O suerte o buenas relaciones


Por Carlos Leyba

«No hay cosa mejor que tener buenas relaciones», decía Tatita. … no hay que forzar la suerte, ni aun en el juego, sino cuando llega la ocasión. Y a mí tenía que llegarme, como me llegaban las épocas de trabajo -las electorales- y las de descanso -la modorra provinciana en las épocas de normalidad”. Divertidas aventuras del nieto de Juan Moreira, Roberto J. Payró.

La suerte no es un bien ganancial. No se hereda y no le llega a cualquiera. Pero además para la misma suerte es necesario tener alguna virtud que la ponga en acto. Especialmente, para los que están en eso, en las épocas electorales.  En subsidio, si bien no reemplaza íntegramente ni a la suerte ni a la virtud para aprovecharla, un buen consejo – como decía Tatita – es que “no hay mejor cosa que tener buenas relaciones”. Sin suerte, o talento para la misma, las buenas relaciones ayudan.

Es famosa la suerte que acompañó a Néstor Kirchner; y también lo es su enorme capacidad política para aprovecharla.

Néstor repudió al default (la suspensión sin fecha de los pagos de la deuda pública a privados) de Adolfo Rodríguez Saa. Y también criticó la devaluación, con retenciones más la pesificación asimétrica y el pago de depósitos con bonos, que decidiera Eduardo Duhalde.

Pero Kirchner heredó esos instrumentos y no los revirtió. Los que los construyeron pagaron por ello. Pero él no. Y supo aprovecharlos y cosechar sus consecuencias sin pagar el costo de ejecutarlos. Néstor no “defolteó” ni devaluó.  Pero hizo, de la renegociación de la deuda, el paradigma de la política del desendeudamiento. Y con el tipo de cambio alto con retenciones – que vendría a ser el padre – y con los afortunados precios de la soja – que vendrían a ser la madre – que los recibió apareados, logró concebir el modelo de los superávit gemelos. No fueron necesarias demasiadas operaciones. Un listado de las resoluciones tomadas hablaría por su  escasez.

Hay que reconocer y destacar que Néstor tuvo el mérito de romper la lógica del endeudamiento serial. Lógica que comenzó con la dictadura y continuó religiosamente en manos de todos los presidentes y ministros de economía de la democracia. Solo una excepción, en todo ese tiempo, a esa regla fatal. Bernardo Grinspun resultó el ministro que, con mayor claridad, reclamó una moratoria de la deuda para toda América Latina. El gobierno de Raúl Alfonsín no solo rechazó el planteo de Grinspun, sino que no investigó la deuda heredada por la democracia; y finalmente engordó la deuda recibida negociación tras negociación.

Para ese entonces el Papa pedía a los países centrales que comprendieran las consecuencias sociales que habría de tener la economía de la deuda. Las consecuencias fueron devastadoras: la década perdida en la región. En nuestro país a la década perdida, por razones externas, le agregamos  la convertibilidad que fue la máquina destructora de la estructura productiva; y en consecuencia del tejido social. El actual 50 por ciento de los jóvenes menores de 17 años nacidos en hogares pobres es hijo de aquellas lluvias.

El 13 de julio de 2000 el Juez Ballestero falló en “Olmos Alejandro s/denuncia” contra la deuda contraída durante la dictadura “el acrecentamiento de la deuda pública y privada entre 1976 y 1982 fue excesiva, perjudicial y carente de justificación económica, financiera y administrativa”, “manifiesta arbitrariedad… de los máximos responsables”, “inexistentes… registros contables” “prorrogar a favor de jueces extranjeros la jurisdicción de los tribunales argentinos”. Nada se hizo. No se investigó. Se consolidaron las deudas. Y entre negociación y negociación la economía argentina declinó y la estructura social se deterioró dramáticamente.

La crisis de la deuda, que se arrastraba desde hacía años, fue noticia cuando nos dejaron de prestar y el default se tornó inevitable.

La economía del endeudamiento nos llevó a perder la soberanía monetaria y – el discurso de Elisa Carrió desnudó la trampa – el gobierno de la Alianza, conducido por el mismo ministro que condujo el gobierno del PJ menemista, hubiera entregado también la soberanía fiscal haciendo que los acreedores tuvieran prioridad de cobro en las arcas del Tesoro. Recordarlo angustia. País generoso.

