La codicia o el bien común

1 de abril de 2012

Por Carlos Leyba

En la década de los 90 fuimos los alumnos más entusiastas de la ola mundial de neoliberalismo. El Estado cedió parte de sus tareas básicas al sector privado lo que conformó el escenario de concentración de riquezas y expansión de la pobreza y  la marginación. Michael Douglas en “Wall  Street” en los 80 y hoy “El precio de la codicia” (2011) describen como la codicia de pocos desencadenó la crisis de todos. La codicia es  la “moral” del capitalismo salvaje. En la Argentina las privatizaciones energéticas ya han demostrado los costos de la codicia. Las leyes mineras del menemismo, hoy vigentes, pueden depararnos similares resultados. Deberíamos actuar en función del bien común para evitarlo.  Es posible

La era de las privatizaciones golpeo muy fuerte en la Argentina. ¿Nos hemos repuesto de esos golpes? En la década de los 90 fuimos los alumnos más entusiastas de la ola mundial de neoliberalismo. ¿Cuán lejos estamos de sus consecuencias?

Nuestro Estado se desprendió de sus empresas, de sus rentas estratégicas, producto de acumulación de generaciones. Vendió gran parte de la banca pública. Cedió parte de sus tareas básicas al sector privado: se retiró de la educación, de la salud, de la seguridad. El mercado invadió con vigor inusitado todas esa áreas.  ¿Tenemos hoy realmente un manejo alternativo al heredado de los 90?

Carlos Menem, gracias a esa tarea, tuvo tres premios: ser el único presidente que habló en la Asamblea del FMI; ser invitado a integrar el G20; y “ser” tapa de una gran revista estadounidense. La frivolidad del hombre público, en el ejecutivo, en el legislativo o en el judicial, la sociedad la paga cara. Los argentinos lo sabemos bien. Poco hacemos para evitarlo.

Los servicios, que prestaba el Estado, pasaron a ser las actividades más rentables justamente por ser no transables (sin comercio exterior) con sobrevaluación  y  mercados cautivos. Las transables, en esas condiciones, desaparecen.

Las ex empresas del Estado – entregadas con métodos obscuros, precios dudosos y razones banales – ocuparon rápidamente el lugar principal en la estadística de las más grandes y rentables empresas del país. Florecieron los “nuevos ricos” con “viejos vicios”.

Entonces, el neoliberalismo consistió no sólo en el auge del mercado – como asignador de recursos y mecanismo de distribución del producto social a nivel nacional y planetario – sino en el predominio de la cultura de la codicia. La pregunta del millón es ¿hemos abandonado esa cultura?

La codicia, el “afán excesivo de riqueza” (RAE), es la base de la ruptura de los amortiguadores del egoísmo, el disparador del abandono de los otros.

Así se constituyó el escenario de concentración de riquezas y su otra cara: la expansión de la pobreza y de la marginación. ¿Esto cambió para mejor?

Esta es parte del escenario de  todos estos años. Su aparición fue progresiva a lo largo del último cuarto del siglo XX; y estalló, en el corazón del sistema, en la primera década del XXI. Las esquirlas continúan. Todo muy universal.

Oliver Stone en 1987 filmó “Wall Street”. Una síntesis de la desmesura de los 80. En ella Michael Douglas dice “la codicia, a falta de una palabra mejor, es algo bueno” . Desde entonces muchas novelas y ensayos han tratado las consecuencias del predominio de la codicia de esa forma inusitada. Hoy tenemos en los cines “El precio de la codicia” (2011) la película que describe el clima de la crisis de 2008 a través de la quiebra de Lehman Brothers. Crisis de todos. ¿Codicia de pocos?

La consigna de que la codicia es “el algo bueno” es el fundamento, la “moral” del capitalismo salvaje. Si la codicia manda, entonces, he ahí al capitalismo salvaje.

Un ejemplo reciente: la  empresa minera canadienses B2Gold, conocida por todos nosotros, tuvo un colapso en una mina en Costa Rica. En 2007, a causa de un deslave, contaminó un río aledaño. La explotación fue paralizada por el gobierno. Insistieron a pesar de los daños ocasionados; y Costa Rica rechazó a la reanudación del proyecto. Desde entonces el gobierno costarricense desalienta los proyectos con cianuro o mercurio por ser altamente tóxicos.

Lo salvaje es que la codicia no se detenga cualesquiera sean las consecuencias sociales, ambientales. Lo ingenuo, o cómplice, es no multiplicar y transparentar los controles para evitar que la codicia haga la cacería de la vida animal, vegetal y humana. ¿Estamos haciendo todo lo necesario y posible en términos de transparencia y controles para aventar los males de la codicia?¿Podríamos hacerlo? Sí.

