¿Hay problemas económicos para la política?

30 de septiembre de 2012

Por Carlos Leyba

La noticia del INDEC es que la inversión cayó. No es la consecuencia del cepo cambiario e importador. Sino de la baja o espera de proyectos privados. Brasil tiene pronósticos tibios. El empleo se modera. La inflación sigue. Si en los próximos meses la inflación no se modera y el empleo no avanza, la economía le inferirá problemas a la política. Hasta ahora la ausencia de políticas está atrasando la inversión. ¿El perro se muerde la cola?

Hay noticias de Brasil que no son alentadoras: posponen el optimismo de un impacto fuerte e inmediato similar al que sobre nuestra economía ha tenido ese motor en el arrastre de nuestra economía urbana en los últimos años. Ese motor se ha sumado a nuestros motores, públicos y privados, y los nuestros también requieren de combustible adicional para darle color a la variable más preocupante de nuestra economía política: la modestia del empleo.

¿Cuáles son esas noticias? El Banco Central de Brasil redujo sus proyecciones de crecimiento para 2013 al 1.6 por ciento. Un bajón. Esperaban casi el doble. Es serio porque está asociado a una baja en la tasa de inversión. Y ella ha sido una de las características destacadas del proceso positivo de esa economía.

La carne de la noticia es que los adicionales estímulos federales (reducción en el costo de la electricidad; baja en las tasas de interés y achique de las cargas sociales) no han tenido un impacto inmediato. Es que esos estímulos de algún modo están neutralizados por las previsiones del mundo empresario respecto de la economía mundial. Los empresarios miran el mundo a través de la competitividad mediada por el tipo de cambio. Ven problemas y sólo el tiempo podrá morigerarlos vías los estímulos. La potencia brasilera es sensible a los movimientos de la economía mundial; y su  sensibilidad es un transmisor que recae sobre nuestra economía urbana y sobre la economía del empleo industrial.

¿Cómo está el mundo?

¿Las cosas están mejor? La recuperación de la economía americana es más lenta que lo imaginado. La política monetaria de estímulos no logra impactar elásticamente la economía real. El crecimiento en 2013 podrá orillar el 1 por ciento: menos que en 2012. La buena noticia en EEUU es que familias, empresas y Estados acusan una disminución de las deudas. La noticia no apunta sólo al futuro sino que revela que la enfermedad, que generó la parálisis, está en curso de mejora.

Siguiendo en EEUU hay que destacar dos cuestiones que tienen peso estructural. Primero la explotación del gas no convencional (del que también los argentinos seremos futuros beneficiarios) habrá de reducir la factura externa de energía. Segundo, se registró, por primera vez en más de una década, un incremento del empleo industrial. Buena noticia para la economía yankee con efectos de mediano plazo y un anuncio de posibles rebalances para el  mundo. A la crisis – con la lamentable la caída de los salarios y la inesperada aparición de reservas explotables de energía – le ha comenzado a responder una oportunidad sintetizada en caída de los costos y aumento de la competitividad (por cierto espuria) comercial. Una nueva cuestión a considerar. No inmediata. Pero que tendrá efectos  sobre el conjunto de la economía mundial.

Otro escenario es el de la Europa que conocemos como la euro zona que está atravesada por una sucesión de fórmulas para ganar tiempo. Nada de lo hecho hasta ahora ha logrado impactar positivamente a la economía real;  y la misma – con situaciones diversas en países y mercados – permanecerá en promedio allí, donde está, y la síntesis que cabe es: “de lo bueno nada”.

Sin embargo otra vez la crisis, como madre paridora de oportunidades, ha comenzado a plantearse en el viejo continente – al igual que en Estados Unidos – la cuestión de la reindustrialización localizada, y muchos de los países están avanzado en ese empeño.

Una cosa es el presente, la prolongación del peso de la crisis que desacelera o dificulta la recuperación del ritmo, y otra la respuesta por la vía de avanzar en recuperar el empleo industrial y la productividad.