Agotada la capacidad de endeudarse estalló la convertibilidad y con ella el default. En ese marco, la negociación de la deuda que condujo Néstor K, rompió la lógica de la economía de la deuda.  Y si bien es cierto que tuvo la suerte que otro asumiera el costo del default, no es menos cierto que dio un paso extraordinario con la negociación que terminó con la perversidad de su lógica, alivió el balance de pagos y recuperó la capacidad de formular políticas sin depender de la voluntad de los acreedores. No es un mérito menor ha pesar de las desprolijidades.

Preguntas ¿pero las políticas desarrolladas atacaron a la raíz de fondo que dio lugar al endeudamiento? ¿se avanzó consistentemente en el desmontaje y sustitución de las políticas que acompañaron el proceso de endeudamiento? ¿o el peso de la buena suerte, la bonanza de la soja, el viento de cola, obnubilaron la mirada larga; y tentaron la ilusión de que la transformación de la estructura productiva y financiera podría evitarse?

La respuesta está en los hechos: déficit en la balanza de comercio industrial y energético, dólar paralelo y problemas derivados del manejo de la deuda, forman parte de la principal preocupación del gobierno; y del malestar social. No deberían formar parte si la bonanza generada por la hábil negociación de la deuda, los precios relativos y el viento de cola, se hubieran convertido en capacidad de transformación estructural. Cuando los mismos problemas vuelven es que no hemos cambiado. Y toda transformación implica cambiar los problemas.

Néstor fue afortunado al llegar a la administración del Estado después de dos decisiones que condenó. Pero supo aprovecharlas. Instalar la renegociación de la deuda como uno de los hitos de su gestión externa fue un colosal cambio de eje.  Y hacer del  “tipo de cambio alto con retenciones” eje de la política económica interna le dio la satisfacción de una extraordinaria creación de empleo y disminución de la pobreza.

La renegociación de la deuda, realizada por Néstor Kirchner, le ofreció al país condiciones excepcionales de alivio en el Balance de Pagos; y la estrategia del “tipo de cambio alto con retenciones” provocó la salud fiscal del lado de los ingresos; y el impulso a la sustitución de importaciones del lado de la producción y del empleo.

Pero además  el viento de cola, agitado desde el Celeste Imperio, despegó en la mitad de 2002 y lo recibió a NK con el aire fresco de una expansión inusitada.

Suerte y capacidad para aprovecharla: NK supo alinear y poner en orden al movimiento obrero; a la izquierda, incluidos los que se referenciaban en la violencia armada de los 70; al empresariado; y logro forjar una nueva oligarquía de concesionarios que, al amparo de una economía en veloz carrera, conformaba un núcleo duro de aliados poderosos.

Una economía de buenas noticias le aseguró una política de amplios márgenes que inundaban día a día las filas de los que habían sido opositores. Para NK la sucesión no fue un problema. Más bien fue una solución. Con Cristina se aseguraba repetir sin repetir y con esa paradoja una continuidad sin fin.

La gestión de CFK no fue tan afortunada. No porque el viento de cola haya dejado de soplar. Y tampoco porque el problema de la deuda haya ensombrecido el panorama. No.

En realidad la falta de fortuna es porque, primero, la suerte no se hereda; y segundo porque “los instrumentos” generosos que recibió Néstor estaban gastados cuando llegó Cristina. Y cuando CFK se hizo cargo los problemas, que la abundancia ocultaba, empezaron a aparecer sin desmayo: inflación y su secuelas, tienen que ver con la decisión de NK de ponerla debajo de la alfombra; si las importaciones industriales le comen el balance comercial es porque en los años de NK no se sembró lo suficiente para cosechar nuevas industrias; y si la crisis energética quema la resistencia, es porque poco hizo NK en esa materia a pesar de los miles de advertencias; y si el proceso inversor acusa fatiga es porque no hubo suficiente política en materia de inversión; y si el sistema financiero sólo existe para multiplicar los rascacielos de Puerto Madero es porque tampoco se ha hecho nada demasiado significativo en la materia.

