Un ejemplo chino

10 de abril de 2013

Publicada en El Economista

Carlos Leyba

En una reciente nota Martín Wolf (Financial Times) comenta el  documento del Centro de Investigación para el Desarrollo del Consejo de Estado presentado en el Foro de Desarrollo de China. Para el gobierno chino la cuestión del desarrollo y del futuro, amerita de estudios financiados por el Estado, sometidos al debate. El largo plazo es la preocupación central del Estado: del gobierno y de la sociedad.

En este plano, entre China y nosotros hoy, hay un abismo. La dictadura suprimió el organismo de planeamiento. Para la ideología del mercado el “plan” es un oxímoron. Y la democracia no ha formado una estructura para el diseño sistémico del desarrollo que asesore al gobierno; y que genere un escenario de debate. La última experiencia fue el Plan Trienal de Juan Perón que concertó con todas las organizaciones sociales y todos los partidos políticos.

Es que el futuro es el escenario básico del bien común y es la dimensión política del gobierno. El presente es su dimensión administrativa. Un gobierno sin administración genera desorden. Un gobierno sin escenario de futuro genera abismos.

Para el gobierno chino su próxima década será de desaceleración después de más de treinta años creciendo al 10 por ciento anual. Estiman una expansión del 6,5 por ciento anual en el período 2018 a 2022. Es que el potencial de inversión en infraestructura se ha contraído; las tasas de rendimiento se han achicado; hay sobrecapacidad en algunos sectores; la oferta de mano de obra se ha detenido; la urbanización se desacelera; crecen los riesgos de la solvencia de las finanzas de los gobiernos locales y también del mercado inmobiliario. El último Congreso del Partido Comunista Chino propuso el motor del consumo en lugar del de la inversión. Un cambio de “modo de expansión”, de dominante de inversión a dominante de consumo, en Japón y generó un largo período de estancamiento.

Para la Argentina representa mucho la expansión de la región asiática, liderada por China; y una desaceleración exitosa tendrá consecuencias pero si, como en el caso de Japón, la desaceleración se convierte en estancamiento, las consecuencias serán mayores. Wolf no menciona el incremento de los costos de producción en la industria China, en relación a la media de los países industrializados. En 2005 el costo total de producción en China era del 69 por ciento del de los países industrializados y en 2013 se estima en 84 por ciento. Ese es un límite para la deslocalización hacia China. Para The Hackett Group habrá un proceso de relocalización. La baja del costo de energía y de los salarios, en Estados Unidos, unidos a un aumento de la productividad, le ponen al escenario de las próximas décadas otros condimentos que nos pueden hacer menos digerible el mundo que viene. ¿Estamos analizando esos escenarios?

Nuestra década de crecimiento, ahora estancamiento de un año, está revelando problemas de infraestructura económica (energía, transporte) y social (vivienda, educación); reducción de márgenes en diversos sectores privados; problemas de solvencia fiscal en provincias y municipios; un freno en la dinámica inmobiliaria; y problemas de empleabilidad de la mano de obra con freno en la creación de empleo privado. Cualquiera sea el modelo de crecimiento, esos son signos que deben ser tenidos en cuenta para una discusión acerca del futuro que debe partir del país deseado, por ejemplo, para 2023, una fecha no más lejana que lo que va de 2003 al presente.

La política está remisa a este debate: un déficit descomunal. Sin materia prima de futuro la política no puede enamorar. Pero el oficialismo, que dispone del Estado, tampoco ha demostrado la capacidad de pensar y exponer el futuro deseado; y más bien se concentra en evaluar el pasado y administrar el presente caso a caso.

Llevamos una década de crecimiento. No los 30 años de China. Hace más de un año estamos parados. Dos buenas razones para la reflexión sobre el futuro. La pasada década de crecimiento nos interroga si por las mismas razones podemos seguir creciendo Y el año de estancamiento nos  interroga por cómo hacemos para salir. Hasta ahora no hay señales: salvo que los años de Néstor no están emparentados con los de Cristina.

Cristina Fernández, y no Néstor Kirchner, acuñó la frase “matriz de acumulación diversificada, con inclusión social”. ¿Podemos traducir?

