La lección de las inundaciones

5 de abril de 2013

Por Carlos Leyba

La palabra inundación tiene resonancias catastróficas. Y ciertamente las ocurridas en estos días lo han  sido. Los muertos, los dolidos, las pérdidas materiales, el desasosiego, el sufrimiento colectivo y la impotencia. Todo junto. La solidaridad, los gestos heroicos. Todo junto. Nada de esto es nuevo. Nada es exclusivo de nuestro país. Y tampoco nada de esto es propio del subdesarrollo. No hace falta hacer un inventario. Todos sabemos de lo implacable de la naturaleza en todas partes. Incluyendo los países ricos. Pero en los países ricos se sufre menos; y mucho más se sufre en los sectores sociales más desprotegidos de los países menos privilegiados.

Siempre las personas socialmente más vulnerables están en los lugares más vulnerables y en las condiciones más vulnerables. Y las catástrofes se empeñan en golpear allí. La primera fila del sufrimiento está,
siempre, integrada por las personas más vulnerables. Casas precarias en zonas precarias. Allí el accidente ocurre, pero muchas de las consecuencias no son las accidentales sino que son la consecuencia de las condiciones. Por eso las inundaciones, justamente allí, pasan a ser catástrofes evitables. Más evitables cuando más precaria la condición de los que allí habitan.

Es cierto, en este caso y en muchos otros, que no siempre la condición de precariedad es condición necesaria para la catástrofe, pero esa condición de precariedad es suficiente para que lo que ocurra se convierta en catástrofe. En ese sentido no todo ha sido un accidente. Como solía repetir un eslogan gubernamental, si se puedo evitar no es un accidente. Muchas de las desgracias acaecidas habrían podido evitarse. No todas. Pero sí muchas. La pregunta pertinente, porque constituye una enseñanza, es ¿cuándo y cómo podría haberse hecho algo, o dejar de hacerse algo, para evitar alguna de las consecuencias de las inundaciones?

Se ha repetido hasta el hartazgo la bajeza de las furias políticas. Sin duda se repite, lo que tantas veces hemos dicho, lo mal que estamos en esto de no hablar entre nosotros sino de los otros. Jorge Luis Borges decía que las personas inteligentes hablan de ideas y no de otras personas. La política ha caído en el territorio menor de las críticas a las personas. Nadie gana con ello. Nuestro Papa Francisco, en el alba de su pontificado, les dijo a los argentinos reunidos en la Plaza de Mayo “no saquen el cuero”. Eso es lo que se hace cuando se habla de la gente y no de las ideas. No está bien que los funcionarios responsables de las acciones se alejen demasiado del lugar del comando. Es cierto. Las conducciones, que son políticas, son indelegables. Nuestra anterior Constitución obligaba al Presidente a pedir permiso al Parlamento para alejarse de la Ciudad Capital. La tecnología ha colocado en el ridículo esa exigencia. Pero no parece razonable querer tener la vida de un ciudadano común cuando se ha propuesto uno para no serlo. Los funcionarios no son gerentes de empresas. Y si bien es un derecho descansar, es una obligación estar ahí. Ellos eligieron una vida no común. Nadie los obligó. Y sus obligaciones están por encima de sus derechos. Las ausencias han sido castigadas y han sido lamentables. Ser funcionario político es de pleno tiempo y sin horario. Suena duro. Injusto. Exagerado. Pero debe ser así. Debe ser así en la catástrofe para mitigarla con el ejemplo. Y antes de la catástrofe para evitar sus consecuencias.

Dicen los que saben que, en definitiva, las consecuencias de la inundación son la consecuencia de la ausencia, ahora bien lejana en el tiempo, de un plan director que hubiera contemplado los emplazamientos urbanos en función del flujo de las aguas. Tan simple como eso. En los veranos los ríos de montaña se han llevado a familias enteras que acampaban a la margen del río. Todos los del lugar conocen hasta dónde llega la crecida. Y nadie acampa ni construye allí. No hay mucho más. Hay en la geografía diferentes niveles y hay planos que identifican las alturas; los arroyos; los cauces. Nada nuevo. Pero lo que no ha habido es la decisión política, no de ahora sino de hace años, de aplicar la lógica de quién acampa a la vera de un arroyo. Esas decisiones habrían bajado el valor inmobiliario de algunas zonas. Y una vez construido, el valor se deteriora para el adquirente como consecuencia de las inundaciones reiteradas. El conjunto de la sociedad se verá obligado a invertir en reparar lo perdido y en intentar encerrar de mil maneras a la naturaleza. Hasta cierto punto todas estas pérdidas económicas, las inversiones para disminuir el daño, las de compensación, etc., podrían haberse evitado. Las pérdidas de vidas humanas no. En las ciudades, estas inundaciones, tienen algunas consecuencias que habrían sido evitables si otras decisiones distintas que las que se tomaron se hubieran tomado hace ¿100 años?; y así hasta hace apenas unos años o unos meses.

¿Cómo estamos pensando las ciudades para los próximos 25 años? La concentración urbana es una tendencia irreversible. Y la inundación es una metáfora de otras muchas inundaciones. Por ejemplo el caos de tránsito es una manera de inundación. La tragedia de Once no fue un accidente en la medida que fue la consecuencia de decisiones que no se tomaron o que se tomaron en la dirección equivocada.

