Industrialización y cuestiones sociales

Industrialización y cuestiones sociales

30 de diciembre de 2012

Por Carlos Leyba

La valoración que algunos sectores hacen del éxito de la política económica gubernamental se basa en que la industria, en este período, se habría constituido en el sector dinámico por excelencia del crecimiento.

No hay duda alguna que la economía creció. Y que como consecuencia de ello muchos problemas sociales, asociados al estancamiento o la regresión de la actividad, se solucionaron; o bien mejoraron en términos relativos.

Tampoco hay duda que los procesos de industrialización en la historia nacional fueron los que más aportaron a la democratización de la sociedad. Empleo, distribución, educación, participación son fenómenos que, cuando mejoran, la sociedad en su conjunto mejora, se hace más eficiente y más democrática. Y está probado que cuando la sociedad asiste a una industrialización progresiva, modernizante, todos esos fenómenos ocurren.

Explicar las mejoras, cualesquiera sean ellas, por la política de industrialización es demostrar que los avances no son producto, por ejemplo, del viento de cola sino de una estrategia, si bien no revelada, diseñada en secreto pero cumplida inexorablemente. ¿Es realmente así? ¿Hay datos que avalen la versión de un modelo de re industrialización modernizante construido como meta transformadora de la sociedad? ¿O se suman datos que avalan el aprovechamiento de coyunturas benéficas que explotan las potencialidades previas sin transformaciones trascendentales?

Los acontecimientos de la semana que termina, ponen en tela de juicio la consolidación de esos avances sociales y desnudan un entramado de precaria contención. Sobre esto no vale la pena continuar porque mucho ha sido dicho a pesar del silencio oficial; y a pesar del método de culpar como manera de rechazar la necesidad de comprender.

Las última Encuesta de Hogares, que ha registrado 16 millones de personas ocupadas en el área urbana, nos revela que el ingreso promedio mensual de cada trabajador (empleados, cuenta propistas, profesionales, patrones) está en 3.707 pesos. Y 1,3 millones de personas desempleadas. Pero, de los que trabajan, más de un tercio lo hace “en negro”. Y un tercio de todos los que trabajan percibe aproximadamente 2000 pesos mensuales. Sumando todos los ingresos de una familia, el 30 por ciento de ellas, mensualmente reciben menos de 3.700 mensuales.

Esta información salarial, de empleo y de calidad del empleo revela niveles nominales de ingresos menores a los esperados y sobre todo débiles, en términos de consumo, frente al proceso inflacionario. Una tasa de 20/25 por ciento anual de inflación incrementa la vulnerabilidad social de una manera notable. Y mucho más en los sectores “en negro” o informales. En los últimos meses el sector privado perdió empleo y el incremento compensatorio de empleo se produjo en el sector público. Son indicadores que apuntan a los problemas que hemos atravesado en los últimos días; y también a la conflictividad social que otea entre los sectores formales del trabajo. Nada de esto es nuevo. Y ese es el problema: que los problemas propios de un país con baja industrialización no han desaparecido. Esto implica una economía con baja productividad y responde a una economía con una baja tasa de inversión reproductiva. No puede existir un proceso vigoroso de industrialización si no existe paralelamente un vigoroso proceso de inversión reproductiva y este es imposible sin una política expresa y revelada. Dos visiones: quienes sostienen la existencia de esas políticas y los que queriendo esas políticas observan su ausencia. ¿Los hechos?

Veamos  ¿Aumentó el peso relativo de la industria en la economía argentina desde 2003 a la fecha? ¿La velocidad de la actividad industrial – la tasa de crecimiento – lideró la carrera sectorial en ese período? ¿El aporte de la industria al crecimiento, durante estos más de ocho años, tuvo una participación mayor a la que el sector tenía en el año inicial?

Tres respuestas afirmativas indicarían un proceso de expansión encabezado por la industria. Analicemos, a precios corrientes, la información de la Contabilidad Nacional.

La industria manufacturera, en 2011, representó el 50 por ciento del agregado de producción de mercancías del PBI. En 2003 el 52 por ciento. Entonces el peso relativo está estancado o en leve disminución. Cabe señalar que en 1998 – en pleno proceso de desindustrialización – representó el 56 del PBI del sector productor de bienes. La misma participación tenía la industria en 1993.

