¡Te quedás quieta!

10 de febrero de 2013

Por Carlos Leyba

Desde febrero de 2013 la inflación – la niña más popular de estos tiempos y que todos conocemos – se transformó en la inflación del gobierno. Sin aceptar la paternidad, la reconoció y la adoptó. Desde ahora es responsable por ella. Por cierto, la inflación no acaba de nacer; ésta – la que conocemos de este período económico – ya tiene 96 meses de edad. Y nació de la cruza, por un lado, entre el éxito de una política de promoción del consumo y que redujo de manera importante el número de personas bajo la línea de pobreza; y – por el otro lado – la ausencia de una política de promoción de la inversión. Lo que está detrás es eso. Siempre la inflación, como la fiebre, es la consecuencia de un desequilibrio. Se puede bajar transitoriamente – y claro que hay que hacerlo –para tener un mejor escenario para atacar el foco infeccioso. Pero que hay que apuntar a la inversión. El remedio no es alimento del cuerpo.

Finalmente, el gobierno, reconoció la existencia de la inflación. Y lo asumió como problema propio; sin decirlo y por las vías de hecho. Lo mismo ocurrió con la crisis energética y la del transporte. Más allá de la suerte de las nuevas políticas en ambos sectores, lo real es que sólo el estallido de ambas crisis (saldo comercial, tragedia de Once) llevó al gobierno a adoptarlas como problemas por las vías de hecho.

Todo reconocimiento es una forma de adopción. Y si bien la adopción no implica reconocimiento de paternidad, lo que sí supone es la inmediata e irrenunciable obligación de cuidado.

En la primera semana de febrero, el gobierno, en un acto solemne rodeado de los difusores de precios, públicamente adoptó a la inflación.

Desde febrero de 2013, la inflación de todos y todas, la niña más popular porque todos la conocen –, es la inflación del gobierno.

Un giro copernicano. ¿Por qué?

El 25 de enero de este mismo año Cristina Fernández ratificó la visión oficial. Guiado por los números del INDEC el oficialismo siempre sostuvo que la inflación tenía niveles bajos, no perturbadores, estables, previsibles e incapaces de perturbar el resto de las variables económicas. CFK , en esa ratificación doctrinaria, dijo “todo el mundo se puso a tono en la costa con los precios se dieron cuenta que como habían subido mucho la gente no venía. Y eso es lo que hay que hacer, hay que comenzar a manejar nuestro poder de usuarios y consumidores. Yo no voy a emplear la palabra boicot porque se armó un lío bárbaro cuando Néstor le hizo boicot a una empresa, digamos hacerle el vacío, para que se den cuenta. ¿Porque sabés qué? Si no te defendés vos no te defiende nadie. Además está demostrado por el paso de la historia que obligar, acordar, esas cosas no sirven, es el propio usuario y consumidor el que tiene que hacer valer sus derechos.¿Me querés cobrar esto? No te lo compro, guardátelo y comételo vos. Comprás otra cosa o si la casa esta muy cara no se la alquilás. Tuvieron que bajar porque si no la gente no iba”.

Estas palabras de CFK implicaban que:

a) no habría aquí y ahora, tal cosa como un fenómeno inflacionario de tipo colectivo, global, generalizado;

b) que lo que sí existe es que oferentes individuales colocan precios por encima de los “verdaderos de mercado” pero que, ante la presión individual, los bajan a los niveles “verdaderos”;

c) que la acción individual de cada consumidor puede lograr que los precios se ubiquen en los niveles “verdaderos”;

d) que los niveles “verdaderos” son prácticamente iguales a los niveles verdaderos relevados en el período anterior; y – finalmente –

e) que a los niveles “verdaderos” el poder adquisitivo es prácticamente igual al del período anterior.

Conclusión: para CFK no había tal cosa como “inflación”. Solo reconocía un enorme margen de regateo en el que es vencedor siempre es el consumidor, toda vez que ejerza la práctica individual del vacío, el regateo, el “le compro a otro”.

