LA AUSENCIA DEL ESTADO

12 DE AGOSTO DE 2012

Por Carlos Leyba

Una de las críticas que recibe el gobierno nacional, desde el punto de vista de los sectores alineados en la creencia de la sabiduría del mercado, es la de un avanzado estatismo. Sin embargo la crisis del transporte, de la energía, de la seguridad, de la educación, innegables y hasta reconocidas (al menos las dos primeras) son la demostración palmaria de la ausencia del Estado. a idea de mirar la realidad críticamente lleva a generar la voluntad de cambio. Cambio por reconocimiento de la realidad. A propósito de la crisis de los subterráneos se publicó oportunamente una versión de esta nota enfocada a señalar que esa crisis fue o es una manifestación más de la ausencia del Estado.

Crisis de transporte. Ausencia del Estado. Imposible que lo primero no implique lo segundo; y que, dado lo segundo, no ocurra lo primero.

Este párrafo pertenece a una nota que, en versión original, estuvo destinado a comentar (Época, 11 de agosto de 2012) en la fecha oportuna la inconcebible crisis de los subterráneos porteños. Podría haber sido también la primera frase del crimen de Once- ¿cómo llamar a lo que no es un accidente porque se pudo evitar? – o de los posteriores descarrilamientos o faltas de freno seriales.

O simplemente, lo mismo podríamos decir, con solo mirar los kilómetros de vías desiertas; las estaciones abandonadas; los pueblos desaparecidos; los vagones y talleres abandonados. O – en el otro extremo – las horas muertas en los accesos a la Gran Ciudad; el aumento del 10 por ciento del parque automotor en un año; las rutas nacionales que atraviesan ciudades importantes; las colas en los puertos. Las muertes cotidianas.

Haga la lista de sus recuerdos  y entonces surgirá que el transporte es una de las caras de la crisis. ¿De qué crisis? La de la “ausencia del Estado”.

¿Desde cuándo? Qué difícil. Pero algo es claro. La ausencia del Estado que nos importa es hoy. Es la que hace posible la continuidad de esta “crisis de transporte” que no tiene un Estado que se haga cargo.

¿Qué es hacerse cargo? Reconocer el problema, tener un diagnóstico, un plan de resolución en el tiempo, una asignación de recursos y una puesta en marcha.

Este gobierno nacional tiene 10 años en los que ha hecho cosas. Pero ha sido insuficiente. Básicamente porque no ha puesto un foco en el problema. Y ha disparado acciones inconexas y esencialmente irrelevantes.

Lo que heredó fue un pasivo de transporte que se acumula desde hace demasiados años. Pero también heredó del menemismo y de la Alianza – dos formaciones políticas a las que pertenecieron casi todos los miembros del oficialismo – la desaparición del sistema ferroviario; la renuncia al sistema de transporte aéreo; el jolgorio del sistema de peaje como canonjía recaudatoria; la “camionización” de la carga; el abandono del transporte marítimo. Revertir esa autoherencia es un problema: deshacer lo que las mismas personas como mínimo consintieron.

Construir un Estado. Colmarlo de ideas y de acciones. ¿Qué Estado? En rigor son “todos los Estados” el nacional, los provinciales y los municipales. El transporte es una cuestión nacional y es una cuestión federal. No hay soluciones individuales. Sólo colectivas. Pocas son las tareas de gobierno que tengan la necesidad de ser concebidas desde el origen en conjunto como lo es la del transporte. El galimatías del subterráneo está pendiendo de un hilo. Y no es un problema de uno u otro sino de cómo mínimo dos. Si lo volvemos a sufrir será una demostración más de lo que esas crisis denuncian: ausencia de Estado.

Una de las críticas que recibe el gobierno nacional, desde el punto de vista de los sectores alineados en la creencia de la sabiduría del mercado, es la de un avanzado estatismo.

Por otro lado, desde quienes creen en la responsabilidad básicas de la política para el bien común, existe una crítica sobre la ausencia del Estado en la política K.

La ausencia de una programa revelado de largo plazo para el desarrollo y las políticas sectoriales que la armonizan, es prueba de la ausencia del Estado respecto de la programación del futuro. El Estado existe cuando cumple su función política primordial: la del “futuro”.