La suma de Europa y Estados Unidos, en ese trámite, no conforman una señal para el año que viene, pero sí una alerta a lo por venir.  De aquí surge una cuestión que debe estar (y está) presente en Brasil; y naturalmente debería estarlo (y no está) en nuestro país: a mediano plazo es posible que ocurra un rebalance que puede cambiar las condiciones del presente que se basan en disfrutar las ventajas naturales de nuestra región.  Ese disfrute vino (y viene) del empuje del tercer motor de la economía mundial, la China  y el Asia emergente. Ese nuevo actor atraviesa un proceso de revisión de su economía mientras sufre el impacto de la escasa expansión de sus principales mercados. De ambas tensiones no surge, por ahora, más crecimiento sino menos. Pero ¿cómo será y qué transformaciones ocurrirán para la nueva expansión de los viejos mercados? No nos referimos al corto plazo: la crisis y las transformaciones en el mundo desarrollado no pueden ser inocuas para el mundo emergente. Allí también, en consecuencia, ocurrirán transformaciones y resulta poco razonable que las cosas del mundo se sigan presentado como ahora para nosotros. Volvamos al presente.

Japón en el corto plazo experimenta y experimentará una expansión de su actividad industrial, como consecuencia del programa de inversión pública de reconstrucción que siguió al terremoto; y de programas “estructurales” como el de la promoción de los automotores ecológicos. Pero la dependencia energética (deriva de la crisis nuclear) ; la caída de la inversión privada; y el peso de la deuda pública; potencian la competencia que sufre de la vitalidad del Asia emergente. Nada permite augurar el fin de su largo proceso de estancamiento iniciado, paradójicamente, cuando comenzó la etapa de reducción de la entonces descomunal tasa de inversión.

Corea del Sur, Hong Kong, Taiwán y Singapur, están sufriendo un freno de sus exportaciones que afecta a la producción industrial y la reducción en el consumo interno. China declina, pero mantiene sus tasas proverbiales, y sin embargo está modificando algunas de sus condiciones estructurales de funcionamiento, los salarios suben y la eficacia del capital, deriva de una tasa de inversión extremadamente elevada, declina. Los aires de reforma suben y aumentan los riesgos de una baja de la tasa de expansión.

Los dragones aflojan su crecimiento y mucho. Nada es igual por allí. Y sobre todo la sombra del desendeudamiento de las grandes economías desarrolladas de Occidente que afecta las exportaciones asiáticas.

Y a eso han de sumarse los que creemos futuros  procesos reindustrializadores en Estados Unidos y Europa. Todo suma para  la apertura de un período de moderación del crecimiento de la región asiática.

El presente de nuestra región, en panorámica mundial, está basado en el “redescubrimiento” de nuestras riquezas naturales.

¿Seguirá todo igual con el panorama de transformación derivado de la crisis?

Hasta aquí los precios de las materias primas han estado impulsados por el desempeño de la economía China. Todos nuestros países han pasado a ser financieramente solventes, con menos deuda, con más reservas líquidas; y sobre todo con una enorme reserva natural monetizable para un “nuevo mundo” que nos ha descubierto.

Hemos crecido sostenidamente en toda la región.  Y hemos amortiguado hasta aquí el peso de la crisis gracias a esas nuevas condiciones.

Pero no es menos cierto que, en toda la región, hemos visto apreciar nuestras monedas (hemos recibido impactos de enfermedad holandesa) y que lo inmediato, según las estimaciones de Brasil comentadas, es un crecimiento lento.

Las economía motoras del planeta no parecen hoy que habrán de estar mejor en 2013 que este año 2012. Y eso no garantiza que Brasil recupere toda su velocidad anterior y tampoco que no se debiliten nuestros motores arrastre.

En este contexto nuestra economía, nos informa el INDEC,  en el segundo trimestre, respecto del mismo período del año anterior, se paralizó. Lo que se suma a la inflación elevada (que no nos lo informa) que repercute en nuestro atraso cambiario y frena el potencial exportador industrial.

Como las importaciones, en el mismo período, declinaron en 14 por ciento, la oferta global de bienes (producidos en el país más importados) fue inferior en 1,8 por ciento. Esto equivale a decir que, dado el crecimiento de la población, la cantidad de bienes y servicios por habitante fue menor al año anterior. La foto y la película nos hablan de un proceso declinante.

