Por favor, la verdad

26 de febrero de 2012

Carlos Leyba

El desamparo, que la tragedia del Once testifica, es consecuencia de la falta de vocación por prever y planificar. Cristina Kirchner publicará el Informe Rattenbach sobre la tragedia de Malvinas que versa sobre el desamparo, el incumplimiento de los deberes de protección de la vida de los soldados argentinos.

Es necesario y urgente, un Informe Rattenbach sobre dos fracasos: transporte y energía. Primero, reconocer el valor de la verdad que debe ser conformada con la opinión de muchos. Para aprender es clave la veracidad y transparencia de la información. La sospecha de que grandes fortunas se han acumulado sobre esos atrasos gravosos con falta de control del Estado obliga a mucha luz.

¿La justicia investigará todo? Necesitamos voluntad política para analizar el deterioro estructural de los servicios. La tragedia puso en evidencia que el de transporte urbano es uno de los mecanismo de exclusión social.

Un momento difícil para todos. Demasiado dolor para muchas familias argentinas; y una sensación de que todo ya ha pasado antes. Y que volverá a pasar.  Un silencio, como mínimo, desacostumbrado. ¿Habría algo que reivindicar?¿Habría alguna explicación sistémica capaz de deslindar responsabilidades?

Ante cada fracaso descubrimos impotencia, inclusive para explicarlo. Lo atamos con alambre. Recuperamos la marcha y nos volvemos a detener. Tenemos una enorme capacidad para olvidar, reparar y conformar. Y una enorme debilidad para aprender, diseñar y controlar. Tal vez no sea la manera más feliz de expresarlo. Pero tal vez la expresión consulta la sensación generalizada, posterior a la indignación, por lo ocurrido en la tragedia ferroviaria se ha llevado vidas.

Las consecuencias para esas familias son difíciles de imaginar. Y difícil de morigerar. Más allá de la ingeniería de pruebas, que llevará a cabo el Juez Claudio Bonadío, todos tenemos la fundada convicción que no ha sido un accidente; tampoco la consecuencia de la impericia o la negligencia de un maquinista. Más allá de que eso también se haya podido sumar.

Lo único que no se puede dejar de afirmar es que este drama es la consecuencia de un sistema perverso. ¿Cuál?

El que esta asociado a las privatizaciones, llevadas a la carrera vaya a saber por qué urgencias, que remataron a precio vil, y lo que es peor sin destino, los bienes acumulados durante años por los argentinos. Y que está asociado a la destrucción de la vocación y capacidad del Estado para controlar y administrar; la renuncia a la tarea, principalísima del Estado en función del bien común, de gobernar en función de la planificación de largo plazo. No hay una cosa sin la otra: la privatización fue realizada con la vocación de la desestatización. Originada en el menemismo continúa hasta el día de hoy. Es producto de una sociedad implícita entre alguna política, algún sindicalismo y algunos empresarios. Todo está en el origen y en la permanencia del sistema.

La tragedia cobra vidas sus humanas. Todo el sistema de transporte colapsado hace años que se lleva gratuitamente vidas humanas. Un sistema que marca uno de los atrasos más gravosos de la Argentina.

¿Cómo integrar un país sin sistema de transporte diseñado para lograrlo? ¿Cómo contribuir a evitar la concentración urbana, verdadera degradación demográfica del país, si no tenemos un sistema que permita el desarrollo territorial?

Lo mismo vale para la energía que atraviesa la vergüenza del giro de dividendos millonarios en dólares por parte de concesionarios, al menos inútiles en materia de inversión exploratoria, agotamiento de reservas y caída de producción? ¿Esa es la política energética?¿Y los que se han hecho millonarios con esa expoliación? Lo mismo vale para la energía y el transporte y para todos los concesionarios que se han convertido en una verdadera oligarquía demasiada gravosa para el país. Una pléyade de oligarcas que no son Bill Gates – no han inventado nada – y que prácticamente de la nada, gracias a las concesiones del Estado, se han hecho millonarios. Y al menos parte de esas fortunas es la consecuencia de la falta de control o de control de sentido de sus acciones, por parte del Estado.

Hasta ayer los Eskenazi eran el nuevo ejemplo emblemático oficial de esta displicencia: ¡compraron acciones de YPF a crédito que pagan con las utilidades de la misma empresa!! No tenían plata para pagarlas, tampoco para devolver el crédito y sólo les quedaba girar utilidades que les impedían invertir. Ahora los Cirigiliano están en la misma picota.  ¿Peores, iguales? ¿Qué más dada? La pregunta es cuándo empieza el desmontaje de la perversidad y quién será el responsable de hacerlo. Y entonces ¿cuáles serán las habituales “hasta las últimas consecuencias”?

