El éxito oculta

6 de octubre de 2012

Por Carlos Leyba

Más allá del indudable éxito de la política, entendida como ocupación de todo el espacio de las decisiones por parte del oficialismo, en la matriz de la sociedad tramita un crecimiento de la desconfianza. Por un lado, la realidad de la inflación y de la inseguridad, percibidas como preocupación por una parte sustantiva de la sociedad; y por el otro, la negación gubernamental de ambos problemas. La desconfianza es enemiga de la inversión. De la inflación desatendida nació la cuestión salarial de las fuerzas de seguridad: la desatención produjo, para bajar el costo fiscal, el ennegrecimiento de las remuneraciones. La inseguridad es hija de la marginalidad y esta de las fallas del bienestar.

Muchos dirigentes oficialistas están, finalmente, reconociendo que la economía requiere de una administración mejor coordinada y de resultados efectivos en materia de inversión. Reconocer las carencias de inversión es aceptar que hay una falta de coordinación de la política entre el corto y el largo plazo.

Si en el corto plazo crecemos – sobre la base excluyente  de la disponibilidad de naturaleza, de capacidad ociosa y de fuerza de trabajo desempleada – y no invertimos – reponiendo naturaleza, ampliando capacidad y capacitando masivamente -, el largo plazo se vengará de nosotros.

Un buen ejemplo de carencia de inversión y de visión de largo plazo, es nuestra cuestión energética que padece de la disminución de reservas comprobadas. Para crecer consumimos energía sin coordinar el futuro energético: por eso esas importaciones han determinado la política como lo prueban el control de importaciones y el control cambiario.

La noticia alentadora, la preocupación oficialista por la coordinación y el largo plazo, está lejos de conmover la matriz de decisión gubernamental que parece tener sólo un casillero.

Pasemos a la matriz de la sociedad. Las cuestiones del largo plazo no pertenecen al inventario de las preocupaciones viscerales de la sociedad. No despabila a la sociedad, mientras consume, la inversión que demandan la  naturaleza, la capacidad reproductiva y la demografía.

El soberano, en democracia, se alimenta de sucesivos corto plazos exitosos. Aunque los mismos incuben fracasos de largo plazo. En términos de Enrique Rojas “el fracaso enseña lo que el éxito oculta”. ¿El estancamiento enseñará?

Lo cierto es que hoy la preocupación mayoritaria de la población está centrada en la inflación, que es la manifestación inmediata de problemas de coordinación, y no en las carencias de largo plazo.

¿Cuál es la buena noticia de estos días? Al  menos parte del oficialismo está apuntando al principal problema, la inversión, que el éxito de crecimiento de estos años ha ocultado. Desde 2003 a la fecha, el Ahorro Nacional, en las Cuentas Nacionales de INDEC, supera a la Inversión. Es cierto que financiamos un saldo positivo del comercio exterior. No es menos cierto que hemos invertido menos de lo posible; y mucho menos de lo necesario.

¿Cual es la mala noticia? El oficialismo ignora a la opinión pública que considera que su principal problema económico presente es la inflación. Un divorcio innecesario y grave, entre parte de la sociedad y la política.

Sectores de la sociedad, muchos beneficiado por la gestión económica, reclaman por inflación. En ausencia de respuestas tramitan un crecimiento de la desconfianza. La desconfianza, y no necesariamente la inflación, es el principal enemigo de la inversión.

Procurar la inversión, en condiciones de desconfianza, obliga a políticas más específicas de promoción.

Si no se atiende al problema inflación, que la sociedad percibe como grave para su vida cotidiana, la política termina sumando barreras para la inversión. El presente en estos términos, si persiste el divorcio, se devora al futuro. La inflación, sin compensación, frena la inversión.

¿Cómo recomponer la relación la relación entre lo que preocupa a la mayor parte de la población y las estrategias del gobierno?

Vamos a lo que hoy nos quita el sueño. De la inflación desatendida nació la cuestión salarial de las fuerzas de seguridad. La inflación erosiona el poder de compra del salario. El modo de composición no remunerativa, de gran parte de la paga, es una respuesta de emergencia, poco eficiente, para reducir el costo fiscal de los ajustes salariales. Esa respuesta afecta el presente de los retirados y el futuro de los activos. Los adicionales no remunerativos no son tenidos en cuenta para jubilaciones y pensiones, presentes y futuras.