En otras palabras que la suerte de NK no la tuvo Cristina.  La gestión de Néstor fue con aumento de Reservas en el BCRA y sin fuga de capitales. La primera de Cristina fue casi sin aumento de Reservas y con fuga feroz de capitales. Con Néstor teníamos exportaciones netas de combustibles y con Cristina un déficit enorme. Néstor puso al movimiento obrero al frente de las dos campañas de CFK; y Cristina lo tiene dividido y enfrentado. Algunos  miembros de la oligarquía de concesionarios terminaron cascoteados;  y seguramente algunos estarán parapetados ante el temor de fuego cruzado.

El primer año del segundo mandato culmina con estancamiento y bastante inflación; dos manifestaciones populares motivadas por problemas de la vida cotidiana impensables hace un año atrás; y un paro obrero que tiene como novedad, no sólo el alto acatamiento de los organizados, sino la rebelión de los trabajadores cuyas organizaciones apostaron al oficialismo. Y a eso se suma la posible militancia anti reforma de la Constitución de los opositores más la ausencia de militancia por la reforma de muchos oficialistas.

La repetición tiene serias dificultades institucionales y problemas materiales internos que la afectan. Néstor no tenía escenario de reelección porque había construido el modelo perfecto de la alternancia. Cristina está todavía lejos de la posibilidad de construir un modelo propio de alternancia y tiene el problema objetivo de la reelección.

Pero a los problemas internos, que son muchos, se le suman los problemas externos de los que, el visible y serio, es el de las exigencias del Juez de Nueva York.  Ese es un frente difícil.

¿Podrá la Argentina pagar a los que quiere pagar sin pagarle a los que no quiere pagarle? Si la respuesta es sí, nada habrá cambiado por ahora. Si la respuesta es no, la cuestión de la deuda con CFK es muy diferente a la que construyó NK. Poco importa si NK lo hizo bien o más o menos mal. Lo que está en juego es cómo resuelve Cristina este asunto que ha interrumpido el “curso de la buena suerte con la deuda”.

Vientos afortunados allí no hay. Y sólo cabe esperar habilidad, capacidad, virtud. Una puesta a prueba que significa reducir el tamaño del problema. Es decir no apagar un problema generando uno mayor.  Generar uno menor es lo que hace a un dirigente hábil, capaz, virtuoso.

Pero nada viene solo. La suerte y la adversidad siempre viajan en pareja. Un ejemplo. ¿Esta China más cerca de seguir soplando fuerte, empujando nuestro navío con viento de  cola o más cerca de pararnos con viento de bolina? Pregunta crucial,  imprescindible si no cambiamos el eje de nuestra dependencia; y difícil de responder con solvencia.

La paradoja es que, China ha sido una economía dependiente del crecimiento de su comercio exterior orientado a satisfacer necesidades de mano de obra barata industrial de los países consumidores desarrollados. En 2012 las exportaciones chinas de bienes en volumen crecen al 5 por ciento anual y en 2011 lo hicieron al 10 por ciento anual y en 2010 al 28 por ciento anual Entre 2002 y 2007 el promedio anual de crecimiento del volumen de las exportaciones de bienes superó largamente, en promedio, el 20  por ciento. Las restricciones al consumo en los países desarrollados, el efecto reindustrializador de la energía barata y el abaratamiento relativo de los salarios en Estados Unidos, anuncian el costo de la dependencia externa para China. El saldo de la balanza comercial china sobre el PBI se ha desplomado desde 2007 cuando alcanzo el 10 por ciento; reduciéndose a la mitad en 2009, y otra vez a la mitad, en promedio, en 2022 y 2012. China deberá replantear su modelo de expansión dependiente del comercio exterior y las inversiones asociadas; pero en consecuencia, los  países beneficiarios del boom de las materias primas, asociado al progreso dependiente de la economía china, tenemos por delante un desafío para adaptarnos al cambio de suerte. Lo mismo como para el clima de los sectores vinculados con la deuda.

Para estos menesteres, como decía Tatita, según Payró, «No hay cosa mejor que tener buenas relaciones». Es decir a falta de suerte para el oficialismo llegó la hora de las buenas relaciones. Primero adentro y segundo afuera.

La definición de qué es el mejor adentro, y qué el mejor afuera es lo que caracteriza al gobernante.

Perón decía que, para gobernar, nada importante puede quedar afuera.

¿Buenas relaciones o mucha suerte? Su respuesta es un pronóstico.

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25 noviembre 2012

O suerte o buenas relaciones

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