Desendeudamiento, devaluación, default

5 de Agosto de 2012

Por Carlos Leyba

La presidente de la Nación eligió a la Bolsa de Comercio para anunciar la cancelación del BODEN 2012. En el discurso, más de ocho mil palabras, lo central fue señalar que este pago programado era uno de los hitos de la economía del desendeudamiento.

Y sin duda que el desendeudamiento externo es un hecho trascendente de la historia económica nacional: representa un enorme avance en la capacidad de decisión pública. Deber en moneda extranjera no es igual que deber en moneda nacional. Deber a privados o públicos extranjeros, no es lo mismo que hacerlo a otras agencias públicas nacionales.

Sí, hoy la deuda en pesos es elevada, pero gran parte de ella es al mismo sector público. Lo relevante es que la deuda en moneda extranjera ha retornado a los mejores niveles, por lo bajos, históricos.

Pero ¿las otras deudas de la sociedad argentina han retornado a los mejores niveles, por lo bajos, históricos?  Veamos.

El discurso navegó una perspectiva histórica que incluyó a Bernardino Rivadavia – quién casualmente fundara la primera Bolsa de Comercio – y al endeudamiento que castigó a la Argentina desde aquellos años. Por cadena nacional presentó cifras y gráficos los que, desafortunadamente, no están en la página de la Casa Rosada y, por lo tanto, solo han quedado las palabras.

Las mismas destacaron logros de la gestión K, y en particular de la etapa CFK; y recordaron desmadres recientes de la economía y de los economistas: apeló nuevamente a identificar con nombre y apellido a autores de pronósticos equivocados que, no tendrán, posibilidad de réplica.

No se focalizó (aunque se hayan mencionado) en los resultados económicos recientes: pesó más el pasado que el presente.

Veamos, para acompañar la perspectiva historica, la deuda en el SXX.

Desde 1900 hasta 1944 la deuda externa representó el equivalente del 14 por ciento del PBI. El máximo fue 46,2 por ciento (1900) y el mínimo 2,4 en 1944.

Entre 1945 y 1974 el promedio de deuda externa sobre PBI fue 5 por ciento; el máximo de 17,9 en 1962.

Desde 1900 hasta 1974 fue un cuarto de siglo de “desendeudamiento externo”.

Pero el cuarto final del siglo XX (1975/2001) el promedio de deuda externa fue de 34 por ciento del producto social.

La presidente anunció que, con este pago, nuestra deuda externa se reduce a  9,6 por ciento del PBI. Es decir en materia de deuda externa volvimos al promedio de los primeros 74 años del siglo. Dejamos atrás el nefasto período de endeudamiento que se inició en 1975.

Lo más grave y nefasto es que este proceso de endeudamiento de 1975 en adelante, estuvo acompañado o implicó empobrecimiento social y clausura de oportunidades; desindustrialización; desequilibrios regionales y destrucción neta del capital social y de la infraestructura.  Y además fuga de capitales.

¿Cuánto hemos avanzado en la dirección de liquidar las consecuencias y las causas de esos estragos?

¿Qué es lo que tenemos programado y en curso para dar término a ello?

La reducción del peso de la deuda externa a los niveles previos de la “economía de la deuda”, fue producto de una crisis, primero, y de una secuencia de decisiones políticas, tomadas por diferentes administraciones, después.

Y fue posible, finalmente, por un contexto internacional crecientemente favorable para las economías, como la nuestra, de ricos recursos naturales.

La crisis, resumiendo al extremo, se produjo cuando los prestamistas negaron el financiamiento. Ya nos habían expoliado con la anuencia de las administraciones deudoras y cuando no con la complicidad comisional. La comisional es una complicidad que puede jugar para contratar o para negociar.

