Lapidación y democracia

12 de enero de 2013

Por Carlos Leyba

Toda lapidación, horrible condena a muerte, comienza por la primera piedra. La segunda es signo de escalada. Hoy la violencia verbal está de moda. Es una señal de lo espeso que será el clima electoral. Pero se está incubando una enfermedad más profunda. Nuestra sociedad ha perdido y recuperado la libertad. Es cierto. Nuestra sociedad ha perdido el apetito de la marcha hacia la igualdad ¿lo hemos recuperado? Nuestra sociedad ha vivido luchas y exterminios fratricidas. ¿Cuánto hacemos por cultivar la fraternidad? ¿Puede invocarse democracia, democratización, sin cultivar cada día la fraternidad?

La descalificación de la persona, en lugar del contenido del discurso, es un indicio de lo poco inteligente de las discusiones públicas. J.L. Borges dijo que las personas inteligentes no hablan de otras personas sino de sus ideas. Cuando el debate público se sazona con discusiones acerca de las personas es por que hemos perdido el buen sentido y la capacidad de cultivar la fraternidad: ese es uno de los pilares de la democracia. No se trata de un imaginario y melifluo besuqueo público. Se trata del respeto profundo por el otro, lo que implica circunscribir toda discusión a las ideas a las que – atención – se les ha prestado generosa atención. Cualesquiera sean esas ¿Estamos ahí?

Una inquietud, formulada por Ricardo Darin, acerca de la fortuna de Cristina Kirchner, produjo la reacción de Federico Lupi  que calificó, a su colega y querido amigo, de “pelotudo” por tener esa inquietud o por expresarla públicamente.

Anécdota menor que ejemplifica el clima que rompe límites con mucho ruido cuando lo hacen los famosos. Y ahora inunda el espacio auditivo cada minuto.

En este clima estamos mientras la economía concluye un mal año. Y eso irrita. No es el mejor perfume para seducir. Ni para calmar.

En estas condiciones, que podemos resumir de erosión de los ingresos reales medios de los ciudadanos y de las administraciones públicas, el primer escalón proactivo es exponer el diagnóstico, las propuestas y las herramientas en voz alta. Reconocer el problema y reconocer al otro. Es la apertura al diálogo. Primer paso a la fraternidad.

La actitud pasiva, la contraria, es administrar el paso del tiempo. Efectuar reparaciones de emergencia. Sin dar cuenta ni del problema ni de los trabajos. Y, mientras tanto, montar escenarios ruidosos, distractivos o energizantes, como oportunidades celebratorias. Hay todo un calendario disponible para eso. Pero sin la cultura de la fraternidad existe el riesgo que la primera piedra convierta a la celebración en escalada de violencia. Muchas palabras  y poco diálogo. Contexto.

Los territorios metodológicos dividen a las concepciones de política económica, básicamente, en dos. Por un lado los que quieren presencia activa del Estado más allá de la oferta de bienes públicos o que tienen una definición más abarcativa de los bienes públicos. Por otro lado están aquellos que apelan a la mayor libertad de los mercados porque generan mayor satisfacción a menos costo que el Estado.  La formula alemana “todo el mercado que sea posible y todo el Estado que sea necesario” puede sernos útil en esta exploración. Esun debate moral que debe responder a qué cosas, y qué cosas no, debe resolver el mercado. El debate “práctico” debe responder a qué cosas, y qué cosas no, puede administrar eficientemente el Estado.

