El giro del discurso

4 de marzo de 2013

Cristina Fernández, al comienzo de su segundo mandato, hizo la autocrítica – con descripción de las consecuencias –  de la políticas energética, cambiaria y de subsidios. Y recientemente de la del transporte. No lo reiteró en su discurso presidencial. Pero sí reiteró, implícitamente, su concepción de la política remisa a los programas de largo plazo y a los acuerdos con los demás actores sociales y políticos. La energía política, el discurso, dejó de fundarse en la economía inmediata y pasó a basarse en las reformas institucionales. En julio de 2012, aquí dijimos “El gobierno baja del escenario el discurso de los resultados de la economía. Y sube el de las reformas de la política”. Eso es el giro del discurso.

Por Carlos Leyba

En julio de 2012 el gobierno, CFK y la ya entonces perceptible comandancia intelectual que hoy ejerce Carlos Zannini, dejó trascender que, cuando la economía del bolsillo (empleo, ingresos reales, crecimiento) afloje – y ya lo estaba haciendo en el invierno pasado – el discurso, o el relato como dicen los comentaristas políticos, ( a mi criterio la energía política), migraría desde el éxito de los logros económicos (importantes hasta entonces) a la propuesta de reformas, grandes cambios institucionales que no incluyen las transformaciones estructurales de la economía y de la sociedad.

Las transformaciones estructurales de la economía apuntan a la conformación de las exportaciones, del empleo, de la ocupación del territorio, y todas ellas refieren al desarrollo de las inversiones reproductivas. Las de la estructura de la sociedad, que tienen que ver con la distribución y la generación del producto social, se reflejan en las condiciones de vida en toda la geografía del país, la estructura de la educación y la dimensión y calidad de la oferta de los bienes públicos y todas ellas refieren al desarrollo de las inversiones sociales.

Pero las reformas, los cambios institucionales, en la práctica, vendrían a ser el sucedáneo posmoderno de la revolución, como necesidad discursiva, frente a la debilidad de los logros económicos presentes y del previsible futuro inmediato; y la ausencia de programas de densidad nacional referidos a las inversiones de desarrollo productivo o social. Puede que no sea una decisión expresa. Pero es una deriva lógica de una concepción de la política que prescinde de los planteos de largo plazo, de los programas, de los planes. Porque la lógica de los planteos de largo plazo, de los programas, de los planes, es la lógica de los acuerdos, de la concertación y de los consensos. En la vida democrática no debe haber una cosa sin la otra.

Juan Perón, quien provee a la política nacional de la excluyente capacidad de aglutinar mayorías, siempre sostuvo que para gobernar, que es prever, era imprescindible que nada grande quede afuera. Y en la madurez de su proyecto político, además de los contenidos francamente revolucionarios, sostuvo la imprescindible necesidad y conveniencia de la concertación. Porque si gobernar es prever, entonces, el escenario de todo gobierno es el largo plazo. Y ese escenario es aquel en el que el consenso es posible e imprescindible.

Cristina Kirchner, días  antes de asumir por segunda vez la presidencia de la Nación, comenzó un proceso de relectura de la política económica de Néstor Kirchner y de su propio primer mandato. Todo un gesto que sugería redescubrimientos.

En primer lugar puso al descubierto la inexplicable política energética de la gestión que llevo al país a esta encrucijada importadora. En segundo lugar puso en evidencia la inexplicable inequidad de la política de subsidios dirigida a las empresas concesionarias proveedoras de servicios. En tercer lugar desnudó la inexplicable política, para decirlo breve, que permitió la colosal fuga de 80 mil millones de dólares ocurridos en sus primeros cuatro años de gestión. Sucesivamente fue desgranando esas falencias fundamentales de lo actuado en más de ocho años de gobierno. Con la tragedia de Once se disparo el discurso, ahora en la boca de un Ministro de urgencia para la infraestructura de transporte, del horror del sistema ferroviario.

Para cada una de esas falencias – afortunadamente identificadas y desafortunadamente tomadas en cuenta después que cada una de ellas dejo huellas profundas, todas irreparables aunque de distinta jerarquía – propuso y ejecutó políticas.

En energía la bandera fue la expropiación de las acciones de Repsol en YPF y cambios en los precios a los consumidores y en la estructura de precios de la energía.

En materia de subsidios hubo cambios. Menores a los inicialmente anunciados. Pero se dieron pasos que, más allá de su pequeña dimensión, fueron en dirección a más equidad.