La Industria Manufacturera entre 2003 y 2011, a los precios corrientes, multiplico su valor agregado en 4,11 veces. Entre los 14 sectores que ventila la Contabilidad Nacional ocupó el puesto número 10; y entre los 6 sectores productores de bienes el tercer lugar detrás de la Construcción y el sector Agropecuario.

Finalmente, la industria – que es el mayor sector entre los productores de bienes – aportaba en 2003, luego de la devaluación, el 50 por ciento del valor agregado de los sectores productores de bienes. En el período 2003-2011, aportó el 49 por ciento del crecimiento. Entonces en este período – a los precios corrientes – no cumplió, por aportar al crecimiento lo mismo o menos que su participación media, un papel dinámico. Eso habría ocurrido si el aporte al crecimiento hubiera sido proporcionalmente mayor a la participación en el año de partida.

Estos años han sido de enormes cambios en los precios relativos. No cabe duda que en 2003 el impacto devaluatorio estuvo en su máximo y operó durante un tiempo como una barrera aduanera disparadora de la sustitución de importaciones industriales iniciada en 2002. En el cuarto trimestre de ese año el valor agregado de la industria, a los precios corrientes, duplicó el del mismo período de 2001.

La trayectoria industrial analizada a precios de 1993, lo que habitualmente denominamos “términos reales”, mejora en el ranking. La industria, en términos reales, ocupa el quinto lugar entre todos los sectores, con un crecimiento del 79 por ciento en ese período. Es decir una expansión del 7,5 por ciento anual. Pero la noticia es que la velocidad, medida a precios constantes, pone en primer término al crecimiento del sector financiero, seguido de transporte, construcción y comercio. Cuatro sectores no transables encabezan el ranking de velocidad en “términos reales”.

Llegado a este punto es interesante indagar qué sectores han liderado la economía en términos de valor agregado a los precios corrientes. Queremos conocer liderazgos de velocidad. El liderazgo, con una multiplicación de más de 8 veces, en 2011 por sobre los niveles de 2003 le corresponde a la Construcción. Le siguen con una expansión de más de 6 veces el sector financiero, la administración pública y la enseñanza. Todos no transables.

El primer clasificado en la carrera de velocidad entre los productores de bienes, ocupando el octavo lugar en el total, es el sector agropecuario, con un crecimiento de 4,7 veces y por encima del 4,1 de la industria.

El sector agropecuario experimentó un proceso inverso al de la industria. A los precios corrientes, en 1998, participaba con el 16 por ciento de la producción de bienes; alcanzó el 23 en 2003 y el INDEC computa el 25 por ciento para 2011.

Nadie puede negar su peso, hablamos de la mitad del valor de la producción de bienes, pero nadie puede afirmar que la evolución de la industria haya tenido en estos años el énfasis necesario ni deseado y tampoco el desarrollo posible. Eso dice el análisis desadjetivado de los números.

Este fue un período de cambios importantes en los precios relativos como consecuencia, primero, de la devaluación luego de 10 años de atraso cambiario; y de la exponencial evolución de los términos del intercambio que premiaron a toda la producción primaria. Por lo tanto nada puede analizarse comparativamente sin tener en cuenta los precios corrientes. Esos valores, además de exhibir las cantidades físicas agregadas, exponen comparativamente los precios relativos, los términos de intercambio, de cada sector de actividad y su relación con el resto.

La cuestión de las velocidades es relevante porque permite identificar concretamente la real modelización material dinámica de la economía. Es decir, cuáles fueron los sectores perdedores y cuales los ganadores. Confundir el modelo ideal con la realidad material, sea en la llegada o sea en la trayectoria, arriesga en generar un proceso en reversa. Puede incitar a mantener o diluir la política en lugar de vigorizarla. El conformismo entusiasta tiene una enorme capacidad de justificación. Pero ninguna de transformación. Y eso es lo que deben evitar, en el análisis, quienes aspiran a un modelo ideal que necesariamente, implica transformación.

