Puño cerrado, ausencia de proyecto

10 de diciembre de 2012

Carlos Leyba

Las discusiones sobre el futuro, la idea de Nación como “proyecto sugestivo de vida en común”, las visiones prospectivas positivas, incluyentes, de progreso compartido – tanto sobre lo que se desea como sobre las acciones necesarias frente a aquello que se imagina por venir – no han estado ni están hoy en el sistema de prioridades. Peor aún. En ausencia de un futuro deseado con la vocación de compartir, el conjunto de la sociedad está experimentado el desasosiego de una dialéctica de amigo-enemigo. La idea de unos es que parte de la sociedad es un obstáculo para el progreso; y la respuesta de otros es que el progreso es imposible con el obstáculo de los primeros.

La conciliación en ese estado de ánimo es muy difícil. No hay manera de encontrar un común divisor en ese clima. Pero la sociedad se diluye si todos y cada uno, nos convertimos en una suerte de números primos imposibles de compartir, de descomponer , de dividir por algo distinto que el uno y el uno mismo.

Pero ¿es que no hay nada en común? Nada más falso: inevitablemente tenemos en común el futuro. Y la única manera que el futuro sea una construcción sólida, acogedora, es que sea producto de una construcción colectiva.

La construcción colectiva es imposible sobre la base de la dialéctica amigo-enemigo. Puede imponerse una construcción por la voluntad de algunos. Pero no podrá ser sólida ni acogedora sino surge de la tarea colectiva.

Margaret Thatcher, impulsora del proyecto neoliberal, sostenía que “la sociedad no existe” y sólo hay intereses y voluntades individuales. En ausencia de bien común, el Estado es una rémora, y los problemas prácticos los habría de resolver el mercado a su ritmo y con sus consecuencias y sin piedad.

La ausencia de voluntad de construcción colectiva es, en definitiva, “un caso especial de neoliberalismo”. ¿Por qué? Se rechaza el “bien común” en la medida que definirlo implica consenso. Y se establece la necesidad de remover los obstáculos. Sin piedad ni consenso.

François Perroux describía que, en última instancia, el modelo walrasiano – la flor y nata de la economía liberal – cumplía las mismas condiciones idílicas de los talleres comunistas – última instancia del pensamiento marxista. En el primer caso las unidades económicas debían ser liberadas de la tutela o intervención del Estado y en el segundo caso, los talleres debían ser liberados de la tutela del capitalista y finalmente liberados de la tutela del Estado. Una misma lógica con fines y métodos diferentes. No hay nada nuevo, entonces, en la fuente de inspiración  – reconocida o no – de matriz ajena al “bien común” en las distintas aplicaciones del neoliberalismo que adopta las más inimaginables formas.

No todos los argentinos nos incluimos en las parcialidades antes referidas. Seguramente tampoco la mayoría. Pero las voces altas, aunque pocas, finalmente, aturden; y el silencio, que invita a la reflexión sobre la realidad y sobre el futuro, finalmente, carece de espacio.

Este déficit de Nación – ¿cómo llamarlo sino?  – no es una dominante propia de este tiempo, ni de este gobierno de turno, ni tampoco del territorio de los anteriores. Es que llevamos dos generaciones sin un apetito colectivo de esas dimensiones. Es como si dijéramos que dos generaciones han renunciado a mirar al horizonte dispuestas a buscar un rumbo. Como si el pasado, transformado en sombra, todo lo hubiera obscurecido y en lugar de buscar el Norte, extraviados en el presente corto, nos atropellamos hacia el pasado.

Una recorrida por las librerías generales permitirá confirmar que, en el inventario de las mesas que apuntan a temas sociales, económicos, políticos vinculados a la Nación, es notable el desbalance. El pasado, reciente o más o menos lejano, suma más de una docena de libros nuevos cada mes, ensayos, dedicados al relato y la interpretación histórica. Pero será difícil encontrar trabajos sobre el futuro.

La misma recorrida dos generaciones atrás señalaría un desbalance a favor del futuro. Tal vez los períodos más ricos de nuestra historia han sido aquellos en los que las posibilidades y las potencialidades se encontraban, distintas formas del viento de cola, con generaciones lúcidas dispuestas a proponerle rumbo a la tripulación y el pasaje de la Patria. Con rumbo, la sensación y los datos del progreso se podían computar. La estela computaba progreso y vaya si lo tuvimos.

No estamos en esos tiempos y no por falta de viento de cola, o de posibilidades y potencialidades en distintas formas, sino por ausencia de apetito de proyecto.

Una obstinada mirada hacia atrás domina las librerías y en definitiva al estado de opinión, en unos con la pena del paraíso perdido; y en otros, a la búsqueda de la causa de los males presentes.

