¿RODRIGAZO?

Buenos Aires, 16 de junio de 2012

Por Carlos Leyba

En los últimos días se ha instalado el tema del “rodrigazo”. Pocas cosas pueden hacer asustar más al bolsillo, de los que alcanzaron la edad de la jubilación, que tamaño desmadre pueda repetirse. Naturalmente son pocos los que tienen el recuerdo vivo de aquél desastre multidimensional ocurrido en junio de 1975. Y la inmensa mayoría tiene versiones ad hoc. Veamos.

La mayor parte de los argentinos tiene mas presentes las crisis de la hiperinflaciones de Raúl Alfonsín y Carlos Menem, que alcanzaron su climax con los asaltos a los supermercados, pero que se venían anunciando gravosamente desde años antes. Una década perdida sin inversiones, endeudados, con inflación pero sin desempleo, fueron las características de los 80 que concluyeron anticipadamente con el gobierno radical y la desaparición de una moneda efímera: el Austral.

Más fresca es la crisis de 2001 que fue la parálisis final, luego de la larga agonía de la recesión más larga de la historia argentina iniciada en 1996, del delirio de la eliminación de la moneda propia. Los 90 fueron los años de la convertibilidad que, a falta de la mínima seriedad económica, hicieron del dólar nuestra moneda; y de la deuda externa la manera de darle liquidez a la economía. La de los 90 fue nuestra primera crisis larga de deflación: desindustrialización, desempleo y pobreza. ¿La causa? La fuga de dólares que estalló cuando no nos quisieron prestar más.

Las crisis tienen distinto origen, distintos componentes, pero el mismo sufrimiento popular, la misma “desaparición” de la moneda; y la gran causa que se repite y se repite, la falta de inversión reproductiva y la demolición de la oferta de bienes públicos.

De las crisis de los 80 y de los 90 estamos muy pero muy lejos. Nadie se anima a mentarlas, porque son muchos los que recuerdan causas y consecuencias. ¿Por eso será que se ha apelado al “rodrigazo”? ¿Será porque pocos lo recuerdan; pero todos saben que fue algo muy malo?

Dos columnistas importantes de los principales medios, Carlos Pagni (La Nación) y Daniel Muchnik (El Cronista), han llamado la atención sobre las declaraciones de un ex Ministro del gobierno kirchnerista, Roberto Lavagna, hechas al diario Perfil que comienzan con el título “Hay riesgo de llegar a un Rodrigazo si no cambiamos” . Este es el origen de la cuestión.

Hoy nuestra economía tiene problemas. También los tiene la economía mundial.

Aunque no es cierto que “el mundo se nos cayó encima”; la crisis del mundo no es una buena noticia. China – el motor principal del viento de cola que aún nos mece – ha recibido un impacto interno muy fuerte como consecuencia de la burbuja inmobiliaria interna. El gobierno del Celeste Imperio ha reaccionado con créditos para la inversión de viviendas populares. La gran potencia emergente también ha recibido un impacto externo como consecuencia de la caída de la demanda europea que modera sus exportaciones. Y esto obliga a la economía a impulsar el consumo interno.

Pero los frenos serán mayores que las compensaciones y la economía china crecerá menos. No menos del 7 por ciento. Eso no implica menos soja; pero sí mas competencia en los mercados de manufacturas. Por ahí es que nos pega; y le pega a Brasil; y Brasil a nosotros en la industria que exportamos. Para compensar deberíamos ser más competitivos. ¿Cómo?

Más inversiones reproductivas, más abastecimiento fluido de energía, dinámica favorable de los costos internos incluyendo las cuestiones fiscales y financieras; y un tipo de cambio exportador que compense todo lo que no logramos hacer antes de ahora en los aspectos antes mencionados (inversión, energía, costos).  Eso es lo que nos pasa.

Pero ¿anuncia eso un “rodrigazo”? Veamos que pasaba entonces.

