Política y conflictos

6 de enero de 2013

Por Carlos Leyba

El 2013 será movido. Habrá elecciones para integrar los
parlamentos que condicionarán la elección presidencial de 2015. El 2012 dejó demasiadas
cuestiones sin resolver. Para solucionarlas habrá que elegir objetivos e
instrumentos. Resolver “la política” electoral es tema para oficialismo y
oposiciones. El gobierno, tiene que acomodar la economía del corto plazo;
distribuir la carga de ingresos que genera la producción social; y resolver
impostergables cuestiones de largo plazo. Hay que elegir entre seguir por dónde
vamos o cambiar el rumbo. Para ello hay que preguntar ¿las políticas actuales son parte del
problema o de la solución? Se puede acelerar o frenar, en la misma dirección, o cambiar el rumbo. O dejar que las cosas sigan su curso.

Hoy, adicionalmente, tenemos “entremeses”. No concluyó el
descuartizamiento de la “cadena del desánimo”. Pelea inconclusa que ha derivado
en conflicto con el Poder Judicial que amenaza terminar en picadita de jueces,
cámaras y supremos. Resolución extremadamente complicada. ¿Qué sería una
“derrota”? ¿Cómo ganar la paz? ¿Qué significa “el triunfo”?

¿Corremos riesgo de vigencia de esos conflictos de
“entremeses” mientras se procede a elegir “la política”, “el corto plazo”, “la
política de ingresos” y “las soluciones del largo”? Los conflictos, mientras
duran, esmerilan en la medida que una parte
presiona y la otra ofrece resistencia. “Presionar contra lo que no ofrece
resistencia” es irracional. Hacerlo arriesga caerse por el propio impulso. Empujar
a dos al mismo tiempo, si ofrecen resistencia, fortalece al miembro más débil
de la triada. Clima no saludable para respirar y tomar fuerza.

Hasta que llegue el resultado electoral, éste será el
conflicto con la “cadena” y “la justicia”, un entremés indigerible. Y dado lo
inconcluyente del probable resultado electoral, “el después” se hace más
incierto. ¿El entremés es una barrera para elegir soluciones a los problemas principales?

Resolver las listas electorales 2013, en el oficialismo, implica
una definición sobre 2015. La reelección obliga a listas de “leales”; y los
potenciales “traidores” caerán en la tentación de sumarse al “No”.

La definición a favor de los “leales”- Unidos y Organizados,
L.D´Elía; E. Pérsico; M. Sala; M. Sabatella y los ex PC, A. Kirchner y el staff
de La Campora – será un desalojo del PJ. ¿Los desalojados seguirán desunidos y
desorganizados? Esa es la gran incógnita para las oposiciones. El mix de UyO
más PJ– la fácil – no existe. Siempre habrá una balanza inclinada. Si eso, o
una decisión expresa, implican que el PJ se coloca adelante en 2013, el
resultado no será nada bueno para la reelección . En ese caso la angustia del
Pato Rengo, garantiza la multiplicación de “entremeses conflictivos”
apotranados por UyO.

Así las cosas, con las oposiciones que eluden a la ley
de gravedad, la decisión por la reelección
es un dato ordenador. Nadie puede predecir el resultado. Pero sí que, en la
cinchada, entre reelección y rechazo, el panorama se aclara. Es más difícil
cuando, en la cinchada, no se sabe de qué lado está cada uno.

Desde la perspectiva del bienestar colectivo presente, el
gran desafío de 2013, es atacar los más graves problemas irresueltos. El
gobierno evita hablar de los mismos: no habla de “sus” problemas sino de los
que ocasionan “los otros”. Y esa modalidad también erosiona, si los problemas
no se resuelven. Si el culpable es “otro”, no resolver es una confesión de
debilidad.

Pocos meses, los que hay hasta las urnas, no son suficientes
para resolver problemas acumulados y exhibir el éxito. Se votan resultados
presentes. Al gobierno, le conviene un discurso de futuro que cree la necesidad
de la continuidad. El triunfo no sería un premio por lo hecho; sino la garantía
de la promesa. La percepción de no necesidad de la continuidad puede llevar a
acumular voluntades de ruptura en todos los frentes. Y eso sería negativo para
el escenario de la gran decisión de 2015. Instalar la necesidad de la
continuidad es la gran tarea previa a las elecciones de 2013.

