La manifestación y las propuestas

10 de noviembre de 2012

Por Carlos Leyba

¿La mayor debilidad del 8N es no haber sido portador de una propuesta o carecer de liderazgo?¿Acaso no es la definición de “manifestación”, una “reunión pública, generalmente al aire libre, en la cual los asistentes reclaman algo o expresan su protesta por algo” (RAE). ¿Fue espontánea? Espontáneo es lo que se hace en forma voluntaria (RAE). La ausencia de liderazgo confirma la espontaneidad. La “horizontalidad” de las manifestaciones espontáneas es genética. La pregunta a responder es ¿qué significa para la sociedad el surgimiento de esa horizontalidad?

Para el oficialismo la mayor debilidad de las manifestaciones del 8N es el hecho de no haber sido portadoras de una propuesta o de carecer de un liderazgo.

Es verdad. Las multitudes del jueves por la noche no fueron portadoras de una propuesta ni reconocieron un liderazgo. Pero es una verdad que vale poco. Requerir una propuesta a la multitud es impropio. Y no hay razón para que necesariamente genere un liderazgo.

“Manifestación”, según la Real Academia Española, es una “reunión pública, generalmente al aire libre, en la cual los asistentes reclaman algo o expresan su protesta por algo”. Eso es lo que ocurrió. Todas esas manifestaciones son sumables, cientos de miles de personas, en tanto “protesta” y “reclamo” por más o menos las mismas cosas.

Fueron las más grandes de los últimos tiempos y las mayores de las ocurridas sin palco ni oradores, ni convocatoria a espectáculo alguno. Una convergencia de personas que no formaban, no formaron y seguramente no formaran, otro colectivo que no sea el ocasional para la protesta y los reclamos.

¿Espontánea? Absolutamente. Espontáneo es lo que se hace en forma voluntaria. Ningún “poder” tuvo intervención o capacidad de obligar o de inducir a quienes concurrieron. Fueron porque quisieron. La ausencia de liderazgo confirma la espontaneidad. Se produjo sin agentes externos que la provocaran (RAE). La esencia de esta espontaneidad es la no verticalidad. Se trata de “horizontalidad”. La manifestación es parida por la propia voluntad de iguales que se convocan.

Santiago Kovadloff – intelectual opositor – señaló que le habían referido que “el silencio de la manifestación era el lugar del líder ausente”. Mejor, el silencio es el lugar del líder imposible. En esa “horizontalidad” genética, para bien o para mal, no cabe la idea de liderazgo. La esencia de esa manifestación, horizontalmente construida, sin liderazgo,  es la protesta. La heterogeneidad, segunda nota, es la traba genética para el liderazgo.

La multitud es un recurso extremo para señalar lo que muchos comparten dado que, los que ejercen la representación, no escuchan y no responden.

¿Qué pasaría si los que ejercen la representación convirtieran la preocupación de la multitud en su ocupación cotidiana? La manifestación no volvería a repetirse; la protesta se desvanecería. Inclusive si las preocupaciones no fueran totalmente satisfechas.

Nadie estaba allí a la búsqueda de un liderazgo; sino a la búsqueda de que, quien debe hacerlo, se ocupe de las preocupaciones de esa multitud. Nadie estaba a la búsqueda de un liderazgo político.

Es profundamente equivocado pedir que esa manifestación se organice como oposición o como programa. Su función, por otra parte valiosísima, es la exposición masiva de la protesta porque, ante la indiferencia de los que mandan – o de la incapacidad o incomunicación de los que aspiran a mandar – la calle tornó en método de hacer visible la disconformidad.

La calle – multitudinaria y anónima – se convierte en comunicación masiva. Ni los canales oficiales, ni los canales opositores, los medios de unos y de otros, han sido capaces de descubrir voces capaces de decir lo que las manifestaciones han puesto delante de todos. Es decir, no hay liderazgo de las preocupaciones de la multitud. Si lo hubiese esas manifestaciones no habrían ocurrido. La multitud activa llena el silencio de la pasividad de los responsables.

Nada en esas manifestaciones habló, no debía hacerlo, de cómo resolver los problemas. Es increíble y hasta cínico pretender que la multitud proponga. O – en el otro extremo – exigir que deje de pretender que le sean propuestas soluciones.

