¿Qué pasó? Diálogo o tiempos difíciles.

16 de septiembre de 2012

Por Carlos Leyba

La marcha no tenía el clima de la demanda de trabajo. Pero sí de la queja de horizonte. La negación de la inflación y la inseguridad, empuja la irritación. Hace desaparecer a los pobres de la estadística pero les condena la vida. Las encuestas de opinión señalan que la mayor parte de la sociedad está preocupada por la inflación y la inseguridad. Irrita la negación, la falta de respuesta y de propuesta. Y ahí aparece el enojo con la oposición. Irritación de la ausencia de gobierno presente y de cualquier alternativa de  futuro. Porque ambas, inflación e inseguridad, son emergentes de enfermedades profundas.

El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre”. Ese párrafo inolvidable, uno de los tantos que pueblan las páginas con que Gabriel García Márquez nos regaló “Cien años de soledad”, viene como anillo al dedo para reflexionar acerca de lo que pasó el último jueves. Porque algo pasó. Pero fue tan nuevo, tan reciente, que hasta ahora carece de nombre.

Los muchos que marcharon por las calles, de las más pobladas ciudades del país, no le pusieron nombre a su caminata. Había indignados. Pero no eran los indignados a la española que acampaban su desempleo en una sociedad que peligraba dejar de estar en el primer mundo, donde habían entrado sin gimnasia previa; y que por ahora lo estaba dejando afuera y sin horizonte de retorno próximo.

La indignación en las calles no podía ser por el desempleo porque los manifestantes no pertenecían al estrato social en que el desempleo anida. Pero es bueno recordar que las últimas cifras del INDEC hablan de problemas de empleo y sobretodo de subempleo. Y además, las últimas encuestas de opinión, revelan una importante mención a la preocupación por el empleo.

En aval el Índice de Demanda Laboral de la Universidad Di Tella (UDT)  viene cayendo hace tiempo. Un reciente estudio de SEL Consultores revela que un tercio de las empresas grandes ha congelado vacantes, en muchas se han reducido las horas extras y las reducciones de costos apuntan al área laboral.

Y un tercio de los trabajadores trabajan en negro, es decir sin aportes ni beneficios previsionales.

Es decir hay problemas de empleo. No demasiado mayor a los tiempos previos pero, como en el caso de las enfermedades prolongadas, gracias al transcurso del tiempo uno se adapta pero se queja. La marcha no tenía, para los manifestantes, el clima de la demanda de trabajo. Pero sí de la queja de horizonte. Nadie se enoja con un futuro promisorio. Más bien se enoja con el tirando a gris.

La inflación, la otra variable que, si se acelera y se cruza con desempleo creciente, hace un corto circuito en cualquier instalación, estaría seguramente presente en el ánimo de los caminantes.

En realidad más que la inflación, para la que desde hace algunos años se ha generado una épica capacidad de adaptación en la población y no se percibe – a pesar de lo elevado de la tasa – una aceleración indignante, lo que motiva la agitación es la negación militante, por parte de las secciones más duras del oficialismo, de una verdad incontestable. Una verdad de todos los días: los precios de todo suben mucho.

La negación de esa realidad altera la paleta con que se pinta el paisaje.

Negar la inflación o reducirla en los papeles, genera dos ciudades. Una en la que los pobres han desaparecido en la estadística; y otra en la que su número está estacionado en cifras que corroen el presente de millones y el futuro de todos. La contradicción irrita.

No se discute sobre la causa de un mal. Tampoco sobre como resolverlo. La primera es una discusión académica. La segunda una discusión práctica que sin duda requiere de la primera pero es mas atrayente. Ni una ni otra: con los que mandan se discute si el mal existe o no. La guardia del hospital se niega a atender a un enfermo grave con el argumento de que está sano. Mal.

Las encuestas de opinión lo han dicho: la mayor parte de la sociedad está preocupada por la inflación. La encuesta de expectativas de inflación de la UDT las ubica en 30 por ciento anual. Dado un salario, cada mes se percibe un 2 por ciento menos hasta la próxima negociación salarial. Defender el valor del trabajo entregado (eso es el salario) obliga a consumir adelantado. No hay tasa de interés legal que neutralice la erosión de la inflación para una colocación bancaria. El placer del consumo tiene un límite para las personas sanas no consumidoras compulsivas; y cuando se convierte en una suerte de obligación hace mal.

Gran parte de las clases altas y medias altas se benefician con la inflación porque tienen acumulaciones, físicas o simbólicas, que las realizan en un mercado acicateado por la inflación para consumir. Hoy es el paraíso para el concesionario de autos que despacha lo que tiene.