Hay otra especie distinta de capitalismo. Civilizado, domesticado o inteligente: el Estado de Bienestar. Hoy muchos lo invocan pero pocos son capaces (hábiles y comprometidos) de sostenerlo con las herramientas económicas racionales necesarias.

Herramientas económicas propias de la heterodoxia de calidad, que repudia tanto las prácticas del neoliberalismo como las parodias de heterodoxia que son tan eficaces, como el mismo reino de la codicia, para minar las bases del Estado de Bienestar.

El neoliberalismo, como la codicia que lo alimenta, está entre nosotros y ha sido tal el lavado de cerebro de más de 30 años que su lógica se ha incorporado en los ámbitos más inesperados.

Invocar el bien común; las generaciones futuras; el destino colectivo es, para el pensamiento realmente dominante, casi una antigüedad o una ingenuidad. El dominio del presente tiene demasiados costos. Costos ocultos por el rendimiento de lo inmediato. Hay codicia detrás de todas las propuestas escépticas, de cualquier corriente política.

La debilidad de la infraestructura física y la debilidad de los cuadros de pensamiento destinados a “lo público”, ambas fuerzas que atrasan al país desde hace décadas, se fertilizan de manera explosiva. A veces trágicas como la del Once. Siempre desperdiciando oportunidades. O continuamente poniendo en riesgo el potencial de desarrollo nacional. ¿Podemos afirmar que estamos haciendo lo realmente necesario para abandonar ese territorio de debilidad raigal?

Un ejemplo próximo sirve de alerta. Una herramienta central para poder llevar a cabo racionalmente un cambio del paradigma neoliberal que confina al Estado al papel de gendarme raquítico, es terminar con nuestra pertenencia al Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (CIADI) del Banco Mundial (1994) . El CIADI hace poco ha ocupado los titulares de los diarios a instancias de empresas americanas que reclaman contra las decisiones soberanas del país.

Ese Centro es un ámbito para resolver las disputas de los Tratados Bilaterales de Inversión.  Brasil – nuestro principal socio – no pertenece al CIADI. No ser parte del CIADI, como lo demuestra el volumen de inversión extranjera en Brasil, no representa una traba para el desarrollo y, por el contrario, ser parte de él es una restricción a la autonomía de las decisiones políticas.

Cuando Néstor Kirchner era candidato presidencial – y antes de que Eduardo Duhalde decidiera brindarle su apoyo – compartimos con él un almuerzo con Gustavo Caraballo a invitación de Julio Bárbaro. Caraballo fue Secretario General de la tercera presidencia de Juan Perón y director del Instituto de Formación del Peronismo.

Gustavo le entregó a Kirchner un memo en el que le proponía el análisis de los convenios internacionales y el método para impedir su renovación automática, dando aviso previo antes de rescindirlos.  La mayor parte de nuestros convenios tienen una duración de 10 años y renovación automática. Si Kirchner hubiera hecho caso de la propuesta estaríamos al borde de terminar con ese mecanismo dependiente que consagró la reforma constitucional del 94. Hoy seguimos igual. Un ejemplo de lo que vale el actuar con mirada larga. Y lo que cuesta la corta.

Todas las acciones que se pudieran emprender para recuperar el control de las rentas estratégicas estarán condenadas a sufrir el desgaste político de aceptar a ese Centro y rechazar sus decisiones. Marca una inconsistencia. Peligrosa en la medida en que en estos años ha continuado el proceso de privatización y extranjerización de recursos y ahora en particular respecto de la minería.

Cristina Kirchner, en los últimos tiempos, ha puesto el acento mayor de su gestión económica en la minería y en particular, en la explotación del oro. Su visión respecto de Pascua Lama o Cerro Vanguardia fue expuesta días pasados en Santa Cruz con un enorme entusiasmo.

Las críticas fueron dirigidas a quienes advierten sobre los riesgos ecológicos y, por extensión, a quienes advierten del vaciamiento que implica la extracción primarizante. Dice la edición de La Nación del 30 de marzo que la presidente “calificó de “esnobs” a los que participan de las manifestaciones contra la actividad”. La página de la Casa Rosada no refleja esos dichos en el discurso. Los cronistas dicen tenerlo grabado. Haberlo quitado es un gesto positivo si es que fue dicho. ¿Porqué? Porque esnob, un anglicismo, que define a aquél que imita las maneras de aquellos a los que les asigna un rango superior para aparentar ser uno de ellos con la consciencia de no serlo. Lo cierto es que Alemania, República Checa y Hungría han prohibido la minería de oro con cianuro; y difícilmente lo hayan hecho como consecuencia de las manifestaciones de un grupo de ecologistas esnob. Más bien, esas decisiones, son la consecuencia de una decisión científicamente fundada; o bien consecuencia de experiencias negativas.

