Cristina, el 8N y lo inesperado

18 de noviembre de 2012

Por Carlos Leyba

El 8N dividió las aguas del oficialismo en los que creen en la reelección y los que no creen en ella. Para los que creen, la conclusión de la marcha es “siga y no cambie”. Para los que no, es “cambie y siga”. Cambiar el gabinete; el método delegativo de elección del sucesor por un proceso electoral en el ¿ FPV o PJ?; y cambiar de actitud ante la inseguridad y la inflación. Dicen que es para retener el núcleo duro del 36 y sumarle el 15 y ganar en primera vuelta, pero con el peronismo como programa. Los que no quieren cambiar van por endurecer el núcleo duro para quebrar el iceberg de la disconformidad, astillarlo, e ir por el programa de la conducción, dejando de lado el contrapeso de los poderes territoriales y sindicales. ¿Y la oposición? Por ahora, personajes en busca de un autor.

El 8N, acerca del que todos hemos opinado, por sus repercusiones, ha sido un acontecimiento trascendente. Trascendente porque ha ido mucho más allá de lo que pretendió ser para quienes se autoconvocaron. El escenario en el que se está leyendo es tormentoso. La economía está estancada, con inflación elevada, sin dinámica de empleo, con cuentas fiscales apretadas, con conflictos en el extranjero por el manejo de la deuda, necesidad de mantener las restricciones externas y el movimiento obrero organizado alejándose de la alianza de gobierno. Y sin embargo es en el frente oficialista donde siguen ocurriendo las cosas importantes, o donde se generan las iniciativas.

Por eso, en el seno del frente oficialista, el 8N ha generado reacciones y toma de posiciones no imaginables días antes. Coqueteos y cuchicheos de candidatos oficialistas a la sucesión (intendentes, gobernadores) que, al tratarse solamente de fotos personales, simplemente nos anuncian un eventual cambio de nombres pero ni remotamente el surgimiento de una madurez política que se plantee el diagnóstico y la solución de esos problemas. ¿Algo puede cambiar para que todo quede como está? Veamos.

El oficialismo se divide en los que creen que hay una barrera infranqueable para la reelección de CFK; y los que, creyendo en la viabilidad del método Menem, creen que no hay barrera infranqueable. Estos creen que, con esa convocatoria en mano, una recuperación económica dará paso a la reelección. La consecuencia sería la fundación de un nuevo sistema político que reemplazará al peronismo institucionalizado en poderes territoriales y movilización sindical.

El peronismo original tiene su fundamento en la épica del retorno al paraíso de los gobiernos del General; y su mito fundacional es la persona del General. En esa visión se agolpan los que creen que no habrá reelección.

El nuevo sistema político que se procura instalar, aspira a derogar el mito fundacional y a reemplazarlo por Néstor Kirchner. Sus pilares son movimientos sociales, básicamente de sectores populares; y movimientos juveniles, básicamente de sectores sociales medios. Esa visión dispone de un nuevo mito, la convicción de que lo que ocurre “es” un paraíso y que hay que militar por un futuro inspirado en la energía de los jóvenes que, en los 70, quedaron definidos por ser los echados de o los que abandonaron a la Plaza bajo la mirada de Perón cuando condenaban al sindicalismo y a los poderes territoriales. Reelección o no es un repetición de aquél divorcio.

A partir del 8N, la divisoria de aguas descripta, tiene colores más firmes que acentúan movidas previas;  la CGT de Hugo Moyano sube un cambio con el 20N y José Manuel de la Sota lo hace espantando a Debora Giorgi.  Pero, en esa demarcación, el mejor discurso es el diputado Jorge Yoma. Dijo, no habrá reelección; la presidente debe cambiar su gabinete; y la sucesión será dirimida por “los” jefes del peronismo entre, por ejemplo, los emergidos de la Sota, Daniel Scioli y los sumergidos José Luis Gioja y Juan Manuel Urtubey.

Yoma sugiere poner afuera a los militantes de la reelección. CFK, dice Yoma, debe contribuir, cambiando, a recuperar los votos perdidos para lograr la sucesión vía poderes territoriales y movimiento sindical.

¿Quiénes, cuántos y cuándo se sumarán a este discurso? Imposible saberlo. Pero en la medida que las consignas del 8N sigan enojando a gran parte de la sociedad, los que se sumen a Yoma lo harán pronto, serán importantes y muchos. El cambio de gabinete, según Yoma, permitiría responder a las demandas del 8N, producir una transición en paz, con todos incluidos, con el liderazgo del mito fundante de Perón y por el regreso al paraíso de las presidencias del General al que no hemos llegado aún.