Es probable que Bonadío no dirija su investigación ni a los empresarios concesionados ni al Estado concedente. Tomará tiempo y distancia. ¿Podemos imaginar a estos jueces de la República, designados por el menemismo, aclarando finalmente la responsabilidad por lo ocurrido? Ojala.

Sabemos que no ha sido un accidente porque se hubiera podido evitar que las personas viajen hacinadas; que un joven – el muerto 51 – haya debido subir al vagón por una ventana de una cabina cerrada a los pasajeros. Si no es este coche al que le fallaban los frenos, hay otros a los que sí le fallan. ¿La justicia investigará la trama escandalosa de los ferrocarriles, en la era de los espantosos subsidios y antes de la era de los subsidios?

De cualquier manera es imperiosa la necesidad de analizar en profundidad el deterioro de todo lo que compone el sistema estructural de servicios de la Argentina. Esta tragedia es un doloroso llamado a la realidad y a la reflexión acerca del ferrocarril tal como funciona y de todo el sistema de transporte.

Los responsables políticos ¿ya han diseñado las condiciones a cumplir para evitar la repetición de la tragedia? No son necesarias pericias técnicas que, por otra parte las hay, para que la autoridad decida que las cosas no pueden seguir así.

Sólo bastan las imágenes del ascenso y descenso de los pasajeros en horas pico – cada vez más numerosas – ; la manera en qué viajan – cada vez peor – ; y el estado interior de los vagones – cada vez más desvencijado.

¿Con qué nos vamos a comparar? ¿Cuál es el estándar? ¿Cuál es nuestro mejor posible? Las respuestas son responsabilidad del concedente. ¿ Cuál es el modelo deseado? ¿Qué esperaba el Estado cuando concedió el servicio? ¿Qué diagnóstico tenía al 1 de enero de 2012?

Las auditorias de organismo independientes; algunos dirigentes sindicales, antes de ahora, han hecho denuncias públicas sobre el estado lamentable de esas concesiones. Fernando Solanas filmó un documental que graficó la desidia de concesionarios y autoridades y las entrevistas a funcionarios de primer nivel son conmovedoras por la estulticia.

Nadie que pueda hacerlo por otro medio viaja en tren.  El tren es un “no hay más remedio”. ¿Es barato? De ninguna manera. Los que viajan pagan muy poco de manera directa. Pero de manera indirecta pagamos una inmensidad a través de los subsidios. Los concesionarios reciben mucho más dinero que el valor del servicio que brindan. Un servicio cuasi monopólico amparado por la autoridad.  ¿Qué concesionario de transporte pierde? ¿Y si pierde porque sigue en la concesión?¿Qué exige el Estado por los subsidios que paga? ¿Cuál es la contraprestación adecuada para este, el anterior y el anterior Secretario de Transporte? Alguien puede imaginar que quien pudiera pagar por viaje lo que finalmente cobra el concesionario (boleto más subsidio) lo pagaría a cambio de lo que recibe?  No.

La tragedia ha desnudado una comedia en la que la generosidad (por cierto no hay tal si la plata es ajena)  de los dineros públicos (subsidios) hacen barato el viaje para los ciudadanos; y en realidad hacen posible una rentabilidad extraordinaria para los concesionarios: la vemos por sus frutos en otras cajas.

Pero no se trata sólo del tren. El sistema de transporte colectivo está amortizado. El tren es el extremo y le sigue el sistema de rutas y caminos.  La tragedia puso en evidencia que el sistema de transporte urbano es mecanismo más de la densidad urbana de la exclusión social. Los pobres, los trabajadores más humildes, son los excluidos que multiplican su exclusión en tanto usuarios del sistema de transporte que, más allá de lo barato en el bolsillo, es un sistema perverso.

La precariedad del sistema incluye a las rutas nacionales; la ausencia de transporte ferroviario de cargas y pasajeros a larga distancia; la irracionalidad de transportar 100 millones de toneladas con camiones que cargan 30. El transporte colectivo naufraga.

Pero celebramos haber incrementado en un año (2011) el parque automotor en 8 por ciento de unidades, sin aumentos similares en disponibilidad de vías, combustibles y lugares de guarda en las grandes ciudades.

El presente fracaso del sistema de transporte colectivo – entre otras cosas – irá agravando, como decía Juan Perón en 1972, los problemas de una civilización del automóvil que se asienta, sobre un cúmulo de problemas de circulación, urbanización, inmunidad y contaminación”.

La estructura productiva determina la distribución del producto social; la situación de equidad y el nivel medio de los ingresos. Y esta en gran medida es una consecuencia de la construcción de la economía de mercado.