La industria, a los precios corrientes, representa el 21 por ciento del valor agregado de la economía. Sin duda es el sector individual más importante por su dimensión. Todo avance en su productividad para el conjunto de la economía está ponderado por su dimensión. De allí la centralidad que deben tener los objetivos y las políticas industriales. Uno de los elementos es la “competitividad” medida a través de las exportaciones. Para ello es importante agrupar las exportaciones de productos primarios junto con las manufacturas basadas en recursos naturales. La razón es obvia. La competitividad de la naturaleza o de la destreza en los trabajos de la naturaleza – que la tenemos y sobrada – no es la “clave” de la exportación competitiva de manufacturas. Lo basado en la naturaleza (primarios 45,2 por ciento; manufacturas 20,5 por ciento) suma 65,7 por ciento de las exportaciones. La manufacturas de baja tecnología 4,3 por ciento, las de media tecnología 22,3 por ciento (automotriz) y la de alta tecnología 2,6 por ciento. La “industria” aporta el 30,2 por ciento de las exportaciones. No es poco.

Pero las perforaciones en las cadenas de valor, ocurridas a lo largo de tres décadas, contribuyeron al notable balance deficitario de la industria. Las exportaciones del sector dejan un saldo negativo del orden de los 30 mil millones de dólares al año y de ese déficit – cubierto por las exportaciones de naturaleza – más del 20 por ciento corresponde a la industria automotriz notablemente desintegrada respecto del pasado.

La industria automotriz ha sido, dentro de la industria, la madre de todas las batallas. Desde mayo de 2003 hasta octubre de este año su nivel de actividad (en términos reales) se multiplicó por 5,7 veces. El que le sigue, lejos, es el de productos minerales no metálicos (2,9 veces). Ninguno de los 10 restantes sectores llegó a duplicar los niveles de mayo de 2003. El nivel general tuvo un crecimiento de 85 por ciento.

Pero la sorpresa de la vertiginosidad de esos números cambia cuando la comparación se realiza con julio de 1998. En ese caso la industria automotriz reporta un crecimiento de 85 por ciento que también es el mayor de todos los sectores; siendo el crecimiento del nivel general, en octubre de 2012 respecto de julio de 1998, de 51 por ciento. Por encima de la media, respecto de 1998, sólo se encuentran minerales no metálicos, químicos y caucho. La industria automotriz deficitaria en comercio exterior es el líder de la industria midamos sólo este período o lo comparemos con 1998 el año de mayor actividad de la etapa de desindustralización.

En una reciente comunicación personal, que me permito citar, Jorge Katz, me recordó “lo poco que ha crecido el producto potencial de la industria argentina en las últimas décadas”. Y agregó que no sólo por la inversión – que es mi principal preocupación de política económica – sino que “ha crecido poco también… la productividad y los esfuerzos innovativos, que podríamos ver como una alternativa más a la acumulación de capital. Hemos estado modernizando fabricas viejas que ya no son competitivas, y el enorme aumento de rentabilidad que siguió a la devaluación de 2002 genero rentas pero no indujo a los empresarios nacionales a intentar cerrar la brecha tecnológica y de productividad con la frontera internacional. Tampoco el gobierno hizo intentos por avanzar hacia una “concepción coreana” del desarrollo e intentar que ese aumento de rentas originado en la devaluación fuera parte de un programa publico/privado de cerrar la brecha tecnológica con el exterior”.

Por otra parte, a pesar de la importante tasa de crecimiento de la industria, en estos años, la capacidad de producción del sector creció menos de la mitad que la producción. Eso define un estilo de crecimiento y apunta a la debilidad del potencial en su versión más simple. El capital por persona ocupada como mínimo se ha estancado respecto de los años 70 y recién hemos duplicado en PBI industrial de esa década. Nuestra relación capital/producto se estima en 2,3 y en los países desarrollados están en el orden de 3.

¿Cuál es la conclusión? Este período ha sido elocuente en la afirmación de la necesidad de un proceso industrializador y de sustitución de importaciones. Los resultados concretos más bien señalan lo que falta hacer. A las aspiraciones, que todos compartimos, hay que agregarle la materialidad de los instrumentos a “la coreana”. Ello supone una política industrial vigorosa, estructural, profunda. Y por ahora eso no ha ocurrido. Tal vez 2013 sea la oportunidad. Es un año electoral. Y a nadie conviene el estancamiento del empleo: provocar inversiones pasó a ser una necesidad política para beneficio de la economía.

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30 diciembre 2012

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