EL DISCURSO Y LA REFORMA

27 de Julio de 2012

A causa de la economía, el tema de la reforma constitucional es el elegido para ganar la iniciativa política. Anular la reforma de 1994 por liberal sería la justificación de los mismos que la gestaron. Pero en realidad su materialidad es la reelección presidencial. El resto cumplirá el mismo papel de la provincialización de la energía o la constitucionalización de los acuerdos internacionales o el Jefe de Gabinete que utilizó Carlos Menem. Sumar razones. El nivel y el ritmo de la creación de empleo están bajando. La inflación complica los costos internos y deteriora la competividad cambiaria. La razón, para no menearla, es la ausencia de inversiones. Entonces mejor hablar de la reforma ahora y no de la economía. Pero el vuelo del precio de la soja, la promesa de una cosecha  de clima favorable, y el retorno de Brasil al consumo, forman el viento que debería limpiar los temas  económicos negativos. Con la campaña de la reforma en marcha, si la economía trae buenas noticias, para el oficialismo todo será más fácil. Los socialistas y los radicales ayudarán.

Por Carlos Leyba

Hasta ahora el gobierno pudo exhibir – como éxito – las tasas de crecimiento del PBI y del empleo: habló de la economía de los resultados. Hoy no es fácil, para la administración, sostener el discurso de la bonanza económica: el PBI no esta creciendo y el empleo está aflojando. Día tras día aparecen señales de desequilibrio.  Pero, más allá que no sería necesario, el oficialismo no podría expresar las palabras económicas del “reequilibrio”. Ellas generalmente saben a expresiones del tipo “sangre, sudor y lágrimas”. Y esas no pertenecen al repertorio K. Cristina inauguró su segunda etapa con el concepto de “sintonía fina”. Una idea de toquecito, breve, preciso, micro. Nada golpe, largo, general y macro.

Estos tiempos europeos asustan. La búsqueda medioeval del equilibrio está de moda en España. Y en todos los diarios. Don José Luis Sampedro, economista, novelista, nonagenario – prologuista del “Indignaos” de S.Hessel que movilizó a los jóvenes europeos – le escribió una carta a Mariano Rajoy que comienza así: Querido señor Presidente: es usted un hijo de puta. Usted y sus ministros”. Así que ni pensar en un discurso con reminiscencias de equilibrio. Que además sería inútil.

Pero no es menos cierto que, así como de esfuerzo ni hablar,  esta etapa no es propicia para un discurso “económico” de éxito. Porque ese éxito no es palpable. “Hoy no se fía, mañana sí”.

Los temas económicos que dominan la vida cotidiana, si son abordados por los hombres de gobierno, obligan a explicaciones. Nunca es bueno tener que darlas. Controles, recortes o simplemente la palabra “menos” no cabe en el discurso del “nunca menos”. El auditorio vacilaría.

Por otra parte, esas explicaciones necesarias si hablamos de problemas, no cuentan hoy con la anuencia de todos los sectores que hasta ayer señalaban su acuerdo. Hugo Moyano rompió el silencio hace tiempo. Pero ahora, el elegido para partir la CGT, el metalúrgico Antonio Caló, se sumó a la crítica de los datos. Se sumó a la tropa de los que discrepan respecto de los hechos. Raúl Zylberstein, líder de los empresarios de la CGERA – la entidad empresaria más afín al oficialismo – y líder de la agrupación política “La Gelbard”, en un debate televisivo, admitió, sin dramatizar por cierto, la flacura del tipo de cambio para competir en el mercado mundial.

Citamos aliados expresos o ex aliados, que señalan matices críticos de la economía. Pero, aclaremos, por ejemplo Facundo Moyano (hijo y mano derecha de Hugo), a pesar de las discrepancias, dijo que “volvería a votar” a CFK porque “no hay ninguna alternativa” (Telam, 27 de julio de 2012).

La traducción es que al gobierno ya no le conviene tanto como antes hablar de resultados de la economía para captar o mantener aliados: eso lo complica. Para mantener la adhesión o para ganarla, en esta etapa, necesita de un discurso político, un discurso del poder. Es lo que está haciendo.

El discurso económico de los resultados, ahora, no paga. Tampoco el de las promesas de resultados económicos futuros.

El que encara y seguirá encarando el gobierno es el discurso del poder. Ese discurso, por lo menos, cierra las filas propias. Que no es poco cuando la imagen baja. El discurso apela ahora a sumar más que a los satisfechos, a los enojados o incómodos  que reclaman reformas. Veremos.

La reflexión de Moyano junior, referida a que la “volvería a votar” anuncia que los promotores de la re re – de la reforma constitucional – están entre los hoy menos sospechados de acordar en lo económico. Para que Facundo vuelva a votarla hace falta que pueda ser reelegida. Y por lo tanto habrá que crear las condiciones para que sea posible.

No es el primero entre los sindicalistas en sugerirlo; y por cierto ya es legión el número de dirigentes políticos del Frente que lo han dicho; y además no son pocos los dirigentes de la oposición que han manifestado su acuerdo en reformar las cláusulas liberales de la de 1994. Hermes Binner es ya un aliado seguro para esta reforma.

