HIPOTENSION ECONOMICA, HIPERTENSION POLITICA

4 DE NOVIEMBRE DE 2012

Por Carlos Leyba

El arte de curar es reputada disciplina. La economía no goza de la misma reputación. Por eso todos los ciudadanos consideramos que los no profesionales de la economía tienen el conocimiento suficiente para opinar y – hasta para decidir – acerca de la suerte de la economía nacional. Los economistas no nos ofendemos porque a los colegas, gestionando, no nos ha ido muy bien.  ¿Con la medicina es diferente? Los errores en unas y otras tareas pueden ser letales.

Esta es una suerte de disculpa por usar terminología médica que sólo conocemos por sufrirla. Una manera cara de conocer. Tanto en las cuestiones médicas como en las económicas. Y en las políticas.

¿El verdadero arte de curar es prevenir?  La prevención es el valor mayor de la medicina. Paradójicamente cuando no se nota la tarea,  que es cuando se previene la enfermedad o se conserva la salud, el mérito es mínimo.

Lo mismo pasa a la economía. Prever para evitar o impulsar, es la tarea de menor costo y mayor eficiencia. Y lo mismo en política. José Martí nos enseñó que “Gobernar no es más que prever”.

La falta o el error de previsión, es lo que nos ha llevado a esta situación presente, espero no deseada por nadie, de hipotensión económica que viene acompañada por la de hipertensión política.

Sin duda ambas afectan al cuerpo de la sociedad que, cualquiera fuera su estado de salud, recibe como impacto negativo, la “toma doble” de una economía achanchada y de una política histérica. Según la definición del diccionario de la Real Academia histérico es quién está muy nervioso o alterado.

Ahora al uso arbitrario e irreverente, de la analogía médica. Nuestra baja presión consiste en que el “corazón” de la economía – que es el empleo, los signos de vida – no recibe suficiente sangre;  y que tampoco lo hace el “cerebro” de la economía – que es la inversión, el derrotero del futuro -. O al menos no lo hacen de la manera necesaria y esperada.

Transcurrida la mayor parte del año la calificación general más aproximada para la economía es estancamiento, naturalmente, con matices.

Algunas actividades mantienen ritmo, otras casi se desploman. Las que unos meses unas anduvieron bien, otros meses anduvieron mal; y viceversa. Volatilidad. Incertidumbre.

La nota conservadora, ni optimista ni pesimista, para ver lo que pasó e imaginar lo que pueda pasar en lo que queda del año, es “aproximado estancamiento”.

Es duro sufrirlo luego de muchos años de mucho crecimiento. Pero es justamente soportable por esa misma razón. No llenamos la alacena como antes. Pero tenemos cosas en la alacena como para ir tirando.

Por eso – para el promedio – el estancamiento está. Pero no mata.

Entonces, los síntomas de esta hipotensión económica son, por ejemplo, “confusión”, “visión borrosa”, “debilidad”. Problemas. Pero no demasiado graves si son pasajeros.

La “confusión” tiene que ver con que nueve meses contra nueve meses el nivele general de actividad en 2012 más bien cayó; pero, en el último trimestre, levantó la cabeza y estuvo mejor que en el segundo.

Ejemplo, el Indicador Sintético de la Construcción (ISAC-INDEC) en lo que va de 2012 está 2,7 por ciento por debajo del año anterior; pero también recuperó en el último mes. El sector construcción, con tres trimestres de caída, está en recesión. El número de operaciones inmobiliarias, en la Ciudad de Buenos Aires, está, en lo que va del año, 20 por ciento por debajo de 2011. A nivel país la superficie acumulada de permisos de construcción declina al ritmo del 10 por ciento anual. No le quepa duda que esto pega en el empleo.

La “visión borrosa” la aporta el hecho de que hace más de un año que estamos entre parados y sin movernos; pero – como el nivel heredado es alto – no hay, en la media, giro hacia una recesión con su característica más fuerte que es el desempleo creciendo. Pero lo que si hay es una tendencia a la parálisis en la creación de empleo. No se ve con claridad: borroso. La política del “estado fiscal consumista” aporta recursos para que la zona más sufrida del consumo no reciba el impacto. Es decir, recursos para que el estancamiento no se convierta en conflictividad social. Y eso está bien. Aunque es remedio que genera otros problemas si, en el mientras tanto, no se apunta a la solución que no es otra que la inversión.