En la otra vía, sin cambio de gabinete, de estilo y de dirección de la gestión, CFK encabezaría el núcleo duro de la corriente que no declina el proyecto reeleccionario. Ese núcleo duro – que puede conducir mas de un tercio del electorado – apostará al proyecto que tiene como mito fundador a Néstor y como propuesta recuperar el sueño de los jóvenes rebeldes de los 70. Ese sueño aggiornado excluye al maximalismo socialista y violento, pero afirma la decisión de no reconocer los condicionantes “burgueses” de democracia procedimental. Tratan de construir una sociedad cuyo modo se ira definiendo en los hechos. No hay plan ni es necesario que lo haya. Hay una conducción. Eso es lo principal. La reelección es un programa en sí.

Este boceto, extremadamente simplificado, describe una obra en movimiento que tiene un guión que, como en las novelas televisivas, reescribe los capítulos según el impacto de la semana. Cambian pocos actores y el suspenso es el eje de la continuidad. Nada es definitivo.

A esas tensiones, que habitan desde siempre el oficialismo, el 8N les disparó los extremos.

En la oposición el 8N no tuvo efecto. Esta en estado de letargo. TN, el espacio más crítico y más abierto de la TV, convocó para interpretar el 8N a tres intelectuales. Dos fueron K. Miguel Bonasso fundador del kirchnerismo, Miguel Bonasso; José Nun funcionario de Néstor y Cristina. El tercero Carlos Altamirano, destacado historiador difícil de ubicar como anti K. Es decir, la oposición no pudo ocupar el espacio de interprete del 8N que fue leído por el gobierno como un acto opositor.

Es decir, las hornallas de la política, para cocinar una u otra cosa, solo se encienden al interior del oficialismo.  La oposición por ahora no puede cocinar nada.

CFK, en una u otra versión oficialista, conserva el dominio del núcleo duro de los votantes. Ningún oficialista puede suceder o navegar la continuidad, enfrentándose a Cristina. Ella “es” el 33 por ciento.

La exhortación de Yoma es elocuente: siga, pero cambie. La de los demás es no cambie y siga. Ella “es” la definición.

El cambio “a la Yoma” seguramente le reportaría al oficialismo la recuperación de gran parte del electorado extraviado. Una política de seguridad, con otra impronta en la justicia; y una política económica, con otra impronta ante la inflación y la inversión; alcanzarían para reabrir el crédito y ayudarían a que retornen buenas noticias en la economía.

Pero con “cambio a la Yoma”, los movimientos sociales y juveniles experimentarían una suerte de exilio. Y los intelectuales, que pueblan los medios de comunicación, interpretarían ese cambio como claudicación.

No cambiar “ a la Yoma” sometería a la periferia del núcleo duro a una erosión con consecuencias electorales. La continuidad de la inflación, la inseguridad y el achanchamiento de la economía, negadas, serían una suerte de guadaña electoral. Pero no cambiar fortalecería al núcleo duro y sus consignas en materia de mito y de futuro.

La diferenciación de proyectos y estilos, al interior del oficialismo, podría despertar una división mayor de la sociedad. Un problema difícil de resolver. Es que la desaparición del sistema de partidos, o del ejercicio virtuoso de la política, ha dejado en manos del partido del Estado la audiencia, la discusión y la solución de los conflictos. Y eso, aunque siempre es posible, siempre es riesgoso.

Cristina, en su último discurso en General Rodríguez, recuperó varias líneas que – aunque parezca insólito –acusan una recepción del mensaje de la calle. Hizo un discurso doctrinario que, en el medio del enojo por la protesta, abrió una puerta.

Primero por el reconocimiento de 200 años de historia con razones para tener orgullo. Es un cambio. De la condena del pasado, CFK pasa a incluirlo y eso es positivo para disolver aristas. Dijo “la educación pública y gratuita, bandera emblemática de estos 200 años de historia, pero fundamentalmente del siglo XX, que permitió el surgimiento de una poderosa clase media, que … con sus esfuerzos, (hace) que esa educación pública llegue a todos”. Contraste absoluto con los intelectuales del oficialismo que han condenado al 8N como expresión de la clase media “egoísta, inculta y llena de odio”. Recuerde al impresentable José Pablo Feimman.