Todas estas son razones que deberíamos examinar seriamente a pesar de que un grupo de esnob o de ecologistas responsables, prediquen sobre los riesgos del cianuro con ejemplos como los de Costa Rica.  Sobretodo porque la conciencia ambiental racional fue alumbrada en el Mensaje Ambiental del 21 de febrero de 1972 de Juan Perón.

La posición presidencial, no sólo en Santa Cruz, ha sido la de la defensa de los actuales métodos de explotación. Un mensaje destinado a viabilizar todos los proyectos mineros de oro existentes y posibles en el país, que son muchísimos.

Por su potencial la Argentina puede ser un gran país minero. A no dudarlo.

¿Cuál es el origen de esta movida además del incremento monumental de los precios por la presión del mundo emergente? Carlos Menem dio el puntapié inicial con una legislación que beneficia de manera extraordinaria la explotación minera que – como se sabe – tiene un grado de concentración de capital extraordinario. Intereses mas que poderosos son los abocados a estos menesteres.

¿Podrán las pequeñas provincias, ricas en minerales, controlar a los gigantes que dominan lobbys, técnicas, medios?¿No deberíamos ser más cuidadosos y abrir más los ojos y los oídos al futuro y a los riesgos? No se trata de decir que no “a priori” y tampoco si “a priori”.

Sabemos que adolecemos de capacidad de control en cosas sencillas como el estado de los frenos de un tren; o en el estado de las rutas por peaje como la Ruta Nacional Nº 8.

Esa experiencia debería obligarnos a convocar a quienes critican para que los científicos del país, de modo que no sean influenciables, determinen los riesgos y la manera de prevenirlos. Si lo que el oro genera enormes riquezas, con estos precios internacionales, esa riqueza ¿no debería transformar de manera sustentable la vida de las regiones en las que esa riqueza se genera? ¿Qué garantías tenemos de que será así?

Las leyes que rigen la minería, como las de la energía, son hijas de la doctrina del neoliberalismo, de la codicia, de la concentración, de la extranjerización y de la pérdida de las rentas estratégicas para la Nación.

Son leyes de la presidencia de Carlos Menem. Claro que con un parlamento parecido al actual.

Como era de esperar esas leyes y esas normas, nos han llevado al escarnio de pasar, en diez años, de ser un país con hidrocarburos a ser un importador grosero como finalmente lo ha denunciado Cristina Fernández.

¿Por qué no habríamos de sufrir lo mismo con la minería que con el petróleo si los autores de las leyes son los mismos?

En el período K esas normas, propias del neoliberalismo, no han sido cambiadas.

Los primeros resultados negativos se han dado con la perdida del autoabastecimiento petrolero y el saqueo – como llamarlo sino – de las reservas.

¿Por qué habrá de pasar algo diferente con la minería?

No se trata de no extraer el petróleo. Sino de invertir en exploración de modo de que no sean saqueadas las reservas.

No se trata de no explotar el oro. Se trata de garantizar el no saqueo ambiental y asegurarnos que la “riqueza” que fluye no vaya a parar – como con YPF también en estos años – a bolsillos extraños a la Nación.

Las leyes mineras y sus concesiones responden al criterio del neoliberalismo, de la codicia y del capitalismo salvaje. Son leyes del menemismo que, en principio, el kirchnerismo ha condenado como práctica política. Pero no necesariamente en los hechos.

¿Pueden esas mismas leyes, sin más, generar un escenario repudiable en los año 90 y beneficioso en esta década? No, nada salva esa contradicción.

Si evaluamos la posibilidad que en unos años, de seguir con esta política minera, nos pase con la minería lo que nos pasó con YPF; y que se produzcan daños y que debamos reformular los tratos, es imprescindible – aunque 10 años tarde- comenzar a desandar el camino del CIADI y de los convenios que nos obligan.

Es imprescindible recuperar la autonomía de decisión sin costos; y necesario desmontar la cultura de la codicia, saludable restaurar la cultura del bien común y sabio desterrar toda forma de esnobismo que siempre es confundir lo necesario con la moda.

Lo necesario es siempre aprovechar el potencial. Pero no solo del presente sino el del futuro. La codicia, gobernando la cultura, se atora con el presente y hace naufragar el futuro.

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02 abril 2012

La codicia o el bien común

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