SEIS MESES

21 de Julio de 2012

Por Carlos Leyba

Los primeros seis meses, de la segunda presidencia de CFK, han sido sumamente agitados en “la política”; en lo que percibimos cotidianamente de la economía y en la vida social.

Las tres manifestaciones más rimbombantes, de esas, han sido el acoso a Daniel Scioli, el vuelo del dólar blue, y las manifestaciones populares reclamando seguridad. ¿Hay corrientes profundas que remolinan esos vientos de superficie?

Todas esas manifestaciones tienen en común algo de prematuras o inmaduras; concitan inquietud en la medida que sugieren la posibilidad de cambios inesperados.

El acoso a Daniel Scioli inquieta toda vez que alguien puede suponer una operación destituyente respecto del candidato mudo con mejor imagen. Cambio inesperado toda vez que el aparato territorial más poderoso de la política nacional estará frente al dilema de ser o no estar.

El vuelo del dólar paralelo inquieta: puede suponer una próxima devaluación. Un cambio que siempre será inesperado si lo que lo determina es abatir el valor del dólar marginal..

Las manifestaciones por la seguridad inquietan en la medida que expresen hartazgo respecto de la indefensión ante la violencia o ante la ausencia del Estado.

El acoso a Daniel Scioli, el vuelo del dólar, y las manifestaciones por la seguridad, están más cerca de abortar, hasta desaparecer de la memoria, que de cuajar o levar, y alcanzar consistencia capaz de dar lugar a cambios de envergadura. Muchos de los comentarios económicos y políticos, no sin fundamento, sugieren que a estas agitaciones podrían suceder nuevos protagonismos, sea de personas (líderes), de rumbos (económicos) o sea de ideas (políticas de seguridad). Veamos.

Nada hay que permita imaginar nuevas concepciones o respuestas en política económica: ¿el fin del paso a paso? El eje central (concepción) seguirá siendo incentivos al consumo y apuesta a la soja. Las “respuestas” consistirán en pequeños dosajes de ajuste del tipo “menos subsidios” o en módicas dosis de promoción a la inversión. Ningún cambio en el rumbo que hasta aquí sólo se define ex post facto uniendo la línea de puntos que compone la respuesta a cada problema desde la doctrina del paso a paso. No hay cambio de rumbo en puerta.

Nada hay que permita suponer algo distinto a la propia continuidad de CFK en el liderazgo sine die del oficialismo. Y nada que sugiera la existencia de algo así como un liderazgo en el campo opositor. Es decir “la política” se seguirá construyendo desde el Estado sin ninguna intermediación significativa. Ni partidos. Ni organizaciones. Ni actores sociales. Donde haya política estará el Estado. Y donde esté el Estado habrá política. Y en ese marco, unido a la vigorosa voluntad de poder, la jefatura actual se proyecta sin solución de continuidad.

Vamos a la seguridad. Cuando Cristina lanzó su primera candidatura presidencial, además de anunciar su proyecto de “acumulación con inclusión social”, también señaló la idea de una “revolución cultural”. Es difícil decodificar ese concepto. Hay señales. Toda la línea ideológica de los comentaristas y teóricos, del oficialismo (radio, TV, prensa) no proviene del peronismo tradicional sino de corrientes alejadas, o antípodas al menos a la veta nacionalista que siempre supo acunar el peronismo hasta Carlos Menem. Este la troco por neoliberalismo colonialista; y Cristina Kirchner por una mirada progre. Ninguna de las dos cabría en la cabeza de Juan Domingo Perón. Otra mirada posible sobre la “revolución cultural” anunciada, tiene que ver con la reforma o revolución, de la legislación civil que, según las reacciones colectivas, pareciera tener adhesión mayoritaria de la sociedad o de quienes la representan. Y finalmente, la que tiene que ver propiamente con la tercera agitación referida a la seguridad, es el crecimiento vertiginoso de la influencia de las doctrinas difundidas por el Dr. Eugenio Zaffaroni en el ámbito penal. Para algunos juristas se trata simplemente del desarrollo del garantismo compatible con la doctrina de los derechos humanos. Para los detractores se trata de una doctrina “abolicionista”. Sea cual sea este pensamiento, ha revolucionado el pensamiento de gran parte de quienes integran la justicia y es el pensamiento dominante que irradia las relaciones entre el poder político, la justicia, la seguridad y el aparato policial. Veamos ¿las manifestaciones populares, referidas a la seguridad, tienen capacidad de anunciar cambios desde el poder en esta temática? La respuesta es: no habrá cambios en la política de seguridad porque la concepción dominante está a años luz de la respuesta “inmediata” que esas manifestaciones reclaman.

