POLITICA INDIGESTA Y CHOQUE

15 de diciembre de 2012

Por Carlos Leyba

La que termina merecerá estar en el cuadro de las semanas destacadas de nuestra historia reciente. No sólo por lo que ocurrió; sino por lo que revelan los hechos, las noticias y los amagues acontecidos. Es decir no sólo por lo ocurrido sino por lo que nos da a conocer de las entrañas de la sociedad, la economía y la política.

Noticias. Sea por las decisiones judiciales previas al fallo del juez Hugo Alfonso o sea por el fallo que hizo desaparecer la posibilidad de condena a los acusados del caso Marita Verón, la presidente Cristina Kirchner ha decidido constituir en enemigo del oficialismo a la estructura del poder judicial. De lo que se seguirá una propuesta de reforma.

Como ya hemos mencionado, en ausencia de buenas noticias económicas y haciendo uso del poder de ejecución de que se dispone, el gobierno materializará su iniciativa política mediante propuestas de reformas que suman voluntades dispersas al propio cauce. Es el caso de los códigos, la ley de medios, el funcionamiento del mercado de valores, etc.; y ahora la justicia.

El poder judicial se rige por un sistema de capas geológicas. Pero, el sistema político (legislativo o ejecutivo) ,que no se rige por ese sistema, en la práctica, por el abuso de la reelección permanente, construye un sistema similar. Hay provincias que nunca cambiaron de mano desde 1983. Y, por cierto, no son paraísos.

Hay jueces designados hace más de 30 años. Quienes los instalaron en los cargos son políticamente variopintos, incluyendo a la última dictadura militar. Un caso emblemático es el miembro de la Corte Suprema – hoy claramente alineado con el gobierno nacional – Eugenio Zaffaroni quien llegó a ser miembro de Cámara en el marco del Estatuto de la Revolución genocida. Parte de los jueces fueron designados por el arbitrio de Vicente Leónidas Saadi – el jefe del clan político semi destituido en Catamarca luego del asesinato de María Soledad –. Y en los últimos años hemos asistido a la designación, por concurso, de jueces que se copiaron en los exámenes o elegidos entre los peor clasificados. Razones para la crítica de quiénes componen el poder judicial hay. Pero, en democracia, lo que cuenta es el procedimiento para el ingreso tanto como para el egreso. Y ahí está la cuestión: ¿qué procedimiento?

Hay consenso en que la designación de jueces de la Corte Suprema es uno de los mayores méritos de Néstor Kirchner. El ministro Gustavo Beliz fue el ejecutor de una suerte de encuesta pública cuyas opiniones e informaciones no gozaron de plena consideración por parte del Ejecutivo. Pero acerca de esta Corte hay consenso de su independencia del Poder Ejecutivo; y ese consenso se constituyó en un emblema para sostener, por parte del oficialismo, la transparencia del gobierno.

La presidente instaló que el Poder Judicial es “una corporación” con intereses y “fierros”; y señaló que “se dice” que “cuatro fallos terminan con un gobierno”. Constituyó al Poder Judicial en un “enemigo” político.

La noticia es que, si la concepción política dominante es que el poder político se acrecienta en función de la correcta elección del enemigo, a partir de ahora el oficialismo se encolumnará detrás de la causa de erosión y sustitución del Poder Judicial.

Una nueva cautelar que interrumpiera el descuartizamiento de Clarín sería el escenario necesario para la unificación de lo mediático y lo judicial en términos de enemigos de la soberanía popular. Los próximos días serán de agobio en materia de todos los climas.

La noticia, además de lo dicho, es que la iniciativa política del oficialismo – alimentada por la capacidad de identificar enemigos – es un viento de cola que divide a las alianzas opositoras.

Lo que está detrás de la noticia de quién es el nuevo enemigo del oficialismo, la “entraña” de la cuestión, es que la política, oficialista y opositora, sigue desentendida de los grandes problemas nacionales. ¿Por qué? Porque ninguno de los actores – oficialistas y opositores – alcanza a poner en discusión profunda  y con el objetivo de encontrar un acuerdo de largo plazo, a ninguno de los temas cruciales que agobian el futuro: pobreza, educación, ocupación del territorio, nivelación (federalismo) de las condiciones de vida en las distintas regiones, etc.