A causa de la economía, el tema de la reforma constitucional es el elegido para ganar la iniciativa política. No se hablará sólo de reelección sino de nuevos derechos. Se trata de anular la reforma de 1994 que sería liberal para los mismos dirigentes que hicieron la Reforma. Incluye a los principales líderes del oficialismo.

A la reforma 1994 se la puede bombardear por muchas razones. La primera es su inutilidad. Nadie ignora que detrás del fárrago de palabras solemnes de los constituyentes de entonces, había una sola razón: la reelección  de Carlos Menem.

Y tampoco nadie puede ignorar que Raúl Alfonsín selló el Pacto de Olivos no por convicción sino porque, pato o gallareta, Menem ya tenía en el Congreso los votos radicales que necesitaba.

El kirchnerismo, desde que comenzó, ha tenido éxito en instalar el debate o dirigir la tapa de los diarios. Tuvo a favor los resultados de la economía. Y los sectores de oposición, mal que mal, sólo han podido sostener la crítica de hechos de abuso institucional o de corrupción. Y todos ellos no han soportado más que algunas semanas en el candelero hasta morir por falta de respuesta.

Pero los problemas de la economía, sentidos en carne propia (inflación, empleo) son una poderosa nota editorial. O comparables a la más convincente declaración política. Los problemas son “la” oposición.

Por eso estando los problemas económicos en ascenso lo mejor es no menearlos. Ni para explicarlos.

Mas que razonable entonces, para la gestión K, volcarse a llenar la agenda pública con la cuestión de la Reforma. O de otras cuestiones que, haciendo a la economía, tienen que ver con “el poder” y no con los resultados. En general esas cuestiones tienen que ver con la palabra “reforma”.

Reformas de la estructura económica sumadas a la Reforma Constitucional o lo que es lo mismo “reformas económicas a introducir en la reforma constitucional”. El combo viene con la reelección.

Menem le dio el petróleo a las provincias y, por ejemplo, le otorgó al “mundo” la cláusula de la constitucionalidad de los acuerdos internacionales. Si bien fue un lamentable efecto Tupac Amaru sobre el Estado Nacional, satisfizo de un plumazo las demandas de distintos sectores que aislados sumaban poco. Pero que agrupados daban los votos para la reforma de lo que él ambicionaba: la reelección.

Hoy, todos los Jefes de Estado, están en campaña electoral desde que asumen. CFK no es la excepción. Para estar en campaña hay que tener argumentos. El económico no está brilloso sino más bien opaco. Lo económico, los resultados actuales presentes, no convence ni a los partidarios de la reelección como es el caso de Facundo Moyano, Antonio Caló o Raúl Zylberstein.

Conclusión: en los tiempos que corren la deslealtad al proyecto oficial no se medirá por criticar aspectos del presente económico. La lealtad será mensurada por la postulación, sin condicionantes, de la necesidad de la reelección presidencial y la necesaria reforma de la Constitución. El  combo se integrara con algunas reformas institucionales de la sociedad civil, muchas ya legisladas, y las que aparecen en el horizonte en la estructura económica: cuestiones del poder. A nadie escapa que las reformas económicas no requieren estatuto constitucional sino la materialidad de lo real por sobre la formalidad de los textos. Y tampoco a nadie escapa que la re re es la manera más probable de mantener consolidado el poder de todos aquellos que lo han logrado sin ser depositarios de la voluntad territorial.

Síntesis. El gobierno baja del escenario el discurso de los resultados de la economía. Y sube el de las reformas de la política.

El núcleo duro de la política es construcción de poder y – aquí y ahora –, en la era de la inexistencia de los partidos, donde lo “reelegible” es el partido, toda construcción de poder, es necesariamente reelección continua, y reelección es reforma. Mas allá de las necesidades, de las ideas, todo lo demás es “combo”. Como fue “combo” la provincialización de la energía y la constitucionalización de los acuerdos internacionales, etc.

Veamos ahora las razones que obligan al abandono del discurso de los resultados económicos. Ahora, más que exponer resultados, hay que exponer explicaciones. O no hablar de eso. No es invierno. Tampoco verano o primavera. Una economía otoñal.

Cristina Fernández, en el proceso de abandonar el discurso económico, lanzó dos explicaciones, La primera fue “se nos cayó el mundo encima” y por eso la desaceleración. La segunda fue la mala administración de Daniel Scioli como explicación de las complejidades de las finanzas públicas.

Si con el primer tema, el mundo, quiso describir la dimensión de la crisis mundial, no se equivocó. Pero si quiso transformar la crisis es una explicación de nuestros problemas, como mínimo, exageró, y en el margen – salvo Brasil – la situación es al revés.

Y de igual manera con el segundo tema: las finanzas públicas. Seguramente Scioli es un mal administrador. ¿Por qué habría de ser bueno? Pero no es él la causa de los males de las finanzas públicas. Tampoco lo son las provincias.

Ni la resolución de la crisis mundial, ni la salida de Scioli del gobierno provincial, arreglan los problemas que hoy tiene nuestra economía; y mucho menos los problemas estructurales que la bonanza del soplo venturoso oculta.