Es que la baja presión no manda sangre para que el “cerebro” decida el curso inversor. ¿Qué hace la política, que no logra regular la presión, para mandar sangre al cerebro? Nada a favor.

Finalmente la “debilidad”, o la falta de fuerza propia para empujar, queda clara cuando somos conscientes que – otra vez – todo verdor vendrá de afuera. O lo que es lo mismo que todo dependerá de una “buena cosecha”. Llegará, aún pasada por agua, pero los precios y las cantidades del sector rural le darán vida en la segunda mitad del año a la economía, que – para entonces – podrá tener un giro de alivio “gracias a la debilidad”.

La debilidad de seguir siendo – a pesar de las interpretaciones entusiastas – una economía primarizada que depende del clima y de los mercados internacionales; y no depende de un motor interno, ya que siempre la inversión – lo que decide el futuro, el “cerebro” – va a la retranca.

Esta es una situación de “hipotensión económica” – en definitiva – porque no hemos logrado en todos estos años de bonanza resolver, entre otras, una de las causas que es la “deshidratación”.

La deshidratación es el equivalente de la fuga de capitales o fuga de inversión. Esa fuga implicó, además, la incapacidad de sostener un sistema financiero apropiado; ha contribuido – sin ser “la causa” – al proceso inflacionario y al atraso cambiario.

Es que en una década no hemos invertido lo necesario para que la economía real sea tan competitiva como para sostener el “ancla cambiaria” que sostiene el gobierno cuando va muy por detrás de la inflación.  Tropezamos con la misma piedra.

Finalmente, el ritmo de la inversión actual confirma la tendencia a pesar de los controles: en lo que va del año la importación de bienes de capital cayó 16 por ciento y las piezas y accesorios para ellos 7 por ciento.

Si no hay otros problemas profundos, la baja presión, no es grave.

Pero esta economía tiene serios problemas estructurales que, cuando el crecimiento afloja se hacen más difíciles de arreglar.

Seguimos con la carencia de un nivel razonable de oferta de bienes públicos; seguimos con la escasez de inversiones reproductivas; y con esa marca en el orillo de desentendernos del futuro. Esta es una preocupación permanente. Pero la de hoy es la hipotensión que nos ha llevado a la hipertensión política.

Los riesgos de la hipertensión son serios. Y también en la política. La nuestra, nuestra hiper, deriva de la ansiedad y el estrés.

Estamos entrampados en un calendario de la “hipertensión” que tiene unas fechas emblemáticas en el marco de dificultades para hablar de una economía exitosa. La más lejana, la más importante, es la que se juega en las elecciones de 2013. Se juega la re reelección de Cristina Fernández. O lo que es lo mismo la posibilidad de la continuidad de un sistema político. ¿Qué quedaría sin el liderazgo real de Cristina?

La carta de los senadores opositores trabó la posibilidad de sancionar, en esta legislatura, la convocatoria Constituyente. Una tonelada de sal para quienes acunan la re re. La presión ha subido. CFK, en Estados Unidos, dijo que los dos tercios necesarios para el llamado a reforma corresponde a los dos tercios de todos los miembros de las Cámaras y no de los presentes. A partir de ese reconocimiento público de la ley y de la carta de los senadores, la urgencia de 2013 multiplica la ansiedad. El clima no bajará.

Quienes dicen conocer a CFK afirman que no quiere un tercer período. Es obvio que – si así fuera –  no lo puede revelar. Sería un Pato Rengo sin un partido capaz de administrar una sucesión.

¿Cuál es el partido de CFK? Si es el “Frente para la Victoria” ¿subsiste sin CFK como candidata? ¿Y el Frente elige su candidato; o bien al renunciar a la re re Cristina se reserva el derecho de designar a su candidato?

Dirá como Néstor “será pingüino o pingüina”; es decir  dirá: será “gobernador o intendente o joven o militante social”. Imaginemos.

