¿Estanflación? ¿La congelación cura?

22 de febrero de 2013

Por Carlos Leyba

Una versión abreviada se publicó en “El Economista” el 21 de febrero de 2013

La economía en diciembre de 2012, sin estacionalidad, creció 0,3 por ciento. El Índice de Demanda Laboral (UDT) está en los niveles más bajos de la serie. La inflación comenzó en 2005 y continua sin detenerse. El éxito de la alta tasa de crecimiento silenció el sistema de alertas. En una década la inversión reproductiva y de infraestructura de desarrollo, estuvieron por debajo de la competitividad. El telón de fondo, en el escenario de decisiones, es “estanflacionario” y de competitividad débil. Ese es el mayor desafío de la política económica.

¿La economía está estancada? Afirmación de Antonio Caló, Secretario de la CGT oficialista, que ya comentamos. La economía en diciembre de 2012 creció, sin estacionalidad, 0,3 por ciento. En el año acusa una tasa menor a 1 por ciento por habitante (EMAE-INDEC). Para los privados las tasas son menores. El EMI (INDEC) señala una industria en recesión de 3,4 por ciento interanual.

La economía, sin “acciones exógenas” (ya veremos cuáles), heredará de 2012  un 1 por ciento de expansión. Tasas mayores dependen de nuevas decisiones públicas; aceleración de la demanda externa (Brasil); resultado del sector primario (nueva cosecha); y del balance de las convenciones colectivas y la tasa de inflación.

El empleo no acusa un ritmo atrayente. El Índice de Demanda Laboral (UDT) está en los niveles más bajos de la serie.

Para el INDEC el desempleo disminuyó. Está en 6,9 por ciento. Es un dato positivo respecto del pasado inmediato. Pero no en relación al 6,7 por ciento de desempleo de 2011. Todo retroceso respecto de niveles de períodos próximos denota un problema. No una solución de empleo. Respecto del año anterior hay más personas desempleadas y no menos. Las tasas son información incompleta. La tasa de desocupación disminuye influida por las declinantes tasas de empleo y de actividad. ¿De dónde viene el problema? El sector privado, en la creación de empleo, fue menos dinámico que el sector público. Y está aumentando la subocupación.

¿La inflación llegará al 33 por ciento como estiman las expectativas de inflación de la UDT?  Si bien ninguna información de la inflación ocurrida en el año alcanzó esos niveles, a enero de 2013, las estimaciones anunciaban una cierta aceleración. Estamos en una economía inflacionaria.

El informe que presentan los diputados opositores colocó a la inflación de enero en 2,6 por ciento. Proyectada 12 meses ubicaría a la inflación futura en 36 por ciento anual. Nada permite imaginar que orillemos esos niveles. Pero tampoco nadie puede ignorar que la inflación fue impulsada por aumentos de impuestos, tarifas y servicios – más allá de lo demorados que estuvieran – que se suman a los incrementos en los bienes de la canasta familiar. Hay un estado de presión inflacionaria que condiciona la cuestión del debate salarial y que provocó la congelación de febrero y el giro de 180 grados en la concepción, contraria a los controles, expuesta por Cristina Fernández una semana antes. El INDEC – inflación anual 11,1 por ciento – registró en enero (1,1 por ciento) la tasa más elevada de los últimos tiempos.

Empieza 2013 con desaceleración o estancamiento; indudables problemas de empleo; y tasa de inflación elevada. Un escenario nuevo. Nunca, la política económica actual, tuvo uno así de problemático. ¿Qué es lo nuevo?

La inflación no es nueva. Comenzó en 2005 cuando la tasa de inflación duplicó a la de 2004. El impacto de la pobreza, más de la mitad de la población en 2002, neutralizó los efectos inflacionarios de la devaluación. A medida que la pobreza se redujo y el empleo aumentó, con una capacidad de oferta estacionada, en 2005 se abrió un proceso inflacionario. Mal menor al desempleo y  la pobreza inimaginables.

