¿A quién se le ocurrió llamar al cuco?

20 de enero de 2013

Por Carlos Leyba

“Eso terminó en el “rodrigazo”, dijo José Ignacio de Mendiguren, presidente de la UIA. Y produjo un mayúsculo revuelo. Revuelo en el oficialismo porque a éste le sorprende, con razón, tamaña comparación viniendo de un militante de la causa K. Afirmación no sólo equivocada y sin fundamento, sino que la soplan extraños aires. Revuelo en el sindicalismo porque, al error de diagnóstico y al delirio de pronóstico, le sumó un paquete de leña a los pies del cuerpo del nuevo chivo emisario de la política: la dirigencia sindical. Mendiguren – haciendo silencio ante la inflación, la falta de políticas de inversión y la ausencia de diálogo productivo – encontró “un culpable” para un crimen futuro que está muy lejos de ser posible. Y, finalmente, dio lugar a la polvareda, que siempre levantan los economistas aliados a todas las políticas neoliberales, para pegarle al Pacto Social del 73 al que les encanta hacer responsable de los errores de Alfredo Gómez Morales que gestionó nueve meses, un parto, entre José Gelbard y Celestino Rodrigo.

No hay en puerta “rodrigazo”, ni en cuotas como dijo Roberto Lavagna; ni de golpe como dice Mendiguren.

El sindicalismo pelea por reconstruir el salario ante la pasividad oficial frente a la inflación, frente a la ausencia escandalosa de inversión y de un programa de productividad.

La cuestión no es la “escalada” salarial sino, justamente, la necesidad – incrementada cuando la economía se estanca y comienza una etapa de crecimiento moderado – de acordar, de concertar, entre todos los sectores sindicales y empresarios – con exclusión de todos los concesionarios de servicios y empresas o actividades que fueron públicas (incluido bancos)  que son “agentes públicos”– un programa de redistribución progresiva del ingreso, incremento de la inversión y desarrollo de la productividad.

La “abundancia relativa” de la época de Néstor Kirchner construyó la ilusión de que el ingreso se redistribuía solo; que la inversión podía esperar por el excedente de capacidad ociosa; y que la productividad podía sustituirse por crecimiento del empleo. Con tamañas tasas era comprensible.

Pero con Cristina comenzó el rigor de tasas promedio menores; las capacidades se agotaron; los sistemas (transporte, energético) de desmoronaron; la inflación se consolidó fea; los capitales – cobardes siempre – huyeron; y las demandas no se aplacaron.

El “paso a paso”; el “dejame a mi”; el “lo atamos con alambre”; la negativa a tener un Plan explicito con acuerdos, dejó de ser “apta”. No lo es para etapas poco generosas.

La política económica, cuando comienzan las restricciones, se hace imprescindible; y para ella hay que tener objetivos e instrumentos explícitos. Que funcionan mejor si son consensuados con todos los que – día a día – deciden. La imaginación cotidiana no funciona.

Pero – es bueno aclararlo – aunque el oficialismo persista en el “paso a paso” o algo parecido, el país tiene margen y enorme en la “caja en dólares”. Y mientras haya soja y minería habrá vida. Y respecto de la “caja en pesos” quedan – además de lo que rinde la soja en pesos – recursos para ir pedaleando en equilibrio inestable pero equilibro al fin. El largo plazo es otra cosa. De eso ni hablar.

Aunque el gobierno persista en sus errores, tiene un margen combinado de pesos y dólares que nos asegura que cualquier “rodrigazo” sigue siendo una farsa.

Tal como lo fue aquél “rodrigazo”. Una farsa de los “tres chiflados”. Nunca fue necesario desde el punto de vista económico. Ni siquiera porque, en nueve meses, Gómez Morales perdió todas las reservas del BCRA – recibió las más altas de la historia hasta entonces –. Ni siquiera porque desató una carrera inflacionaria cuando abandonó el Pacto Social y se dedicó a perseguir a los empresarios y sindicalistas que fueron capaces de acordar.  La concertación 1973 tuvo objetivos. Sus resultados fueron: pobreza 5 por ciento de la población; Coeficiente de Gini como el que tiene hoy Dinamarca; PBI por habitante más alto hasta entonces y que siguió siendo el más alto hasta el crecimiento chino de los años de Néstor; record de exportaciones industriales; y reducir a la mitad la tasa de inflación heredada de la dictadura.  Todo edificio se desmorona si se le pone una bomba con efecto retardado. Eso pasó en manos de Gómez  Morales (y López Rega).