En una sociedad decente nadie debería estar debajo de la línea de pobreza. Y una sociedad democrática debe tender a la igualdad. Conceptos relativos. Se puede igualar en la pobreza. Y puede no haber pobres en una sociedad de bajos ingresos. Por tanto el crecimiento es también un objetivo que tiene que satisfacer la igualdad y la inclusión social. Pero hay crecimientos que excluyen; y expansiones que incrementan la desigualdad.

Nuestro país, antes de la economía de la deuda (1976/2002), tuvo años de Coeficiente de Gini y porcentajes de pobreza como los de los países nórdicos. De nuestro país se puede decir que un buen futuro es el pasado. Es una expresión de decadencia. Negarla es ridículo. No diagnosticarla suicida. Pero ahora venimos de una década de crecimiento. El crecimiento sucedió a la “economía de la deuda” cuyo paradigma se fundó en la asignación al mercado de la tarea de la fijación de la tasa de interés; y a la tasa de interés la misión de gobernar el proceso de acumulación que determina la modificación de la estructura productiva y social. Ese paradigma está en la raíz de la desindustrialización, la regresión distributiva, y la explosión de la pobreza que precedieron a la crisis de 2001.

¿Cuáles son los fundamentos del crecimiento de la última década? Todo empezó con el default, producto del agotamiento del financiamiento; y con la salida de la convertibilidad. No habría habido convertibilidad sin deuda.

El abandono, al menos parcial, de la economía de la deuda fue el cambio de dirección que, con la devaluación con retenciones  – el reconocimiento de la economía de dos velocidades -, habilitó a los superávit gemelos (externo y fiscal) y al crecimiento con empleo (re sustitución de importaciones) y mejoras en pobreza y distribución. El default neutralizó el peso fiscal de la deuda externa; y las brutales condiciones de pobreza impidieron, junto con las retenciones y congelación de tarifas, que la devaluación se agotara en precios internos. Un fenómeno de licuación transitoria de la deuda similar al que produce la inflación con la deuda en moneda local.

El cambio de precios relativos, a favor de los sectores transables, generó crecimiento y cambio de expectativas. La cuestión financiera, títulos para los acreedores bancarios y la reducción de los pasivos, incrementó la deuda pública en pesos. Pero, como un viento que despeja el horizonte, llegaron los términos del intercambio más generosos de nuestra historia. Y todos los pasivos públicos fueron licuados por los precios de materias primas. Algo inesperado que se percibió permanente.

A las decisiones gravosas sucedió un bonus que aun estamos cobrando; y que, sin embargo,  hoy no alcanza para sostener el superávit fiscal y tampoco al externo si es que nos pusiéramos a  crecer a tasas chinas.

El tercer elemento, que apuntaló la expansión, fue la quita y la reestructuración de la deuda. Sin el alargamiento de plazos, la pesificación y la quita, hoy la deuda seguiría siendo un condicionante mayúsculo para la economía.

Es que la devaluación, el cambio de los precios relativos, perdió gran parte de lo logrado en la primera etapa; los términos del intercambio, para jugar como antes, deberían tener un nivel que no podrán alcanzar; y el crecimiento por el consumo todavía no ha recibido el oxígeno de la acumulación transformadora.

Nos falta poner en común el diagnóstico integral del crecimiento de la década; y también el de las causas del estancamiento presente. Será muy difícil. Tal vez debamos convivir  sin acuerdo acerca de ambos.

Pero su ausencia, que sería bueno colmar, no es impedimento para debatir la definición del país deseado a 2022. Como ha propuesto el gobierno chino.

Un enorme paso adelante para salir del clima de crispación, del agobio de los acontecimientos negativos y de una cierta impotencia colectiva, sería que el gobierno reconstruya un organismo como el Consejo Nacional de Desarrollo o el INPI, que cientistas sociales y técnicos de todas las corrientes, realicen los diseños prospectivos para diez años; que los partidos y las organizaciones sociales participen de los debates; y que la política produzca, sobre esa base, las ofertas del principal bien público negado a la sociedad, que es un programa para el futuro. Los últimos desastres, Once, inundaciones, también son, al menos en parte, consecuencia de esa ausencia. Un país en serio, como decía Néstor Kirchner, tiene un plan revelado, público y discutido. ¿Porqué no?

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10 abril 2013

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