Como esa inflación convivía con superávit fiscal y externo y con política monetaria en manos conservadoras, la gestión K, decidió no atacar el núcleo del problema que, era y es, la ausencia de un proceso de inversión reproductiva. Desde el primer momento, el éxito de la alta tasa de crecimiento, silenció el sistema de alertas. Néstor Kirchner no incorporó al escenario a los actores “inversión reproductiva” e “inversión infraestructura de desarrollo”. Es que en el estilo K no cabe pensar en términos de ”plan”; y esos actores de largo plazo sólo tienen parlamento con plan. Sin plan están ausentes.

En ese contexto el gobierno primero ignoró la inflación. Después, con la aparición de Guillermo Moreno, decidió “conversar” los precios de a uno. Una fallida estrategia disuasoria de expectativas utilizó los índices oficiales de precios como herramienta. Pero las expectativas fueron crecientes. La inversión reproductiva y de infraestructura de desarrollo, ausentes. La inflación, vieja, acumula desequilibrios.

Lo nuevo del momento es la desaceleración o estancamiento de la actividad y del empleo. Lo que conecta “la economía real” con la inflación, está en las estadísticas del Ministerio de Economía que informan que mientras el volumen físico de la producción industrial, desde 2002 hasta la mitad de 2012, creció 160 por ciento; la capacidad disponible aumentó 70 por ciento. A la desaceleración o estancamiento, se le suman la demora de ampliación de capacidad en la industria y los agujeros en las cadenas de valor. Y por debajo las debilidades, reconocidas por el gobierno, en la infraestructura energética y de transportes. La “competitividad dura” está afectada, no es modificable en poco tiempo, y es una fuente inflacionaria.

Inversión reproductiva y de infraestructura demoradas; desaceleración o estancamiento de la actividad heredados de 2012; fuerte presión inflacionaria. Ese es el telón de fondo “estanflacionario” en el escenario de decisiones.

¿Qué hay sobre el escenario? Retraso cambiario, brecha entre el paralelo y el oficial; problemas de financiamiento en todas las jurisdicciones; fuerte expansión monetaria. En compensación – como elemento de la economía de control – restricciones a la importación que generan un saldo de comercio extraordinario.

Estos elementos mientras, por una parte, condicionan negativamente al sector de la actividad inmobiliaria; limitan la política de expansión pública y afectan negativamente el nivel de actividad; por la otra están induciendo – positivo – una cierta sustitución de importaciones por producción local.

No es todo lo que condiciona el futuro y que enmarca las decisiones del sector público y privado. Pero es suficiente para describir la complejidad del momento.

Para completar el cuadro, debemos mencionar lo que está por entrar a escena: las “acciones exógenas”. Primero, la producción generosa del sector primario, esta vez agro y minería; segundo, los compradores brasileros, si es que la recuperación esperada efectivamente se produce; y tercero, la entrada próxima de las demandas sindicales que, más o menos, reclaman 25 por ciento de aumento y además políticas públicas para preservar el valor real de los salarios convencionados y para preservar el nivel de empleo.

El sindicalismo, es el único sector social con mirada global y abarcadora, ahora Caló y antes Hugo Moyano, reclaman “salir del escenario de estanflación”. Tan urgido como ellos está el gobierno porque es un año electoral. La inflación complica pero no mata. El desempleo es letal en cualquier elección. Y la estanflación es un camino en el que una de sus bifurcaciones más riesgosas es el desempleo.

Estamos en una situación nueva y excepcional. Bajar la inflación cuando hay crecimiento; o hacer crecer la economía con precios estabilizados, no es demasiado complejo. La salida de la crisis de 2001/2002 con crecimiento no tuvo costo inflacionario; pero sí un costo social gigantesco – 54 por ciento de pobres – que la estructura social aún no ha procesado. Nada es gratis.

Pero salir de la inflación medianamente alta con una economía medianamente estancada es un desafío bastante más complejo. A punto tal que, aún, para la ortodoxia, obliga a emplear “métodos no convencionales”. Nadie en su sano juicio puede suponer que “el mercado” librado a sus energías pueda sacar a una economía de la estanflación sin pagar costos superiores a los de la crisis de 2001/2002.