Pero ambas explicaciones han comenzado a descender rápidamente del proscenio. Basta de explicaciones: ahora al discurso del poder.

¿Cuáles son esos problemas que tanto cuesta explicar?

Simple. Tanto el nivel de la actividad económica como el ritmo de la creación de empleo están bajando. Ya pasamos la barrera de la desaceleración.

Y la tasa de inflación para Caló y de Moyano es tres veces la oficial. Y en ascenso. Y el dólar blue sube, baja y vuelve a subir. Pero siempre en un escalón superior.

Ni la inflación, ni el dólar, ni el problema de empleo son reconocidos como tales. Y si no son reconocidos no pueden ser explicados. Y explicarlos será más que difícil sin poner un poco de buena voluntad reconociendo el error propio.

Mientras tanto dos temas dominan la vida cotidiana: la brecha entre el oficial y el paralelo; y el debate sobre el índice de inflación “de la gente” y el del  INDEC.

La brecha cambiaria tiene consecuencias sobre las expectativas de devaluación; y además muchos de los proveedores de insumos importados negocian con las PYMES elaboradoras sobre la base del dólar marginal. En lenguaje coloquial “se cubren”. Unos cubren y los que pueden escapar lo hacen. A veces prohibir no está mal: garrote. Pero está mejor si también se ofrece zanahoria.

Esa cobertura supone que una parte de los costos de la industria se mueven al ritmo del blue porque el proveedor no puede asegurarse la reposición al precio oficial. En una economía con discontinuidades en la cadena de valor (eslabones de la cadena desaparecidos o que nunca existieron) integrada gracias a productos importados, el valor “seguro” del dólar (blue), integra los costos. Si el proveedor accede a la importación de reposición a dólar oficial realizará una ganancia. Pero esa ganancia ya formará parte del costo del producto elaborado en el país.  Y esa será una pérdida del poder adquisitivo del salario.

Pero además siendo que, por ejemplo, la industria automotriz importa partes y vehículos a dólar oficial, aquellos que disponen de dólares que venden a 6 pesos y compran vehículos a dólares de 4,6 obtienen un “descuento” de 30 por ciento. Puesto en otros términos: un auto de 100 mil dólares le “cuesta 70 mil de los que tenía bajo el colchón y los convierte en pesos para pagar al importador de precio oficial”. Una muestra de los problemas distorsivos de una brecha grande.

Por otro lado la brecha deteriora la actividad inmobiliaria ¿quién vende en pesos un inmueble a 4,60 pesos por dólar? La brecha le pega también a la venta de autos, que cayó en junio. Y a la inversión que, además de estar floja de entusiasmo, disminuye peligrosamente.

La inflación, que mide la disminución de la capacidad de compra de quienes tienen ingresos fijos, refleja el incremento de costos internos de producción. Si los costos de producción suben mas que el dólar y – por ejemplo – Brasil devalúa más que la Argentina, la consecuencia es una disminución de la competitividad cambiaria que golpea las exportaciones industriales y fomenta a las importaciones. Nadie debe olvidar el efecto extraordinario de sustitución de importaciones que generó la barrera cambiaria post devaluatoria y el impacto importador de su dilución.

¿Cuál será la respuesta? Las importaciones se pueden controlar (reforma, poder)  ¿pero las exportaciones?

Nadie discute que la economía comenzó a desacelerarse en 2011 y que, en lo que va del año ha reculado.  Y a pesar de ello la inflación no amaina. Tampoco se quiere explicar esto. Sólo se cuentan resultados … cuando son buenos.

Hay una expectativa favorable derivada de la eventual recuperación de Brasil y de su mercado automotriz, que está siendo objeto de fuertes incentivos. Y además el vuelo de los precios de la soja y la promesa de una cosecha de maravillas para este año de clima favorable.

Entonces el viento de cola retornaría hacia fin de año y debería barrer con los frenos que hoy nos preocupan. Y también debería limpiar los efectos negativos sobre el nivel de actividad del deterioro de la competitividad cambiaria, la caída de la venta del stock de inmuebles, la disminución de la construcción (pública y privada) y la orfandad de las cajas provinciales. La caja nacional dispone de recursos monetarios holgados pero insuficientes para toda esa tarea. El viento tendrá que empujar cargas pesadas.

Y además remover las consecuencias de achique del mercado interno por el estancamiento de la masa salarial derivado de la menor dinámica de empleo y del deterioro del salario real por la inflación, reducción de horas extras, más el achique de subsidios.

Por ahora (y antes de la recuperación de Brasil y de la cosecha) la actividad viene en caída. ¿La economía aterriza en menos de un año de una altura de 7 por ciento anual de crecimiento, a una caída de 3 por ciento anual? ¿O de 9 a cero? Depende de quien haga los números. Pero para todos hay cerca de diez puntos de freno que es un montón. ¿Este año será de crecimiento nulo o recesivo?

Como los últimos resultados económicos son flacos, para ganar la iniciativa, el discurso será uno de “la política del poder”. Eso no tiene otro título que reforma. Lo básico, la re re. El combo “reformas económicas”. En eso estamos.

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27 julio 2012

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