MEDIR LA INFLACION

20 de septiembre de 2012

Por Carlos Leyba

Comprar moneda extranjera, en la Argentina, ha sido una manera de morigerar la pérdida de valor del dinero por la inflación: el dólar también se erosiona pero mucho menos. La ausencia de incentivos a la inversión, rémora liberal de estas generaciones políticas, contribuye a que el excedente fugue. Y entonces las restricciones en el proceso productivo, que incluyen a la desinversión, son parte de las múltiples “causas de la inflación”. La ausencia de inversiones provoca que sólo el 7 por ciento de la población económicamente activa trabaje en empresas de más de 200 empleados.¿Cómo imaginamos la productividad resultante? Ausencia de inversión, baja productividad, sección de la fábrica de inflación. Frenar el crecimiento detiene la inflación pero agrava todos los problemas. Si no la medimos bien y no hacemos nada con ella, corremos el riesgo de recetas salvajes. Medir la inflación y actuar en consecuencia civilizadamente, es ya un gesto de piedad

¿La inflación es un problema? Desde hace unos años, en el resto del mundo, la inflación es una especie en extinción. El futuro es otra cosa.

Para 2012 en Estados Unidos, en la Eurozona y en Australia se estima en 2 por ciento. La temperatura se recalienta en los BRIC. China marca 3, Brasil  y Rusia avanzan a 5; y la India salta a 9 por ciento de inflación en el año. El record lo registra Venezuela con 21 por ciento anual. En nuestra región Chile, Colombia y México promedian algo más de 3 por ciento. Las estimaciones, publicadas por The Economist, describen un escenario, con diferencias, de baja inflación.

¿Dónde estamos nosotros? Ahí no estamos. Único país con casillero vacío. La medición oficial del INDEC no tiene consenso; y es, sin embargo, el único organismo que tiene capacidad para medir bien. Pero no convence. No tiene capacidad … de convicción.

La UIA opina cuando los empresarios convalidan las convenciones colectivas.  Las organizaciones sindicales – que representan a los productores – cuando negocian salarios lo hacen en torno del 25 por ciento. Los consumidores – por Encuestas de Expectativas – los estiman en 30 por ciento. Pero el INDEC ronda empecinadamente en el 10 por ciento anual.

La discrepancia en los hechos obscurece. Llevamos siete años en esta situación.

Todos sabemos la inflación es un problema. Y todo deriva de que es antes que nada algo que duele en el bolsillo pero que sólo adquiere estado de consciencia cuando se convierte en una medida estadística. Después viene el análisis de las causas. Luego la evaluación del grado de trabas que produce al funcionamiento de la economía. Y los muchos y graves problemas que ocasiona a la sociedad. Con esas tres informaciones (medida, causa, trabas y problemas) estaremos en condiciones de procurar remedio.  Antes no.

Pasemos a mirar el nivel de actividad económica y el desempleo y su relación con las tasas de inflación.  La Argentina tiene hoy (según el instituto y universidad de la calle) inflación “alta” respecto del resto del mundo; y una tasa de crecimiento de su economía baja (en términos absolutos) para este año 2012.

Con una inflación (muy) mayor, nuestra tasa de crecimiento, no es mayor que la de Estados Unidos que, además, tiene una tasa de desempleo 0,8 mayor que la nuestra.

La Eurozona, con inflación baja, soporta una recesión y desempleo de 11 por ciento.

Los BRIC en promedio crecen casi tres veces lo que lo hacen los países desarrollados; y tienen, en promedio, un desempleo bastante menor que el que soportamos nosotros.

Nuestros números de empleo y crecimiento están en el medio del pelotón – Europa esta peor – pero nuestros números de inflación (medidos por la calle y los salarios), inciertos, dudosos, nos colocan en la última fila.

La primera pregunta sería, está inflación (la de las discusiones salariales y expectativas de los consumidores)¿traba el crecimiento y el empleo?

La teoría y la experiencia señalan que un clima inflacionario no es el mejor ambiente para el crecimiento; y tampoco para mejorar el nivel y la calidad del empleo. Pero no quiere decir que no siendo lo mejor lo hagan imposible. Hay experiencias contrarias. En realidad todo depende de que si en ese estado de inflación hubo inversiones o no.

Lo que sin duda es menos cierto que las prescripciones ortodoxas o próximas a la ortodoxia (supuestos heterodoxos, ortodoxos sin saberlo) puedan abatir la inflación sin derrumbar la economía, el empleo y las condiciones de vida de la sociedad.

Por ejemplo, llevar la emisión monetaria a cero, más tarde o más temprano, liquida la inflación. Pero a costa del consumo, el empleo, la producción y la inversión. Naturalmente, después del desastre provocado levantar los ladrillos del derrumbe genera la sensación óptica de orden y crecimiento.

Una variante de esa ortodoxia, practicada en la Argentina, fue la de patear la pelota al infinito vía la deuda. Me explico.