Tener que reiterar estas obviedades  habla del bajo nivel – en todas las dimensiones – de muchos de nuestros dirigentes. Lo que hasta aquí se ha dicho desconsidera estas obviedades. Y peor, frente a las protestas unos se han limitado a repetirlas; y otros a negar su razón.

No estamos frente a un fenómeno nuevo. Otras veces ocurrieron cosas comparables. Pero sí estamos viviendo una situación extraordinaria en la relación entre el poder político y el conjunto de la ciudadanía.

Hoy, tal vez poco menos de la mitad de los ciudadanos conservan un alineamiento, que tiende a ser militante, con el oficialismo. El núcleo duro exalta la condición de unidos y organizados.

Y hoy tal vez poco más de la mitad inauguran un alineamiento crítico a algunas situaciones a las que el oficialismo les niega el estatuto de existencia. Aquí no hay núcleo duro justamente por la ausencia de organización y de unidad.

Las muestras de militancia en torno al oficialismo son elocuentes. No sólo porque dispone del aparato del Estado a favor de su razón política; sino porque dispone de un liderazgo indiscutido entre sus fuerzas; y de un  discurso épico de alta capacidad de convicción para quienes pertenecen. En esas condiciones el oficialismo satisface la necesidad de pertenencia. Pero, como contrapartida, arriesga la conformación de algo, si bien no idéntico, asimilable al “pensamiento de grupo” que desarrolló Irving Janis. Eso es un riesgo para todos.

El oficialismo no se componen de personas que, solamente, “están de acuerdo”; sino de personas que “son” kirchneristas (los menos); y  cristinistas (los más).

Esa diferencia, entre el “estar” y el “ser”, es la que genera el clima de tensión extraordinaria de la relación con aquellos que no pertenecen al oficialismo. No se los reconoce como pasajeros de una situación en la que solamente no “están” de acuerdo. No se los reconoce como portadores de opiniones que puedan cambiar o que vale la pena debatir. No. El discurso, no de todo el oficialismo pero sí de muchos de los que lo alimentan, es que “los otros” son “oposición” que funciona como una traba, como un obstáculo, para la realización del discurso épico.

Las críticas más duras al 8N se centraron en esa dimensión. La denuncia de las condiciones ideológicas, sociales o políticas atribuidas a los manifestantes o a quienes, dicen, los manipularon deriva de esa idea de “los otros”. En esta perspectiva a esta manifestación o cualquier, otra se la considerará “destituyente”. Toda manifestación será leída así como un intento de desestabilizar el proceso democrático e interrumpir el mandato constitucional. En esta oportunidad, afortunadamente, esa perspectiva oficialista no fue la dominante.

La mayor cantidad e intensidad de críticas se centró en la objetiva carencia de propuestas. Reiteramos no hay ninguna razón necesaria, ni en el castellano ni en la lógica política, para que una “manifestación”, de ese estilo en particular, proponga en lugar de, simplemente, reclamar o protestar. Lo esencial de una manifestación es el reclamo o la protesta. Manifestar es exponer problemas. Y el carácter multitudinario es el que le da entidad colectiva a los problemas.

Estas manifestaciones, importantes en número, expresaron protestas muy pero muy claras. Y reclamaron cosas muy pero muy precisas.

Es una pretensión impropia – para decir lo menos – exigir de una manifestación multitudinaria y por esa razón necesariamente heterogénea, que tenga un mensaje propositivo unificado. Y que además que cumpla con la condición de aportar soluciones para los problemas que plantea. Problemas que, además, portan la inexorable complejidad de todo lo contemporáneo.

Para ejemplificar observemos la distancia que, por un lado, va entre protestar a causa de la inseguridad y reclamar seguridad; y por el otro, el diagnóstico correcto, honesto, científico; los objetivos y las herramientas para resolver el problema de la seguridad. Entre una cosa y otra hay una distancia monumental. Reclamar no es resolver. Protestar no es proponer.

Los ciudadanos tienen una constatación y una percepción de inseguridad. Y desean trocarlas en constatación y percepción de seguridad. Y reclaman al Estado por ello.

¿Por qué lo hacen de esa manera, en la calle, en la acción directa?

Es que desde el Estado se niega la existencia del problema. Abundan las frases comparativas respecto de las desgracias en otros lugares del mundo. Los ciudadanos no tienen esa constatación y percepción comparativas. No la podrían tener. No se les puede reclamar, así fuera cierto, que “crean” que estamos en ciudades que, comparativamente con el mundo, son seguras. Aunque así fuera, igual corresponde (y conviene) darle respuesta a esos muchos ciudadanos de modo que, a partir de una reacción estatal proactiva, comiencen a constatar y percibir “seguridad”.