En materia cambiaria, el cepo, cerró el grifo de manera eficaz. Lo que no significa que haya sido eficiente.

Finalmente, en materia de transporte, se decidió importar equipos ferroviarios chinos como motor del cambio.

No haremos ahora una evaluación de esas decisiones. Tampoco de los resultados de las mismas. Solo hemos querido referir que, en este segundo mandato, se han identificado problemas gravísimos del presente, todos derivados de las políticas, por comisión u omisión, de la gestión sea en su versión NK o CFK. Fue una autocrítica más allá de la forma de expresarlo. Y eso en si mismo es bueno. CFK lo dijo antes de asumir el segundo mandato, durante el segundo mandato, pero lo excluyó del discurso en que brinda el informe constitucional sobre el estado de la Nación. En el discurso hubo menciones a obras concluidas, iniciadas o anunciadas. El inventario de problemas fue hecho antes.

Salimos del infierno del 2001 y 2002. Y salimos de la economía en recesión larga iniciada en 1998. Y salimos de la destrucción masiva de la convertibilidad. Y, como dice Miguel Cuervo, del tsunami instalado en 1976. Tierra arrasada.

Todo eso es verdad. Y está bien recordar cómo se produjeron, cómo se llevaron a cabo, estas desgracias.

Pero no hay que olvidar que estuvieron asociada a estos siete jinetes del Apocalipsis económico nacional: atraso cambiario; predominio de la mirada financiera; deterioro del salario real, del empleo y del trabajo digno; pobreza y marginalidad; primarización; ausencia de inversiones. En la base estuvo la ausencia de reproductivas y de las inversiones en infraestructura de desarrollo.

De ahí venimos. Pero ¿dónde entramos? o ¿dónde vamos? ¿Qué nos proponen los que gobiernan?

Siempre esperamos ese mensaje de contenidos reales en los anuncios presidenciales de la democracia. Anuncios acerca de qué, cómo. Y con mucho más expectativa cuando se trata de un discurso que abre la segunda década de una gestión. ¿Lo hubo?

En una nota de julio del año pasado (El discurso y la reforma) en este diario escribí  “Conclusión: en los tiempos que corren la deslealtad al proyecto oficial no se medirá por criticar aspectos del presente económico. La lealtad será mensurada por la postulación, sin condicionantes, de la necesidad de la reelección presidencial y la necesaria reforma de la Constitución. El  combo se integrara con algunas reformas institucionales de la sociedad civil, muchas ya legisladas, y las que aparecen en el horizonte en la estructura económica: cuestiones del poder. A nadie escapa que las reformas económicas no requieren estatuto constitucional sino la materialidad de lo real por sobre la formalidad de los textos. Y tampoco a nadie escapa que la re re es la manera más probable de mantener consolidado el poder de todos aquellos que lo han logrado sin ser depositarios de la voluntad territorial. Síntesis. El gobierno baja del escenario el discurso de los resultados de la economía. Y sube el de las reformas de la política.

Hasta aquí lo dicho en aquella nota. Este discurso presidencial se enmarcó en esa línea.

Como la economía aún no se enderezó y todas las preocupaciones económicas del pasado pasaron a ser preocupaciones del presente, el discurso de las reformas ha ganado terreno.  Lo preparan espadas nuevas para el peronismo o para el amplio espacio nacional y popular.  Diana Conti  o Raúl Zaffaroni o Eduardo Barcesat, cuyos meritos intelectuales están fuera de discusión, son los abanderados mas calificados de esta nueva avenida de ingreso a la revolución posmoderna vía las propuestas de reformas institucionales.

Con ese discurso han ascendido, en la escala de la proximidad al poder, los ADN menos peronistas dentro de los miembros del Frente gobernante.

Los dirigentes de formación peronista, y son mayoría en la estructura del poder territorial, legislativo y aún en el Ejecutivo, fueron educados en la doctrina de la felicidad del pueblo (distribución) y la grandeza de la Nación (crecimiento). Sin esas dos banderas combinadas no hay reivindicación del peronismo.

Por cierto no solo el peronismo reivindica la mejor distribución del producto social. Pero pocas corrientes políticas la ponen en la primera fila de las prioridades. El tiempo que se asigna para la espera de la distribución, en cada circunstancia, es proporcional al conservadurismo de los gobiernos.

