OLAS CRUZADAS

La conformación de un ente tripartito del transporte metropolitano ¿es una manera de repartir el peso de achicar los subsidios? La tasa de devaluación oficial se aceleró. La restricción de las importaciones funcionó. El saldo comercial en abril fue de 1.800 millones de dólares. Cayeron, por primera vez desde 2009, las exportaciones. Las importaciones lo hicieron el doble. Lo que diferencia un país consolidado es la densidad de la acumulación de capital de infraestructura social y productiva, la base de la producción de bienes públicos. La frustración de la Argentina se puede medir por la carencia de oferta de bienes públicos. La pérdida del superávit es la pérdida de la oportunidad de resolver la infraestructura. ¿Qué hay detrás de todo esto? La madre de todas las batallas, es la inversión. No llegó. La línea K ha dejado el crecimiento en manos de lo primario. Por no haberlo hecho lo necesario para la inversión, el desarrollo y el empleo de calidad, los beneficios de la productividad, que valorizan en términos reales la moneda, han sido desplazados por la tentación de la productividad de la naturaleza que nos castiga, en la urbe, con la enfermedad holandesa que es generadora de una parálisis en la producción de valor agregado. Nuestra nave sufre a las olas cruzadas

3 de junio de 2012

por Carlos Leyba

OLAS CRUZADAS

Olas cruzadas son aquellas que rompen por distintos lados. Cuando alcanzan gran tamaño, en relación a la embarcación, se multiplican los riesgos de la navegación. Es un  dato. Estamos en tiempos de olas cruzadas: no es de un solo lado que vienen los golpes de ola. ¿Cuál es la solidez de la nave para superarlas? ¿Cómo pueden los inevitables zarandeos afectarnos?¿Qué deberíamos hacer?

Estuvimos mucho tiempo en playa serena donde habitaban los superávit gemelos genuinos (fiscal sin suplementos y externo sin restricciones). Hemos abandonado ese ámbito sereno y firme. Unos pañuelitos blancos se agitan. No sabemos si nos dicen adiós definitivamente. O llamándonos para que volvamos.

Vivir sin los genuinos gemelos no es fácil: obliga a muchas ingenierías. Lo sabemos. La historia argentina de los últimos años, antes de Néstor Kirchner, es una de escasez fiscal y restricción externa. Y estos años K han sido la excepción en ese plano al menos.

¿Qué queda de eso? ¿Hay decisión de retornar?¿De qué manera?

La sintonía fina parecía apuntar a una reducción de los subsidios: una vía más o menos ortodoxa para volver al equilibrio fiscal. No parece ser hoy la vía elegida. Por los pasos recientes pareciera, por ejemplo, que la elegida es la vía del incremento de los ingresos manteniendo los niveles nominales de los mínimos no imponibles en ganancias y bienes personales; y manteniendo el límite nominal a la percepción de salario familiar. En la medida que los salarios nominales siguen la tasa de inflación el impacto fiscal sobre los sectores medios es importante. Y lleva a un escenario de conflicto sindical con casi todos los trabajadores formales. El segundo frente de conflicto fiscal es con las provincias. Las transferencias se estancan y se ejerce presión sobre la capacidad recaudatoria de esas jurisdicciones: la presión se derramará de la Nación a las provincias y de estas a los municipios. El primer paso ha sido el enfrentamiento con Daniel Scioli y de éste con sus aliados del sector rural. Mas que por lo recaudado la cuestión esta instalada en la traslación del conflicto fiscal a los territorios. Una punta en esta dirección es la conformación de un ente tripartito del transporte metropolitano, conformado por la Ciudad, la Provincia y la Nación: una manera de repartir el peso de la decisión de achicar los subsidios. Hay una transferencia del papel protagónico en la quita de subsidios si esta fuera la decisión, o por ejemplo, exigirle a las jurisdicciones que aporten los fondos para subsidiar. ¿En esto se ha transformado “la sintonía fina”?

La cuestión del equilibrio de las cuentas externas se presentó recién cuando alguien, presumiblemente Guillermo Moreno, le informó a CFK que a causa de la inmensidad de importaciones de combustibles, más los pagos externos y habida cuenta de la descomunal fuga de  capitales de los últimos cuatro años, el superávit 2012 sería una quimera excepto que se hiciera algo fuerte en todos esos frentes.

