Vale la pena

16 de marzo de 2013

Por Carlos Leyba

PUBLICADO EN EL ECONOMISTA

La muy probable retirada de Vale, la empresa concesionaria del proyecto de explotación de una mina de potasio en Mendoza, por voluntad propia o por quita de la concesión, es – por sobre todas las cosas – un golpe a la vigorosa etapa de la primarización minera argentina.


Este proyecto apuntaba a ser la mayor inversión en nuestro país. La que le sigue, en orden de magnitud, también es minera. Las dos son extranjeras.

Las inversiones extranjeras mineras conforman, aquí y ahora,  un paquete de tales dimensiones que disponen de un enorme poder de condicionamiento verificable toda vez que no se hayan establecido condiciones, por parte de la autoridad concedente, que garanticen determinados objetivos. En otras palabras: lo que no se haya establecido como condición previa a la inversión no sólo no será reconducible, en el caso de entenderse necesario, sino que dada la dimensión económica y social de esas inversiones, se afectará notablemente el equilibrio del poder. Basta recordar la morosidad pública en materia del inventario de glaciares.

El desarrollo actual de la minería en la Argentina, hasta hoy, se basa en los principios legales y la concepción económica del menenismo o de la convertibilidad, que postulaban la tesis del aliento a la inversión extranjera, la privatización y el elogio militante de la desindustrialización. En síntesis, ese pensamiento identificado como “los 90”, se trataba de una apuesta al aprovechamieno de los recursos naturales, de nuestras ventajas comparativas estáticas, surgidas del reparto de la geografía mundial. Y – sin vocación industrialista – en ausencia de condicionalidades impuestas a la concesión, el aprovechamiento, se limitó a la explotación de esos recursos en términos de extracción. Extracción de un recurso no renovable.

Concepción adaptativa destinada a darle valor a la primera etapa, es decir, a la naturaleza. Y en el mismo marco adaptativo se trata de establecer relaciones, basadas en esas ventajas, con la economía mundial.

La apuesta a la minería del SXXI, que la Argentina no atendió en el SXX, es una transformación de “rama” dentro de la apuesta al sector primario.

Nuestro país en el SXIX y parte del SXX, apostó al desarrollo de las fuerzas productivas locales, básicamente del sector agropecuario, con el concurso de la inmigración y la importación de capitales. Y logró un crecimiento extraordinario: el país de mayor inmigración en términos relativos.

Juan B. Justo, líder socialista vernáculo, en 1905 sostenía que, la defensa de los trabajadores, se lograba con el intercambio de barcos de granos por barcos de productos industriales, mejores y mas baratos. Ese corazón tierno consideraba que era oligárquica la protección para desarrollar industrias “caras y de mala calidad”. La izquierda abrazaba al libre cambio. Ese fue el período de integración con el imperio comercialmente dominante.

La especialización agropecuaria permitió el aprovechamiento de un recurso renovable que cimentó una inmensa productividad que – hasta ahora – no tiene parangón en ningún otro país  y que nos permite competir en calidad y precio en toda la geografía mundial. Sin embargo, a pesar de esa inmensa productividad, si hacia los años 30, esa productividad, no hubiera servido para financiar la industrialización, sustituyendo las importaciones que alegraban a Juan B. Justo, la clase trabajadora no habría sufrido por productos “más caros y de mala calidad” sino por la peor de las indignidades que es el desempleo.

Desde finales de la Segunda Guerra Mundial y hasta 1975, la productividad primaria ayudó a desarrollar la industria y el país logró estándares sociales y económicos que nos hicieron primeros en América del Sur, sin deuda y sin los términos del intercambio derivados de la emergencia China. Pleno empleo, Coeficiente de Gini como el de Dinamarca hoy, y 4 por ciento de pobreza medido por un INDEC indiscutido. Esos resultados no fueron un milagro sino de la aplicación, a veces desprolija y desbalanceada, de una estrategia de desarrollo basada en un acuerdo implícito sobre la promoción de inversiones industriales reproductivas y la definición de inversiones de infraestructura estratégica.

