¿La vaca cayó del cielo?

26 de agosto de 2012

Por Carlos Leyba

El origen material neto de nuestra moneda de pago de todo aquello que no producimos, lo que no es sectorialmente deficitario, viene del trabajo de la superficie de la tierra o de su subsuelo. Los ánimos más optimistas – salvo que la economía ingresara en una improbable hibernación – dan cuenta de la necesidad de importar aproximadamente 11.000 millones de dólares de petróleo, gas, etc., en 2012. Una medida de la dependencia hija de los errores de política, de la imprevisión, para decirlo de una manera respetuosa.  La buena noticia es que la naturaleza, otra vez, está.

Para la Argentina del largo plazo, por ahora, no hay nada más importante que las posibilidades que encierra el yacimiento de Vaca Muerta.

Toda una metáfora: a vaca muerta (o a naturaleza agropecuaria insuficiente) hidrocarburo vivo. Una bendición.

El Señor ha dotado a esta geografía de recursos naturales inagotables. Veamos.

Durante años y hasta el presente, la cara o cruz del país, se define por una buena cosecha acompañada, naturalmente, de buenos precios. Pocos han sido los períodos de excepción. Estos últimos años no son uno de esos.

Todos, en una economía hoy más que desinflada, recuperamos el aire cuando los informes agropecuarios nos dan cuenta de la probabilidad de una buena cosecha de soja con precios en dólares nominales inimaginables poco tiempo ha.

Ahí está la base para apuntar al freno a la caída, alcanzar nivel de flotación y recuperar algo de crecimiento. La prueba de que es así la brinda el ejercicio de imaginar la soja a 240 dólares – como al principio de la década – combinada con una seca local, como la última que acompaño la recesión. Con castigo del mercado y de la naturaleza, no sería posible salir tan sencillamente de este desinfle.

Pero afortunadamente, la tierra y los productores están, el mercado tira y el agua acompaña. Nuevamente “una buena cosecha”.

Pero hay más. Si clasificamos por valor exportado, a las empresas vendedoras al exterior, nos enteramos la novedad que, en 2011, el ranking no lo encabeza una cerealera sino una empresa minera. Otra vez la naturaleza.

El origen material neto de nuestra moneda de pago, de lo que no es nuestro y compramos afuera, viene del trabajo de la superficie de la tierra o de su subsuelo. No es algo sistémicamente conveniente. Denuncia que los demás sectores productores son deficitarios. Las razones son harto conocidas. Y no es bueno que un país exporte neto naturaleza. Los países son los que exportan y por eso aún somos “primarios”. Pero, al menos, es mucho mejor que nada; y bien que lo sabemos los que hemos vivido la permanente crisis del balance de pagos o el remedio insensato de curarnos con la deuda que nos comía el hígado.

Pero a pesar de estos privilegios de la naturaleza, hoy los mismos resultan insuficientes, no ya para una vida holgada, sino para mantener el aparato nacional en marcha. La evidencia es que para poder pagar hoy hay que cortar importaciones. Un dato y una necesidad resuelta a pura norma.

Es que las increíbles peripecias de la política energética argentina nos han arrojado al territorio de una dependencia más que gravosa. Los ánimos más optimistas – salvo que la economía ingresara a la hibernación – dan cuenta de la necesidad de importar más de 11.000 millones de dólares de petróleo, gas, etc. Esa es una cuenta que – si no media una explosiva expansión de la producción nacional – en los próximos cuatro o cinco años no habrá de amainar. Problema.

La “explosiva expansión” implica aumentar la producción de gas y petróleo; incorporar nuevas fuentes de provisión de energía eléctrica (represas), todo lo cual – a raíz de la increíble peripecia de la política energética argentina – requiere exploración o construcción de fuentes, que demandarán no menos de cuatro años para representar una respuesta capaz de compensar el déficit.

Cada año de crecimiento suma un porcentaje mayor o igual de demanda energética. Crecer es consumir energía. La dinámica de las inversiones es, en ese sentido, devoradora.