Muerto Perón (1974) teníamos una presidente, cuya capacidad estaba largamente superada por la complejidad del cargo; dominada por un “brujo”, miembro de una secta activa y delirante; enfrentada al movimiento obrero y con el partido peronista en proceso de confusión parlamentaria, y con los Montoneros en una tarea de provocación criminal. La imagen del escenario político era la de un tsunami. ¿Qué había pasado? ¿Por qué habíamos llegado a esto? Un poco de historia.

La democracia había regresado en mayo de 1973 como consecuencia del malestar popular y de la implosión de la dictadura militar: tasas de desocupación muy altas para los estándares de la época y recesión con inflación. Estanflación.

Por un lado, intensificación de las actividades guerrilleras; y por el otro, manifestaciones populares multitudinarias con violencia creciente y fuerte represión policial y militar.

En ese marco de convivencia difícil, desde la política, todos los partidos populares (básicamente radicalismo y peronismo) acordaron un programa mínimo para recuperar la democracia y administrarla. El garante de ese acuerdo era Juan Perón. Los empresarios nacionales, pequeños y medianos, liderados por José Gelbard; y los trabajadores organizados, liderados por José Rucci, acordaron – junto con los partidos – un programa para la democracia y un Pacto Social de corto, mediano y largo plazo.

La propuesta era la de romper definitivamente el circulo vicioso de elecciones con proscripciones, políticas de ajuste, desorden social y golpe de estado. Y para ello era necesario procurar a la vez el desarrollo y la estabilidad; la distribución progresiva del ingreso, la industrialización exportadora y el desarrollo regional. Las bases económicas que permitían sustentar ese programa ambicioso eran la extraordinaria productividad acumulada desde 1964 que, por no haber sido distribuida progresivamente, había estancado el mercado interno; y que, por no haber sido administrada en términos de exportaciones, había multiplicado la dependencia de nuestro crecimiento de las exportaciones primarias.

El acuerdo concurrió a elecciones con tres (H. Cámpora; R. Balbin; O. Alende) de las cuatro candidaturas importantes (la cuarta era la del partido militar) y su triunfo fue extraordinario.

El regreso de Juan Perón hizo necesario un nuevo proceso electoral sin su proscripción y hubo un voto plebiscitario con más del 60 por ciento de los votos ratificando el acuerdo social encarnado por Perón y los líderes sindical y empresario, Rucci y Gelbard.

Rucci, después de las elecciones fue asesinado por la guerrilla, la mano asesina importa menos que el asesinato ideológico, para desafiar el liderazgo de Perón.

El acuerdo continuó pero el liderazgo sindical no encontró reemplazo suficiente: se hizo presente la heterogeneidad sin conducción.

En diciembre de 1973 ocurrió la primera crisis petrolera que modifico las condiciones básicas de funcionamiento de la economía mundial y de la Argentina. El acuerdo social se hizo, en esas condiciones, mas necesario que nunca. La economía importó inflación en las materias primas básicas y la demanda de exportaciones se frenó. A pesar de ello, y gracias a los acuerdos, la economía mantuvo el crecimiento, el empleo y las exportaciones; y se verificó la mayor acumulación de reservas en el BCRA, sin incremento de deuda, de las últimas décadas.

En julio muere Perón. Y a la pérdida de Rucci – con un sindicalismo en estado de discusión por el poder – y a la muerte de Perón – la discusión del poder en el peronismo se extrema  – se le sumó lo que podemos llamar la complejidad de un nuevo mundo en el que la energía dejó de ser barata.

La única respuesta lógica habría sido mantener, profundizar y desarrollar los acuerdos para sostener la democracia y sus objetivos.

A la muerte de Perón, el 1 de julio de 1974, el ministro de economía, José Gelbard, tomó la decisión de abandonar el cargo. Sabía que José López Rega, el brujo, habría de dar un golpe de palacio que terminaría con los acuerdos que le habrían de condicionar su peso. Y que adoptaría – sin acuerdos – otra política económica buscando una alianza con los poderosos sectores económicos desplazados por la concertación social.