Desde 1975 ese consenso y ese paradigma estratégico fueron sustituidos por un pensamiento al que podemos calificar de liberal, aunque muchos se resistan a esa denominación. Derogación de todo programa de largo plazo, de toda promoción enérgica y consistente, en materia de desarrollo industrial y territorial y de la presencia activa del Estado en función de la multiplicación del empleo productivo.

Los deshechos, las consecuencias de esas derogaciones, conforman situaciones sociales que inducen a políticas reparadoras que asisten – quién puede estar en contra de ello – a los sufrientes. Acciones elogiables que no aportan a los incrementos de productividad sistémica que son los únicos que pueden sostener el bienestar de la población,

El extraordinario desarrollo de la minería, una extracción de recursos no renovables, reproduce – al menos en ese sector de la vida económica y territorial – el modelo de integración primaria que adoptó nuestro país en el SXIX y principios del SXX: intercambio de materias primas a nivel primario con otros países proveedores de industria. La reciente incorporación de trenes chinos – sin ninguna participación ni de la industria ni del trabajo argentino – repite aquél esquema.

Y de la misma manera la no industrialización, de las materias extraídas de los yacimientos, genera una capacidad de compra que implica la contrapartida de la importación de productos industriales: podremos pagarlo y consumirlos, pero no generar trabajo y avances tecnológicos.

El proyecto Vale – tal cuál está – es el equivalente a la exportación de lana para importar ponchos. Es trabajo rural a cambio de trabajo industrial; es naturaleza a cambio del resultado de las inversiones reproductivas. Un intercambio absolutamente perdedor en términos de organización social aunque genere un bienestar transitorio. La soja argentina es, también, exportación de proteínas vegetales para que, por ejemplo en China, se produzcan proteínas animales.

La política económica de desarrollo es justamente “subir un grado” y eso es “industrializar”.

En minería, desde esa perspectiva, estamos en el más primario de los estados. Somos uno de los primeros países del mundo por nuestro stock de riquezas minerales. Empresa extranjera extrayendo recursos no renovables y exportándolos al menor valor del proceso productivo no es para elogiarnos.

“Vale” exportaría mineral de potasio. Para industrializarlo en Brasil. El potasio procesado en Brasil es la alimento que el suelo del país hermano necesita para mejorar su horizonte productivo agropecuario. Nuestros hermanos están comprometidos de tal manera con su desarrollo industrial (elaboración del potasio) y agrario (suplementos para el suelo) que deberíamos emularlos. Por ejemplo, exigiendo que el proyecto de Mendoza se complete en todas las etapas industriales. Subir grados en el proceso es una manera de aprender el desarrollo.

Unos ejemplos. Si el cobre que lo exportamos en bruto, lo refináramos aquí, su valor se multiplicaría por 3,5 veces; y si lo elaboráramos, su precio respecto de la materia prima se multiplicaría por 4 veces. Y si queremos torturarnos con el silicio, la refinación multiplica por 800 veces el precio de la materia prima y la producción de obleas la hace explotar en 2.500 veces. Y todavía no llegamos a la etapa de los paneles solares.

Oro en polvo extraído en una bolsa con agujeritos. Y lo que es peor, sin industrializar, será una minería que, inexorablemente, tendrá efectos y consecuencias económicas y sociales negativas que habrá que solventar. Y no se habrá generado la productividad para hacerlo holgadamente.

En todos los casos de la mega minería necesitamos de un consenso científico en materia ecológica (que incluye el paisaje). Y en todos los casos necesitamos de un consenso estratégico que no haga de la minería pan para hoy y hambre para mañana. Hasta ahora nada ha mejorado el concepto “industrializar”. Y aunque parezca mentira con un siglo de experiencia repetimos, tal vez sin quererlo, el mismo error: disfrutar de la naturaleza y postergar la estructura del desarrollo.

Es una pena que “Vale” abandone el proyecto. Pero vale la pena pensar para qué vale “Vale” incompleta como está.

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16 marzo 2013

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