Industria, productividad y burguesía

18 de diciembre de 2012

Por Carlos Leyba

¿Aumentó el peso relativo de la industria en la economía argentina desde 2003 a la fecha? ¿La velocidad de la actividad industrial – la tasa de crecimiento – lideró la carrera sectorial en ese período? ¿El aporte de la industria al crecimiento, durante estos más de ocho años, tuvo una participación mayor a la que el sector tenía en el año inicial? Tres respuestas afirmativas indicarían un proceso de expansión encabezado por la industria.

Primero analicemos, a precios corrientes, la información de la Contabilidad Nacional para poder responder a estas preguntas.

La industria manufacturera, en 2011, representó el 50 por ciento del agregado de producción de mercancías del PBI. En 2003 el 52 por ciento. Entonces el peso relativo está estancado o en leve disminución. Cabe señalar que en 1998 – en pleno proceso de desindustrialización – representó el 56 del PBI del sector productor de bienes. La misma participación tenía la industria en 1993.

La Industria Manufacturera entre 2003 y 2011, a los precios corrientes, multiplico su valor agregado en 4,11 veces. Entre los 14 sectores que ventila la Contabilidad Nacional ocupó el puesto número 10; y entre los 6 sectores productores de bienes el tercer lugar detrás de la Construcción y el sector Agropecuario.

Finalmente, la industria – que es el mayor sector entre los productores de bienes – aportaba en 2003, luego de la devaluación, el 50 por ciento del valor agregado de los sectores productores de bienes. En el período 2003-2011, aportó el 49 por ciento del crecimiento. Entonces en este período – a los precios corrientes – no cumplió, por aportar al crecimiento lo mismo o menos que su participación media, un papel dinámico. Eso habría ocurrido si el aporte al crecimiento hubiera sido proporcionalmente mayor a la participación en el año de partida.

La información, a los precios corrientes, captura el efectivo poder de compra; y por lo tanto el peso en el mercado de los salarios y los excedentes de explotación sectorial. La Contabilidad Nacional a los precios corrientes refleja el resultado de las cantidades producidas y de los precios implícitos. Es decir el valor agregado.

Estos años han sido de enormes cambios en los precios relativos. No cabe duda que en 2003 el impacto devaluatorio estuvo en su máximo y operó durante un tiempo como una barrera aduanera disparadora de la sustitución de importaciones industriales iniciada en 2002. En el cuarto trimestre de ese año el valor agregado de la industria, a los precios corrientes, duplicó el del mismo período de 2001.

A lo largo de todo el período, sin embargo, los precios implícitos de la industria no jugaron a su favor. Están entre los que menos crecieron en el período 2003-2011. En el ranking de los precios implícitos, los de la industria, ocupan el puesto 12 entre 14 sectores. Pero, como todos hemos vivenciado, los precios relativos apuntalaron el valor agregado por los servicios y la construcción (sectores no transables) y el agro y la minería.

La trayectoria industrial analizada a precios de 1993, lo que habitualmente denominamos “términos reales”, mejora en el ranking. La industria, en términos reales, ocupa el quinto lugar entre todos los sectores, con un crecimiento del 79 por ciento en ese período. Es decir una expansión del 7,5 por ciento anual. Pero la noticia es que la velocidad, medida a precios constantes, pone en primer término al crecimiento del sector financiero, seguido de transporte, construcción y comercio. Cuatro sectores no transables encabezan el ranking de velocidad en “términos reales”.

Llegado a este punto es interesante indagar qué sectores han liderado la economía en términos de valor agregado a los precios corrientes. Queremos conocer liderazgos de velocidad. El liderazgo, con una multiplicación de más de 8 veces, en 2011 por sobre los niveles de 2003 le corresponde a la Construcción. Le siguen con una expansión de más de 6 veces el sector financiero, la administración pública y la enseñanza. Todos no transables.

El primer clasificado en la carrera de velocidad entre los productores de bienes, ocupando el octavo lugar en el total, es el sector agropecuario, con un crecimiento de 4,7 veces y por encima del 4,1 de la industria.

El sector agropecuario experimentó un proceso inverso al de la industria. A los precios corrientes, en 1998, participaba con el 16 por ciento de la producción de bienes; alcanzó el 23 en 2003 y el INDEC computa el 25 por ciento para 2011.

El análisis a los precios corrientes, con las limitaciones de los análisis de agregados, refleja el presente. El análisis “en términos reales” visualiza la economía con los precios relativos congelados, en nuestra Contabilidad Nacional, a 1993. Las dos informaciones son reveladoras. Ninguna destaca la evolución de la industria. Ni a los precios corrientes ni en términos constantes.

Nadie puede negar su peso, hablamos de la mitad del valor de la producción de bienes, pero nadie puede afirmar que la evolución de la industria haya tenido en estos años el énfasis necesario ni deseado y tampoco el desarrollo posible. Eso dice el análisis desadjetivado de los números.

