Para cambiar ¿garrote o zanahoria?

20 de octubre de 2012

Por Carlos Leyba

La frase económica más importante de la semana la pronunció quien supo fungir, hasta hace poco tiempo al menos, como superministro de economía. Dijo Axel Kicillof “El proceso de sustitución de importaciones requiere importaciones de insumo y de maquinarias y el riesgo es que se terminen los dólares para hacerlo”. Es una nueva explicación de la causa que llevó al gobierno a instalar el cepo cambiario hace un año.

A criterio de la voz económica más autorizada del gobierno, al día de la fecha, hay “riesgo de que se terminen los dólares”.

Si es así, esa es una razón más que suficiente para que se establezca un sistema de colas a consecuencia de la escasez, la que siempre deriva en racionamiento.

Es una razón y a la vez una sorpresa. Es difícil imaginar que hubiéramos podido anticipar que el país estaría en 2012 a riesgo de que se terminen los dólares cuando el BCRA, al 5 de Octubre, declara una tenencia de 45 mil millones de dólares; la balanza comercial, según el INDEC, al mes de agosto lleva acumulado un saldo positivo de más de 10 mil millones de dólares; y la cosecha 2012/2013 reportará más de 60 mil millones de dólares generados por cereales, oleaginosas y aceites. ¿Quién podría imaginar que con esos datos del sector externo podría pensarse en términos de riesgo de que se terminen los dólares?

Los números mencionados no son discutibles. El del saldo de la balanza comercial es un dato ya ocurrido. Otro es la estimación basada en la producción y los precios de los cereales y oleaginosas, que las señales de la economía mundial no indican riesgo ni de demanda ni de precios ni del clima que varíe la dirección prevista. Y el tercero, el de las reservas, es un stock cuya contabilización en el BCRA podrá tener alguna creatividad positiva pero que, de ninguna manera, amerita a pensar que las cifras reales difieran de manera significativa.

Es decir, el riesgo no está en el presente, sino en algo que no ocurrió. Y que el superministro  teme pueda ocurrir. Algo que el cepo cambiario es capaz de detener.

El pronóstico de riesgo induce al cepo que habrá de conjurarlo. ¿Dónde puede estar el riesgo? Los dólares de la fuga, si repiten el pasado reciente de 20 mil millones de dólares por año, efectivamente constituyen un riesgo en el balance cambiario. Pero la fuga es un excedente que no se convierte en ahorro local y por lo tanto tampoco en inversión nacional.

De aquí en más ¿habrá excedente? ¿Seguirán siendo adversas las condiciones para el ahorro local? ¿Continuará la resistencia a la inversión nacional? La importación de bienes de consumo ¿mantendrá su interés y cuál es la razón de que así sea? ¿Es la falta de oferta local? ¿O la diferencia de precios con los bienes del exterior? ¿Pasa por el atraso cambiario? Respecto del turismo ¿qué es lo que hace que el balance sectorial deje de ser positivo generando más salida que ingresos? ¿Hay una cuestión de precios relativos del turismo local vis a vis el exterior? ¿Por qué?

Estas son algunas de las preguntas posibles como consecuencia de la afirmación de que estamos en “riesgo de que se terminen los dólares” . Las respuestas las tenemos todos.

La segunda cuestión tiene que ver con la primera parte de la afirmación de Axel K  dijo: “El proceso de sustitución de importaciones requiere importaciones de insumo y de maquinarias” . Es cierto.

Pero además la propia continuidad del proceso de producir lo que ya producimos – sin agregar la sustitución de importaciones, es decir, el pasar a producir cosas que no producimos – requiere de abultadas importaciones de insumos y maquinarias. Por ejemplo se estima que en 2013 tendremos un balance energético negativo de 7 mil millones de dólares. Desde 2008 cada año tuvo un balance del comercio exterior de la industria negativo que llegó a más de 25 mil millones de dólares anuales, con 7 mil millones de déficit generados por la industria automotriz.

La sustitución de importaciones que plantea Kicillof , que es un muy buen objetivo, demandará dólares adicionales a los de la mera continuidad,  para importar los bienes de capital necesarios y los insumos adicionales que esas nuevas actividades habrán de demandar.