Ninguna otra función tiene la dimensión política – en el sentido más rico de la palabra – que la del futuro. Radicar la política en el pasado es mutilarla del componente que la jerarquiza transformándola en el ejercicio del comentario . Agotarla en el presente es reducirla a la visión gerencial del administrador.

El neoliberalismo retiró al Estado y lo reemplazo por el mercado. Lo primero que eliminó fue el “Plan” . Sin siquiera observar que “el plan” es parte esencial de los gobierno de los países desarrollados.

Aquí el Estado no está presente en el largo plazo. Es un actor ocasional del “paso a paso”. Nada está escrito ni comprometido. “Dejame a mí”. Sabe a improvisación y genera incertidumbre u oportunismo privado.

Esta concepción dominante en los hechos, no en las palabras, es la resaca del neoliberalismo en el que, la mayoría de los hoy dirigentes incluida la oposición, abrevaron durante los 90 y hasta el 2002. Entonces esa concepción bajó de los discursos ¿lo hizo de la práctica?.

La crisis del transporte, de la energía, de la seguridad, de la educación, innegables y hasta reconocidas (al menos las dos primeras) son la demostración palmaria de la ausencia del Estado.

¿Ofrece el Estado la educación necesaria? ¿O atravesamos la explosión de una oferta privada?¿Ofrece el Estado la seguridad necesaria o atravesamos el incremento de la oferta privada? El transporte y la energía han sido concesionados ¿cuál ha sido el resultado?

Hace años Julio H.G. Olivera – el más profundo y sólido de los economistas argentinos – supo decir que nuestra crisis es una de falta de oferta de bienes públicos.

La ciudad de Buenos Aires esta atravesada por un nudo de transporte en el que se mueven millones. No sabemos cuánto es el tributo de horas de vida que pagamos los millones que tenemos la imperiosa necesidad de transportarnos. Pero difícilmente el promedio – en días laborables – baje de una hora y media diaria que, reduciendo los días de labor a 200 por año, suman 300 horas que – en promedio – representan 37 jornadas completas de trabajo. O un mes y medio de labor. Bajar ese promedio, mejorar las condiciones en que transcurre, no es una cuestión menor. Tampoco lo es pensar el territorio. Aquí hay hacinamiento de transporte. Mientras el país está vacío. No está concluida la conquista del territorio.

La Ciudad de Buenos Aires no es la Argentina. Pero es, de la Argentina, el territorio más desarrollado, donde el imaginario colectivo pone las mayores oportunidades de prosperidad. Y es donde los más desesperados de entre nosotros acuden, huyendo del espacio de la falta de oportunidades, a sobrevivir de los que los más acomodados dejan.

El problema de la Ciudad de Buenos Aires no es procurar más desarrollo sino evitar que el alcanzado se erosione.

La presión por sobrevivir de unos se suma a los problemas de infraestructura, material y de organización, como los que estamos viendo en estos días en el transporte disparado por la huelga salvaje de los metro delegados.

Este problema no es mas que un emergente de los muchos déficit que estos años de crecimiento no han podido paliar. Y no sólo en la materialidad de las disponibilidades físicas sino en materia de organización.

Aquí se ubica la inmadura disputa ridícula, para decir lo menos, del partido que gobierna la ciudad con el partido que gobierna la Nación. Metro delegados, no reconocidos por la autoridad laboral del país, dirigen un conflicto sindical que los sindicatos, que reconoce la Nación, han declinado. Un galimatías.

Dicen “no es un conflicto sólo por salarios sino por condiciones de trabajo”. ¿Se acuerdan del discurso de Cristina en septiembre del año pasado cuando criticó la protesta de los metro delegados del subte que acusaban tendinitis por cargar la tarjeta SUBE?  Dijo “Yo vi. a mi viejo trabajar durante años como colectivero sacando los boletos de papel, y nunca tuvo tendinitis. Lo que pasa es que era más difícil hacerse el revolucionario porque no había gobiernos democráticos. Pero hoy, con un Gobierno como el nuestro, ser revolucionario es lo más fácil que hay”, fustigó Cristina contra la medida de fuerza. Y calificó las protestas como “actitudes egoístas e insolidarias”. El secretario de Transporte, Juan Pablo Schiavi, apuntó: “Hay un sector de los delegados (que tiene un) planteo(que) es desopilante”.  “No hay que utilizar estas cosas para complicarle la vida a los usuarios” .

