Consenso contra los flagelos

24 de marzo de 2013

Por Carlos Leyba

El redescubrimiento en Argentina de Francisco, el Papa, es una tarea que ha involucrado a personajes, cuyas declaraciones, han sorprendido tanto como lo hizo la designación de Bergoglio. La sorpresa fue universal. En nuestro país, controversial.

Primero la andanada de la mayoría oficialista que interpretó, la inicial frialdad de Cristina, como señal de combate. El armero, Horacio Verbivsky con la ayuda de Página 12 y el show de 678. El arma la acusación de haber entregado a dos jesuitas a los genocidas. Entregador de victimas para la tortura; torturador sin poner las manos; el representante del Crucificado, para Horacio Verbivsky, es genocida y cobarde.

Finalmente, más allá de la increíble debilidad del fundamento de las acusaciones, habló la única víctima del secuestro para desmentir rotundamente todo. Nadie pedirá perdón.

Los verborrágicos desconcertados porque la frialdad inicial de Cristina, luego de su encuentro con Francisco, tornó en emoción movilizadora. Ya ha tomado sus palabras y ha insinuado un cambio de estilo: de la admonición a la aceptación.

El caso extremo de viraje oficialista ocurrió en el programa “Palabras más Palabras menos” de TN. Ninguno de los presentes tenía una mirada positiva sobre la Iglesia en general y sobre Bergoglio en particular. Los conductores M.Zlotoswiada  y E.Tenembaum compartían la mesa con H.Gonzalez (el líder de Carta Abierta K) y JP Feinman (quien dijo que los críticos de CFK lo eran por no tener esperanza de poder alcanzar sus encantos). González reiteró sus críticas a Bergoglio. Aunque bajó un cambio respecto de la semana anterior. Pero sin desdecirse.

Cuando concluyó, un exultante Feinman gesticulaba apasionadamente y gritaba “Francisco es nuestro, la magistral Cristina ha ido a la captura del Papa que es nuestro”. Desconcierto. Volver a mirar esa escena es imprescindible; como también lo es leer a Hebe de Bonafini o a Estela de Carlotto rectificándose del sentido de lo previamente afirmado.

¿Cuándo dicen la verdad de lo que piensan y en base a qué datos objetivos realizan sus juicios? Un enigma.

La voltereta de odio-amor refleja una enfermedad peligrosa con dos síntomas. Uno, en la etapa del odio, es el ejercicio de la difamación, que es la antesala de la persecución, ante cualquier crítica al oficialismo. El otro, la capacidad de decir y hacer lo contrario a lo que se hizo, si la mirada oficial cambia de rumbo.

Para doblar hay que poner luz de giro. Avisar. Y no tener rumbo propio es ser una marioneta. Ambas conductas, no poner luz de giro y no tener rumbo propio, son formas de auto despersonalización. Una enfermedad que se hace contagiosa.

Me permito recordar el amor a Carlos Menem de todos los principales dirigentes del PJ (gobernadores, senadores, diputados) en los 90; y su demonización hasta la primera década del SXXI. Y – notable – nuevamente el amor de los mismos personajes, ahora K, que lo veneraron en el Senado. Y ahora la oportunidad de volver a la condena con un Juicio de casación condenatorio. De esa enfermedad no se vuelve. O con amigos como esos hay que tener cuidado de tropezar.

En síntesis no es estimulante la reconversión, el redescubrimiento, hecho sin asumir y pedir perdón, por parte de los que lo acusaron a Bergoglio y que, al redescubrilo, lo encontraron santo.

Pero también ha habido un “redescubrimiento” en el arco político opositor. Aclaremos que el arco opositor está repleto de ex menemistas y ex kirchneristas, y de ambas cosas al mismo tiempo. Es decir el contagio migra y no hay barreras. Volvamos a Bergoglio. El estaba acá. No en la estratósfera. Y el mensaje y la doctrina expuestas por  él, durante años, también. Resulta penoso que los responsables políticos y económicos de la destrucción del tejido social de la Argentina, en primer término, los militares genocidas y los civiles que los incitaron y los ayudaron; y después los políticos de la democracia que aplicaron ajustes tras ajustes, que endeudaron al país de una manera más que irresponsable, infame; los que destruyeron el aparato industrial que sostenía al Estado de Bienestar, los que entregaron el patrimonio nacional y la real soberanía económica; resulta penoso digo, que esos personajes redescubran y aplaudan las palabras de Bergoglio, siendo que estando en el poder hicieron lo contrario sin escuchar sus demandas.