La sombra del pasado se proyecta – cualquiera sea la interpretación del mismo – anulando la energía creadora de la capacidad de imaginar un “proyecto sugestivo” y sin él no hay “vida en común”. No hay construcción de la Nación sin proyecto; y la ausencia de un proyecto de construcción es la evidencia que los signos vitales de la política, de las ideas claras para construir desde el Estado una Nación, están ausentes. Y esto se refleja en todos los ámbitos. Reanimar la política es hoy una tarea salvífica. Dificil.

Volvamos una vez más sobre la ya comentada integración económica regional. Más allá de su necesidad y conveniencia genéricas, requiere de definiciones precisas porque, según sea ella, su ritmo, sus condiciones y sus objetivos, se define el proceso de acumulación al interior de la economía argentina. Y eso significa que también se define en el terreno social la distribución del producto. Y tanto acumulación como distribución deben leerse en vena territorial.

¿De que le sirve al federalismo argentino la consolidación del eje Buenos Aires San Pablo y la confirmación del retraso del resto de nuestro territorio? ¿Puede pensarse la integración regional sin una previa definición de la integración nacional del territorio? ¿Y puede pensarse la integración nacional del territorio de una manera diferente a un proyecto de acumulación y distribución territorial?

¿Cuáles serían los elementos para dar cuenta de que esa conciencia colectiva ha progresado?  ¿Registramos debates parlamentarios sobre la estrategia de desarrollo,  el peso de la primarización o  el estado de la integración y su peso sobre nuestro futuro? No los recordamos porque no han existido.

¿Recordamos debates a fondo en las comisiones del  Congreso con empresarios, trabajadores, técnicos de los sectores y las regiones más afectadas por las normas y procesos de la integración? Difícil rastrear algo que merezca ese nombre.

¿Hay un inventario de trabajos solicitados por el Parlamento a las Universidades u organismos de investigación, acerca de las consecuencias y las potencialidades del país en estos temas? Nuevamente cero.

No podemos menos que señalar la ausencia de conciencia colectiva manifiesta, profundidad de reflexión y madurez de las decisiones que, por comisión u omisión, sin embargo se toman todos los días en relación a Brasil y al MERCOSUR.

Pero, además ninguna discusión en el MERCOSUR y en relación a Brasil, puede realizarse con solvencia si no es a partir de una previa definición, discutida y consensuada, de una estrategia de desarrollo nacional y  – como consecuencia de ello – de la posición frente a la Organización Mundial de Comercio que representa el reparto del trabajo a escala mundial. Ningún acuerdo o integración puede prescindir de una definición previa respecto de la OMC que representa la viabilidad o no de un perfil productivo. No se puede hablar de primarización o no, sin tener clara la posición respecto de la Agenda de la OMC.

La carencia de un proyecto estratégico es uno de los problemas más serio entre las carencias de bienes públicos. El proyecto estratégico es un bien público. Si no se asume como tal, el espacio del futuro será ocupado en parcelas fragmentadas según sean los mecanismos de presión interna o las presiones de la dependencia externa.

Los resultados concretos confirman el vacío. Déficit energético, déficit comercial externo industrial,  fuga de recursos – que debería haber retenido el sistema financiero -; y la situación del sistema de transporte, por ejemplo, hablan de la irrelevancia sistémica de algunos programas sectoriales y de las consecuencias de la  ausencia de una estrategia global.

Dejar de lado la necesidad de esos debates y esas definiciones es decidir someter la integración – en ausencia de proyectos nacionales coordinados – a la decisión del mercado. O a la estrategia de las multinacionales o de las potencias demandantes, lo que solo puede producir  de carambola el estilo de desarrollo al que aspiramos. Lo más probable, dadas las cosas como están, sería la demanda contagiosa de la enfermedad holandesa de “crecimiento absurdo”

La integración hasta aquí no ha contribuido a desprimarizarnos y la potencial enfermedad holandesa es una traba insalvable para el desarrollo Si no tenemos, plan, metas e instrumentos para el desarrollo,  la integración puede desmaterializarse y si lo hace, convertirse en papeles. No es lo que imaginábamos cuando el proyecto integrador se puso en marcha. Pero es el riesgo que hoy tenemos. A no confundirse; el origen no está en la relación MERCOSUR, sino en la ausencia de un proyecto nacional.

¿Cuál es la relación entre esta cuestión concreta del proceso de integración y sus consecuencias modélicas, el proceso de la dialéctica amigo- enemigo y la inviabilidad, en esas condiciones, de un “proyecto sugestivo de vida en común”?

Muy simple no hay campo de la vida colectiva, hacia adentro y hacia fuera de los límites de nuestra soberanía, que puede conformar progreso colectivo sin una estrategia de Nación.

Y esa estrategia de Nación sólo es posible con un ánimo colectivo capaz de desear un futuro común para construirlo. Con un  puño cerrado no se puede dar la mano.  Y sin consenso no hay futuro común.

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10 diciembre 2012

Puño cerrado, ausencia de proyecto

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