Pero su finalidad, justamente, es la de reducir el balance negativo de la industria. El principio central es que, la sustitución de importaciones, necesariamente ha de agregar un saldo positivo del balance comercial externo y ha de tender a reducir el coeficiente de importaciones por unidad de producto.

Tratándose entonces, la sustitución de importaciones, de una inversión de dólares destinada a generar rentabilidad en dólares, por la vía del ahorro de los mismos, es difícil imaginar que exista un riesgo siendo que tenemos un stock de reservas importante en términos de obligaciones externas (deuda) y en meses de importaciones, un saldo de comercio exterior muy importante y además un pronóstico de exportaciones sumamente alentador. Es decir esa demanda neta no puede sino ser transitoria.

Mirando afuera, el mundo – que para nosotros es hoy básicamente China y Brasil – no viene mal. Y en este sentido El secretario de programación económica fue – ¿paradójicamente? – optimista, y dijo “En 2013 pensamos desacelerar el gasto público porque creemos que la economía privada va a reaccionar positivamente por el alivio en las condiciones mundiales”. Confirmó que el mundo, si es que cree que se nos cayó encima (cosa muy difícil de sostener), se levantó sin dañarnos; y ahora como mínimo nos acompaña con un apoyo generoso que libera la marcha.

El impulso será entonces, el de siempre de este ciclo, “las más que favorables condiciones mundiales”. Pero el sector público – según Kicillof – dejará de ser un motor activo. Los privados darán el empujón. La reunión empresarial de IDEA en Mar del Plata coincidió con Axell: son optimistas.

Dadas las buenas condiciones del mundo, las mejores perspectivas de la exportación y la reacción positiva de los privados – que induce a que  el sector público se contraiga en términos relativos a la mejor manera ortodoxa (al menos en las palabras) –las razones de Kicillof para el riesgo de quedarnos sin dólares no surgen con claridad ni de los hechos ni de las palabras.

Pero poco cuenta. Porque lo concreto es que la declaración del superministro señala que el cepo continuará y que las importaciones deberán seguir el extraño curso de ser autorizadas sólo (o más o menos) si cuentan con exportaciones por la misma magnitud; el turismo en el exterior queda reservado para quienes tienen o compran dólares en el mercado paralelo o para quienes tienen tarjetas de crédito sobre las que se cargará una adicional, etc.

El comercio exterior y  el salida de dólares están bajo control en razón del riesgo de no poder disponer de más dólares para el proceso de sustitución de importaciones.

Entonces Kicillof nos da a entender que hay que reprimir (cepo) la demanda de dólares (a tipo de cambio oficial) por razones de necesidad de un programa estratégico.

Pero ¿porqué existe una demanda de dólares no satisfecha, tal vez muy importante, al precio oficial; y una demanda importante al tipo de cambio paralelo o a través de las operaciones legales de compra y venta de valores en el exterior (contado con liquidación)?

La demanda de dólares en ambos casos ( a cualquier valor) obedece esencialmente a la voluntad de quienes tienen excedentes, de mediano y largo plazo, de nominar su ahorro o atesoramiento en una moneda no sometida, a mediano y largo plazo, a la erosión inflacionaria de la Argentina. Inflación a la que la tasa de interés local no cubre. La alternativa ha sido y es, la inmovilización inmobiliaria. Puede haber otras razones de temor, por ejemplo, las condiciones de seguridad del sistema financiero nacional; y también la conveniencia de cobertura de ingresos negros o de recursos que se quieren ennegrecer. Pero la realidad es que, en función del tiempo, hay una preferencia por el dólar y esa preferencia, a criterio del responsable de la economía, es de una magnitud que contribuye al riesgo; y para evitar el riesgo la propuesta es un ejercicio del garrote.  No ha sido poco el éxito que ha tenido hasta ahora: la fuga ha mermado y mucho.  A veces el éxito de corto plazo nada tiene que ver con la profundidad de la decisión en términos de eficiencia.