En síntesis, a las agitaciones no le seguirán cambios de rumbo económico, ni cambios de liderazgo político, ni cambios en políticas de seguridad. ¿Qué algo cambiará? Sí. Pero siguiendo a Lampedussa: “algo debe cambiar para que todo quede como está”.

Cuando comenzamos nos preguntábamos ante esas agitaciones (dólar, Scioli, manifestaciones) ¿hay corrientes profundas que remolinan esos vientos de superficie? Veamos de atrás para adelante: es decir, comencemos por la seguridad.

La violencia criminal y el auge delictivo – acerca de cuya magnitud, por un lado, hay percepciones; y por el otro flaqueza estadística – cualquiera sea su magnitud absoluta y relativa (respecto del pasado y otras sociedades) y su tasa de evolución, está indisolublemente vinculada a los demasiados años en que la pobreza (con todas sus causas y secuelas) ha generado la aniquilación de la familia, de la escuela y de la sociedad, para millones de jóvenes. No es nuevo. Lo nuevo es que a lo largo de más de 30 años el flagelo de la decadencia económica ha generado el monstruo de la decadencia social. Nuevo, porque éste, hasta entonces, fue un país de aspiraciones colectivas e individuales. Y al cancelar el progreso económico, lo convertimos en un país abierto sólo a las aspiraciones individuales: la cancelación de un proyecto colectivo lleva inexorablemente a que se cumpla aquello de que “nadie se realiza en un país que no se realiza”. Esa es, sin duda, la corriente profunda que agita el problema de la seguridad. Es un problema de impotencia colectiva. Que no se arregla con más recursos para la seguridad; pero que tampoco se contiene sin más recursos para ella. El arreglo del problema pasa, sí o sí, por la recuperación del “proyecto colectivo”. Esas manifestaciones no son una expresión consciente de esa corriente profunda que, en definitiva, es la causa que la arremolina. No. Esas manifestaciones no son el resultado de una consciencia colectiva acerca del origen del problema ni de los verdaderos caminos de solución. Tampoco lo que las manifestaciones reclaman es lo que la “cultura de seguridad dominante” procura. Y lo que la “cultura de seguridad dominante” instaura, está a años luz de la respuesta estructural necesaria. La “cuestión de la seguridad” no ha logrado, hasta aquí, madurar una respuesta; y los cambios para que nada cambie podrán sucederse unos a otros. Estamos dentro de una telaraña discursiva que impide afrontar, a la vez, la cuestión de fondo y el presente cotidiano. ¿Habría recursos materiales para hacerlo? La respuesta es imposible, en éste como en todos los problemas que deberíamos afrontar, sin una visión global que permita instalar un sistema de prioridades. Y esta es la principal carencia estructural del proyecto oficial: el paso a paso impide instalar un sistema de prioridades. A pesar de las manifestaciones no habrá cambios.