Pues bien.  La metáfora del encabezamiento significa que – en un marco de expansión necesaria (aunque no suficiente) para resolver nuestros dramáticos problemas sociales – ya no alcanzará con la naturaleza de la superficie sino que habrá que apelar a la naturaleza del subsuelo (claro que habría otras alternativas a las que otra vez aludiremos y que tienen por nombre INDUSTRIALIZACION EN SERIO).

El yacimiento de “Vaca Muerta” se convierte en un hálito de vida. Se trata – según todos los expertos – de un yacimiento de una riqueza extraordinaria.

En Estados Unidos, la primera potencia en shale, esos yacimientos han derribado el precio del gas y han tornado más competitiva la economía americana al liberarse de la dependencia de la energía extremadamente cara.

Luego de tantos años de energía cara el descubrimiento de los yacimientos shale y de su modo de explotación, abren un nuevo panorama para algunas economías.

Primero Estados Unidos y ahora la Argentina.

Pero la naturaleza, sin capital financiero y sin capital tecnológico, no es más que un potro salvaje. Hay que domarla para que se convierta en una herramienta. Y la combinación de esos capitales, para el shale abundante, aquí pareciera no estar disponible en la magnitudes requeridas al ritmo necesario.

La primera y hasta ahora única señal es el anuncio de Chevron que alimenta las esperanzas de éxito del responsable máximo de YPF Miguel Galuccio.

La naturaleza está. Y en el mejor de los casos en cinco años, la abundancia romperá con nuestra actual dependencia energética. Dependencia que es hija de los errores de política. De la imprevisión, para decirlo de una manera respetuosa.

Hasta 2010 el balance comercial externo tenía saldo positivo; pero la producción de petróleo y gas y las reservas medidas en años de consumo, no paraban de declinar. Lo que cambió fue que el balance externo pasó a ser negativo: esto es aumentó la dependencia energética. Un paso atrás de dimensión histórica. Porque repararlo llevará más años y más dinero que el desbaratamiento que se produjo.

Y la recuperación de la soberanía energética, que el gobierno la identifica con la expropiación de la mayoría accionaria de YPF, pareciera que, por ahora, implica la asociación estratégica con la empresa multinacional mas grande que opera en la región; y que sin duda implicará compartir los beneficios de la soberanía con capitales externos. Y aquí lo relevante será la eficiencia en la explotación y el saldo positivo del país para la alianza estratégica.

Mientras la naturaleza pródiga generó recursos desde el sector agropecuario, no cabe duda que la eficiencia de la explotación fue extraordinaria: somos el país de mejor rendimiento agropecuario del planeta. Y tampoco hay duda que en la explotación rural la mayor parte de los beneficios quedan en el país. La distribución de esos beneficios es otro tema. Aunque es bueno recordar que, en el caso de la soja, el 35 por ciento del precio ingresa de manera directa a la caja pública.

No pasa lo mismo con la minería, que ahora ocupa un lugar destacado en el ranking de exportaciones. La minería deja poco en el país. Es un ducto de la naturaleza a los barcos; y ni el Estado ni los argentinos registramos la mayor parte de los beneficios que rinde. Digamos que el registro de la balanza comercial no está asociado mecánicamente con el beneficio del conjunto. Naturaleza argentina, capital extranjero, rendimiento full extranjero. Más o menos. Pero sin resistir comparación con  la explotación agropecuaria.

¿Qué pasó con el petróleo? Ni hablar. Desde la privatización hasta la expropiación de YPF el balance es negativo en términos de producción, reservas y ahora de balance comercial. Pero además los giros de utilidades componen, como consecuencia de la faltad de inversiones, una explotación escandalosa por parte de capitales extranjeros, acerca de lo cual el Estado ha hecho la vista gorda como lo sigue haciendo en la minería.

Ahora, a partir del giro de la estrategia en materia de hidrocarburos, se abre otra posibilidad.

Vaca Muerta – suena mal decir que cayó del cielo – es la esperanza que la naturaleza nos brinda una vez más para los argentinos poco previsores. Pero nos exige capital. Justamente dee esa materia se compone lo que llamamos fuga de capitales.