Durante todos estos años la base del discurso fue el éxito.
Primero los juicios y condenas por la violación de los derechos humanos; y
luego la economía calificada por el crecimiento, los superávits fiscal y
externo, la mejora en el empleo y la explosión del consumo. La nueva realidad
es que no es posible hablar de la misma manera acerca de cada una de estas
cuestiones. Los derechos humanos ya están encaminados. Y situaciones absurdas
como el asado y brindis en la ESMA promovido por el ministro Julio Alak o la
cuestión Schoklender, prorrogada al infinito por Hebe Bonafini, decoloran el
éxito. En economía hoy no hay éxitos. Los hubo. No los hay hoy.

No hay voto por el pasado. Se vota al presente o al futuro.
Si el presente es poco convincente la voluntad electoral busca el futuro. El dominio,
en ese caso, lo tiene la capacidad del líder para convencer de su talento para ejecutar
el cambio. Por eso el oficialismo monta el discurso de la continuidad para “las
reformas”. La promoción del liderazgo para la reforma es lo que tiende a darle
a la gestión, ya no el carácter de una administración exitosa (el país normal
de Néstor, la Alemania de Cristina), sino el de un gobierno reformista,
revolucionario, gestor de una épica de transformación como destino del futuro.
Ese es el mensaje auto convincente de Unidos y Organizados.

Para esa continuidad los problemas de administración,
entonces, quedarían subsumidos en el logro de una causa mayor para la que sí se
requiere la continuidad. ¿Cómo se apuntala un discurso reformista cuando los
éxitos de la economía se hacen avaros? ¿La construcción de enemigos pasará a
ocupar un papel protagónico para apuntalar las reformas? ¿La continuidad
perfecta depende de la elección del enemigo perfecto?¿Será ese el clima de
2013? Si así fuera, no es un buen clima para las soluciones de bienestar
colectivo.

Sin la sensación de necesidad de continuidad en los miembros
del oficialismo, convencidos o no de “la reforma”; y sin la sensación de la
continuidad inevitable, en las mayorías electorales ya obtenidas, el presente
se derrumbaría.

¿Cómo imaginar una
continuidad que excluya la reelección? ¿Se supone que CFK designará a dedo a quién produzca su continuidad?¿Cuándo
empieza el ejercicio del dedo? ¿En las listas de las legislativas 2013? ¿CFK puede
evitar la elección interna en el PJ
cuando Daniel Scioli – el socio con acciones propias – está actuando como si
estas fueran a ocurrir en 2015? El dedo de Cristina ¿a quién habría de
señalarle el destino si hubiera una carrera electoral para 2015 con aprontes en
2013? ¿Unidos y Organizados garantiza la masa crítica? ¿El dedo K llega a todo
el conurbano? Además de Scioli hay intereses, como los de Sergio Massa, que
difícilmente esperarán la orden y que están lejos de promover la reelección que
la sienten como un aliento en la nuca. El himno al gobernador José Luis Gioja –
a pesar del enojo del halagado – indica el estilo de aspiraciones que montan en
los caudillos del interior que forma la vertiente PJ del Frente para la
Victoria. A un gobernador muy cercano a Cristina se le atribuye la descripción
del momento:, “estamos en una maratón, corremos todos juntos, pero en el sprint
de último momento espero salir en punta”. Cristina, renunciando a la
reelección, puede querer ungir un continuador y exigir como prologo los
primeros puestos de todas las listas de 2013. ¿Pero cuántos suman aquellos que
aceptarán esa elección quedos?

Lo que puede mantener unidos, a los que hoy conforman el
oficialismo, es la reforma constitucional. Nadie sabe quiénes de ellos harán
algo por lograrla. Pero la inmensa mayoría con poder, territorio y votos, sin
reforma constitucional, tratará de abrir negocio propio. Con la presidencia de
Menem el peronismo, como partido institucionalizado, entró en el ocaso. Y con
Cristina todas las conexiones internas colapsaron. Ella es la conducción. Y
también la amalgama de un partido que tiene más prótesis que miembros
naturales. La personalísima conducción de Cristina K impide visualizar una
alternativa a ella misma que pueda sostener la idea de continuidad y menos aún que
pueda protagonizar la ejecución de las reformas. ¿Imagina alguien que un
miembro de La Cámpora pueda acumular voluntades para reformas ? ¿O imagina
alguien ejecutar reformas por parte de un candidato del peronismo tradicional? Nadie,
a pesar de sus declaraciones, puede imaginar que Daniel Scioli represente una
forma de continuidad de CFK. Y es difícil descubrir algún rastro de esa
posibilidad en las figuras que rodean al poder. Lo rodean. Ninguno es parte de
él. Esa es la característica del cristinismo: no hay posibilidad, como con
Néstor, de “pingüino o pingüina”. Solo pingüina ¿o diáspora?