La convertibilidad eliminó la moneda nacional y la sustituyó por un vale de caja entregado por cada dólar ingresado. Esos dólares ingresaron, al país a lo largo de toda la gestión de la convertibilidad, en base a deuda; y esa deuda sirvió para financiar la importación de bienes que sustituyeron a la producción nacional por bienes mas baratos (estabilización) o, lo que es lo mismo, se sustituyó trabajo nacional por extranjero (desempleo y pobreza). Si, se estabilizaron los precios; pero también el desempleo y la pobreza. ¡Qué extraña estabilidad!

Ni restricción monetaria, ni endeudamiento para importaciones, curan la inflación y nos dejan vivos.  Adelgazar con anfetaminas es posible, pero no es lo mejor estar flaco y descerebrado: eficacia no es lo mismo que eficiencia.

¿No hay otra manera de combatir la inflación? ¿o es inevitable vivir con esta inflación? Y en este caso ¿se puede crecer igual y generar empleo de calidad?

Primero, antes de reflexionar sobre causas y curas, afirmamos – sin admitir dudas al respecto – que la medición de la inflación debe hacerse con técnicas que requieren un organismo de las dimensiones del INDEC.

Para que INDEC recupere el consenso, que supo tener, necesita de un aval que sólo puede dar un ente autónomo conducido por un cuerpo integrado por representación de productores (trabajadores, empresarios), consumidores, universidades, y legisladores junto a miembros del Poder Ejecutivo que no pueden ya tener el control de ese cuerpo: perdieron credibilidad. Además todos sus directivos deberían ser designados por concurso por jurados integrados internacionalmente.

La precisión y la credibilidad del número de la inflación, es condición necesaria para poder, por ejemplo,  monitorear el éxito o fracaso de las políticas destinadas a aplacarla.

Segundo ¿cuáles son los daños? Lo que mencionaremos, de alguna manera, refleja el daño económico y también contribuye a eliminar, en nuestro caso, una de las hipótesis comunes acerca de las causas habituales de la inflación. Los fenómenos económicos nunca obedecen a una sola causa.

Pero sin lugar a dudas la descomunal fuga del excedente de los argentinos, acaecida desde 2008 y hasta principios de 2012, ha sido impulsada por la imposibilidad de conservar el valor líquido del dinero ahorrado en pesos. Sin atractivo por invertir (sin incentivos para hacerlo) la fuga es una alternativa individualmente satisfactoria y colectivamente perjudicial. Es que no hay soluciones individuales para problemas colectivos.

Pero mientras el nivel de las tasas de interés de los bancos no pudo compensar la medida de la inflación que tuvieron en cuenta los que tenían excedentes; la ausencia de una política de incentivo a la inversión que no sea la saturada inversión en ladrillos de Puerto Madero instala el sube y baja de fuga en dólares o si se es sojero, bolsón y hasta la próxima.

Comprar moneda extranjera ha sido la manera tradicional en la Argentina de evitar la pérdida de valor del dinero por la inflación. Pero la huída de esos años, claramente, no es sólo hija de la inflación y las tasas de interés: hay algo más. No es el caso de analizarlo ahora aunque ya hemos mencionado la ausencia de incentivos a la inversión.

El sopapo que las consecuencias de la inflación, por cierto entre otras cosas, le dieron a la economía, motivaron el ataque en 2012 a las consecuencias – lo que es necesario, no está mal, aunque es insuficiente – es decir: cepo cambiario y control de importaciones.  La ecuación fuga se frenó aunque el BCRA no haya logrado aumentar las Reservas.

Ahora bien aquella fuga (producida entre otras causas por la inflación) acusa que esta inflación no es de demanda global.

En efecto desde 2003, en las Cuentas Nacionales, el Ahorro Nacional supera largamente, año tras año, a la Inversión Bruta Fija. Esta clarito: la ausencia de incentivos a la inversión es la rémora liberal de estas generaciones políticas.

Estonces, no sólo no está en la demanda global la causa de esta inflación sino que tenemos una pésima noticia: hemos vivido un ciclo inflacionario (y de alto crecimiento económico) acompañado de menos inversión que la posible ya que el ahorro local la superó.

Hay que agregar que además de la fuga del ahorro, que acompaña la desinversión potencial, hay que sumar que, en este tiempo, hemos visto decaer abruptamente las reservas hidrocarburíferas, el stock ganadero, seguramente el deterioro de los suelos por exceso de monocultivo, la extracción de minerales sin “compensaciones patrimoniales regionales”, y la seguramente no amortización real de las maquinarias y equipos, como lo ejemplifica el deterioro del parque de transporte ferroviario, automotor de carga, redes viales, etc.

La pérdida de stocks – sin compensación – supone que de haberse realizado – con la misma fuga – las presiones sobre los precios podrían haber sido mayores aunque – en ese caso – por buenas razones. De todos modos nos ejemplifican las inversiones no realizadas que habrá que hacer.

Las restricciones en el proceso productivo, que incluyen a la inversión, son parte de las “causas de la inflación” que, por cierto, son múltiples y ninguna de ellas de corta data. Pero también está presente una causa histórica que tiene que ver con la disputa por la participación en el producto social entre todos los agentes de la vida económica.