Esta perspectiva de CFK lo aproxima a Yoma y recupera el peronismo original: hacer a todo el país clase media. Programa verdaderamente revolucionario de igualación, no de oportunidades sino de resultados. El peronismo escapó “por arriba” del laberinto del enfrentamiento de clases. La concreción de los sueños de quienes abrieron el país a la inmigración; y la de aquellos que llegaron a este suelo que los recibió generosamente. Hacer a todos de clase media es, primero, educación para todos.

El segundo hito del discurso CFK fue la reindustrialización. Más allá de la veracidad o no de la afirmación que sigue, CFK dijo “estamos reindustrializando … con inteligencia y la convicción de que … industrializar, significa generar … trabajo”. Industrialización es recuperar el criterio abandonado en la primera traición al peronismo de 1975. No tiene sentido, discutir si hubo o hay realizaciones de gestión. Lo trascendente es reconocer que “industrializar” tiene que ver con Carlos Pellegrini – “sin industria no hay Nación” – y  con Domingo F. Sarmiento – la educación como programa de la Nación – y  con Juan Perón, que puso en el centro de educación más industria, la dignidad del trabajo. No hay lo uno sin lo otro.

El tercer mojón del discurso fue que la “democracia … concibe al Estado como un promotor y un impulsor de políticas públicas”.Dijo el “Estado no es de un partido, … no es de un gobierno, … es de todos” y que “cada vez que convencieron a argentinos de que el Estado era un estorbo o que … era inútil, … que … impedía la libertad del mercado, primero destruyeron el Estado y después …  el trabajo, …la salud, la educación… la defensa del Estado es una defensa de los grandes intereses nacionales y … la soberanía popular, y … nacional”. Una verdad irrefutable, la demonización del Estado fue la demonización del Estado de Bienestar; y la destrucción de la educación, y de la capacidad de aprender; la destrucción de la industria, y de la capacidad de competir; y del propio Estado, es decir, de la capacidad de la sociedad de forjar un proyecto propio y no servir a un  proyecto ajeno.

La síntesis es que sin Educación, sin Industria y sin Estado no hay Nación.  Porque la Nación existe en la medida que es un proyecto abarcador y sugestivo de vida en común, de una educación y de un trabajo que nos igualan, nos hacen libres y procuran la fraternidad.

Estos conceptos de CFK, después del 8N, recuperan – más allá de una verba encendida –  una visión más próxima al peronismo de origen que al núcleo duro de los recuerdos de la muerte.

Hay visiones bien diferentes, sobre los avances en materia de educación, de industria y de real presencia del Estado, en el período K. Pero lo que realmente importa es la vocación para centrar la acción colectiva en esos ejes. Poco importa, en realidad nada, cuánto se hizo. Lo único que nos puede llevar a compartir el esfuerzo es lo que tenemos que necesariamente hacer.

¿Alguien duda de la necesidad de una Revolución Educativa? Examinemos los concursos internacionales, multipliquemos las pruebas universales en todos los establecimientos, midamos con honestidad el resultado. Discutamos, con humildad, como mejorar. En este campo la mejora no tiene techo y eso descalifica por innecesario todo elogio del pasado.

¿Alguien duda de la necesidad de una Reindustrialización capaz de unir el territorio, generar empleos de calidad y romper la dependencia primaria de nuestro comercio? Midamos ¿cuán moderna, amplia y diversificada es nuestra capacidad productiva? ¿Cuánta competitividad y grado de elaboración tiene nuestra exportación industrial? La medición, las necesidades y los objetivos, nos ponen en estado de programa. Eso es lo que vitaliza la relación entre la producción y la política.

¿Alguien duda de la necesidad de tener un Estado eficaz capaz de brindar los bienes públicos en la cantidad y calidad que requiere nuestra población, que ha sufrido años de enormes privaciones? Una visita objetiva a las condiciones de vida de nuestra población más postergada no se resuelve con estadísticas si no con entrevistas que barran todo el territorio. Lo hicimos a principios del SXX y cabe hacerlo en la inauguración del SXXI.

El enojo del 8N ha coloreado una línea divisoria al interior del oficialismo. Y ha provocado en CFK, sin decirlo expresamente, una clave de retorno a los grandes temas del peronismo original. Lo inesperado construye esperanzas.

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18 noviembre 2012

Cristina, el 8N y lo inesperado

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