En esta semana, con una reacción tardía e inútil de Mauricio Macri, con ocho días de paro, no hemos tenido la palabra de CFK ni la reacción del gobierno nacional. ¿? (El paró concluyó cuando uno de los líderes pasó por la Casa Rosada: en silencio para el público, CFK seguramente habrá repetido los mismos conceptos en privado. Coherencia)

Eso es ausencia del Estado. Cualquiera sea la idea que tengan unos de otros: el Estado no está. Neoliberalismo en estado puro. A por la libre.

A esta altura importa establecer, una vez más, el contexto en el que las personas opinamos. Tengo para mí que hay dos diagonales contradictorias – no complementarias –  que reflejan ordenadamente las actitudes de distintas personas frente  la observación de la realidad y frente a la acción.

Hay una diagonal, a la que llamaremos la del Profesor Pangloss – el personaje del Cándido de Voltaire – que es “optimista” del lado de la realidad. La clase de personas que ven “la parte llena del vaso”. Esa visión optimista de la realidad viene acompañada del “nada mejor que lo hecho se puede hacer”. En última instancia refleja un “pesimismo de la voluntad”.

Hay otra diagonal que llamaremos de Gramsci, el pensador italiano. La realidad, en esa visión, está mirada con escepticismo: la parte vacía del vaso. La idea de mirar la realidad críticamente lleva a generar la voluntad de cambio. Y si se sostiene que el cambio es o se hace posible, entonces, ese escepticismo se transforma en “optimismo de la voluntad”.

La diagonal Pangloss concibe a la política como administración; y al poder como sustantivo (posesión) y no como verbo (poder hacer). Sus estrategias están destinadas a la conservación del poder. “Hemos hecho todo lo que es posible”. Entonces nos quedamos.

Pero la democracias se mantienen vivas gracias al espíritu de la diagonal gramsciana: escepticismo militante respecto de la realidad es señalar siempre sus vacíos. El optimismo militante de la voluntad para transformarla hace del poder un verbo.

La mirada crítica de la realidad se transforma en voluntad de cambio, optimismo del futuro, cuando propone lo necesario que es posible o que es posible hacerlo posible.

La mirada optimista de la realidad sólo tiene sentido si no hay cambio posible lo que, inevitablemente, deriva en conformismo.

Ambas actitudes son comprensibles.

Pero la democracia funciona, dado que el ejercicio del poder tiende a fortalecer la diagonal  Pangloss, cuando la actitud gramsciana es estimada y no sólo respetada. No hay palabra más discriminatoria que “tolerada”.

Y la democracia se hace espléndida cuando crece virtuosamente el espíritu  de la diagonal gramsciana inundando los intersticios del poder. La autocrítica como motor. Todo sistema cerrado tiende al desorden. El espíritu de la democracia es convertir a la crítica en una necesidad apreciada .

¿A que viene esto? ¿Qué tiene que ver con el transporte?

El último discurso por Cadena Nacional de la presidente, además de una inauguración, tuvo una manifestación que debe ser incluida en la saludable diagonal gramsciana: “decía Miguel (Galuccio) que desde hace 15 años no se perforaba un pozo de gas – y ahora hemos vuelto a perforar pozos de gas, después de 15 años”. Una crítica a la propia gestión K. Bien.

Un Estado que admitió mantener concesionarios y renovar concesiones, durante 15 años, sin que los responsables empresarios y políticos hayan sido sancionados implicaba, por un lado, ver que la “realidad rosa”, no era tal; y por el otro reconocer que el pesimismo de la voluntad paraliza. Aunque no mencione la palabra autocrítica, lo importante es tomar decisiones compatibles con ella. De eso se trata.

La designación inteligente de alguien que sabe y quiere, Miguel Galuccio, introdujo el espíritu de nuestra diagonal gramsciana. La realidad era espantosa y la perforación era posible. Hizo falta que al agua llegue al cuello para cambiar de diagonal. Ese tiempo llegó. Y eso es bueno.

CFK abandonó el Pangloss energético. Gobernar es detectar fracasos y corregirlos. Ocultar fracasos para no corregirlos es miedo al futuro. El miedo que obliga a mirar el pasado como marco y resumirse en el paso a paso propio de los fanáticos del presente.