Se trató primero desplazar a los potenciales compradores de dólares (cepo cambiario). En lo que va del año el BCRA compró 6.000 millones de dólares, más o menos el equivalente al pago obligado de la deuda nominada en dólares. Pero en lo que va del año las reservas subieron 1.200 millones de dóalres. Es que se estuvieron haciendo pagos. Esta presión generó el mercado paralelo que estabilizó una brecha de 30 por ciento con el oficial. La tasa de devaluación oficial se aceleró. Pero la brecha continua. Las repercusiones sobre el sector real no son menores. Sobre todo en el mercado inmobiliario que se aplastó: nadie sabe cuál es el precio.

En los bancos los depósitos en dólares siguieron escapando del “cepo”. Desde el 31 de octubre de 2011y hasta fines de mayo pasado los bancos perdieron el 25 por ciento de los depósitos en dólares. Y después de la decisión de CFK, de pasarse de dólares a pesos, porque rinden más (sic), debería observarse una caída adicional motivada por el pase a pesos de los funcionarios. Por el  encaje, la reducción de esos depósitos baja las reservas; y reduce la capacidad de financiar exportaciones por parte de los bancos.  La segunda acción fue la restricción de las importaciones. La eficacia de la medida se mide por el saldo comercial que fue en abril positivo en 1.800 millones de dólares, 23 por ciento más que en el mismo mes de 2011. Cayeron, por primera vez desde 2009, las exportaciones; pero la tasa de caída de las importaciones fue el doble que la de las exportaciones. Todos los productos centrales de la exportación fueron para atrás. Y también cayeron las ventas de Manufacturas de Origen Industrial (MOI).Insolitamente el único rubro que incrementó sus exportaciones fue Energía y Combustible (22 por ciento interanual) y representó el 10 por ciento de las exportaciones del primer cuatrimestre de 2012 (9 en el mismo período de 2011). La importación de Combustibles y Lubricantes representó el 11 por ciento del total. Lo importante la balanza comercial fue positiva gracias a las restricciones a las importaciones. Pero la caída del 37 por ciento en Bienes de Capital es lo más importante porque no señala restricciones sino ausencia de inversiones. El saldo comercial con MERCOSUR fue deficitario.Con la Unión Europea – epicentro de crisis internacional – fue positivo. Moreno tiene el objetivo de superávit comercial 10.500 millones en 2012. El primer cuatrimestre parece confirmar la meta y se encamina un superávit de 14.000 millones de dólares.  ¿Y la economía? Se desacelera.

Traducción: los superávit gemelos con crecimiento quedaron atrás. La reecuperación del fiscal tiene aire de ajuste y de traslado a terceros. La del externo tiene aire de “ajuste” no sólo por las restricciones a la importación sino por la desaceleración como lo indica la caída de importaciones de bienes de capital.

Volvamos para atrás: ¿qué hicimos con los superávit gemelos cuando tuvimos su presencia magna frente a nuestros ojos?

Julio Olivera señaló que si hay algo que caracteriza a “la crisis” argentina – la que nunca nos ha abandonado – es la pobreza de la oferta de bienes públicos.

La lista es interminable: salud, educación, seguridad, infraestructura social y productiva. La lista, en realidad, tiene el tamaño de la diferencia entre nuestras aspiraciones como sociedad y nuestra capacidad de realización. Lo que diferencia un país consolidado de otro que lo está en camino, es la densidad de la acumulación de capital de infraestructura social y productiva. Esas es la base de la producción de bienes públicos. El grado de la frustración de la Argentina se puede medir por la carencia de esa oferta de bienes públicos.

Un país consolidado provee esos bienes públicos en cantidad y calidad. En ellos, las crisis económicas coyunturales ocurren, de alguna manera, en la superficie; y cuando las condiciones permiten despegar, la infraestructura está allí.

Los países en camino, cuando atraviesan una crisis de superficie – desempleo, caída de la producción, inflación, etc.- la viven sin red: todo lo que es bienes públicos sigue siendo precario; y debe soportar la demanda de servicios crece exponencialmente. La pobreza, la marginalidad, el deterioro social, evidente a los ojos dispuestos a ver, vienen de ahí.  Y por cierto de la ausencia de inversiones reproductivas: pero ese es otro tema.