Simplificando, groseramente, esta primera división entre “mercadistas” y “estatalistas” podemos identificar “discusivamente al menos”, al “grupo de gestión PRO” de la Capital Federal como ideológicamente entreverado con la idea madre que el mercado y la oferta privada, son la herramienta más eficaz para resolver los problemas. Objetivamente no podemos asimilarlo al neoliberalismo salvaje y primitivo de Ricardo Zinn, durante la presidencia de María Estela Martínez; ni al neoliberalismo financiero de la dictadura; ni a la demencia antiestatista y pro corporaciones financieras gigantes y extranjeras, de Carlos Menem. Estas versiones neoliberales gobernaron décadas al país bajo los lemas de Ronald Reagan “el Estado es parte del problema, no de la solución” y Margaret Tatcher “la sociedad no existe”. El PRO no parece representar esas ideas extremas. Se suman allí residuos del peronismo y del radicalismo de la Capital que son especies en extinción. Pero el que lidera  ese “grupo de gestión” – ¿cómo llamarlo sino? – es el representante metropolitano, en la práctica, de la idea del dominio de las decisiones públicas en beneficio de la “nueva oligarquía de concesionarios del Estado y de lo público”. Eso no es bueno porque tiende a la concentración. Isla Demarchi. Ellos son los que hoy ocupan el lugar de renta garantizada (por el mercado cautivo o por el Estado bobo) de lo que antes fue propiedad del Estado; o de lo que existe merced a una concesión pública: un espectro que va desde los bancos en altura hasta los trenes en lo subterráneo. No escapa al lector que si hay un representante metropolitano es porque hay representaciones “urbi et orbi” en la que los bancos siempre están y donde no hay subtes hay minería. Eso no es bueno porque tiende a la concentración.Más claro agua: Isla Demarchi.

Del otro lado están los “estatalistas”. Radicalismo, peronismo – en distintas versiones -, socialismo, pequeños partidos de izquierda y centro. Entienden que el Estado debe proveer soluciones; y sostienen que hay un mito acerca de la ineficiencia de la acción pública. Discursivamente el oficialismo está en esta línea y reivindica, entre las normas sancionadas en esa dirección, el desendeudamiento del Estado con el sector privado, el protagonismo estatal de la inversión pública, el extenso sistema de subsidios que intervienen al mercado, la reestatización de aerolíneas y del sistema previsional, la “expropiación” a Repsol de sus acciones en YPF, el control activo de cambios y del comercio exterior, entre otras normas que ponen en manos del Estado decisiones cotidianas. Aunque con otros métodos, todo este espectro político “estatalista”, habría realizado cosas parecidas.

Pero el oficialismo, en la práctica, ha mantenido e incluso fortalecido o inaugurado espacios de y para, la “nueva oligarquía de los concesionarios”. Eso no es bueno porque tiende a la concentración. Sin embargo,al igual que el PRO, el oficialismo tiene un discurso anticorporativo. Por distintas razones: el PRO por defensa del “mercado”; el oficialismo enfrentado a las “corpo”. La práctica, al menos parcialmente, es contradictoria con ambos discursos .

La segunda línea divisoria del pensamiento político tiene que ver con la prioridad de objetivos. Todos coinciden en la necesidad y conveniencia de la estabilidad de precios y del pleno empleo. Si hubiera contradicción entre uno y otro, los “mercadistas” privilegiarían la estabilidad a pesar del desempleo; y los “estatalistas” invertirían el orden.

Otra línea divisoria es la de la inversión. Los “mercadistas” sostienen que el mercado es quién la orientará: el consumo y la tasa de interés mandan. Los “estatalistas” sostienen que la inversión no puede quedar relegada a la decisión del mercado, del consumo y de la tasa de interés. Y que el Estado debe orienta “un proyecto estratégico”, que debe procurar condiciones para la inversión.

En materia de Reservas o Saldo del Comercio Exterior los “mercadistas” consideran que el mercado libre regulará ambas cantidades y que “los ajustes” se producirán “automática y sabiamente” y eso incluirá el financiamiento externo necesario, que ellos estiman “conveniente para sufrir menos hoy”. Para los “estatalistas” ambas magnitudes son “objetivos” que no pueden quedar librados a los dictados del mercado; y la apelación al financiamiento externo, para el equilibrio fiscal y financiero, es consecuencia de errores, y por lo tanto es algo que debe ser evitado.

Hay muchos elementos divisorios más. Pero está claro que salvo por el uso de la fuerza (dictadura) o por el abuso de la traición (Estela Martínez, Carlos Menem), la mayoría  ha estado del lado del “estatalismo” denominador común a concepciones políticas muy diferentes.

