Tiempos difíciles

28 de abril de 2013

Por Carlos Leyba

Estamos viviendo días difíciles. Sería tonto imaginar que vivimos un clima normal. Si por normalidad entendemos que, por ejemplo, la política se hace de acuerdo a unas reglas básicas; y que las acusaciones se tramitan, de punta a rabo, en la justicia. Si es así, entonces estos no son estos tiempos normales. Esto lo escribo sin tener, siendo miércoles 24 de abril, el resultado de las propuestas de reforma judicial y sin noticias de la suerte de las denuncias de Jorge Lanata. Aquí preguntas y respuestas que, a mi criterio, seguirán siendo validas cualquiera sea el resultado de las votaciones.

¿Cuáles son las reglas de la política? Los partidos tienen programas y eligen a sus dirigentes para que los pongan a funcionar. Negocian con los demás partidos para lograr ejecutarlos. Consensuan con las fuerzas e intereses de la sociedad para que, al ponerlos en marcha, exista algún principio de continuidad. Eso es lo normal.

Siempre los cambios son posibles y muchas veces necesarios. Pero los que los hace apetecibles y normales, es el anunciarlos. La riqueza de un programa y de un proceso electoral, consiste en la propuesta de los cambios y en el debate para desmenuzar su identidad.

¿Algo de lo que se ha decido legislativamente, en los últimos meses, en materia de reformas institucionales, formaba parte de las plataformas de los partidos mayoritarios? No. Es un dato.

No se trata de rechazar o apoyar esas reformas, sino de señalar que las mismas no formaban parte de la oferta electoral. Siendo así los representantes fueron más allá de la representación. Y no por cuestiones de coyuntura imprevisibles, materia de la decisión oportuna de a quienes se ha delegado el  gobernar. Se trato de cuestiones estructurales no propuestas que no formaron parte de la pedagogía política ni  de la voluntad electoral. Puede que las reformas sean voluntad mayoritaria. Difícil saberlo cuando hasta quienes las propusieron expresaron antes opiniones contrarias.

Un ejemplo. Carlos Menem llegó con la “”revolución productiva”. Hizo lo opuesto. Fue la continuidad del “rodrigazo”, del programa de la dictadura; y además la privatización y extranjerización de las empresas estratégicas, la destrucción de la industria nacional y el endeudamiento a rajatabla. Lo votaron por prometer lo contrario. Engañó a la sociedad. El efímero “deme dos”, que celebró la estabilidad mentirosa, le permitió ganar la voluntad popular. Cambió su electorado. Pero a pesar de ese trasvasamiento, el engaño o la ausencia de un programa electoral convocante para esas reformas, produjo finalmente la reacción contraria. A la década siguiente todo lo realizado fue condenado por la inmensa mayoría de la sociedad. Los legisladores que votaron esas reformas son hoy sus más enconados enemigos. ¿Eso es normal?

Hoy seguimos sufriendo las consecuencias de la traición programática del menemismo:  el endeudamiento; las privatizaciones que han descapitalizado la infraestructura; la desindustrialización. Es decir las reformas, cuando no son producto de una discusión programática previa a la gestión gubernamental o parlamentaria, cuando no surgen del mandato representativo, corren el riesgo de la vuelta atrás; y por lo tanto forman parte de un costo social potencial evitable. Eso paso con el menemismo. También con las dictaduras que se imponen por la fuerza para torcer la voluntad popular.

Néstor Kirchner hizo su campaña electoral con el lema “un país normal”. Justamente era una propuesta que apuntaba a la necesaria “previsibilidad” de los cambios.

Carlos Menem, en la cúspide de su poder, confesó su anormalidad al decir “si hubiera propuesto lo que hice no me hubieran votado”. ¿Qué normalidad democrática puede proclamar ese discurso?

Este planteo puede parecer ingenuo. No lo es. Como no lo fue el programa de Kirchner de “un país normal”. La sorpresa no es ni normal ni democrática y tampoco perdurable. Lo que se hace sin tiempo no dura.