Esa debilidad en la oferta de bienes públicos es consecuencia de la escasez fiscal. Y también de la ausencia de un bien público fundamental que es “un proyecto nacional”. No es retórica: su existencia supone un consenso nacional sobre el largo plazo y sus prioridades. Hasta aquí la única voz que lo reclama es el movimiento obrero. Al igual que en los 70. Podríamos revisar la historia y nos encontraríamos que fue allí donde se acunó el proyecto del consenso que trajo a la democracia plena con el fin de la proscripción a Juan Perón.

El colosal superávit fiscal de los últimos años, básicamente del período NK, fue la gran oportunidad de reconstruir la oferta de bienes públicos. No lo hicimos. Una mirada sobre la energía y el sistema de transportes es suficiente para ponerlo en claro.

La pérdida de ese superávit o de la magnitud del mismo, es la pérdida de la oportunidad de resolver los problemas de infraestructura. Y eso está más allá de la cuestión coyuntural.

En nuestra historia la ausencia de superávit externo fue una barrera, un límite al crecimiento.

También, llegado a un punto de la expansión, el sector externo ponía un freno. En ausencia de crédito externo el freno era un golpe seco en la economía. Cuando apareció la “posibilidad” de acudir al crédito externo (la moda del endeudamiento) el  freno se hizo más suave. Pero finalmente llegó. Y de la peor manera. Cuando en el 2000 se agotó la capacidad de endeudarse, la economía se desplomó.

Nuestra historia tiene años de parar, sufrir y volver a empezar.

¿Qué había detrás de este ciclo? La propia estructura productiva del país nos ponía un freno.  Nuestras exportaciones no dejaron de ser primarias; y esto equivale a decir que seguimos siendo un país primario. O lo que es lo mismo que nuestra estructura económica incompleta, desintegrada, es negativamente desequilibrada. Una propuesta corta de equilibrio es serruchar una pata  a lo Carlitos Chaplin.

El superávit externo es la fuente que utilizada en bienes de capital de punta, para resolver esas carencias, sin endeudarnos.  Y esa fue la inmensa oportunidad de la que dispusimos estos años. ¿Qué es lo que hicimos?

Así como el superávit fiscal prolongado fue una oportunidad para transformar la oferta de bienes públicos; el superávit externo prolongado fue una oportunidad para transformar la estructura productiva y romper ese ciclo dependiente que es exportar primario y tener que cerrar importaciones para volver al superávit.

Vivimos largo tiempo con los superávit gemelos. Pero poco hicimos con ellos. “Vivir sólo con ellos y nada más” es siempre provisorio. Tan provisorio que, los gemelos, finalmente se esfuman. Irrita ver a los defensores de los gemelos “en sí” que no señalan el uso que debimos haber hecho de los mismos. Para algo sirven: son oportunidad para transformar. Y si no se transforma desaparecen: pasó.

Los déficit son consecuencia de cuestiones profundas de la economía, y para transformarlos en superávit naturales necesitamos transformaciones permanentes en la estructura productiva y de infraestructura. No lo hicimos.

Lo sentimos ahora, que estamos lejos de la playa, porque navegamos en un mar bastante bravo. Un mar dónde se cruzan dos olas difíciles de controlar.

Una es la ola del dólar. Ella es la hija histórica de la pérdida del necesario superávit comercial genuino. Es cierto que la acción eficaz de Guillermo Moreno frenó las importaciones. Y que este año, el superávit comercial generará los dólares que el gobierno se ha propuesto. Pero no es menos cierto que la economía, sin esas restricciones – que no responden a normas y cuya estrategia de comercio exterior es un secreto – no pueden ser sostenidas en el largo plazo sin un cambio estructural. La prueba es que quitar el freno, como dijo Aníbal Fernández, sería un suicidio.  Allí aparecen como temas el valor real de la paridad cambiaria y la productividad sistémica de la economía.

La otra es la ola fiscal, que es la hija histórica de la pérdida del superávit fiscal genuino, y que se convierte en la ola de demanda de recursos públicos.