En este discurso la presidente, y no es la primera vez, reconoce la realidad y abre la posibilidad de cambio. En la misma frecuencia la opción de corte de gas a la producción cuando la demanda crece, la práctica hasta que llegó Galuccio, tiene hoy un cambio. Los autos a gas pagaran la escasez. Cambio por reconocimiento de la realidad.

Eso se hizo al  desplazar de YPF a Repsol y a los Eskenazi, ocupas de esa empresa, que, como relató Cristina, gastaron dinero – sin poner un peso – de la manera mas dispendiosa.

Néstor Kirchner contribuyó a la privatización de YPF  y también a la apropiación por parte de Eskenazi. Pero ambos dislates han sido reparados. Y eso es un paso adelante.

Pocas políticas K fueron más criticadas como la energética.

Los liberales y los empresarios  lo hicieron por los precios.

Los no liberales y no empresarios, por la pérdida de reservas, las caída de la producción y el giro escandaloso de utilidades. Esas críticas fueron desestimadas.

Desde diciembre de 2011 y ahora,  con el apoyo de Galuccio, CFK da una vuelta de página. Celebramos.

Pero ¿qué tiene que ver este comentario energético con la crisis de transporte que azotó a Buenos Aires? CFK hizo silencio cuando cientos de miles de personas sufrían la no prestación del servicio público. Poca importa la disputa jurisdiccional con las autoridades de la Ciudad Autónoma. Importa que lo que pasa en los subterráneos no es distinto de lo que pasa en los trenes, las rutas y el movimiento de pasajeros y de carga en todo el país.

Lo que refleja esta crisis de transporte es la ausencia del Estado. El encierro del Estado – en materia de transporte – en la diagonal Pangloss. Del Estado Nacional, del Estado Provincial de Buenos Aires y de la Ciudad Autónoma. Nada importante se ha hecho en años para encarar este problema cuya dimensión crece sin parar.

El parque automotor aumentó 10 por ciento en 2011. Algo explosivo. Y el transporte colectivo, más allá de que muchas de sus ramas están en estado deplorable, ni remotamente puede ofrecer una capacidad mínima de sustitución ni nadie está gestando un cambio en ese sentido.

Y el sistema de cargas, sin la presencia significativa del ferrocarril ni de más navegación, amenaza con un incremento de costos que terminará afectando la competitividad de nuestras exportaciones. ¿Cuál es el plan?

El sistema de transporte, las vías de intercomunicación física, es un elemento central del desarrollo territorial, que es el otro aspecto de este mismo problema.

Buenos Aires es el territorio más desarrollado; de las mayores oportunidades de prosperidad, individual y colectiva. Y es el símbolo de la desigualdad territorial: el símbolo de las Argentinas diferentes porque en gran parte del territorio de la Nación esas oportunidades son mínimas. Y eso no es un accidente.

Es la consecuencia de la ausencia de una política de compensación que haga efectivo el discurso del federalismo. El federalismo consiste en desarrollar el potencial de nuestro interior sin degradar el desarrollo que han alcanzado los territorios prósperos.

Se trata de invertir la dirección de las migraciones; terminar con el desierto; agregar valor a la vida de nuestro interior. Ese es uno de nuestros déficit mayores como Nación. Y hoy – sin duda – es la evidencia de lo lejos que estamos de la Justicia Social, de la Independencia Económica y de la Soberanía Política, que no se pueden materializar si no satisfacemos nuestra matriz federal. Ausencia del Estado.

Lo de los subterráneos es una manifestación más de la ausencia del Estado.

Pero la decisión de revertir la política energética es un símbolo del espíritu crítico y del optimismo de la voluntad.

A su manera CFK ha comenzado a abandonar – tal vez no en las palabras –el dominante Panglossiano.

Lo que cuentan son los hechos. Porque hechos y no palabras, son amores.

La ausencia del Estado tiene tantas caras como las crisis sectoriales que sufrimos. Pero una sola razón: el peso del neoliberalismo que impide razonar en términos de estrategia. Un problema de generaciones y de cultura. Las generaciones que gobiernan tienen el peso del bombardeo del neoliberalismo que ha hecho mella.

Una esperanza. Los problemas despiertan. Y a veces iluminan. Sí. Sería más barato estar atentos e iluminar los problemas.

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26 agosto 2012

LA AUSENCIA DEL ESTADO

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