Esa inconsecuencia, sin aclaraciones, es la misma enfermedad. Una que les impide hacerse cargo de la propia historia; y que – dado que están en el escenario siempre, con distintos argumentos y distintos directores,- siembran en la sociedad una desconfianza radical en la política, que en boca de ellos, es la quinta esencia del oportunismo. Lo contrario de Bergoglio.

Ahora Bergoglio es Francisco y se ha convertido en un cautivador de multitudes. Por eso esperan apropiárselo. Los opositores lo mismo que Feiman. Muchos en la oposición creen que les viene al dedillo la aparición de un Papa nacional; y que además ya es popular a escala universal. Aspiraban a un Francisco que galvanizara la oposición y esperaban gestos que les ahorrara el esfuerzo de respirar para seguir viviendo.

¿Dónde ha caído la política argentina para que el oficialismo, al menos la expresión de JP Feinman y los carteles del Papa peronista; y la oposición, los escandalosos carteles del PRO, se disputen  la apropiación del Papa?

Lamentable e inútil. Ni antes ni ahora, ni Bergoglio, ni Francisco, se interesó ni se interesará por la política en el sentido de apropiación o ejercicio del poder sustantivo. El poder. Algo que se tiene, que, hasta aquí, es la esencia de la disputa entre el oficialismo y la oposición.

El interés de Bergoglio y de Francisco en la política pasa por el poder verbo, que es poder  hacer lo necesario para la recreación de una comunidad de hermanos que sean solidarios de verdad con el más débil. Por ese objetivo no hay disputa sino más bien indiferencia.

El apetito electoral, de unos y otros, amenaza con desbaratar el signo que, al menos para los argentinos, tiene la elección de un hombre con la trayectoria de Bergoglio y los gestos de Francisco.

Ese signo es el reconocimiento de la fraternidad de ser argentinos y la finalización de la dialéctica amigo-enemigo; y, como consecuencia de ello, establecer el diálogo para el consenso.

Ese es el primer mensaje que ha generado la abrumadora simpatía y empatía popular con los gestos del Papa.

El segundo es que, ese consenso, tiene que tener como eje acabar con las servidumbres de nuestro tiempo. Los flagelos que castigan al mundo y a nuestro país. La pobreza y la indigencia, la droga, la explotación de mil maneras de los seres humanos, la violencia, el desprecio por el ambiente y la naturaleza, y el olvido de que la tarea principal es el desarrollo de todo el hombre, en su integralidad, y de todos los hombres, en su totalidad. Ese es el mensaje de Francisco. Y lo que por ahora resuena en los oídos de la sociedad.

Nos propone un cómo, que es el diálogo y el consenso; y un para qué, que es la eliminación de los flagelos.

No hay manera de no concordar en ese planteo. Lo difícil es instrumentarlo porque significa renunciar a algo de lo propio. Es decir, es difícil renunciar a la comodidad del monólogo de unos; y a la cómoda función de comentaristas críticos de los otros.

Aceptar el diálogo y bregar por el consenso, refleja  la madurez de la sociedad; y la valentía y el compromiso de sus dirigentes. No es fácil reclamar madurez a una sociedad condenada a la acción directa para tener derecho a la existencia; que no ha logrado hacer carne del derecho de hacerse representar por sus representados. Una sociedad que no prioriza la participación y en la que la acción directa de las minorías se ha convertido en una herramienta de decisión inexpugnable, renuncia – en los hechos – a la práctica democrática. Estamos en riesgo de someternos a una gobernanza oligárquica por ausencia de sociedad.

Y además, hasta ahora, el oficialismo ha renunciado al liderazgo del consenso; y la oposición ha renunciado a la crítica propositiva. El gobierno impone y la oposición comenta y critica. Es una oposición refleja. Sin capacidad de iniciativa de pensamiento.

Hay excepciones. Y valiosas. En ambos lados. Pero la marea los dispersa y al final del día lo que queda es monólogo y reflejo.