Las diferencias en la concepción política tiene que ver con el “método” con el que se ejerce el poder  y con la concepción de la democracia. Esadiferencia  – dentro de ambos alineamientos (“estatalista”, “mercadista”) – tiene que ver con la manera de enfocar limitaciones propias de la democracia. La primera limitación de la democracia es la cuestión de las mayorías. La segunda es la cuestión del largo plazo. Recordemos que la democracia está asociada a los valores de libertad e igualdad.

Imaginemos una mayoría satisfecha que convive con una minoría insatisfecha en un marco de profunda desigualdad. El gobierno de la mayoría que excluya la voz de las minorías y que desatienda sus intereses, se convierte en un enemigo de la igualdad y de la libertad porque ésta de nada vale si no encarna una voz respetada por el otro. Aquí podemos observar una línea divisoria: habrá quienes creen que la mayoría da derecho de exclusión y traza límites infranqueables para la decisión; y habrá quienes creen que la mayoría obliga a concertar con las minorías, a obtener consensos más allá de la voluntad de la mayoría.

Juan Perón practicó, con una inmensa e irrepetida mayoría electoral, el criterio del consenso y la concertación; y explicaba que para gobernar, nada ni nadie importante puede quedar afuera de la construcción de las decisiones públicas. Nunca tuvimos en nuestra historia reciente “mercadistas” concertadores: en general han sido talibanes del mercado. El tercer gobierno de Perón es un ejemplo de “estatalistas” concertadores.  El único.

Otra línea divisoria se puede trazar a partir de la concepción del tiempo en la democracia o la cuestión del horizonte.  Hay quienes tienen preferencia por el presente, lo que achica el horizonte. Es indudable que el calendario “electoral” limita el horizonte de la gestión y obliga a resultados inmediatos; el “calendario” se torna exponencial cuando se gobierna por encuestas en lugar de por objetivos. Esta tendencia está muy vinculada a los liderazgos sin partido. La existencia de estructuras partidarias sólidas, contenedoras de los liderazgos, contribuye a la extensión del horizonte más allá de las encuestas y más allá de las elecciones. Desde el principio de la Revolución Francesa, recuerda Pierre Rosanvallon, Condorcet llamó la atención sobre el peligro de una “democracia inmediata”. La otra concepción privilegia la extensión del horizonte y el largo plazo requiere del consenso. Van juntas. Están los que practican el cortoplacismo excluyente de la “democracia inmediata”; y los que intentan el horizonte extenso de la “democracia de consenso”.

El tercer gobierno de Perón es un caso de “horizonte extenso en democracia de consenso”.

¿Qué tiene que ver el clima de lapidación exprés, la economía trunca del año que se fue y esta clasificación de los alineamientos políticos nacionales? Mucho.

Dejemos de lado las costillas numéricas de la realidad económica presente que, aunque sometida a algunas manipulaciones estadísticas, no puede ocultar su tránsito lento. Pero tengamos en cuenta que felizmente no hay nada que haga temer un colapso.

En la situación actual la mayor presencia del Estado no es ni remotamente responsable de los problemas que sí tiene la economía. La responsabilidad de los errores pasa por la concepción, hoy dominante, de la democracia que es más próxima a la mayoría excluyente sumada a la de la democracia inmediata. Y aquí volvemos al principio.

El clima de lapidación se alimenta de la mayoría excluyente. Esa concepción alimenta la ausencia de diálogo y si además privilegia la “democracia inmediata “se torna inhábil para pensar y ejecutar el largo plazo. No es el “estatalismo” lo que falla sino una versión de él.

Todos los escenarios ruidosos, sean distractivos o energizantes, que ocupen el lugar del diagnóstico, la propuesta y las herramientas, son – en la práctica – una confesión de la creencia en que el tiempo, lo que significa el mercado – con la adjetivación de la “nueva oligarquía de los concesionarios”- resolverá los problemas.  Un error.

Sin profundizar diagnóstico, sin apertura a la fraternidad,sin extensión del horizonte, estamos generando un costo absolutamente innecesario que terminaremos pagando todos, cuando,en realidad, las condiciones objetivas son todavía favorables para superar el atasco económico. El problema no es el Estado, es la concepción de la política.

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12 enero 2013

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