¿Qué hay detrás de todo esto?

En la economía, la madre de todas las batallas, es la inversión; y el efecto de la misma se mide por la productividad.

Todos los problemas externos y fiscales denuncian, en última instancia, el atascamiento de la productividad – mientras lo demás se mueve – y el atascamiento de la inversión que realmente importa: la reproductiva y de infraestructura. Eso ha sido así siempre en el corto como en el largo plazo.

Pero cuando esas olas (la fiscal y externa) se cruzan, todo se arremolina y una sensación de mareo nos invade.

Es ahí cuando es imprescindible que el piloto, el que conduce, genere la confianza necesaria para salir del ojo de las olas cruzadas.

En eso estamos. En las olas cruzadas. ¿Y el piloto?  Una pregunta difícil de responder.

La otra semana fue la ola del dólar. La tensión fue tal que hasta obligó a desembarcar perros para perseguir las conductas compradoras. En los días que siguieron se agregó el concepto de la batalla cultural contra los que quieren ahorrar en dólares. Como es habitual se hizo presente la paradoja de los predicadores que adolecen del mismo vicio que condenan. Lo que no le quita razón. Que finalmente se impone y CFK vendió sus dólares.

Pero es bueno recordar que para incentivar la elección de la moneda nacional frente al dólar, con lo que coincidimos y es la contra cara de la crítica a la fuga al dólar, hay que tener una moneda nacional reconocida como reserva de valor. Y eso es lo que no tenemos.

Construirla es una necesidad. Siempre postergada. No debemos olvidar que la convertibilidad fue una dolarización encubierta: los pesos no eran más que vales de caja, el BCRA los cambiaba por un dólar. Pero nadie mas hacia eso. Eso no fue la construcción de la moneda nacional. Sigamos.

Los días pasados han experimentado la presencia de una nueva ola. La ola fiscal; la ola de la demanda de recursos públicos.

Con estas dos olas (dólar, fiscal) que se cruzan es lícito preguntarse que pasará con las naves insignia del oficialismo que por aquí navegan.

Esas naves son “el consumo”, “el crecimiento”, “el empleo”. Veamos.

“El diagnóstico … de una época … tiene que comenzar filiando el repertorio de sus convicciones” así nos enseña José Ortega y Gasset.

A las convicciones del período K (NK y CFK), en términos económicos, podemos sintetizarlas con el orden de estos “objetivos” o “naves”. En la doctrina hay un orden. Primero el consumo. Después el crecimiento. Y después el empleo. Ese es el orden del pensamiento K en la práctica.

El consumo se puede sostener y promover , básicamente con el empleo y el salario real. Pero también se puede sostener y promover con subsidios, alternativos al empleo y a la realidad del salario propiamente dichos. Los subsidios mejoran la realidad del salario; pero el espectro de los salarios abarca más que la mejora del salario real como contraprestación del trabajo. La línea K tiene mucho de esto último: es lo que constituye el Estado fiscal consumista.

El crecimiento, por su parte, se puede lograr por la dinámica impulsora de la producción primaria; o por un fuerte proceso de industrialización; o por un peso importante de los servicios. Ninguno de los impulsores es neutral respecto del futuro y de la realidad social. Y cada uno de ellos supone una opción política importante. La línea K ha dejado, de hecho, el crecimiento en manos de la dinámica primaria. Y el freno de hoy tiene aire a tierra.

De las opciones por el modo de sostener el consumo; y por los modos de impulsar el crecimiento, surge la particular situación en que quedará el empleo.

Hay otros objetivos posibles que podrían ser insignias de una política. En el lugar del consumo podrían estar las inversiones. Eso sería la dinámica heterodoxa.

Donde hoy está el crecimiento, podría estar el desarrollo. Es el objetivo de la política heterodoxo.

Pero además se podría invertir el orden de esa flota. Por ejemplo, podríamos poner delante de todos la nave del empleo. Ese sería el orden lógico en caso de una situación de desempleo desesperante que haría de la prioridad del trabajo un bien indiscutible.

Puestas las cosas como son, y cómo deberían ser para el orden K, veamos cómo  afecta la ola del dólar.