La herramienta del consenso requiere capacidad de diálogo y de propuesta. Para lograr la puesta en marcha del consenso, hace falta ejercitar el ABC de la política, que es lo que está absolutamente olvidado.

La segunda cuestión es el contenido del mensaje de Francisco: acabar con los flagelos. Como no concordar en esa demanda. Pero construir el consenso sobre cómo acabar con los flagelos requiere un diagnostico profundo sobre las condiciones económicas y sociales del país y los caminos para transitar hacia las metas.

Cuestiones de último momento sobre los flagelos. La droga. El jefe policial santafesino que conducía la lucha contra la droga esta sospechado de beneficiarla. Y el hasta ahora jefe del organismo público de la lucha contra la droga se convierte en presidente de la empresa que administra los aeropuertos que, al menos en otros lugares del planeta, es un ámbito por donde ingresa la droga. La pobreza. El INDEC desarrolla estadísticas entre cuyos resultados esta la reducción del número de pobres e indigentes. El sensor informativo, en lugar de poner la lupa y agrandar la mirada sobre las consecuencias de un fracaso, se aleja de la realidad y la obscurece. Para el INDEC los pobres son 2 millones; para la UCA son 10. Los pobres desaparecen de la estadística oficial pero no de la realidad. La marginalidad, el fracaso de la oferta de bienes públicos, es el caldo de cultivo de la violencia y la inseguridad.

Estos flagelos no son independientes de la ausencia de un diagnóstico que ponga en claro que nuestro país ha crecido primarizandose y sin generar las inversiones posibles y necesarias. Ahí estamos. Después de un viaje de cuatro décadas. Y con oportunidades únicas.

La herencia de la dictadura genocida en términos de la moral colectiva ha sido gravísima. Esa destrucción de valores colectivos, de la base convivencial, que alcanzo su clímax en ese periodo, pero que venía de lejos, es un daño que no hemos reparado. Hay una línea de fraternidad quebrada. ¿Cómo repararlo? El mensaje de Francisco marca un camino. Pero ¿cómo transitarlo?

Luego los resultados del periodo democrático. Una síntesis de lo poco que nos ha aportado el periodo en materia de convivencia y fraternidad, es la frase de Cristina el viernes en Morón cuando dijo  “nos vamos a entender los argentinos de una buena vez por todas”. Esa frase es un programa. Es un programa y es un diagnóstico. Si nos tenemos que entender es porque no nos reconocemos como parte de un mismo todo que es superior a las partes. Esas palabras son un puntapié para el diálogo. Pero falta materializarlo.

Ojalá que esas palabras sean un camino al liderazgo de consenso que supone la realización de muchas renuncias para que el escenario del diálogo y el consenso sea el terreno generoso de cesión. No es romanticismo. Es racionalidad. La cooperación es superior a la competencia, en todos los planos. La gran demora argentina pasa por ahí. Por la inmadurez de la sociedad y la pequeñez de sus dirigentes para la cooperación. La apropiación, no adueñarse sino hacerlo propio, del mensaje de Francisco puede ser la llave de entrada al escenario del diálogo.

Finalmente los contenidos. No hay manera de incluir a todos los habitantes si el país no encara un inmediato programa de transformación que puede sintetizarse en pocos ejes: industrialización y ocupación del territorio; oferta de bienes públicos y transformación del Estado; construcción de una moneda y un salto cualicuantitativo de la inversión.

Sin industrialización no hay pleno empleo ni Estado de Bienestar; sin ocupación productiva del territorio no hay posibilidad de igualar las condiciones de vida en todo el país; sin oferta masiva de bienes públicos (educación, salud, seguridad, justicia, un programa estratégico de largo plazo) no hay productividad sistémica; sin transformación del Estado el peso burocrático derrumba la modernización del país; sin moneda sólida la fuga de excedentes filtra la capacidad de invertir (apuesto a la indexación de la moneda) y si no privilegiamos la inversión reproductiva el ahorro se convierte en una forma de consumo mortuoria. Sin respuestas consistentes a estos desafíos no hay base material para salir de la pobreza, la marginalidad y la violencia.

Redescubrir a Francisco, si es sincero, es el programa pendiente: consenso contra los flagelos.

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24 marzo 2013

Consenso contra los flagelos

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