Mendiguren consideró un problema de posicionamiento interno de un gremio para que se ponga arriba de otro. Ya tuvimos eso en los 70, cuando (el titular de la UOM) Lorenzo Miguel arreglaba y lo que era el techo de un gremio después era el piso del otro”. Para él los que provocaron “el rodrigazo” fueron los salarios y los líderes sindicales.

Conclusión: si los líderes sindicales no frenan los salarios, viene “el rodrigazo”. Hace suponer que él piensa que, de continuar “las cosas” como hasta ahora en política de ingresos (salarios, pagos de transferencia, subsidios, impuestos, tarifas, precios, ocupación), habrá de ser “necesario”  o “posible” un mega, desordenado y desopilante  desajuste.  Error.

“Desajuste” fue el “rodrigazo” de 1975 – bajo la égida de Estela Martínez – realizado por los miembros de la secta “Los Caballeros del Fuego”, el brujo y cabo retirado de la federal José López Rega, el Ingeniero Celestino Rodrigo y el Contador Ricardo Massueto Zinn. Le recordamos a algunos colegas, todos teníamos alrededor de 30 años entonces, que fue una operación de “tres  chiflados”. Sin ese condimento no se explica.

¿Primera vez en la historia que una farsa terminó en una descomunal tragedia?

Zinn , el autor de las medidas (la farsa) asesorado por Pedro Pou (luego presidente del BCRA de Carlos Menem), prologó con ellas la tragedia de la dictadura militar. El, junto con otros “Caballeros del Fuego”, fundó el CEMA – catedral de la secta neoliberal – que profundizó argumentos para la apertura financiera (la deuda) y comercial (la desindustrialziación), la disolución del Estado y el festín de las privatizaciones. Cito sólo algunos capítulos de la revolución neoliberal que puso el país patas para arriba y que entró en coma en 2001.

El “rodrigazo” – que pretendió resolver los desaguisados del liberal peronista, no querido por Juan Perón, que fue Don Alfredo Gómez Morales – partió la historia económica y social de la Argentina. Esas decisiones alocadas, irresponsables, quebraron los 30 años “gloriosos” que van de 1944 hasta 1974 cuando nuestro PBI por habitante creció al mismo ritmo del de los Estados Unidos, con industria y mejor distribución del ingreso.

Desde 1975 no hemos logrado alcanzar el ritmo, no el nivel por cierto, acumulado en el PBI per cápita de Estados Unidos. Nos despegamos con recuperaciones efímeras. A pesar del crecimiento reciente, no hemos recuperado la posición relativa.

Es que después del “rodrigazo” atravesamos un período decadente acumulando pobreza e inequidad distributiva y deteriorando la infraestructura económica y social más fuga y desinversión. Nuestro extraordinario potencial de naturaleza y de fuerzas sociales enfrenta las barreras que se originaron en el “rodrigazo” que nos descarriló por 30 años. Podrán identificarse otros elementos que contribuyeron. Pero ese es el hecho fundante.

La expresión de de Mendigueren es triste porque evoca una decisión irracional  como una posibilidad. Las desgraciadas circunstancias que dejó Gómez Morales en la economía; y la patética situación política del gobierno, confundido en la maraña mental de Estela Martínez, no podían haber inspirado – a ningún economista ni a ninguna persona con mediana instrucción y salud mental – las políticas de Ricardo Zinn. Fue una decisión perturbada y perturbadora.

¿Era una provocación?¿Buscaban el quiebre del sistema político y económico? Es probable. Zinn llevó su propuesta a José Martínez de Hoz para su aprobación. Y eran conocidas sus relaciones con Eduardo Massera. ¿Qué más?

“El rodrigazo” abrió las puertas de la decadencia económica, moral, social, política. La violencia militar en el Estado quemó las naves del progreso. La deuda externa, allí nacida, hizo el trabajo de amarre. La labor restante la hicieron la ideología y el lavado de cerebro de la clase política que – por ahora mayoría – sigue razonando como lo harían los neoliberales confesos. Pero sin saberlo.