La política, en tanto distracción, madura rápido. Pero la realidad material es una máquina inexorable que se presenta a cobrar cuando nadie está preparado para cancelar la deuda. La noticia es la habilidad de la política. La entraña de la noticia es que más que una fortaleza esa es una muestra de una debilidad del sistema.

Hechos. En primer lugar  la sorprendente violencia desatada en la Ciudad de Buenos Aires. La casa de Tucumán. La destrucción en pleno centro. La inseguridad es una de las preocupaciones mayores que revelan las encuestas de opinión publica. Y estos hechos violentos son una demostración de las componentes de lo que la sociedad percibe como inseguridad. Los encargados del orden público no revelan estar en condiciones de prevenir. Y tampoco de, una vez producidos los hechos, reestablecer el orden sin costos desmesurados.

La violencia es una consecuencia de la marginalidad; y la inseguridad tiene el mismo ADN. El crecimiento y la desatención de las condiciones sociales que llevan a la marginalidad hace a los picos de violencia e inseguridad. La primera medida racional de prevención es eliminar las causas que llevan a las condiciones de vida que producen la marginalidad. ¿Somos conscientes que el avance de la inseguridad, la violencia y la marginalidad tienen una asociación inexorable con la distracción de la política en temas secundarios o propios de los intereses de lo que haría de la política una corporación?

Todos estos horrores derivan de la ausencia de los temas cruciales que agobian el futuro y ensombrecen al presente y de los que la política no se ocupa más que para “calmar por un rato”: pobreza, educación, ocupación del territorio, nivelación (federalismo) de las condiciones de vida en las distintas regiones, etc.

Dos hechos más en esta semana. La inflación y el empleo. Los números de la inflación que sostiene el INDEC, de tanto repetirlos, han comenzado a convencer a algunos que la inflación no es para tanto y que, en definitiva, si los salarios corren paralelos, los efectos sociales de la misma son neutros.

Hoy la inflación es un fenómeno instalado en un número que pide a gritos una suerte de indexación de la economía para evitar sus estragos. La cuestión del mínimo no imponible y de las escalas del Impuesto a las Ganancias es una demostración de ese reclamo. Como lo es la oferta de pago de 19 por ciento anual por parte de YPF para colectar 10 millones de dólares en pesos. Los aumentos en todos los rubros de una canasta de consumo de bienes y servicios hacen que las estimaciones provinciales y privadas apunten a aproximadamente 25 por ciento. Una tasa de inflación más que elevada para una economía que por ahora aparece como estancada, lo que revela la gravedad del atraso en materia de inversiones. El ancla cambiaria, que ha comenzado a aflojarse y a producir efectos en los precios, conduce a un creciente deterioro de la capacidad competitiva de vastos sectores de la producción.

No hay – en estas condiciones – neutralidad de la inflación sino más bien todo lo contrario. Y justamente esa no neutralidad comienza a manifestarse en el más importante de los indicadores de la vida económica y social: el empleo.

Para el INDEC la tasa de desempleo aumentó, también el número de personas que trabajan en negro y la subocupación. Ninguna de las tasas de incremento es importante. Pero todas sumadas demuestran la inevitable consecuencia de una economía estancada con alta inflación en la que la debilidad de la inversión es una de sus características mayúsculas.

Los hechos, violencia, inflación, problemas de empleo, confirman el porqué de las preocupaciones que revelan las encuestas y los tres hechos están indisolublemente unidos a la mora que en materia de políticas magnas estamos atravesando desde hace años.

La construcción política ha desertado de la materialidad de la construcción de largo plazo y se ha empantanado en el abordaje de la resolución de las estrategias de conservación del poder. O de reemplazo del poder, según se sea oficialista u opositor.