Vamos a las “corrientes profundas” que están detrás del acoso a Scioli. Simple. No hay en el país instituciones u organizaciones de intermediación que puedan canalizar las agitaciones o inquietudes políticas. No hay tal cosa como partidos o residuales de partidos. Lo dijimos “la política” mora en el Estado; y ese es un defecto profundo que requiere de reparación estructural. Y ese tema “estructural”, al igual que en la “cuestión de la seguridad”, es que  hay inapetencia de proyecto, lo que lleva a la ausencia de partidos. Es más “pensar en partidos” es suponer ser “parte” de un todo. Y la condición necesaria de ser “parte” es que haya un “todo”. El todo es el apetito de proyecto  colectivo. El gran ausente de esta época. La disputa de poder al interior del oficialismo, o el rechazo de un cuerpo extraño al “modelo cultural” dominante (el de los medios del oficialismo)- como lo es Scioli y muchos de los viejos dirigentes del PJ del conurbano que se amontonan tras su imagen-, es una consecuencia de la ausencia de apetito de proyecto y de la inexistencia de partidos. Pero nada hay en el escenario que permita inferir que, de este enfrentamiento entre CFK y DS, surja “política”; y como deriva de ello nuevos liderazgos. No. Nada cambiará a causa de este conflicto que se resolverá por capítulos y por sucesiva entrega de recursos financieros. La “territorialidad” del peronismo, la idea de federación, está amputada. Y el centralismo, sea por necesidad o por amor, es la única realidad presente sin que nada augure otra futura. Atención, aún queda Hugo Moyano que representa densidad y homogeneidad social. Dispone – a pesar de todos los embates oficiales – de una fortaleza institucional importante. Pero su fortaleza, como la de todas las representaciones sociales, requiere de un escenario de oportunidad. Es decir necesita  “del vigor del reclamo”. El retroceso económico, medido por la cruza explosiva de la inflación creciente y el desempleo en aumento, es la matriz del vigor del reclamo. Sin reclamo se convierte en sopor social. Nada hay en la cuestión CGT/Moyano que se presente como un dato a tener en cuenta para cuestionar el “liderazgo” centralista que hoy domina la política. Nada cambia en este campo. Pero dejamos abierta la cuestión Moyano.

El tercer elemento con el que abrimos este comentario es el vuelo del dólar blue. Y ahora nos preguntamos por la “corriente profunda” que pueda existir detrás de esta manifestación agitadísima. Todo el debate económico acerca de la coyuntura argentina está viciado por el desacuerdo en la información. Ni el termómetro, ni los análisis de sangre, ni las radiografías hechas en uno u otro instituto coinciden. La descalificación del INDEC es de tal magnitud que es difícil discutir las causas, las consecuencias y los remedios, porque entre unos y otros hay discrepancias en los hechos del pasado y del presente. ¿Cómo acordar acerca del futuro? Jamás se presentó en nuestro país (¿alguna vez en otro lado?) esa situación. Más aún, en hablando del futuro, existen consultores, que ofician de críticos, que – en realidad, pícaros – describen escenarios probables a medida para el discurso oficialista; y muchos opositores fanatizados que hasta desean ver huracanes donde sólo hay ventiladores enchufados. La contaminación discursiva es otra telaraña inmovilizadora del pensamiento.

¿Hay una corriente profunda detrás del blue?. La respuesta es No. Dólares hay y nunca hubo tantos. En la primera presidencia de CFK se fugaron alegremente 73 mil millones de dólares. No es ese el problema.

La profundidad – que lejos de afectar a la coyuntura, la favorece – es que la soja nos primariza, y destruye el potencial de distribución del ingreso y de acumulación de productividad y – a la vez – nos da de comer para los dólares y las políticas de remediación: caja, caja, caja. No hay escasez detrás del blue. Lo que si nos preocupa, por la nula atención que se le presta, es el proceso inflacionario, medido a los ponchazos y percibido en las demandas salariales y en las expectativas de opinión; y la parálisis en la creación de empleo.

El rumbo económico no va a cambiar por el blue, ni la estructura del poder va a crepitar por la deglución de Scioli, ni el dominio cultural va a girar por las manifestaciones ante la inseguridad. No hay cambios.

Pero hay problemas.

Anotémoslo, si el problema del empleo que ha surgido, y sobre el que volveremos, no es atendido profesionalmente; y si la inflación sigue siendo negada, el cruce de ambos polos puede quemar la instalación; y entonces se puede descorrer un velo, malo, que nos muestre solo pasaron seis meses.

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21 julio 2012

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