El gobierno se enfrenta a pocas personas, muchos intereses (algunos legítimos) y con las expectativas que esa pelea genera. Esto último es un problema difícil de medir.

La otra cuestión es ¿cómo afecta la ola fiscal que enfrenta al gobierno nacional con las provincias, los municipios y los proveedores presentes y futuros, y con las expectativas que la pelea genera?

¿Cómo afectan esas olas y el cruce de las mismas a las naves del consumo, el crecimiento y el empleo?

Privilegiemos la mirada sobre la ola fiscal.

En los últimos días el golpe de agua cayó sobre Daniel Scioli.

La primera preocupación es que los ingresos, llamémoslos  básicos, del sector público nacional crecieron al ritmo de los precios. Es decir, no crecieron en términos reales. Ese es un indicador doloroso de la desaceleración de la economía real. Llamamos básicos a los ingresos que no computan  transferencias del BCRA y del ANSES. Descontamos los aportes de utilidades del BCRA y de la ANSES al Tesoro porque no son estrictamente el alimento natural del estómago fiscal, sino un suplemento dietario por falta de alimento impositivo. Que está bien usarlo. Y que está mal no decir que es un suplemento.

Sin ese suplemento los ingresos están creciendo, más o menos, al ritmo del estimado privado de inflación. No hay crecimiento real.

Los gastos también se desaceleraron, pero corren a una velocidad mayor que los ingresos.

El rojo financiero, así calculado, se ubicó arriba de los 3500 millones de pesos, lo que casi multiplica por 3 el rojo del mismo mes de 2011.

¿Quién sufre las consecuencias de esta oleada fiscal negativa que desafía al viento de cola?

El tema de la “política” son las transferencias corrientes  a provincias que se vienen achicando.  En abril las transferencias corrientes se redujeron 15 por ciento respecto del mismo mes del año anterior; y anualmente están creciendo a una tasa del 7 por ciento anual o un tercio de la inflación.

Problemas para los salarios y aumentos de salarios provinciales. Las transferencias para obras se mantienen al ritmo de la inflación.

Las provincias fiscalmente más complicadas son las más grandes y aquellas en las que sus gobernadores representan, en términos políticos, alguna molestia para el gobierno nacional: Buenos Aires (Scioli), Córdoba (De la Sota)  y Santa Fe (socialismo).

La conclusión es simple: las provincias seguirán preocupadas y la ola fiscal los hará marearse en la navegación.

El gobierno nacional (La Cámpora, G.Mariott) lo pusieron a Scioli en el aprieto de enojarse con los sectores medios de la provincia y, en particular, con el sector rural.

El método  y el impacto de las modificaciones habrán de generar pérdida de la imagen que, en esos sectores, tenía el gobernador. Podrá ir marcha atrás. O disparar para adelante. En el lugar que está estará incomodo. Esa pérdida de imagen, no representa una medida aproximada de la mejora en la situación fiscal lograda.

Buenos Aires está fiscalmente mal. El gasto, como mínimo, no está ordenado a la resolución de los problemas estructurales; y la realidad es que estos no se morigeran; y la estructura tributaria, incluyendo lo que le toca en la coparticipación, no parece aportar recursos suficientes para resolver los problemas y , a la vez, mantener el desorden.

La ola fiscal golpea en todas las provincias. Las transferencias por coparticipación a las jurisdicciones en mayo fueron bien por debajo de la inflación. En el mes que pasó la tasa de crecimiento anual fue de 17,6 por ciento. Hay que tener en cuenta que la coparticipación financia, en el promedio nacional, la mitad de todos los gastos provinciales.

Por otra parte los salarios de las administraciones están en un ritmo similar al de la inflación. La ecuación es simple: o las provincias aumentan su recaudación jurisdiccional o repiten la profundización del desorden fiscal.

El desorden es la asignación del gasto que deja de privilegiar el largo plazo. Eso tiene que ver con la pobreza de la oferta de bienes públicos.

El largo plazo de ayer (es bueno recordarlo) es aquello que se está pagando al contado hoy. Y el de hoy será una cuenta inevitable mañana. Y cada vez con menor capacidad de pagarla; aunque existan coyunturas que nos hacen creer que la suerte gobierna.