El peronismo le suma a la distribución el carácter de la felicidad, de la alegría, de la satisfacción. Pero lo basa en la materialidad del trabajo. El trabajo realiza. Sin trabajo no hay felicidad de la distribución. Y no hay trabajo sin el esfuerzo de la inversión en la herramienta y en la capacidad del pueblo. Todo eso forma el sugerente concepto de felicidad del pueblo.

Y respecto de la grandeza de la Nación, como todos recordaran, el General Juan Perón la definió con los nombres de los argentinos que, mas allá de las simpatías ideológicas, habían contribuido a la construcción del espacio nacional. No es menor que Carlos Menem haya sido el verdugo de los FFCC y también de la memoria histórica que el líder del peronismo colocó sobre ellos. La grandeza de la Nación requiere de la herencia y del pasado. Si. Pero, por sobre todo, de la promesa del futuro. Del futuro construido sobre las señales de la materialidad de la vida cotidiana.

Salimos del infierno. Es verdad. Pero el legado peronista, en la metáfora del retorno, refiere un viaje al paraíso perdido de las épocas en que gobernó el General. No vamos a repetir aquí los números que dan razón a la lógica del retorno de las dos primeras presidencias y de la tercera. Los períodos presidenciales fueron truncos. Por eso el retorno es la metáfora. La primera etapa fue trunca por un golpe que, en la práctica, fue una expulsión del paraíso. Y la génesis del partido militar asociado a la ideología liberal en lo económico. Y la segunda etapa fue trunca por el mismo partido militar más la doctrina del genocidio. La tercera presidencia de Perón fue erosionada por la violencia de quienes querían conducirlo o desplazarlo y su símbolo máximo fue el asesinato de José Rucci. Así se disparó al tsunami que antes mencionamos.

En este discurso presidencial, más allá de algunas cifras que reivindican la gestión, no apareció el futuro de la felicidad del pueblo y de la grandeza de la Nación. Respecto del futuro fue un discurso centrado en las reformas institucionales. Puede que sean positivas e importantes. Pueden entusiasmar. Pero, es obvio, en la administración de justicia, como en toda la oferta de bienes públicos (educación, salud, seguridad, plan) hay una tarea gigantesca por hacer porque hay un déficit colosal.

En la justicia, la primera tarea por hacer es garantizarnos la probidad moral y la solvencia técnica de los jueces. Una justicia con jueces probos y capaces técnicamente tiene a su favor un enorme capital. ¿Qué puede garantizarlo? Quizá lo que más lo garantizaría de ahora en más sería el hecho de que cada juez, antes de ser elegido, haya tenido una vida en la que haya construido una reputación moral comprobable y una solvencia acreditada en cada especialidad. Eso nos habla del lugar de los sabios, en todas las dimensiones, en las sociedades. La justicia es leyes y sabiduría.

El control debe y puede contribuir. Pero no puede suplir la sabiduría. La elección es la clave.

La fe en la soberanía popular es un principio esencial de la vida democrática. Pero seria bueno que toda reforma institucional comenzara por la manera en que podemos elegir. La soberanía popular se ejerce por la vía de la representación. Las leyes electorales, las regulaciones de la vida de los partidos, todas las cuestiones que tienen que ver con los órganos de la representación deberían tener prioridad cuando queremos reivindicar el valor de la democracia y la representación. Democratizar la justicia es realmente una muy buena expresión. Pero resulta precaria ante los escasos esfuerzos que hacemos para democratizar la política. ¿Cómo podemos democratizar la justicia sin asegurarnos las condiciones de los que eligen y de los que son elegidos?

Preguntémonos con rigor ¿Quienes pueden ser candidatos?¿Quien elige las listas?

¿O es que no hay una cierta oligarquía en las estructuras de los partidos? La democratización de la política (y de todas las representaciones) debe comenzar por la dilución de las oligarquías en los partidos de todas las corrientes ideológicas. Sin eso no se puede hablar de democratización.

Sin negar el valor de la adhesión mayoritaria que tienen quienes gobiernan, seguramente bien ganada, no debemos olvidar que la génesis de los candidatos en los últimos años ha tenido más de dedo que de democracia.

Pero si la democratización de la justicia se somete al dedo de la adhesión podemos ir un paso atrás. Nada nos asegura que después podamos ir dos pasos adelante que es lo necesario cuando el primer

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04 marzo 2013

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