Este fue un período de cambios importantes en los precios relativos como consecuencia, primero, de la devaluación luego de 10 años de atraso cambiario; y de la exponencial evolución de los términos del intercambio que premiaron a toda la producción primaria. Por lo tanto nada puede analizarse comparativamente sin tener en cuenta los precios corrientes. Esos valores, además de exhibir las cantidades físicas agregadas, exponen comparativamente los precios relativos, los términos de intercambio, de cada sector de actividad y su relación con el resto.

Los sectores que mayor valor generaron, en este periodo, lo hicieron – por un lado – como consecuencia de una mayor actividad física “en términos reales”; y por el otro como consecuencia de mayores precios implícitos. Ellos implican mayores ingresos factoriales.

Los precios y las cantidades reales, en cada caso, reflejan las condiciones de mercado y las políticas efectivas. Por ejemplo, la cuadruplicación del precio de la soja es básicamente una cuestión de mercado externo; y el aumento de los precios, siempre en términos relativos, de los bienes no transables es básicamente la consecuencia de las políticas domésticas.

La cuestión de las velocidades es relevante porque permite identificar concretamente la real modelización material dinámica de la economía. Es decir, cuáles fueron los sectores perdedores y cuales los ganadores. Confundir el modelo ideal con la realidad material, sea en la llegada o sea en la trayectoria, arriesga en generar un proceso en reversa. Puede incitar a mantener o diluir la política en lugar de vigorizarla. El conformismo entusiasta tiene una enorme capacidad de justificación. Pero ninguna de transformación. Y eso es lo que deben evitar, en el análisis, quienes aspiran a un modelo ideal que necesariamente, implica transformación.

Observemos ahora la evolución de la totalidad de la economía en este período. Entre 2003 y 2011, al igual que en el resto de las economías de mercado, el valor generado por el sector proveedor de servicios ha sido protagonista y ha crecido 5 veces; una velocidad mayor que la de los productores de mercancías que lo hicieron 4 veces. El orden no se modifica con la medición a los precios constantes de 1993.

Luego de la catástrofe de la convertibilidad, en estos años del SXXI distinguimos dos etapas. Una primera, de fuerte expansión relativa del aparato productor de bienes; y una segunda – más reciente – en que esa expansión relativa se invierte.

Los servicios básicamente y la Construcción, pertenecen al sector de la economía no transable, que es la integrada por los bienes y servicios que, por distintas razones, no se pueden importar ni exportar. La agricultura, la pesca, la minería, la manufactura y la electricidad pertenecen al sector transable ya que son pasibles de comercio internacional y por lo tanto, en ellos, el test de productividad resulta más sencillo y más sensible.

Pero el incremento en la productividad de los sectores no transables, el aporte al bienestar derivado del valor agregado de los servicios y la construcción, es fundamental para poder disponer de un contexto de productividad sistémica. Pero también es más compleja y difícil su prosecución. En la presentación del Plan Fénix, cuando la implosión de la convertibilidad era inevitable, el Profesor Julio Olivera – el más destacado de los economistas argentinos – señaló que la crisis que vivíamos era la consecuencia de la falta de oferta de bienes públicos. Ellos en su totalidad son servicios y bienes no transables.

Actualmente, a precios corrientes, los servicios de la Administración Pública y de Enseñanza, ocupan el tercer y cuarto lugar en el ranking de velocidad de crecimiento de 2003 a 2011. El impacto de sus precios implícitos ha sido mayor que el incremento en términos reales. ¿Ha mejorado “la oferta de bienes públicos” a consecuencia de su mayor valor agregado? Las encuestas de opinión pública no revelan la percepción de mejora ni en la seguridad, ni en el servicio de justicia, ni en la educación pública. El protagonismo en el ranking de crecimiento a precios corrientes no se condice con la percepción acerca de la efectiva prestación del servicio. No es menos cierto que a través de pagos de transferencias (seguridad social, prestaciones varias como la AUH y otras) el sector público ha operado en forma redistributiva, al igual que lo que hace en materia de subsidios a los consumos masivos de servicios (transporte, etc.). Pero esa redistribución se orienta básicamente a generar el necesario, y conveniente, acceso al consumo de bienes y servicios; pero no al incremento en la oferta y la productividad de la misma. El peso y protagonismo de los servicios y no transables, en términos de valor y derivado básicamente de los precios relativos, nos reclama la imperiosa necesidad de diseñar una política de alto impacto para lograr el incremento de la productividad en esos sectores si queremos transformar el crecimiento en desarrollo. Los no transables (servicios más construcción) representan el 65 por ciento del valor agregado y por lo tanto en esos sectores se juega el 65 por ciento de la productividad de la economía.