Pero la acción pública, el Estado, determina la estructura de los servicios básicos, transporte, salud, educación, seguridad, es la consecuencia directa y obligada de la acción pública.

Julio H.G. Olivera, el economista argentino vivo respetado por todas los profesionales de todas las corrientes de pensamiento, al presentar el Plan Fénix señaló: que el desequilibrio mayor “nace directa o indirectamente de la insuficiencia en la provisión de bienes públicos, desde la seguridad jurídica hasta la salud, la educación y la paz social” porque “Los bienes públicos no son sustitutos sino complementos insustituibles de los bienes privados” (tenemos) “una debilidad estructural, destinada a persistir mientras no alcance la oferta de bienes públicos el nivel indispensable para la plena utilización de los recursos productivos”.

Nada de los que nos pasa puede entenderse sin comprender la insuficiencia que señaló el Dr. Olivera; y que se suma a la precariedad del punto de partida. El punto de partida son las condiciones de vida de la mayor parte de las personas que realizaron ese viaje que esta vez terminó en tragedia.

El desamparo que la tragedia del Once testifica es consecuencia de la falta de vocación por prever y planificar. Es hijo de la filosofía del paso a paso y déjame a mí. No pasa el test de ningún profesional experto. Son demasiados ya los errores acumulados que surgen de la ausencia de un Plan transparente: el fracaso en materia energética, el fracaso en materia de política industrial y ahora la evidencia del fracaso en materia de transportes. Aquí fracaso significa encontrarse con la sorpresa. Pero para los que saben era evidente lo que habría de ocurrir desde el inicio del paso a paso: somos importadores abusivos de combustibles, tenemos una balaza comercial industrial terriblemente negativa  y el inventario de muertos del sistema de transporte supera largamente a las victimas de Malvinas.

Una publicidad oficial dice “si se pudo evitar entonces, no fue un accidente”. Es verdad: esto no fue un accidente.

Frente a esta tragedia cabe hacer una analogía. Cristina Kirchner publicará el Informe Rattenbach sobre la tragedia de Malvinas que versa sobre el desamparo, el incumplimiento de los deberes de protección de la vida de los soldados argentinos. Un Informe oficial equivaldrá a un acto de contrición en la continuidad del Estado. La manifestación expresa del dolor por el incumplimiento, la renuncia a repetirlo y el propósito del cambio necesario para que no se vuelva a repetir.

Esta tragedia obliga a un Informe Rattenbach sobre el sistema de transporte. Pero también es obligado un Informe Rattenbach sobre el la política energética. Tenemos que hacernos cargo de la responsabilidad de las políticas públicas que son gravosas para el presente y para el futuro. Revisarlas, asignar responsabilidades y encontrar la manera de enmendarlas.

La lamentable “privatización” del menemismo hasta aquí prorrogada está concluyendo ominosamente: Se ha conformado una oligarquía de concesionarios que fabrican, a velocidad meteórica, fortunas hijas del dispendio del Estado sin retribuir a cambio oferta de servicios por las que el Estado y los ciudadanos pagan.

Este sistema de concesionarios está hoy en nivel de escándalo en el sistema de transporte y en el sistema energético.

La única manera de reparar el daño y evitar nuevas catástrofes es tratar de retirar esas concesiones por incumplimiento y sin compensación alguna. Esa es la condición necesaria para que una política nacional de bienes públicos tenga alguna viabilidad. Sin pagar y sin cambiar un concesionario por otro.

Lo que fracasó en petróleo y en transporte es un sistema y por cierto los hombres que han estado de uno y otro lado a cargo de ello. Pero de nada vale el cambio de hombres sin cambio del sistema.

El primer cambio es reconocer el valor de la verdad. Que no tiene dueño. Que se forma con la opinión de muchos. Sin veracidad de la información cualquier informe  puede ser peor que permanecer en la ignorancia. La confusión provocada es un juego diabólico. A partir de esta semana The Economist, la revista inglesa de economía e información más difundida en el mundo desarrollado, ha dejado de publicar las cifras del INDEC por considerarlas mentirosas.

Empezar por la claridad de la información es el primer paso para comenzar a resolver nuestros serios problemas. Para aprender, para diseñar y controlar, la clave es la veracidad y la  transparencia de la información.

Nada indigna más que la mentira o el ocultamiento. No hay ningún sistema que sea perdurable sin confianza. Poner en blanco y negro estos Informes Rattenbach es una oportunidad para apostar al futuro. “Solo la verdad nos hará libres” (San Juan)

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26 febrero 2012

Por favor, la verdad

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