Detrás de todo esto hay un elemento común, sea en el planeamiento urbano, los programas hídricos, o de transporte, la ausencia de un Estado en el que la burocracia profesional y respetada tenga una voz de peso y una ética y un carisma de la función pública. Y una política, conduciendo al Estado, capaz de pensarse a sí misma como responsable del largo plazo. O sea de las consecuencias futuras de las decisiones presentes. Es un momento demasiado triste como para pensar en culpables. El dolor tiene la virtud de posibilitar la reflexión. Hay un video en la web que describe los recursos públicos que se ponen a disposición de un legislador en Suecia y también las condiciones de vida que brinda el gobierno sueco a quién preside su administración. Describe una austeridad espartana. Una suerte de invitación a vivir en el Hotel Santa Marta y no en los palacios vaticanos, tal como lo está haciendo por ahora el Papa Francisco. La austeridad como contraparte de la vocación de servicio. La exaltación de la vocación de servicio.

¿Servir cómo? Poner toda la inteligencia de la que dispone el país, que es mucha, al servicio de los programas de largo plazo de la sociedad, de nuestra vida en común como argentinos. No es tan difícil. No podemos pedirle a quienes han alcanzado los cargos públicos erudición en áreas tan complejas.  Muchos carecen de la formación y de la experiencia indispensable. Pero ninguno carece de la posibilidad de obtenerlas de terceros. Hay una obstinación enfermiza en no acudir a la inteligencia y al conocimiento; y tratar de suplirlas por la confianza. Las administraciones públicas están colmadas de personas de confianza de las personas que ocupan los primeros lugares y eso no garantiza ni la formación ni la experiencia. Parte de la burocracia – sólo parte como consecuencia de las capas geológicas de las designaciones previas – tiene formación y acumula experiencia. Pero no siempre despierta la confianza de la política. Y si la política se resigna a vivir en el círculo de la confianza, se blinda al ingreso de las ideas y tiende a deteriorar el sistema por falta de aire fresco.

Esto que nos está pasando, las cosas que nos están saliendo mal, debemos convertirlas en alimento para el coraje de mirar de nuevo la figura que de nosotros hemos construido en el imaginario. No hemos construido una burocracia eficiente. Los responsables de la oferta de bienes públicos hace rato que no son llamados a la mística del servicio; y hace rato que el lugar que ocupan ha dejado de ser el lugar de prestigio que debería ser. No todos pero muchos han hecho de los privilegios un sustituto del prestigio, convirtiendo a la burocracia en una carga para la sociedad cuando, en realidad, debería ser lo que alivia la carga a la sociedad. Estas desgracias son una advertencia de la urgencia de repensar nuestra burocracia para repensar la capacidad de nuestro Estado para proveer la oferta de bienes públicos. La debilidad de la oferta de bienes públicos es uno de nuestros principales lastres colectivos. Y uno de esos bienes públicos es el programa, los planes, la visión de largo plazo. Las inundaciones, las consecuencias evitables de las mismas, los problemas de infraestructura, y las consecuencias evitables de sus falencias, son una deriva de la ausencia de las visiones de largo plazo que sólo se pueden sostener con una burocracia de alta calidad. Pero por encima de todo eso está la política, que no es otra cosa que disputar, discutir, dialogar, consensuar acerca de las ideas claras para ejecutar desde el Estado para construir una Nación. ¿Estamos hablando de política o estamos hablando del poder? Tener ideas para “poder” construir una Nación, no es exactamente lo mismo que tener ideas de cómo acceder o quedarse en “el poder”. Mientras nos hemos despreocupado por la burocracia y su calidad; estamos enfrascados en la cuestión del acceso o la permanencia en el poder. Y lo que está yermo es justamente ese espacio del debate acerca de cómo poder construir la Nación.

Mientras tanto, además de la evidencia de las fallas estructurales de nuestros diseños y de la debilidad de las compensaciones encaradas respecto de estos males de la naturaleza, la economía, la política, la sociedad se complican. Al cumplirse una década de la gestión K, las que eran virtudes para el oficialismo se están deshilachando; y a la vez las ambiciones acerca del futuro se están diluyendo. El país necesita que el oficialismo, la fuerza y razón gobernante, se aboque a pensar como mantener y enriquecer las virtudes que está dispuesto a sostener. Pero también necesita que los que militan en la oposición ofrezcan las ideas fuerzas y las razones por las que aspiran a gobernar. No hay lo uno ni lo otro. Y la política se ha reducido a un ir y venir sobre los acontecimientos como si lo que ocurre fuera independiente de nuestras acciones. No es así. Ni la inflación, ni la inseguridad, ni la pobreza, ni la debilidad en el empleo son independientes de las decisiones públicas. Tampoco la debilidad de la inversión y el estancamiento de la productividad sistémica. Nada es ajeno a las decisiones del poder y tampoco a las decisiones de quienes pretenden ejercerlo en reemplazo de los que están.

La política ante las inundaciones se configuró a la búsqueda de responsabilidades y ausencias; en el mejor de los casos a apelar a la virtud de la asistencia. Pero la sociedad necesita que la política se aboque al futuro. Lo único que será posible o no a causa de nuestras decisiones. El futuro es un camino que alguien traza. O lo hace el Estado, la política con la burocracia, mediante un consenso u ocurrirá a los tumbos y obligará a la ingeniería primitiva del paso a paso. Hoy esto. Mañana aquello. ¿Cuántas inundaciones más serán necesarias para tomar el futuro en serio?

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05 abril 2013

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