Entre los gobernadores un candidato es Sergio Urribarri, gobernador de Entre Ríos que contribuyó a la solución YPF con Miguel Galluccio. Ella le pone los votos.

¿O se pliega a la candidatura de Daniel Scioli, que tiene votos propios? ¿Qué prueba de amor le exigiría?

¿Opta por emblema propio como Alicia Kirchner o alguien que represente otra cosa pero sin votos ni nombre?

No insinuó posibilidades. Señalo que – en el caso de que la re re se aplacara por que trasciende la decisión de no repetir – la ansiedad se corre de las arterias de la oposición a las del oficialismo.

La sucesión genera ansiedad o en los miembros de la familia o en los de la oposición. Con CFK – si gana y repite – se instala un sistema. ¿Sin ella?

En el mientras tanto la hipertensión se mantiene a full con fechas inamovibles.

La primera es el 8N la fecha de las esperanzas de los opositores. Mientras las huestes más conspicuas y propias del cristinismo fungen como “Unidos y Organizados”; las más conspicuas y propias del anticristinismo (ojo que eso incluye algunos kirchneristas y algunos peronistas) basan el éxito en estar desorganizados y desunidos. Es decir “autoconvocados” a tiro de mensajito.

Un comentario. Juan Perón, que de multitudes sabía un montón, sostenía que “la organización vence al tiempo”; y sin embargo el fue hijo de una multitud espontánea.  Es decir si del 8N no nace nada que se pueda organizar; la lógica nos dice que el tiempo la vencerá.

El 8N va a ocurrir en gran parte del país. ¿Cuántos? Un enigma. ¿Quién los va a contar? La pregunta tiene doble acepción: hacer la cuenta, y relatarlo paso a paso.

En la cuenta va a haber un abismo. El mismo que hay entre la inflación medida por los sindicatos y la del INDEC.

Y relatarlo paso a paso, si hay digamos mucha gente – sin saber qué cosa es mucha – solamente estará en la pantalla de TN.

La tensión subirá hasta entonces: los caceroleros tal vez en las próximas horas, y antes de los hechos, desborden de entusiasmo.

Y el oficialismo, hasta entonces, estará gobernado por la ansiedad y la alta presión derivada.

Las expresiones del diputado Andrés Larroque acerca del narcosocialismo reflejan esta situación puntual. Un nervio agitado destinado a minar toda posibilidad de traducción del 8N en “organización política”. Pegarle a Hermes Binner, un aliado del “Frente para la Victoria” en las principales causas (de todo tipo), es una manera de achicar la posibilidad de que alguien junte algo después de esa manifestación.

Larroque sabe que en estos años acusar a alguien de narco – sin hacerlo en tribunales – es un amague macarthista de la misma eficacia que ese método tuvo en los tiempos de la guerra fría ¿pero es que estamos en guerra? ¡Qué pregunta!

Y sí. La guerra es la del 7D. Martín Sabatella, otro aliado del Frente pero que si se encolumnó debajo de CFK, es el general a cargo de ese combate. El Estado Mayor está en manos del Ministro de Justicia y el Consejo de la Magistratura. Sabatella, si los hombres de la justicia logran evitar todo cambio de situación legal, el 7D procederá.  ¿Qué significa? Es muy aventurado siquiera imaginarlo. Pero en todo caso hasta ese día y después del 8N la hipertensión política subirá hasta límites de ACV. Y puede que ocurra.

Nos ahorraríamos estos días y esas fechas, si no hubiera hipotensión económica porque eso es un bálsamo para la política. Y tal vez sin esta hipertensión política mejoraría el bombeo de sangre para el empleo y la inversión. Pero no. No es así.

Mientras tanto la pobreza, la inflación, la educación, los desequilibrios regionales, el transporte, la energía, la inseguridad, los narcos, la reincidencia criminal, pertenecen a otra galaxia sin fecha.

Esa galaxia es la que, si no se atiende, nos augura un futuro peor del que podríamos disfrutar. Como en la sabia medicina, José Martí nos enseñó que “Gobernar no es más que prever” y es lo que nos resistimos a aprender a pesar de la buena suerte de estos años.

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06 noviembre 2012

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