Desde que Cristina Fernández asumió fugaron del país más de 80 mil millones de dólares. Excedente entre lo que produjimos y consumimos en esos años que no se acumuló para la reproducción del sistema. Fuga, perdida, como se lo quiera llamar, es lo que no fuimos capaces de retener y que de acuerdo a las estimaciones de los especialistas – agárrese – cuadruplica el monto de las inversiones necesarias para explotar ese yacimiento salvador.

En otros términos, tendrá que venir de afuera, para invertir en Vaca Muerta, un cuarto del excedente que se fugó en estos años. Es decir no sólo aumentamos nuestra dependencia energética por una política sectorial increíble y tozuda; sino que además tenemos que pedir que extranjeros inviertan aquí sólo una cuarta parte de lo que hemos ahorrado y fugado en sólo unos pocos años; y además dar a cambio vaya a saber qué.

Todo lo dicho avala la afirmación inicial con un “por ahora” muy destacado: “Para la Argentina del largo plazo, por ahora, no hay nada más importante que las posibilidades que encierra el yacimiento de Vaca Muerta”. Efectivamente.

Para la Argentina del largo plazo no hay nada en carpeta más importante que el proyecto Vaca Muerta.

La naturaleza está. Falta el capital financiero y tecnológico. Y parece que Chevron está muy interesada en articular proyectos conjuntos, y nosotros queremos socios con el peso y la experiencia de una compañía de esta talla mundial …  Chevron es un líder a nivel mundial y con un expertise único en proyectos de recuperación terciaria y shale, y que entiende y apuesta por América Latina … El no convencional puede revolucionar el paradigma energético en Argentina como ocurrió en los Estados Unidos … somos después de China y Estados Unidos el tercer país con más potencial en Shale del mundo, y debemos simplemente abrir la puerta al futuro”. Esto es lo que afirmó Miguel Galuccio, líder de YPF.

Los próximos días dirán acerca del avance en el proyecto de alianza estratégica con Chevron. A esos contratos (o cualquier otro) habrá que hacerle la misma pregunta: ¿el aprovechamiento de nuestra naturaleza tendrá la irradiación indiscutiblemente positiva y nacional de la que le ha correspondido al sector agrario o la suerte lamentable que nos depara la minería?

La respuesta a esa pregunta es la que dará el tono de si la ruptura de la dependencia energética, que ofrecerá Vaca Muerta, tendrá el carácter de una verdadera ruptura de la dependencia; o tendrá el carácter del precio alto de la necesidad derivada de la lamentable imprevisión de la política energética y de la incapacidad de contener la fuga de capitales.

Y aquí, al final, llegamos a desentrañar el carácter del “por ahora” con el que nos hemos referido al “para la Argentina del largo plazo”.

¿Ningún otro proyecto material que permita poner la visión positiva del largo plazo ante la proyección de los problemas sociales y económicos que preocupan seriamente hoy y que, sin proyecto, tenderán a agravarse?

¿Tenemos un programa capaz de superar el delirio de transportar por camión, por rutas de 30 años de atraso, más de 100 millones de toneladas año?

¿Tenemos un programa capaz de superar el atolladero de estancamiento de empleos de alta productividad y su reemplazo por empleos de más que baja productividad? ¿Tenemos un programa capaz de superar la patética Belindia  (Bégica e India) que se descubre en cada una de las grandes ciudades del país?

¿Tenemos un programa de desarrollo industrial que se irradie en todo el territorio?

La lista de preguntas en este sentido es enorme. La vacancia de respuestas igual.

El largo plazo material de muchas de las cosas más importantes sigue estando ausente.

Y por eso Vaca Muerta – que es una respuesta de largo plazo, por las inversiones y el tiempo de maduración – es el “por ahora” que nos satisface al menos en una faceta de la dependencia.  No es bueno que sea el único.

Como no es bueno que el largo plazo se piense en el terreno de la abstracción como sería el que corresponde al campo de la hoy instalada reforma constitucional.

Necesitamos pensar y preparar la materialidad del largo plazo porque son muchos los problemas y las necesidades; aunque las urgencias de caja en los demás sectores no son tan evidentes como en el caso de la cuenta petrolera externa. Y lo sabemos “no todo cae del cielo”.

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26 agosto 2012

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