Esa doctrina oficial, hasta fines de enero de 2013, tenía un corolario “está demostrado por el paso de la historia que obligar, acordar, esas cosas no sirven”.

Síntesis, primero, no hay inflación, no la reconocemos, no la adoptamos; lo que hay es una falta de conducta de los consumidores. Segundo, acordar u obligar no sirve. ¿Por otra parte, si no hay inflación, para qué acordar u obligar a qué?

Antes de ir al presente mencionemos que hay un punto en que Cristina tiene razón. El consumidor medio no parece tener una conducta de “rechazo” o “intolerancia” a las “diferencias” de precio entre productos idénticos o similares, ofertados en lugares distintos y no demasiado lejanos entre sí. Es verdad.

¿A qué se debe ese desapego a medir las diferencias, más allá de modas o conductas estereotipadas? Tiene que ver con el escaso valor asignado a la “diferencia”. Ello deriva del proceso y la cultura inflacionaria. Poco se defiende lo que tendrá poco valor. Las razones posibles no cambian lo acertado del consejo presidencial.

Pero – además del consejo – en esas palabras estaba la negación de la inflación como cuestión colectiva. Y también el anuncio de que no habría un tipo de medidas colectivas propias de la economía de control.

Hasta aquí regía doctrinariamente la tradición liberal que hizo que CFK apelara a la “soberanía del consumidor en el mercado”. Gary Becker – uno de los popes del neoliberalismo – sostenía “el control de precios siempre es racionalizado, al menos en parte, como un deseo de ayudar a los pobres, pero frecuentemente ellos perjudican a los pobres” (Teoría Económica, 1971)

Para el pensamiento liberal, las buenas intenciones de los controladores, son ingenuas y terminan al revés de los deseos.  En estos días se ha repetido hasta el hartazgo en estos días “el fracaso” de todos los regimenes de control, acuerdo o administración de precios.

Esta es una de esas clásicas “mentiras verdaderas”. Mentira, porque lo que es cierto es que, como decía John K. Galbraith, los controles, acuerdos o administraciones, fracasan cuando se les da fin, cuando terminan. Y eso no tiene que ver con los controles sino con “la política”. Pero hubo – y los tenemos aquí – no uno sino varios casos en los que los controles , acuerdos o administración de precios, tuvieron éxito mientras duraron. Y esta afirmación cubre a las políticas aplicadas por todas las corrientes de pensamiento, incluidas las gestiones liberales. Y en todas las del pasado los precios, que relevaba el INDEC, eran los del mercado. Estos hechos los citamos respecto de la posición de CFK de enero de 2013 ya que no está demostrado que “está demostrado por el paso de la historia que obligar, acordar, esas cosas no sirven”. Pero es otro tema.

Pero – giro copernicano – todo cambió en febrero en boca de Guillermo Moreno.

El gobierno reconoció la existencia de la inflación como fenómeno colectivo; y tomo medidas para cuidarla colectivamente. No ha reconocido la paternidad.

Lo cierto es que la inflación no acaba de nacer. Hija natural o no del gobierno, ha sido adoptada por éste siendo ya mayorcita. Como cualquiera sabe, a quién no se educa de entrada, es muy difícil poner en caja. El reconocimiento tardío es un problema mayor. Como lo es los del caso de la energía y el transporte.

¿Porqué “esta” inflación es mayorcita? Hagamos memoria.

La crisis de la convertibilidad tuvo la característica de una larga caída del producto, tres años de deflación anual de precios, aumento del desempleo y de la pobreza, fuga de capitales, explosión de la deuda, colapso no confesado del sistema financiero; y práctica desarticulación del proceso económico.

La salida de la convertibilidad – que llevó a la no deseada devaluación de 1 peso a 4 pesos por dólar y que estabilizó la cotización del dólar en más o menos 3 pesos – produjo inicialmente una agudización del desempleo y la pobreza, inicialmente una mayor caída del PBI, un salto importante en los precios, medidas de rescate del sistema financiero, un aumento de la deuda, progresivo retorno de capitales; y progresiva rearticulación del proceso económico.