¿El proceso de 2013, en lo que hace a la elección de los
candidatos, puede independizarse de la reelección para 2015? Difícil. En el
carné de Cristina solo han de figurar los leales. Y si no es así adiós a la
reelección.

Este año será el de la pelea por las listas. Leales y traidores a la reelección
monopolizaran los comentarios. No será fácil. Más difícil resulta poner a las
oposiciones en la foto. El proceso electoral, una vez conformadas las listas,
habrá de sufrir las consecuencias de los problemas materiales del presente.

Por ejemplo, la economía no arranca. Un problema y un hecho
que se hace más notorio cuando se viene de un crecimiento vigoroso. La
inflación no para. Un hecho más preocupante cuando la economía se desacelera.
La huelga de inversión sigue. Un hecho grave y sorprendente después de crecer a
tasa chinas. Obvio que el empleo no atraviesa una etapa vigorosa. Un hecho que
pone en cuestionamiento la eficacia de la previa expansión sin
direccionamiento. La acumulación de cuestiones sociales, cualquiera sea la
causa o la interpretación de los saqueos de Navidad, revela que la inclusión no
se alcanza a base de programas sociales fracturados. Más allá de la inmensa
deuda moral colectiva que esto implica, este fracaso, constituye una amenaza
para el éxito de cualquier programa de desarrollo integral de la sociedad. La
deuda externa pendiente y otras cuestiones conexas, nos tienen sometidos a juicios
en el exterior. Este hecho debilita nuestra capacidad de negociación, por
ejemplo, al interno del MERCOSUR. La debilidad del federalismo aprieta las
finanzas de las provincias. Este hecho desnuda la tendencia al desequilibrio
territorial que es un riesgo de soberanía. La primarización sigue siendo tabla
de salvación. Una ventaja que nos tienta de eximirnos de los esfuerzos
necesarios de transformación sin la cual ninguno de los problemas mencionados
se resolverá.

Esos son algunos de los problemas a los que el indudable
crecimiento de la década no ha logrado resolver. No es extraño. El crecimiento
no conducido – en general – tiende a confirmar las estructuras que, antes de
él, generaban los mismos problemas. Por ejemplo, la primarización, la debilidad
financiera de las provincias, la herencia de la deuda, la pobreza estructural,
la incapacidad de
generar empleo formal y de alta productividad, la
falta de incentivos de inversión, la consecuencia inflacionaria y la traba,
generada entre otras por todas estas cosas, al crecimiento sostenido, obligan a
diseñar políticas que – en la medida que se agotan las energías de la
recuperación pos crisis de 2001 y el impacto del viento de cola – son más y más
complejas.

La mera enunciación de algunas cuestiones económicas pone en
evidencia que, las “elecciones” necesarias”, no se reducen sólo al obvio
proceso electoral y que están haciendo falta decisiones económicas y sociales
toda vez que la mera continuidad de las normas, en lugar de aligerar tendrá a
agravar los problemas.

No hay soluciones duraderas sin rumbo firme. Y señalarlo es
muy difícil en un clima de conflictos aunque sean secundarios. Las señales de
política de ingresos hasta ahora emitidas, techo a las convenciones colectivas,
demora en el impuesto a las ganancias, mejora relativa en el tipo de cambio, no
aportan a combatir seriamente a la inflación. La política de corto apuesta
demasiado al canon externo (soja, Brasil) para escapar de la desaceleración. Y
con la excepción de una complicada definición petrolera, el largo plazo, sigue
confinado a las nubes de Úbeda.

Conflicto y política electoral, no son alimento para una
sociedad que se empecina en vivir el futuro como un abismo en el que se cae sin
proponérselo. Las oposiciones no lo decodifican y el oficialismo corre el
riesgo de trastabillarse.

El futuro no es un abismo sino el único espacio donde la
política, y aún el conflicto, adquieren legitimidad. ¿Ocuparemos en 2013 ese
espacio? No depende sólo del gobierno, sino de la oposición y de los sectores
sociales. La C

compartir nota
06 enero 2013

Política y conflictos

Los comentarios están cerrados.