Al respecto Hugh Rockoff , luego de su investigación  Drastic Measures: A History of Wage and Price Controls in the United States  (Cambridge University Press, 1984) concluye en que “hay un rol para controles en ciertas emergencias inflacionarias”; y que, en ciertas condiciones, los controles ofrecen  ventajas significativas por sobre la exclusiva dependencia de las políticas monetarias y fiscales. Esto es obvio. Pero, hoy y aquí, muchos de los que marcan la existencia de estanflación, sostienen que los controles son impropios. Y los que intentan los controles sostienen que estamos creciendo.

Lo señalado evidencia el deterioro, por un lado,  de las calidades del debate de política económica; y por el otro, de las posibles soluciones que, además, son urgentes. ¿Todo es urgente cuando es tarde?

Los controles, aptos y necesarios, para situaciones complejas, no son mágicos. Exigen rigor teórico y práctico. Sobran ejemplos de éxito de los controles en la historia económica mundial, a pesar de la facilidad frívola con que, en estos días, se señalan los fracasos, que también los hay. Como decía JK Galbraith, respecto de los controles de precios, no se debe confundir “abandonar” con “fracasar”. Cuando los controles se abandonan, se abandonan. Y eso no es un fracaso, sino un cambio de política.

El gobierno, al reconocer por primera vez a la inflación, decidió enfrentar esta situación excepcional. Lo hizo congelando precios por 60 días y acelerando el proceso devaluatorio hacia 6 pesos a fin de año.

Es decir, sustituyó el ancla cambiaria por el congelamiento temporario sumado a una especie de “tablita implícita”.

En primer lugar, la congelación, se trata de una estrategia disuasoria para los planteos de incrementos salariales al 25 por ciento con la finalidad de reducirlos o diluirlos, en el tiempo.

En segundo lugar es un intento de disminuir las expectativas inflacionarias.

El tercer aspecto es la congelación como requisito para lograr efectos reales de las políticas expansivas que se tramitan hoy en materia de gasto público (transporte, municipios) y en los benéficos efectos reales del sector primario y de Brasil.

De aquí a 45 días tendremos la respuesta sobre los convenios: ¿se firmarán a una media de 20?

Y también sobre la medición de las expectativas que son independientes del eventual éxito de la congelación. ¿Bajarán de 33 a 20?

Pero para la “estanflación”, como problema global, no tendremos respuesta inmediata: a la vez, debería bajar la inflación y el desempleo; y crecer la economía.

Una congelación por 60 días ¿es una plataforma apta y suficiente, para evitar que los esfuerzos de demanda no se diluyan en precios; y permitan salir del estancamiento sin inflación? No hay manera de imaginar una respuesta positiva para esta pregunta.

El día 61 se producirá la definición acerca del abandono o la continuidad del congelamiento. Todos sabemos lo que podría significar el abandono.

Pero es más difícil imaginar como sería la continuidad. También para el gobierno. Los 60 días, entonces, tienen más entidad como tregua para pensar que como política para conducir.

Lo mejor que nos puede pasar en estos 45 días es que se articule un programa que contemple todos los elementos que pusimos en el escenario. Fundamentalmente se trata de resolver el problema principal de la década que es la falta de “inversión reproductiva” e “inversión infraestructura de desarrollo”.

La congelación puede ser una herramienta exitosa. Pero es parcial. Porque deja de lado el retraso y la brecha cambiaria; el financiamiento público y la política monetaria. Pero es una herramienta aislada. Porque no proviene de una concertación imprescindible para un consenso. Por esos dos “peros” no es una herramienta de largo plazo.

No es una herramienta completa para una situación excepcional. La estanflación o cuasi, es una enfermedad de largo plazo. Se le puede poner sordina. Pero no se cura sin medicina apropiada. Y no hay esa medicina sin diagnóstico apropiado que falta como consecuencia de la orfandad del debate. Solo la casualidad puede curar sin diagnóstico. Magno talento exige la casualidad.

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24 febrero 2013

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