Es que cerrado el camino del dólar lo que queda en pie es la fuga a los bienes realizables en pesos.

Pero para lo sector medios y medios bajos, con o sin alguna capacidad de excedente, la inflación es un problema real. Y a todos les molesta la negación. O, dicho en lenguaje urbano moderno, el ninguneo de algo que molesta o duele. No sólo por esto de la inflación los manifestantes salieron a calle. Sino que esto de la inflación ha generado un estado del alma que motiva e indigna. No tanto la enfermedad como su negación.

Lo mismo pasa con la inseguridad. ¿Cómo saber si hay más o menos inseguridad respecto de cuándo? Estamos todos descreídos de todo; y prevenidos de cualquiera.

Para quienes militan en el gobierno no hay tal cosa como la inseguridad o no hay un crecimiento de la misma; y todo se atribuye a la percepción consecuencia del clima mediático.

Según oficialistas duros, suprimido el disparador climático, la inseguridad habrá desaparecido.  Hay mucha verdad que en los tiempos que corren no hay tal cosa como “acontecimientos” si estos no ocurren (replicados por cierto) en los medios. Escuché que hubo un convenio con Daniel Hadad que sacó los piquetes de la pantalla a cambio de conservar o hacerse dueño del medio. Es verdad que los piquetes bajaron frecuencia expositiva. Pero los problemas, que esos piquetes manifestaban entonces, no desaparecieron. Si lo hicieron las imágenes.

Pero la inquietud por la seguridad es abrumadoramente mayoritaria (y barre todos los sectores sociales) y merece una respuesta sino se la quiere convertir en el reconocimiento de una imposibilidad de detenerla.

Justamente quienes, y no son pocos, tienen preocupación por la inseguridad, molestia por la pérdida que significa la inflación e inquietud por los síntomas de atascamiento en el empleo, aunque la economía empieza a despegar, necesitan el reconocimiento de los problemas. Y a partir de ello una respuesta y una propuesta. Irrita que los problemas sean negados, que carezcan de respuesta y de propuesta.

Y aquí es dónde cae en la volteada la oposición política. Puede que ellos, los opositores, reconozcan las preocupaciones, molestias e inquietudes de los caminantes, pero carecen de propuestas. Y esto también irrita.

De ahí viene la principal de las razones de caminar para exponerse, para criticar, para enojarse: irritación.

Irritación con los que gobiernan porque no reconocen la densidad de los problemas.

E irritación con los que quieren reemplazarlos porque no son capaces de realizar una propuesta acerca de cómo enfocar los riesgos de la inseguridad, la inflación y el miedo a los potenciales problemas de empleo.

Los que marcharon representan la irritación de la ausencia de gobierno del presente del oficialismo; y del futuro – alguna vez será – de la oposición.

La ausencia radica en no reconocer la dimensión de los problemas, y el desacuerdo con lo que parte de la sociedad percibe; y otra es la ausencia de propuestas.

¿La irritación se personalizó? Si. En lo que es visible. Y lo visible es lo que gobierna. Lo demás, lo que se opone, es invisible. Difícil que se personalice. Esa invisibilidad también irrita. Quien gobierna esta ahí. Quien se opone es un fantasma. Si hay un poder y un contrapoder hay una lógica de equilibrios. Cuando uno falta la calle ocupa – claro que de manera efímera – el espacio. La calle se llena porque hay vacío.

Lo dicho, un nombre posible, al menos de las personas que recorrieron ciudades, es la marcha de los irritados por un vacío.

El nombre urge, porque lo que no tiene nombre desaparece de la historia como imaginó, seguramente, Aureliano Buendía.

Unos hablaron de hasta un millón de personas: demasiado para el anonimato. Pero si se suman todos los retazos y las ventanas y los balcones, sin duda fue mucha gente o varios estadios de futbol llenos donde nadie había convocado. Para la contabilidad política, es un montón. Un montón mostrenco sin antes y puede que sin después.

Cuando la caminata se instaló en casi todos los canales de noticias comenzó la discusión sobre el bautismo.

Dos de las personas del gobierno más dispuestas a hablar en los canales y las radios que no pertenecen a la cadena de medios comprometidas con el oficialismo, el sociólogo Horacio González – director de la Biblioteca Nacional – y Fernando Navarro – líder del Movimiento Evita -, no le pusieron un nombre pero trataron de referenciarlo.

González, el jefe de Carta Abierta ámbito intelectual del que surgen las traducciones del pensamiento de Ernesto Laclau  para consumo interno, dijo: “El Gobierno no debe descuidar esto. Es necesario tomar nota de esta importante movilización con cuyos fundamentos no estoy de acuerdo”. “Importante movilización” + “No descuidar” = Advertencia.