¿Cuán grave? ¿Qué consecuencias? Veamos.

El primer punto es que siguió adelante el consumo del sector público (6.8 por ciento) seguido del consumo privado (4,2) visiblemente apaciguado respecto del rutilante crecimiento del segundo trimestre de 2011 que llegó al 11 por ciento.

Toda la carga del freno cayó sobre los motores del largo plazo: la inversión cayó 15 por ciento y las exportaciones de bienes y servicios 9,5.

Una advertencia seria sobre la marcha del conjunto de la economía y las características del período.

Dentro de la inversión, el equipo durable de producción se desplomó: cayó 26,5 por ciento. Y lo de mayor impacto fue el equipo de origen importado que declinó en 41,8 por ciento.

¿Se trata del cepo cambiario; de la restricción a las importaciones? Desafortunadamente no. En ese caso bastaría un cambio de regla.

Las ordenes de compra se colocan después de la elaboración de un programa y se cumplen con un período razonable de preparación y transporte.

Esta declinación de la inversión en bienes de origen importado  no deviene de las restricciones, y a pesar de la ventaja de importar con tipo de cambio atrasado, deriva de la desaceleración de la vocación de invertir.

Es que en el sector productivo lo único que se mantiene positivo, en el período analizado, es la minería y la provisión de electricidad, gas y agua.

La minería es la consecuencia de una estrategia que, para muchos es absolutamente equivocada y perniciosa en el sentido de la generación de valor y rendimiento para el país (un esquema colonial de explotación); y la provisión de servicios básicos no puede detenerse en la medida del consumo (el peso de lo subsidios) y de las políticas de ampliación de servicios.

La cuestión básica es que con el retroceso inversor y de exportaciones del segundo trimestre, y con las noticias de Brasil y el panorama de la economía mundial que hemos reseñado, nuevamente el destino económico de la Argentina de los próximos meses, vuelve al canon del que ¿queremos salir?: “una buena cosecha nos salva”. Esa frase emblemática de Roberto Aleman es la expresión más precisa del pensamiento liberal en  la economía argentina.

Nos salva. Pero no es bueno. Primero porque hay señales no ya de desaceleración que pueden repercutir sobre el motor Brasil de nuestra economía urbana, sino de transformaciones que pueden hacer más difícil el proceso de nuestra transformación.

¿Este bajón de la inversión (las exportaciones crecerán) es una señal o sólo una demora?

Tomarlo como una demora es una justificación, si se quiere política, pero una mala consejera.

Si pensamos que es una señal nos alertamos a pensar en qué hacer. Y de eso se trata la política.

Algunos hombres muy importantes del gobierno – me consta – a pesar del optimismo que los moviliza para leer la realidad, han tomado nota. Y son conscientes que sin un shock inversor privado las cosas no pueden mejorar.

¿Qué cosas? La productividad global de la economía, la generación de empleo, la redistribución dinámica del ingreso. Y esas tres necesidades son las que fortalecen al conjunto de la sociedad. Y también la estabilidad del poder.

El próximo proceso electoral será enfrentado con un proceso inflacionario que será posible negar pero no detener. Al menos políticamente difícil detener y crecientemente más difícil negar.

Pero no será posible enfrentarlo con comodidad si la tasa de desempleo comienza a crecer, aunque sea escasamente. Y esa situación, que hoy ya tiene manifestaciones, requiere con urgencia tomar nota que, para que no golpee en variables ya deterioradas, necesita de la creación privada de empleo; es decir inversiones.

No es fácil. Pero es urgente. En general el riesgo de las cosas urgentes es que a veces son tarde.

Todo justifica hacerlo, las necesidad de la política electoral y la situación de la economía mundial. Y no tanto por la desaceleración sino por la respuesta transformadora que se esta insinuando en las economías desarrolladas que, obvio, tienen enormes problemas de empleo y buscan las mismas soluciones.

Entonces aunque para que “todo quede como está” tenemos que cambiar y cambiar es potenciar la inversión. Sin inversión se augura un problema económico para la política. Pero la ausencia de inversión es el principal problema político para la economía.

compartir nota
02 octubre 2012

¿Hay problemas económicos para la política?

Los comentarios están cerrados.