En la remuneración de las fuerzas de seguridad, a la inflación, se suma el bajo nivel de las remuneraciones en relación al costo de la vida. Y además, a consecuencia del error inicial de la multiplicación de adicionales,  ha surgido la disparidad entre las remuneraciones efectivas de aquellos que lograron sentencia judicial, por aplicación de la doctrina de la Corte, y quienes aún no lo ha logrado.

En la práctica la escala de las remuneraciones está divorciada de la escala de las jerarquías de mando. La administración lo ignoró, no pudo, no supo como resolverlo.

¿Cómo se gestó el problema madre? Por la política de la necesidad. Sin plan. Acudir a los adicionales es un recurso para la emergencia. Pero la emergencia, prorrogada sine die, lleva inexorablemente a un estado de inviabilidad. Y es lo que ocurrió. La inviabilidad llevó al absurdo del Decreto causante del desaguisado. Se pretendió resolver el problema con un recorte que bajó sueldos. Inexplicable.

Este problema salarial ha expuesto la dimensión del problema de la seguridad interior.

El oficialismo niega la existencia de un problema grave de inseguridad, o del agravamiento de la inseguridad. Sin embargo este es el problema que ocupa el primer lugar en las preocupaciones sociales. Al igual que el de la inflación, en lo económico, este es otro divorcio entre el oficialismo y parte de la sociedad.

La cuestión de los gendarmes y prefectos marca, en cierta medida, ese divorcio. ¿Por qué?

La inseguridad, en principio y con las salvedades correspondientes, deriva de la marginalidad social. La marginalidad es hija de las fallas de bienestar. Acote como quiera. Pero es así. ¿Cuántos niños, hoy jóvenes o mayores, no tuvieron lo necesario durante sus primeros años de vida? ¿Acaso el 50 por ciento de personas viviendo bajo la línea de pobreza ocurrió un día, de golpe, en 2002?¿O no es que, en verdad, la mayor parte de ellos hacían equilibrio en el filo de la navaja desde muchos años antes?

Hubo y hay, una acumulación de “oportunidades” de marginalidad cuyas causas no se han enfrentado; aunque – es cierto – se hayan hecho muchas cosas buenas sobre los resultados.

El espíritu cortoplacista impulsa a aplicarse a resultados más que a causas.

Y, en general, se confunde la aplicación efectista al “resultado” pobreza, con el resultado eficaz en el tratamiento de las causas.

La mayor parte de quienes trabajan con seriedad, en este campo, coinciden en estimar la pobreza en un piso del orden del 20 por ciento de la población. Otra vez, como señala, Enrique Rojas, “el fracaso enseña lo que el éxito oculta”. El éxito fue bajar, en 10 años, de 50 a 20 por ciento la pobreza. Pero ese éxito oculta lo que el fracaso, la continuidad del 20 por ciento de pobres y las consecuencias sobre las vidas del 50 por ciento, nos enseña. La lección es que el crecimiento y la asistencia son insuficientes para terminar con la pobreza y sus consecuencias. Esto forma parte de la cuestión de hoy si se trata de los salarios y el orden de la seguridad.

La creciente y abismal, inequidad social, mirada desde la tensión de la concentración de la riqueza y de la enormidad de trabajadores en negro y de los que no logran completar el salario de 35 horas semanales, es un incentivo a la adición de males sociales.

Y la inflación, y la ausencia de una política al respecto, han puesto a muchas personas en el filo de la navaja del que, en un instante, se puede caer en la pobreza o no salir de la desesperanza. No toda pobreza genera marginalidad. Ni toda marginalidad produce mecánicamente delincuencia. Cierto.

Hay demasiada delincuencia de mafias, que son  marginales morales, pero que no surgen ni se abastecen de la marginalidad sino que, en última instancia, la generan. Y delincuencia de guante blanco que, sin duda, genera las condiciones para la marginalidad.

Pero esa delincuencia, la de las mafias y la de guante blanco, – siendo letal para la sociedad – no pone inseguridad en la calle. Esto es lo que está en el tope de las preocupaciones sociales.