Hasta octubre Gelbard no pudo salir del gobierno y durante esos cuatro meses la gestión económica quedó paralizada y vaciada de poder.

En esas condiciones López Rega decidió reemplazar la política económica y obtuvo el aval de Lorenzo Miguel, líder sindical emergente, para designar al peronista liberal Alfredo Gómez Morales. Gómez había manifestado su oposición a la política de concertación y particularmente al impulso a las exportaciones industriales y a la política cambiaria necesaria para ello. Su gestión se extendió por nueve meses en los que se liberaron los precios, creció la inflación, se agotaron las reservas y se rompió el acuerdo con los partidos, los sindicatos y los empresarios nacionales. Multiplicó el déficit, desacomodó los precios relativos, provocó reacciones sindicales y agotó las reservas del BCRA.

Todo lo logrado durante el Pacto Social fue expresamente desbaratado. Gómez preparó el terreno para un giro de 180 grados inimaginable con Perón en vida.

En esas condiciones de precariedad, López Rega dio el golpe final y abrió la puerta al ingreso al gobierno de la economía de sus compañeros de la secta de los Caballeros del Fuego: Celestino Rodrigo, Ricardo Zinn y Pedro Pou. Pou, joven economista de Chicago; y Zinn ejecutivo graduado en Columbia, fueron los mentores del programa.

Las decisiones de junio de 1975 provocaron el primer y mayor desastre, en términos económicos y políticos, del Siglo XX. Un desastre que abrió paso a la dictadura de 1976 y a la secuela de horrores que hemos pasado en estos años.

Zinn – liberal confeso que creía que el orientalismo judeo cristiano había destruido a occidente – decía que él había “sincerado las variables”. Zinn contó con el aval de José Alfredo Martínez de Hoz presidente del Consejo Empresario Argentino. Devaluó el 160 por ciento el tipo de cambio comercial (26$ ley) y 100 por cien el financiero (30$ley) y 95 por ciento el turista (41$ ley). Las tarifas públicas en julio eran superiores en 137 por ciento a las de mayo. Subieron las tasas de interés. Y el gobierno pretendió fijar el máximo de aumento salarial en el 38 por ciento. Esto no ocurrió y la inflación derrapó al ritmo del 30 por ciento mensual.

Después del “rodrigazo” nada volvió a ser igual  y comenzó el largo calvario de la economía argentina.

Hoy tenemos problemas fiscales, monetarios, cambiarios; energéticos y de falta de inversiones. Hay una incipiente lucha interna en el peronismo por la sucesión  o la reforma de la Constitución. Y un enfrentamiento con el poder sindical. También una crisis externa.

Pero las condiciones políticas y económicas del país garantizan la imposibilidad que se repita la locura del “rodrigazo”.

La crítica al presente es siempre saludable porque de la crítica se nutre la posibilidad de mejorar. Pero es simplemente ridículo, sino idiota, pensar que la Argentina de hoy – con todos los problemas reales que atraviesa – pueda estar próxima a crisis como la de los 70, 80 o 90. No hay a la vista ni hiper, ni deflación, ni rodrigazo. Y sería muy bueno buscar un acuerdo para aprovechar las enormes posibilidades de progreso que hoy tiene la Argentina a pesar de los ruidos del gobierno y de fuera del gobierno que aturden. Se trata de más inversiones reproductivas, más abastecimiento fluido de energía, dinámica favorable de los costos internos incluyendo las cuestiones fiscales y financieras; y un tipo de cambio exportador que compense todo lo que no logramos hacer antes de ahora en los aspectos antes mencionados (inversión, energía, costos).  Eso es lo que nos pasa. Y eso no augura en la cabeza de nadie un “rodrigazo”.

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16 junio 2012

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