¿Qué quiere decir de punta a rabo en la justicia? Que – en el caso de la cosa pública – las normas, las auditorías, la claridad de los procedimientos requeridos y su ejecución, hacen que, en la cosa pública, haya una secuencia sabía de control. Y que, por ejemplo, la denuncia periodística no deba ser sino una cuestión excepcional. Los sistemas de alerta existen desde siempre. Y sólo por excepción pueden acallarse. No es lo normal que sea el periodismo el que advierta una maniobra como el sobreprecio en una licitación. Las normas, si se cumplen y se audita su cumplimiento, son la garantía del Estado. No dependen solo de la honorabilidad de las personas sino de los mecanismos de control y de la independencia de los controles. Otra vez, la normalidad es posible y depende de las reglas claras, precisas y auditables y de auditores independientes. Hay un auditor por excelencia que es la opinión pública que depende de la publicidad de todos los actos de gobierno, desde su diseño hasta su puesta en marcha y del acceso irrestricto a la cosa pública. Por ahí empieza. Y termina en un sistema de jueces experimentados, con testimonio de una vida honorable, que llegan allí por selección; que son inamovibles por sus fallos e independientes, por su personalidad y las garantías del sistema. Eso es lo normal.

Hechas estas aclaraciones, apropiadas para el clima de la semana, nos abocamos a un tema que está por debajo de esta situación y que tiene que ver con la marcha de la economía nacional.

Lo hemos dicho otras veces, el discurso oficial y los hechos, se han focalizado en las reformas institucionales al tiempo en que los éxitos económicos han quedado como cosa del pasado.

La gestión K tuvo éxitos económicos estructuralistas, heterodoxos, nacionales y populares y keynesianos: la economía creció y mucho, el empleo no le fue en zaga, los salarios reales al ritmo de los convenios para los sectores con poder de negociación crecieron en términos reales, muchas industrias recuperaron el nivel de actividad y los sectores más postergados recibieron ayudas y oportunidades que les habían sido negadas desde hacía mucho tiempo y además se renegoció la deuda con quita, pesificandola y alargando los plazos.

Pero además K tuvo éxitos ortodoxos, monetaristas y liberales: los superávit gemelos, la inicial desaceleración de la inflación y dos presidentes del BCRA ortodoxos. Una capacidad – y una gran oportunidad – para conformar en parte a todos. Néstor tuvo un periodo de oro. El discurso reflejaba la realidad presente. Y no necesitó o no hizo uso del discurso de reformas que no había anunciado ni propuesto.

Sin haber convocado a un consenso, lo que constituyo un déficit de su gestión como lo hemos mencionado antes, logró la conformidad de las corrientes más diversas en los temas del presente. La ausencia de consenso es un indicador de la falta de preocupación central por el futuro. El otro lado del déficit de su gestión.

La administración de Cristina sufrió las cuestiones heredadas de la ausencia del futuro. Se le cayeron encima. En su primer mandato la fuga de capitales fue enorme, cayeron los stocks ganaderos, petroleros, gasíferos y la tasa de inflación adquirió un ritmo que no declina. Hoy la economía está estancada y las vibraciones de crecimiento no generan empleo privado. Hay una lenta evolución del consumo y las inversiones reproductivas no están en el horizonte. El discurso de las reformas ocupa ese vacío.

A pesar de la coyuntura y la distracción discursiva, a nivel estructural disponemos de una base de expansión extraordinaria.

El primer factor a tener en cuenta es la enorme disponibilidad de recursos de la naturaleza, el Know How y la tecnología. Sorprende saber que exportamos menos carne que Brasil o Canadá – mucho valor agregado – y que hemos hecho de la soja nuestra especialización en menor valor agregado. Pero tenemos un horizonte rural extraordinario y  lo mismo en materia minera. En este terreno suma una enormidad el potencial energético.

Nuestras oportunidades son inmensas. Y también lo son las posibilidades de explotarlas respetando el ambiente.

También tenemos un inmenso potencial demográfico: pueblo joven.

Estas dos ventajas, sin embargo, para materializarse necesitan de políticas de largo plazo. Y en esto no estamos bien pertrechados.