Brindar constatación y percepción de seguridad es una obligación del Estado: se trata de un bien público. Sin duda, no de ahora sino desde hace años, ese bien público, ha comenzado a declinar sistemáticamente en nuestro país.

Es ridículo pensar que son las noticias amarillas de los medios de todo tipo las que generan la sensación.

Son muchas las encuestas que coinciden en que, hace tiempo, la inseguridad ocupa el primer puesto en las preocupaciones de la sociedad. Por ejemplo, y para despejar la eventual componente política, refiero un dato del 5 de noviembre. En  una encuesta, hecha a los lectores digitales del diario Crónica, de la ciudad Capital, se formuló a las mamás la siguiente pregunta ¿Te sentís tranquila cuando tu hijo sale a bailar? El 90 por ciento contestó que No.

Imagino que todo lo que intranquiliza cuenta: riesgos de accidente, de violencia, pelea, de droga, de alcohol, de robo. Todo eso que intranquiliza en la noche de diversión, preocupa en la noche de descanso, en el camino al trabajo o en el camino a casa.

Las personas comunes no pueden aportar respuestas para los problemas, o preguntas, del conjunto. Esa es la tarea de los que gobiernan o los que aspiran a gobernar. No de los que reclaman.

La dimensión del problema está vinculada a la proporción de quienes se sienten afectados. Las encuestas hablan de mayorías en todos los sectores sociales, y creo, particularmente en los que pertenecen a los sectores medios bajos. Allí la inseguridad tiene cotidianeidad. Es que a medida que bajan los recursos aumenta la inseguridad, es decir, la inseguridad relacionada con el delito contra la vida y la propiedad, que se suma a la inseguridad que genera la desprotección social o de la vida; y que apunta al futuro, a la salud, la vivienda, el empleo y el modo de trabajo, la calidad de la alimentación: todo eso es inseguridad. Hace la vida insegura. “La desigualdad es corrosiva. Corrompe a las sociedades desde adentro… la delincuencia aumenta y las patologías debidas a las desventajas sociales se hacen cada vez mas marcadas” decía Tony Judt .

La complejidad del problema, pone en evidencia que la multitud no tiene responsabilidad por el diagnóstico. Ni por la solución. Manifiesta con absoluta legitimidad sus preocupaciones; y su legitimidad aumenta con la horizontalidad del evento. Tampoco es razonable exigir una perfecta unificación de la protesta o el reclamo. Las pancartas recordaban las “preocupaciones” resaltadas en todas las encuestas de opinión pública.

Esas “preocupaciones” forman parte de lo que las sociedades suponen como dado. No se trata de demandas extraordinarias. No a la inflación, no a la inseguridad, no a una justicia poco creíble, no es una demanda extraordinaria. Es un reclamo por lo que se supone dado.

¿Qué sociedad puede aceptar vivir con inflación, inseguridad y justicia desvalorizada, sin tener testimonios de políticas públicas para cambiar? Esas son las cosas que normalmente damos por dadas. Pedirlas no es proclamar una revolución.

Sin programa, sin liderazgo, la manifestación protestó por la ausencia del Estado. La protesta reclama propuestas. No para otros temas magnos como el “estilo de desarrollo” por ejemplo. No. Las cosas reclamadas son aquellas que se deben dar por dadas.

Hasta aquí la respuesta de quienes mandan fue más bien del tipo desafiante: ¿Querés eso, bueno, decime como hago? Y la de los que aspiran  a mandar, hasta ahora, fue repetir las palabras de la protesta.

Entonces Nada.

“Nada” fue lo que escribió Luis XIV en su diario el día de la toma de La Bastilla. Pero, lo escribió en agosto. Y además parece que se refería a que, aquel día, nada había cazado.

Muchos lo citan para fundamentar que, en la torre de marfil, los grandes acontecimientos pasan a veces desapercibidos. O puede ser que, en la torre de marfil, se prefieren destacar acontecimientos menores (la caza) para ocultar a elefantes mayores (la toma).

Juan Perón enseñaba que, gobernar, implica no dejar nada importante afuera: personas, problemas, protestas, propuestas.  Siempre hay que aprender.

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12 noviembre 2012

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