Un problema no resuelto y que tiene que ver con la estructura “fallida” de la economía y la sociedad argentina. Los nombres son múltiples. Por ejemplo Belindia: una sociedad que tiene al lado una de otra imágenes de Bélgica y la India. O una sociedad de capitalismo estancado. Sólo el 7 por ciento de quienes emplea el sector privado trabajan en empresas de más de 200 empleados. En sectores avanzados están los profesionales in dependientes que son 4 por ciento del total privado. Sumando todos los sectores de los “modernos”, llegamos al 11 por ciento de la población que trabaja. Esos son los trabajadores de lo podemos ubicar en el “capitalismo parecido a los países desarrollados”.

El otro 89 por ciento restante (¡que restante!)de la Población Económicamente Activa, al que no ocupa el sector público, se reparte una mitad  en sectores de “capitalismo en vías de desarrollo”. La otra mitad en la informalidad o el desempleo. ¿Cómo imagina la productividad resultante? La consecuencia de la desinversión es baja productividad y esta también contribuye a la fábrica de la inflación.

Y ni hablar de las diferencias regionales: la Ciudad de Buenos Aires tiene un Producto Bruto geográfico por habitante que ronda en los 29 mil dólares y las provincias del NOA y NEA tienen un nivel que va de 3 a 5 mil dólares por habitante y con concentraciones de la distribución enormes; y fenómenos de super concentración como puede darse en Catamarca en la que computamos la minería.

¿Qué tiene que ver esto con la inflación? Es que estas contradicciones estructurales, que no se tratan de resolver con “desarrollo en serio”, generan puja distributiva.

Y sin respuesta de desarrollo esa puja contribuye a la inflación.

Hay un imaginario de “prosperidad” que ocurre en algún lugar (barrios lujosos, minería pródiga por un rato) que motiva demandas que, una estructura económica precaria, no es capaz de satisfacer flexiblemente per se. No es todo. Pero todo pasa por ahí.

La receta de estancar el crecimiento detiene la inflación; pero agrava el problema.

La receta de “creer crecer” sin atacar el problema de fondo, “mantiene” el problema de la inflación y el de la estructura. ¿Cómo salir?

Salir de este dilema obliga a cumplir con una condición necesaria: un acuerdo de largo plazo de distribución del ingreso, en todas sus dimensiones, de precios y salarios, de inversiones y de productividad. Del laberinto se sale por arriba (L.Marechal)

El acuerdo es la condición necesaria. Tal vez insuficiente. Después de haber crecido mucho, tal vez menos de lo que dice el INDEC, de haber atravesado el período más largo de términos del intercambio favorables; y una cierta paz social después del infierno de 2001/2002,  en el segundo trimestre de 2012 la inversión cayó el 15 por ciento respecto del año pasado; y 26,5 por ciento la inversión en Equipo durable de producción. Atención.

La inflación es un problema, la fuga – dijimos es una consecuencia y también una causa – y ahora la caída de la inversión reproductiva, en esta magnitud, es una exposición a cielo abierto que necesitamos tratar la enfermedad no sólo con remedios sino con alimento. Es decir procurar, desde la política, buenas razones para invertir. Y eso requiere un acuerdo.

El primer término del acuerdo debe ser sobre las mediciones. La directora del INDEC dijo la Canasta Básica Alimentaria … hoy en día no tiene ningún valor para saber efectivamente cómo está viviendo el Pueblo”. Un gran paso adelante.

Reconoce que nadie puede comer con 6 pesos y que el número de pobres e indigentes, que ya pasaron necesidades extremas, no es el que dice del INDEC.

Como no sabemos cuál es la inflación, tampoco sabemos cuál es el número de personas que viven bajo condiciones de pobreza. Sabemos – por boca de la directora – que no es lo que dice el INDEC. Pero lo demás es suponer. Pero hay pistas.

Para la Unión Europea los pobres son las personas que no alcanzan a disponer de la mitad del promedio del PBI por habitante. Si usáramos ese criterio para la Argentina toda persona que en un año no lograra tener 22.865 pesos (INDEC) sería pobre. Y con la Encuesta Permanente de Hogares (INDEC) sabemos que el 60 por ciento de la población, en el primer trimestre de 2012, no llegaba a esa cifra anualmente.

No suena razonable 60 por ciento!!!. Tampoco es lógico que los criterios europeos los traslademos como así, ni que supongamos que esos números del INDEC son una radiografía sin manchas.

Pero lo que no cabe duda es que, por una razón o por otra, para poder tratar a la inflación, que es una enfermedad, lo primero es saber cuánto mide. Y que todos le creamos al termómetro. No es algo menor. A medida que pasa el tiempo la ignorancia sobre la realidad se convierte en una bola de nieve que, cuesta abajo, se puede se transforma en un alud que refleja la falta de inversiones y su correlato inexorable de más pobres.

compartir nota
25 septiembre 2012

MEDIR LA INFLACION

Los comentarios están cerrados.