La industria, a los precios corrientes, representa el 21 por ciento del valor agregado de la economía. Sin duda es el sector individual más importante por su dimensión. Todo avance en su productividad para el conjunto de la economía está ponderado por su dimensión. De allí la centralidad que deben tener los objetivos y las políticas industriales. El test de productividad la industria, en cierta medida, es más sencillo que el de los servicios. Uno de los elementos es la “competitividad” medida a través de las exportaciones. Para ello es importante agrupar las exportaciones de productos primarios junto con las manufacturas basadas en recursos naturales. La razón es obvia. La competitividad de la naturaleza o de la destreza en los trabajos de la naturaleza – que la tenemos y sobrada – no es la “clave” de la exportación competitiva de manufacturas. Lo basado en la naturaleza (primarios 45,2 por ciento; manufacturas 20,5 por ciento) suma 65,7 por ciento de las exportaciones. La manufacturas de baja tecnología 4,3 por ciento, las de media tecnología 22,3 por ciento (automotriz) y la de alta tecnología 2,6 por ciento. La “industria” aporta el 30,2 por ciento de las exportaciones. No es poco.

Pero las perforaciones en las cadenas de valor, ocurridas a lo largo de tres décadas, contribuyeron al notable balance deficitario de la industria. Las exportaciones del sector dejan un saldo negativo del orden de los 30 mil millones de dólares al año y de ese déficit – cubierto por las exportaciones de naturaleza – más del 20 por ciento corresponde a la industria automotriz notablemente desintegrada respecto del pasado.

La industria automotriz ha sido, dentro de la industria, la madre de todas las batallas. Desde mayo de 2003 hasta octubre de este año su nivel de actividad (en términos reales) se multiplicó por 5,7 veces. El que le sigue, lejos, es el de productos minerales no metálicos (2,9 veces). Ninguno de los 10 restantes sectores llegó a duplicar los niveles de mayo de 2003. El nivel general tuvo un crecimiento de 85 por ciento.

Pero la sorpresa de la vertiginosidad de esos números cambia cuando la comparación se realiza con julio de 1998. En ese caso la industria automotriz reporta un crecimiento de 85 por ciento que también es el mayor de todos los sectores; siendo el crecimiento del nivel general, en octubre de 2012 respecto de julio de 1998, de 51 por ciento. Por encima de la media, respecto de 1998, sólo se encuentran minerales no metálicos, químicos y caucho. La industria automotriz deficitaria en comercio exterior es el líder de la industria midamos sólo este período o lo comparemos con 1998 el año de mayor actividad de la etapa de desindustralización.

La elasticidad promedio de las importaciones al PBI, como lo han señalado recientemente las investigaciones de Jorge Katz y Gonzalo Bernat, se mantuvo constante entre los períodos 1993/1998 y 2005/2011. Este dato revela aspectos de la debilidad competitiva de la industria no superados. En una reciente comunicación personal, que me permito citar, Jorge Katz, me recordó lo poco que ha crecido el producto potencial de la industria argentina en las últimas décadas”. Y agregó que no sólo por la inversión – que es mi principal preocupación de política económica – sino que “ha crecido poco también… la productividad y los esfuerzos innovativos, que podríamos ver como una alternativa más a la acumulación de capital. Hemos estado modernizando fabricas viejas que ya no son competitivas, y el enorme aumento de rentabilidad que siguió a la devaluación de 2002 genero rentas pero no indujo a los empresarios nacionales a intentar cerrar la brecha tecnológica y de productividad con la frontera internacional. Tampoco el gobierno hizo intentos por avanzar hacia una “concepción coreana” del desarrollo e intentar que ese aumento de rentas originado en la devaluación fuera parte de un programa publico/privado de cerrar la brecha tecnológica con el exterior”.

Por otra parte, a pesar de la importante tasa de crecimiento de la industria, en estos años, la capacidad de producción del sector creció menos de la mitad que la producción. Eso define un estilo de crecimiento y apunta a la debilidad del potencial en su versión más simple. El capital por persona ocupada como mínimo se ha estancado respecto de los años 70 y recién hemos duplicado en PBI industrial de esa década. Nuestra relación capital/producto se estima en 2,3 y en los países desarrollados están en el orden de 3.

¿Cuál es la conclusión? Este período ha sido elocuente en la afirmación de la necesidad de un proceso industrializador y de sustitución de importaciones. Los resultados concretos más bien señalan lo que falta hacer. A las aspiraciones, que todos compartimos, hay que agregarle la materialidad de los instrumentos a “la coreana”. Ello supone una política industrial vigorosa, estructural, profunda. Pero también un salto enorme en la productividad de los no transables, de los servicios en particular.

La queja acerca de la debilidad de la burguesía industrial, que es sensata, para tornarse “productiva” necesita convencerse que sin “proyecto nacional industrial (el proyecto de productividad sistémica)” no hay “burguesía nacional industrial y productiva”. Y esa es una tarea del Estado y la política que no puede hacerse mirando por encima. A veces pasa que por mirar así se cree ir al norte, pero se viaja en un témpano que va hacia el sur.

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18 diciembre 2012

Industria, productividad y burguesía

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