Ni la mafia, ni la delincuencia de guante blanco, requieren más gendarmes en la calle. A esta “otra inseguridad” – la de mafias y guantes blancos – la sociedad la coloca dentro del globo “corrupción” Una enfermedad más grave que la de la calle. Aunque menos presente que ella, sus consecuencias son directas sobre el sistema y el futuro.

Podemos comparar este aspecto de la cuestión social con las cuestiones económicas antes comentadas. Podemos poner inflación al lado de la inseguridad en las calles. Eso es lo que la sociedad percibe como preocupación. Y lo que el oficialismo desconoce.

Y podemos poner la inversión al lado de las mafias y al delito de guante blanco. La carencia de inversión impacta en el futuro como lo hacen las mafias y el delito de guante blanco.

No golpean al presente del mismo modo que al futuro. Inflación e inseguridad aprisionan el presente. Y la ausencia de inversión y los delitos de mafia y guante blanco, aprisionan el futuro.

La inflación y la inseguridad han generado un cortocircuito en la cuestión de prefectos y gendarmes. Ellos han sido elegidos para garantizar seguridad de manera más ciudadana que las policías. Y ha sido necesario acrecentar su número, su equipamiento, sus remuneraciones. Ese es el costo de la inseguridad.

¿Podría la “política de seguridad” terminar con la inseguridad?¿No es pedirle demasiado? La inseguridad en la calle depende de la remisión de la marginalidad y su potencial contagio con la delincuencia. Y eso requiere otra política. La política de la promoción humana; o la política de remisión de la enfermedad social de la pobreza.

¿Porqué la inflación? Porque ha llevado el costo de vida a niveles que han superado las escalas salariales vigentes. Y esto, la doble necesidad de custodiar las calles y pagar por ello, nos ha puesto a todos en un brete. Un brete fiscal de cómo pagarlo. Y un brete institucional de cómo restituir la lógica de la autoridad cuando los subordinados, en un régimen jerárquico, han  perforado esa lógica.

¿Hasta dónde nos ha llevado la ausencia de una política de remisión de la pobreza y de la promoción humana? ¿Y hasta dónde nos ha empujado la ausencia de una política ante la inflación?

Las respuestas las tenemos delante de nuestros ojos.

Pero más atrás está el problema de la inversión ¿cómo podríamos dar batalla a la pobreza, a la marginalidad y a la inflación sin una explosión del proceso inversor? De ninguna manera.

La explosión del proceso inversor sólo es posible en el marco de un programa, con horizontes largos e incentivos fuertes, de una gestión basada en el futuro. Gobernar anticipándonos a las amenazas y a las oportunidades del futuro.

¿Cuál sería la vinculación de la inversión con la remisión de la enfermedad de la corrupción? Terminar con el “oportunismo” en las decisiones políticas. La ética en política se sostiene con los compromisos y los programas de largo plazo.

¿Cómo recomponer la relación entre inflación e inversión? Necesitamos un programa para combatir la inflación y la inseguridad; y promover la inversión con una visión de largo plazo.

Sólo hay un método: el acuerdo social, económico y político que nos haga salir de la cuestión menor de discutir el pasado y las responsabilidades por el mismo. Hacernos cargo del futuro. Es decir de lo que estamos dispuestos a ceder para ser parte de él.

La crisis en las fuerzas de seguridad, la demanda salarial y la ruptura de la cadena de mandos, denuncian profundas fallas de administración.

Pero la “cuestión de la seguridad” es una consecuencia de la ausencia de una política de causas en la marginalidad y la pobreza.

Y si bien la ausencia de una política contra la inflación ha agitado las cuestiones salariales; la raíz de todos esos males (inflación y marginalidad) está en la ausencia de inversión; y está es la consecuencia del extravío del largo plazo por parte de la política.

Sin largo plazo los hombres públicos no gobiernan. Son gobernados por los acontecimientos. No se puede gobernar sin prever.

Y lo malo, de las muchas cosas que nos pasan, es inexorablemente consecuencia de la imprevisión de no diseñar políticas para relevar las causas. Y esto es común para la inflación, la ausencia de inversión, pobreza, marginalidad o escala salarial de las fuerzas de seguridad. El éxito oculta. Y los fracasos enseñan. Aprender.

compartir nota
08 octubre 2012

El éxito oculta

Los comentarios están cerrados.