Necesitamos acuerdos básicos porque, en ninguno de estos terrenos, el de la formación de los jóvenes y en la explotación de los recursos naturales, no hay resultados eficientes sin horizontes de largo plazo.

Aprovechar las oportunidades y el potencial, que parece tan obvio, necesita de una estructura de un país normal.

Un país normal cambia, genera reformas, potencia la libertad, la igualdad, la participación, la democracia, pero lo hace en función de las reglas políticas normales. Necesita que el excedente se aplique a aprovechar esos potenciales. Y necesita de un Estado capaz de formular y administrar políticas que generen horizontes.

Necesita de instituciones básicas, como por ejemplo, el sistema educativo para sostener el fortalecimiento de la democracia; y de un sistema financiero para sostener el proceso de innovación capitalista. Detrás de él debe haber una moneda que transmita valor constante en el tiempo.

Podemos proponer otro sistema. Nadie abandonará, mediante métodos democráticos, a la democracia. Y ella crece con la educación que es una tremenda deuda pendiente que no se resolvió con el incremento del presupuesto. Necesitamos de un profundo debate político sobre la educación.¿ Lo tendremos ahora?

También difícilmente sea puesto en cuestión, en un proceso democrático, el sistema capitalista como tal. Sin duda será perdidoso todo planteo que no sea el de un capitalismo a rostro humano, que progrese en equidad, y que combata la concentración del poder del poder económico. La idea del bien común y la progresividad distributiva, están en la base de la compatibilidad de la democracia y el capitalismo. No hay posibilidad de un discurso contrario. Sí hay debate y debe haberlo acerca de la velocidad de esas conquistas o de las formas para lograrlas.

Ahora bien. Somos propietarios de inmensas posibilidades para el progreso económico y social de nuestra sociedad. Pero venimos de un proceso, sin duda, decadente que se inició en 1976 con la peregrina idea de vivir de prestado para consumir. Vivimos la violencia y el genocidio. Una guerra perdida fue una aventura desgraciada que maquiavélicamente produjo la adhesión emotiva de la mayoría.

Después en democracia – siguiendo la locura de endeudarnos para consumir – estalló la pobreza, el deterioro del tejido social, y la rifa del patrimonio público. Tenemos la originalidad de haber eliminado uno de los sistemas  ferroviarios más grandes del planeta.

Todo eso, y mucho más, ocurrió por no haber sido un país normal en términos de la política y de la justicia. De eso se trata: de lo que se puede evitar si predomina la normalidad política y de la justicia.

A pesar de las enormes riquezas y del enorme potencial, la ausencia de la normalidad, produjo lo que – sin ninguna duda – entre 1976 y 2002 fue un proceso de decadencia. El incremento de la injusticia, la pobreza y de la tolerancia, o la conformidad, a ellas también es un síntoma de decadencia de lo colectivo.

La decadencia fue posible por ausencia de normalidad; y – en definitiva – por la subvaloración social de la misma.

Las manifestaciones populares masivas, por un lado; la negación de las mismas, por el otro, marcan un clima de tiempos difíciles. No es vida buena vivir en ese clima.

Y en ausencia de normalidad – sin ninguna duda – se desaprovechan posibilidades.

Hoy la economía no ofrece buenas noticias.

El extraordinario nivel de las exportaciones no genera holgura externa. Hay demasiadas señales acerca de eso. Una inflación importante y una eficiente capacidad recaudatoria, no balancean el gasto público. La economía no arranca a ritmo capaz de generar empleo y entonar el consumo. Y la inversión continúa ausente. No son buenas noticias.

La normalidad sería un aporte gigantesco dados el potencial del que disponemos.

¿Hoy el lema de Néstor Kirchner “un país normal” sería una consigna de consenso? Una respuesta difícil.

En este barco estamos todos y no es normal que no sepamos conceder. Es decir ceder todos algo para formar la voluntad del conjunto. La suerte de las imposiciones furtivas ha sido siempre breve. Y lo malo de lo breve es que obliga a empezar de cero. Es un rechazo a la construcción acumulativa que es lo normal. Tan facile y tan lejos. Tiempos difíciles.

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28 abril 2013

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