Después del estallido de 2001 y 2002 comenzó la recuperación de la economía y del Estado e implícitamente algunos objetivos. Al asumir la presidencia Néstor K prometió el 5 por ciento de crecimiento. En 2004 el PBI era aún menor que el de 1998. Se superó en 2005; y el PBI por habitante de 1998 fue superado en 2006. NK no se propuso las “tasas chinas”. Las encontró y supo sostenerlas. En 2006 comienza el tiempo de expansión luego de la más sencilla etapa de recuperación.

Los datos fundamentales de la economía NK, señalaban un cambio respecto de los 30 años posteriores al “rodrigazo”. Superávit de la balanza comercial; cierre de la negociación de la deuda; superávit fiscal; crecimiento de todos los sectores; mejora en el nivel de empleo; convenciones colectivas; mejora en los salarios; disminución de la indigencia y la pobreza; mayor participación del Estado en la  economía. Crecimiento a altas tasas. Hechos. No hablamos de las causas.

¿Pero esos datos favorables señalan que se aprovechó todo el potencial, que se modificó la estructura, que se aventaron los fantasmas que paralizaron a la economía durante tantos años? No. ¿Pero esa pérdida de oportunidad es suficiente para imaginar o mencionar un “rodrigazo”? Por cierto que no.

El 24 de enero de 1975, la CGT denunciaba la política de precios a la que califica como “anárquica”. Los días de 1975 eran sangrientos. Desde la muerte de Perón (1/7/74) hasta junio de 1975 murieron en atentados 510 personas. El 4 de junio Rodrigo devaluó el dólar financiero 43 por ciento, triplicó el precio de la nafta, y aumentó  el subte 150 por ciento. El 14 de julio devaluó 15 por ciento. Los precios se duplicaron. El 18 de julio renuncia. El 11 de agosto el paralelo casi duplicaba al oficial.

La violencia apenas verbal de estos días es otro mundo. La triple A, las organizaciones guerrilleras, la debilidad política de la presidente Martínez, con las fuerzas militares agazapadas, están a años luz del cuadro político de nuestros días. Nadie imagina tampoco en estos días esas devaluaciones, ni tampoco ese ritmo de inflación; y la disparada del blue no es comparable con aquella batalla del paralelo.

Hoy como entonces el movimiento obrero está preocupado por la inflación y por la custodia del poder adquisitivo de los ingresos. El gobierno ha comenzado a prestarle atención a la inflación. Pero no a la erosión del poder adquisitivo. Aquí hay un problema. Puede ser un boomerang.

Lo que de Mendiguren debió reclamar es una política de ingresos sólida para evitarlo. Y no pasarle la responsabilidad al sindicalismo o las convenciones colectivas. Y los oficialistas debían haberle respondido a de Mendiguren: vamos a ejecutar una política de ingresos que armonice salarios, pagos de transferencia, subsidios, impuestos, tarifas, precios y de la ocupación. ¿Cómo?

Lo racional sería la concertación para que esas armonizaciones se resuelvan en productividad a base de inversión. No hay otra solución conocida, para la política de ingresos, en un contexto de estancamiento o tasas bajas de crecimiento, distinta de una forma de concertación. Sin el objetivo y compromiso, de la productividad que depende de la inversión, la concertación es líquida. Concertación e Inversión son los dos pilares de la productividad. Y ella el fundamento de la política de ingresos.

¿Por qué no hay política de ingresos explícita?¿No hay voluntad de concertar ni decisión racional de promover la inversión?

El crecimiento a ritmo que permitía soslayar esos esfuerzos se agotó. Para 2013 todos los pronósticos colocan la tasa de crecimiento en 2 y hasta 4 por ciento. Infinitamente mejor que el estancamiento de 2012 que complicó la política de ingresos. Lejos del entusiasmo que provocaban las tasas de crecimiento NK.

Con ese ritmo moderado, que amenaza prolongarse hasta 2015, o se explicita y se concerta una política integral de ingresos (la mencionada) o viviremos a los empujones del conflicto de ingresos.

Freno, acelero, paro, discutimos quién paga qué en cada esquina: de ese modo se llega tarde, incomodo. Y los pasajeros descuajeringados.

Es cierto, no hay riesgo de choque mortal como el “rodrigazo”. Pero ¿no es mejor tener un mapa de la ruta y acordar de entrada como compartimos el viaje?

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19 enero 2013

¿A quién se le ocurrió llamar al cuco?

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