El impacto inflacionario inicial de la abrupta devaluación fue menor al esperado. ¿ Por qué?

Es que la pobreza y el deterioro de la economía de la inmensa mayoría de la población, configuraron un escenario de demanda exánime y – por lo tanto – con la misma capacidad de producción operaba un excedente que se reflejaba en una economía potencialmente sobre ofertada. Ella operaba como un neutralizador de la presión derivada de la devaluación. La neutralización por sobre oferta tuvo el apoyo de las retenciones (mayor recaudación fiscal) y los subsidios a  las tarifas pesificadas.

Los precios, que aumentaron fuerte en 2002, experimentaron – en 2003 – una desaceleración en la tasa de crecimiento (inflación) y se colocaron en la mitad del año anterior. Y volvieron a desacelerarse en 2004 a una tasa de un tercio de la de 2003. Es decir el primer impacto de precios derivado de la devaluación se encontró con el freno de una demanda reducida por la pobreza. La pobreza – en definitiva – fue el gran “estabilizador”. Veamos como evolucionó en esos años.

En el primer semestre de 2003 el 54 por ciento de las personas estaba debajo de la línea de pobreza; en el segundo, el 48.  En 2004, en el primer semestre, debajo de la línea de pobreza, el 44 por ciento; y en el segundo, el 40 por ciento. ¿Cómo podría haber presión inflacionaria con un dólar en un nivel de precio determinado por el miedo; y con la mitad de la población fuera del mercado?

Causa sorpresa que los comentarios sobre la política económica prescindan de estos dos datos – pobreza y sobrevaluación del dólar – que relativizan todo, y particularmente la inflación o relativa calma y el superávit fiscal. El precio de los éxitos fue la gigantesca pobreza. Nadie la quería. Pero la desarticulación de la economía, generada por la crisis, hacía muy difícil la incorporación al mercado. Aquí podemos acudir a José Ortega y Gasset cuando recordaba que son “los contadores” los que valoran el equilibrio del Estado cuando la Nación está en desequilibrio.  Es cierto, se logró el equilibrio fiscal pero no el equilibrio social.

Pero en el segundo semestre de 2005 la pobreza bajó al 34 por ciento y la cotización del dólar había que defenderla comprando desde el BCRA. Entonces comenzó la inflación, leve si se quiere. O terminó el proceso de desaceleración inflacionaria: la tasa de incremento de precios de 2005 duplicó a la de 2004.

Para entonces, el movimiento obrero y algunos dirigentes empresarios, comenzaron a reclamar un “acuerdo”; o una actitud concreta frente a la inflación. El proceso de negación de inflación fue creciente y creciente el ritmo de la inflación.

La administración decidió negarla oficialmente – las razones alegadas son varias – y  mediante el método de “uno a uno”, “paso a paso” se instaló la política de los “precios conversados”. Guillermo Moreno “convencía” de a uno. Después incorporó sectores. Pero, en general, nada general.

La pobreza disminuyó, el dólar se dejó de defender, pero los precios siguieron su marcha en escalones lentos pero cada vez más altos. Salarios y precios corrieron sin despegarse.

Y lo que no ocurrió es lo único que salva a todos los proceso tendenciales de inflación: no logramos mejoras en la productividad, en la acumulación de capital reproductivo y en el salto cualitativo del trabajo.

Desde 2003 tenemos a favor el crecimiento. Pero no podemos decir lo mismo de los factores centrales que hacen a la productividad.

La pobreza está estancada en niveles altos para el PBI promedio de la Argentina; y la inflación también. En promedio, con oscilaciones, la tasa viene creciendo desde 2005.

El gobierno ahora ha reconocido a la inflación como fenómeno colectivo. Ya tiene 96 meses de edad. Es una niña grande. Y – como dijimos – sin reconocer la paternidad, el gobierno la ha adoptado. Y la primera norma que le ha dictado es la “congelación”. O lo que es lo mismo, ante su inquietud espasmódica, le ha pegado el grito de ¡quedate quieta!.