La segunda cuestión y ahora vinculada al programa estratégico de sustitución de importaciones, es que es necesario apuntar que la fuga, la salida de dólares, que le preocupa a Kicillof como riesgo, es la otra cara de que la inversión en la Argentina es menor que la capacidad que genera el excedente económico del país. O que invertimos menos de lo que el sistema demanda y habilita.

Es decir que la fuga de dólares es mucho más grave si la observamos como “fuga de inversiones”. Es que se trata exactamente de eso.

¿Por qué se fugan las inversiones? Ahí no cabe el garrote. Paul Samuelson, el Premio Nobel con cuyo Manual se formaron generaciones de economistas, decía que “así como no se puede obligar a un caballo a tomar agua si no quiere, de la misma manera no se puede obligar a un emprendedor a invertir si no quiere”.

Es decir “el garrote” o “ el cepo” puede impedir la “fuga de dólares” pero no puede evitar la “fuga de inversiones”. O lo que es lo mismo, en el capitalismo, las inversiones no se obligan, “se compran”; y eso se logra sólo y necesariamente, con zanahorias no con garrote.

Y justamente cuando Kicillof dice “El proceso de sustitución de importaciones requiere importaciones de insumo y de maquinarias y el riesgo es que se terminen los dólares para hacerlo”. Esta diciendo implícitamente que necesita “inversiones”, más allá de la moneda de pago de bienes de capital y de insumos. Y esas no surgen por el cepo. Ni tampoco con ausencia de zanahorias aunque no haya cepo.

La realidad es que en estos años K, con absoluta ausencia de zanahorias más allá de la ganancia de mercado de los que estaban con capacidad ociosa, la Argentina no vivió un proceso de reindustrialización. Si comparamos los porcentajes de participación de la industria en el PBI durante los 90,(el período de la desindustrialización con desempleo mayúsculo); con esos mismos porcentajes desde la puesta en marcha del período K, resulta sorprendente observar que son iguales. No hay “más industria”, en términos relativos, que antes. Hay más producto bruto interno y la industria sólo creció como el promedio del PBI. No hay “re-industrialización” (recuperar el pasado industrial de 1964/74) y mucho menos “industrialización”, que sería superar esas viejas marcas.

Lo mismo se puede decir respecto de la creación de puestos de trabajo en  la industria observado desde la participación relativa. Difícilmente se trate de un desplazamiento de trabajo por productividad. Y eso se confirma con el análisis de la participación de la industria en las exportaciones, en términos relativos, allí no se han registrado avances; y menos si tenemos en cuenta que la primera elaboración de productos primarios ocupa un lugar en las estadísticas de comercio como si fueran industria, lo que es bastante discutible. Estas constataciones también fueron parte de algunas notas de Kicillof antes de incorporarse a la función pública; y es consistente que, estando en funciones, reivindique la necesidad de invertir para sustituir importaciones.

Para ello sería necesario un programa que no existe y varias herramientas que no hay. La primera herramienta global, para la inversión es, nada de garrote y mucha zanahoria. La estructura tributaria y financiera es puro garrote para la inversión. Y la zanahoria cero.

Pero no menos importante es que en estos tiempos, para señalar a fuego el valor irremplazable de la productividad, el programa no debe ni puede ser sólo de sustitución de importaciones. Hoy la Argentina necesita un programa de sustitución de exportaciones para escaparle a esa primarización en ciernes que – según he leído – vaticinan con mucho entusiasmo, los “ejecutivos” de IDEA. Ellos ven en punta la minería y el agro. Para muchos el futuro es volver atrás.

Es que el verdadero riesgo que atraviesa la economía nacional es que no hagamos nada para cambiar, sin asumir que los países son lo que exportan. Nuestro problema está en la cabeza. Como el personaje de Moliere que “hablaba en prosa sin saberlo”, nuestra cultura económica y política esta ganada por la mayoría de aquellos que son ortodoxos y primarizantes sin saberlo o sin decirlo o sin quererlo. Cualquiera de las tres ignorancias es suficiente para perder oportunidades.

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20 octubre 2012

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