versión, enfrentará las consecuencias de la privatización en el área energética y financiera. Lorenzino que transitaría por más deuda yendo camino al embrollo de dónde salimos al principio de la década.

¿Eliminan el ADN?¿Son compatibles? Si lo que ordena es la transformación industrializadota eliminamos el ADN. Sin eso pero con la reversión energética y financiera, todo dura más. Con más deuda ya lo sabemos. Ahora todo está más frío. La transformación es alimento. Disciplinar los concesionarios es imprescindible. Ponerse en camino de la deuda es pan para hoy y hambre para mañana. ¿Será compatible? ¿O se bifurcan?

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