Vale recordar que el Juez Ballesteros, a partir de la denuncia de Alejandro Olmos, trasladó -sin éxito – al Congreso sus conclusiones. Señaló que “ ha quedado evidenciado … la manifiesta arbitrariedad con que se conducían los máximos responsables políticos y económicos” o que “Empresas y bancos privados endeudados con el exterior, socializando costos, comprometieron fondos públicos con el servicio de la deuda externa a través del régimen de seguros de cambio” o “La existencia de un vínculo explícito entre la deuda externa, la entrada de capital externo de corto plazo y altas tasas de interés en el mercado interno y el sacrificio correspondiente del presupuesto nacional” Y solicita al “ Congreso de la Nación evalúen las consecuencias a las que se han arribado en las actuaciones labradas en este Tribunal para determinar la eventual responsabilidad política que pudiera corresponder a cada una de los actores en los sucesos que provocaran el fenomenal endeudamiento externo argentino”. Nada pasó.

Después de la continuidad administrativa de la deuda llevada a cabo por el radicalismo, los menemistas – algunos hoy militan apasionadamente en la reivindicación del desendeudamiento – siguieron sumando meritos a la responsabilidad que con tanta claridad asignó este honorable juez de la Nación. No debemos olvidarlo.

El retorno, como ministro de Fernando de la Rúa,  de Domingo Cavallo – de la mano de Carlos Chacho Álvarez – cierra el ciclo de absoluta complicidad de muchos aliancistas – miembros del oficialismo -, que hoy también militan en el desendeudamiento dejando para el olvido su colaboración inestimable en el crecimiento de la factura.

La responsabilidad política, las conclusiones del Juez, cubre un período que va desde la dictadura y atraviesa a la democracia hasta el default.

Los mismos actores de uno y otro lado, avalan que fue la realidad material la que realmente impuso las condiciones de excepción que generaron la crisis de la convertibilidad que, en definitiva, fue la crisis de la deuda. No fueron las convicciones. Los mismos funcionarios que sostenían la convertibilidad, de ambos partidos mayoritarios y de sus alianzas, tuvieron que abandonarla por el peso de la realidad. Es que sin más deuda no sobrevivía esa convertibilidad. Cuando no nos prestaron más a tasas de expoliación, estallaron la convertibilidad, la Alianza y el menemismo: un dominó que terminó en que se vayan todos. Por un rato.

La salida de la crisis comenzó, justamente, por el default. Sin default no habría habido renegociación de la deuda. ¿Se puede negar ese hecho tan elemental?

Los mismos que aplaudieron el desendeudamiento en el discurso de CFK – es decir – la quita; son los mismos que primero aplaudieron el default. ¿Por qué luego repudiaron el default?.  ¿A qué conduce la inconsistencia?

Luego del default, el segundo paso fue la “modesta devaluación” a 1,40 pesos por dólar. Los préstamos para sostener esa cotización no llegaron. Entonces el mercado – escapando de corralito y corralón – nos llevó hasta 4 pesos por dólar.

Llegado allí no le cabía otra que bajar y es lo que pasó. NK se instaló en un dólar de 3.

Sin default y devaluación no hubiera habido reactivación, primero; reconstrucción fiscal, después; y negociación y quita, al final. No hay una “D” sin la otra.  La “D” de desendeudamiento,  hubiera sido imposible, sin las “D” de default y sin devaluación. Pero ninguna de las dos primeras “D” era posible sin el escenario previo de la crisis que estalló cuando nos dijeron basta de crédito porque “ya te saqué todo”.

Es decir, todo fue producto de la necesidad o del límite puesto desde afuera. ¿Qué fue lo de Adolfo Rodríguez Saa y Eduardo Duhalde?¿Debilidad, coraje? ¿Cómo saberlo? Duró poco. Néstor Kirchner fue quién, crítico de sus predecesores, convirtió esos pesares en una toma de yudo y la desgracia tornó en quita.

Para reconstruir la caja en pesos y en dólares, fue necesario el boom de las commodities.  Con un mercado interno débil (pobreza, desempleo) las commodities (y no solo la soja) generaron, con sus precios en permanente alza, y con las retenciones iniciadas por Eduardo Duhalde, la capacidad fiscal para keynesianismo urbano y el crecimiento desde el interior rural.

La barrera cambiaria, generosa para la sustitución de importaciones, cerró el circulo virtuoso que llevo a desendeudarnos creciendo.