Si los salarios están subiendo al 25 y la coparticipación está subiendo al 17,6 por ciento, entonces, para que las cosas “queden como están”, los recursos propios de las provincias, en promedio, tendrían que estar creciendo al 30 por ciento. Es decir, varios puntos por encima de la inflación.

Eso es sólo posible con mejor recaudación (lo que no es obtenible a corto plazo), o más crecimiento (lo que los datos señalan que no pasará) o más impuestos (lo que se hará y sólo sabe Dios en que resultará) o endeudamiento (postergación de pagos, bonos en el mercado súper caro o los horribles patacones).

La tensión real Nación-Provincias (más municipios) está planteada en esos términos: para que el gasto (y la realidad de las provincias) quede como está (lo que esta lejos de ser maravilloso) algo deberá cambiar en el esquema tributario de cada provincia. Cortar el gasto tiene consecuencias nefastas e inmediatas. Y no existe el recurso al financiamiento de mercado: no hay acceso a tasas normales.

Tampoco puede imaginarse que un mayor crecimiento provea mas recursos: no habrá más crecimiento sino menos. La economía se desacelera en la Nación y en las provincias (siempre hay excepciones).

La consecuencia es que no queda mas que aumentar la presión tributaria provincial o la demora de pagos en todas sus versiones (incluidas las cuasi monedas). La ola fiscal se corre al escenario de la política.

Los intereses políticos de CFK no son los de las provincias. Los gobernadores oficialistas son definitivamente provisorios en el escenario de los estrategas del  gobierno. Si transferirles sin más los problemas fiscales (la ola) los hace zozobrar no es un problema que preocupe a la estrategia oficial: el que se cae será culpable. Y seguramente también es cierto.

Pero lo importante es que, detrás de cada uno de ellos, hay un candidato alternativo más consustanciado con el programa político nacional. En la cancha principal, frente a Scioli, se encuentra Gabriel Mariotto.

La zozobra de Scioli, si ocurre, será lamentada; pero como “no hay mal que por bien no venga”, la figura del Vice será bienvenida como piloto del proceso que se abrirá.

Scioli – en defensa propia – tiró el lastre de su tibia identificación con “el campo” y -más ligero de equipaje – se puso en una carrera en la que, la búsqueda de  la llegada se repetirá todos los meses a la hora de los sueldos.

Sisifo – igual que Scioli amaba la navegación – y en el infierno, fue condenado a subir la piedra por la ladera , verla caer y a volver a empezar.  Igual que Scioli para pagar los sueldos: deberá subir hasta CFK y volver a bajar.

Téngase claro que esto no ocurre porque alguien lo desea. No.

La ola fiscal llega, a pesar del suave viento de cola, porque en aquella serena playa donde habitaban los gemelos superavitarios no apostamos a la inversión, al desarrollo y al empleo de calidad.  La denegación del largo plazo de ayer se presenta a cobrar en el presente. Siempre es así.

Y por no haberlo hecho lo necesario para la inversión, el desarrollo y el empleo de calidad, los beneficios de la productividad, que valorizan en términos reales la moneda, han sido desplazados por la tentación de la productividad de la naturaleza que nos castiga, en la urbe, con la enfermedad holandesa que es generadora de una parálisis en la producción de valor agregado.

Millonarios en naturaleza, ricos de oportunidades, solo nos falta la voluntad política para pasar de la irracionalidad de la ventaja corta, del plazo corto; a la racionalidad de la generosidad del largo plazo.

Las olas aflojarán el consumo, el crecimiento y el empleo. Nada dramático. Pero será doloroso. ¿Un dolor imposible? De ninguna manera. Aún las olas cruzadas pueden ser superadas.  Seguramente debe de haber varios métodos.

El mejor, en economía y también en política se puede demostrar, aplicando la lógica más estricta es que, para el conjunto, la cooperación y el consenso, son mecanismos muchísimos mas rendidores que la confrontación.

Y mucho más cuando navegamos en olas cruzadas: en ese momento la tripulación y el pasaje deben estar en armonía.  Nadie debería querer cambiar el eje de flotación.

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07 junio 2012

OLAS CRUZADAS

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