Precios paralizados para la mayor parte de las cadenas de venta de productos básicos (alimentos y bebidas, limpieza, etc.) y también para los electrodomésticos. Y se supone que – ya realizados aumentos por distintas vías en tarifas, impuestos, servicios – todo lo demás también quedará paralizado, congelado, en su lugar y quieto, por 60 días.

Si es así – y no hay porque pensar que no será así – la inflación de febrero y marzo será igual a cero. Pero no sabemos cuál habrá sido la de febrero respecto de la de enero. Básicamente porque durante estos dos meses no parece que vayamos a tener acceso, por medios masivos, a los precios de esos meses para poder compararlos con los de enero, los que sí publicaron las cadenas en los diarios como ofertas.

Pero de cualquier manera la orden – ¡te quedas quieta! –, que recibió la inflación, es por solo dos meses.

En esos dos meses la cotización del dólar oficial va a aumentar (a seis pesos a fin de año según Moreno), muchos salarios van a aumentar (no menos de veinte por ciento según el gobierno) y la economía no va a estar congelada en todas sus variables.

Y en el día 61 la relación entre las variables no será la misma que existía en el día 1. Es lógico pensar que “algo” tendrá que cambiar.

Puede continuar la congelación. O puede que se congele a un nivel superior. Ese nivel superior – como sería generalizado – que, seguramente, homologará los cambios ocurridos, será leído como la “tasa de inflación deseada por el gobierno”. Y por una vía insólita entraremos en “metas de inflación”.

La congelación no es otra cosa que una meta de “inflación cero”. Difícil de alcanzar solamente con el instrumento ¡quedate quieta!.

Pero cualquier otra tasa, posterior a la congelación, también será difícil de alcanzar – más allá de los papeles oficiales – sino se utilizan otros instrumentos. Todos los procesos de control que tuvieron éxito lo fueron en el marco de programas integrales.

El gobierno abandonó la actitud negacionista y decidió adoptar a la inflación como propia – aunque no reconozca la paternidad – y ahora tiene la obligación de educarla.

Hacer que se comporte con buenas maneras. El primer paso de las buenas manera es la desaceleración sistemática; y el segundo ir aproximándose a la tasa de inflación de los países con los que intercambiamos bienes y servicios.

Esa tasa – a la que podríamos aspirar – sería la mitad de la que reconoce el INDEC que es, a su vez, la mitad de la que establece el consenso de los que llevan otros registros.

Reconocer la existencia y adoptar a la inflación, ya mayorcita, como problema propio, es un enorme paso adelante.

Empezar por la congelación, más allá de los problemas que en sí mismo pueda ocasionar, es un paréntesis que puede servir para preparar algo que tenga un poco de sustancia. La sustancia es un programa integral.

Incorporar a los millones de pobres que aún están excluidos sin estar haciendo mucho por la acumulación de capital reproductivo es una quimera. El desafío es lograr la estabilidad y disminuir la pobreza al mismo tiempo. Y en esto también hay experiencias exitosas.

Por supuesto que es necesario y posible, volver a construir una sociedad decente sin pobres. Y también con razonable estabilidad de precios. Pero eso se logra, sí y sólo sí el proceso de acumulación reproductiva no permanece quieto.

Lo que implica que el acto de sensatez complementario al de haber adoptado a la inflación como problema, es reconocer y adoptar, a la falta de inversión reproductiva en serio, como problema.

Es que para que la inflación se quede más o menos quieta, necesitamos que la inversión se mueva mucho.

Y por ahora llevamos muchos años sin ese movimiento transformador de la inversión reproductiva que rompe las telarañas de los problemas menores. El gobierno, por ahora, no lo adoptó como problema. El que se quedó quieto y congelado, en ese punto, es el gobierno. Y eso es malo para todos y todas. Aunque la inflación se quede quieta.

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10 febrero 2013

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