¿Cuánto crecimos? Depende del punto de partida en el que nos ubiquemos.

Desde el nivel más alto (1998) que alcanzó el PBI (a precios constantes), antes de la crisis, el crecimiento absoluto fue de 60 por ciento a un ritmo anual de 3,7 por ciento. Pero si el cómputo se realiza a partir del nivel más bajo después de la devaluación (2003) el crecimiento es de 95 por ciento a una tasa de 8,5 por ciento anual.

Desde una perspectiva de largo plazo el PBI por habitante en 2011, comparado con el de 1974 – el tercer gobierno de Juan Perón  y el último de la economía no condenada por la deuda – es, 12 por ciento mayor. Es decir, en casi cuatro décadas (y una de tasas chinas) el PBI industrial, la base de la modernidad económica, de la verdadera independencia, de la distribución y la equidad, apenas ha crecido al mínimo ritmo del 0,3 por ciento anual. Cuesta aceptarlo pero es lo más próximo al estancamiento industrial de largo plazo. La desindustrialización es hija de la deuda. Se murió la madre; ¿su fantasma está vivo?

¿Podría la gestión K haber revertido drásticamente, en 8 años, está tendencia tan gravosa de tres décadas? No.

Es cierto que ha tenido las condiciones, más favorable en un siglo, de oportunidad externa. No es menos cierto que heredó un deterioro, y una decadencia económica y social, que exige enormes esfuerzos que se resumen en masivas inversiones económicas y sociales. ¿Fueron hechas?

Leído con el mejor de los ánimos, la insuficiencia de las políticas – para decirlo de una manera neutral – permitieron la fuga de más de 70 mil millones de dólares en el primer período de CFK. Y en ese mismo período se registró una expansión de subsidios que no fueron direccionados por la demanda, y más que responder a la necesidad, aliviaron a la nueva oligarquía de los concesionarios. No se advirtió a tiempo el vaciamiento energético. Y se disfrutó – ¿de manera ingenua? – demasiado tiempo de las ventajas de la bonanza de los precios de la soja que nos coloca en tendencia de primarización.

Eso explica que, en el segundo período CFK, ha reaccionado con la sintonía fina y la ha volcado a tratar la fuga, a financiar la energía y a discutir los subsidios.

Pero, en el tiempo y con todos esos errores, lamentablemente se ha ido desacelerando o perdiendo eficacia, la resolución de la pobreza y el incremento del empleo.

El último informe acerca de la deuda social de la UCA señala que la pobreza alcanza a 21.9 por ciento de la población y la indigencia a 5,4 por ciento.

La tasa de crecimiento del empleo en el primer trimestre del año ha sido de 0,6 por ciento, el más bajo desde 2007.

También son mayores ahora que en 2007 las carencias habitacionales, medidas por la Encuesta de Hogares del INDEC.

¿Está todo mal? Lejos de eso.

Pocas veces afrontamos una desaceleración de la actividad, como la actual, con tanta disponibilidad de recursos y con una perspectiva importante de recuperación en el segundo semestre empujados por Brasil y la cosecha y el vuelo celestial de la soja.

Pero es sano que el diagnóstico revele, con honestidad, las deudas pendientes para construir un país mejor.

No soñar una utopía.

Solamente un país que pudiera repetir los indicadores de industrialización y desarrollo humano que supimos tener antes de la economía de la deuda.

En otras palabras tenemos que pasar por un punto del tiempo histórico, social y económico, en el que ya estuvimos. Eso es más fácil que descubrir un territorio nuevo.

Pero, tal vez, lo que nos este haciendo falta es reconstruir el tiempo político, rico en concertación social, ese tiempo que la violencia y el espíritu genocida y el terrorismo de Estado, hicieron estallar por los aires.

Aquellas tres “D” fueron necesarias, pero insuficientes. Ahora hacen falta otras cuatro “D”. Las del diálogo y la disposición, que integran, con la democracia, el circulo virtuoso del desarrollo.

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05 agosto 2012

Desendeudamiento, devaluación, default

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