Pero si el nombre es, para González, advertencia, los fundamentos, que sería el apellido, no fueron identificados por él que, seguramente, los sabe ya que no está “de acuerdo”. Hermético.

Fernando  “Chino” Navarro, líder de la corriente evitista del peronismo bonaerense, con gran capacidad de movilización callejera y premiado con la Subsecretaría de Agricultura Familiar en cabeza de Emilio Pérsico, dijo: “Es positivo, es un salto de calidad que sectores opositores se movilicen en el marco del respeto y de la legalidad, hay gente enojada con la cadena, otros con el dólar, otros con la inseguridad”. “Gente enojada”+”movilicen”= “salto de calidad”. Y una identificación próxima a la “irritación” que es el enojo con la cadena. Las bajas de audiencia de las cadenas ya nos han informado que no hay un seguimiento entusiasta de las mismas. Navarro mencionó la inseguridad y el dólar. Es verdad.

El manejo de las relaciones cambiarias, y de las importaciones que lo incluyen, ha generado problemas para la vida cotidiana de muchos sectores no necesariamente excedentarios. Y por cierto, dadas las condiciones inflacionarias y de las tasas de interés, ha generado un problema para los que quieren fugar del riesgo “peso – inflación” y que apostaban al dólar para no perder en esa tensión.

De muchos, de pocos, de algunos, todos esos son problemas. Y la reacción de González y Navarro fue la lógica de quien – sin  compartir los fundamentos – cree que algo pasó o que algo está pasando o que algo va a pasar. Algo representa lo que no me gusta.

Fueron esas las  primeras reacciones, las más espontáneas, desde el campo oficialista. Daniel Scioli subido al equilibrio de “los dos tienen razón” dijo “hay que escuchar con mucho respeto y humildad a la gente” y – con esa mantra de misterio y deporte que lo mantiene a flote – pidió trabajar por las expectativas (¿?)

Por ese sendero interpretativo caminaron José Alperovich, gobernador de Tucumán hiper K de origen radical; Francisco Pérez, de Mendoza, dijo “sin lugar a dudas un llamado de atención” ; y José Luis Gioja – al que muchos K de origen peronista le asignan futuro presidencial – señaló “ las necesidades aún están ahí”.

Estas lecturas y propuestas de nombre “llamado de atención”; “necesidades”; “expectativas” quedaron a años luz de la precisión con la que la bautizó J.M. Abal Medina, la voz oficial del gobierno nacional, con que “les importa más lo que pasa en Miami que en San Juan” y que “ni siquiera pisaban el pasto para no mancharse” refiriéndose a la poca cantidad de gente en Plaza de Mayo. Miami+no mancharse= “todos bien vestidos, eran de clase media alta” el nombre que le asigno Estela de Carlotto reducida a cronista de moda de un desfile.

Para el titular de la poderosa caja del ANSES, Diego Bossio, fue la “expresión de un grupo minoritario” que “no pueden ver más allá de su egoísmo”; para Agustín Rossi fue “funcional a las corporaciones”.

Muchas personas salieron a la calle, y ni siquiera pisaron el pasto; Abal Medina – como todos a quienes aquí le recogimos sus pronunciamientos – pertenecen a la clase media alta: algunos son fuertes empresarios; y en todo caso, los que sólo son asalariados, hoy seguramente triplican el ingreso medio de cualquier manifestación superior a diez mil personas.

En una sociedad de 40 millones todos los pronunciamientos son necesariamente minoritarios.

¿Qué es lo que los valida o invalida en tanto pronunciamientos? Sólo sus fundamentos.

Y los fundamentos no son otros que lo que las personas que llevaron carteles y palabras dijeron que eran.

Como problemas inseguridad e inflación. Muchos hombres del oficialismo señalaron que hay que prestarle atención. Es lo correcto.

Como críticas, la reforma de la constitución y la reelección. Una opinión que se dirime en las urnas. Y punto.

Y si se habló de corrupción la única respuesta posible es confirmar que hay que luchar contra ella. ¿Quién podría decir que no?

¿Nombre? ¿Gente irritada? No es bueno. Preocupa.

Preocupa que la calle sea una expresión. La acción directa no es saludable en la democracia porque denuncia que hay oídos sordos, voces mudas, ojos ciegos.

No se reemplazan por el grito; por la cacerola o por la pantalla de TV. Hace falta respetar al otro.

No estamos entre enemigos sino entre compatriotas.

Aunque no lo creamos tenemos que vivirlo como si fuera así, porque sin eso nadie puede construir el futuro de todos y nadie querrá quedar excluido. Dialogo o tiempos difíciles.

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16 septiembre 2012

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