Y hasta que no se ponga el foco de la discusión de la política en las cuestiones de realización material, solo estaremos visualizando a la política como una representación teatral destinada a recaudar aplausos que se materialicen en éxitos electorales. El público, la sociedad, deberá seguir esperando el cambio de argumento para poder comenzar a resolver los problemas verdaderos que afectan a la vida de las personas y que no repito para no agobiar. Parafraseando a José Ortega y Gasset cabría repetir “¡Argentinos a las cosas!” Con un país inmensamente rico, como el que somos, solamente la falta de atención y cuidado, puede explicar que con años de enormes tasas de crecimiento, el desarrollo sea todavía una cuenta más que pendiente; y el progreso colectivo una cuenta todavía no considerada.

Amagues. Frente a estos hechos (violencia, inseguridad, inflación, empleo) – que no son sólo de la semana sino que se vienen acumulando desde hace años – han ocurrido dos “amagues” que revelan por lo menos una sana inquietud y que debe ser celebrada positivamente.

El primero es el “amague” de la constitución de un polo opositor basado – por ahora – en el rechazo a la reforma a la Constitución destinada a habilitar a la reelección indefinida de Cristina. Hay algunas fotos que revelan algunos contactos. En el mejor de los casos es una coincidencia por la negativa. Una actitud “fiscal” en el sentido de unidos en la acusación. Ninguna de las personalidades que han convergido en esas fotos representa a una porción significativa del electorado.  Tampoco esas personas han aportado a lo largo de estos años propuestas programáticas que apunten a remover los obstáculos o a habilitar los caminos para el desarrollo y el progreso. Las oposiciones convocadas no son portadoras de propuestas concretas sobre los problemas centrales. Y es cierto que tampoco las tiene el oficialismo. Y en ausencia de propuestas contrapuestas la identificación no pasa por los contenidos sino por los envases. Y en  la oposición todos son envases chicos. Y el oficialismo dispone el uso y abuso del envase del Estado. No habrá visualización de la oposición, ni emergencia de un liderazgo hasta que no exista una visión programática densa que responda a los problemas que agobian a los argentinos de hoy.

El asegundo amague tiene como protagonista al gobierno y en particular a Guillermo Moreno. Se trata de la búsqueda de un “compromiso” sindical y empresarial para contener precios y salarios. La primera reflexión es que, finalmente, el gobierno – en la voz de su principal ejecutor de política económica – asume a la dinámica de los precios como problema y decide ponerles un techo.

Trascendió que a la idea de techo de precios se corresponde la de techo de salarios. Moreno se propone una política de “guía” en materia de precios y salarios acordada con algunos de los actores, pero que no será objeto de normativa alguna.

La CGT oficialista daría respaldo a una política de ese tipo a cambio de la resolución del problema de las obras sociales, las asignaciones familiares y la cuestión del mínimo no imponible. Los empresarios, de diversos rubros; y José de Mendiguren, en representación del conjunto de la industria, abriría las conversaciones con entusiasmo. Nadie imagina la implementación. Pero con cuatro de las cinco centrales sindicales afuera de la negociación el acuerdo habría de nace frágil y pocos serán los que estén dispuestos a cobijarse allí.

Las noticias de la semana nos señalan el aumento de la temperatura política y un final o comienzo de año más cerca de la incertidumbre que de las certezas. Los hechos de los últimos días (violencia, inflación, desempleo) no generan el mejor posicionamiento para resistir la incertidumbre. Y los amagues (así llamados porque difícilmente se concreten) no nos auguran la concreción de los antídotos contra la incertidumbre que serían la amalgama de una oposición de alternancia con denso contenido programático; y un acuerdo, empresarios, sindicatos y gobierno destinado a resolver la inflación y los problemas de empleo.

En la última etapa, la política aparece encerrada en los problemas de sucesión y eso ha sido siempre indigesto, para el oficialismo, la oposición y la sociedad. Quien se mira a sí mismo no ve para adelante ni a los costados ni para atrás y aumenta la posibilidad de chocar.

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15 diciembre 2012

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