Aprovechar la suerte es una virtud

5 de mayo de 2013

Por Carlos Leyba

La cotización callejera del dólar, la marginal, la que incluye la gente de a pie que compra para guardar o para viajar, tocó los 10 pesos por dólar. Inimaginable. Mercado chico pero ruidoso. Y alguien, en ese mercado ilegal, derrumbó liquidez para apagar la fiebre de un viernes por la tarde. No lo logró del todo. Fiebre que, como siempre, vino acompañada de las más disparatadas versiones, delirios, acerca de las posibles decisiones del fin de semana en estas horas finales del viernes 3 de mayo. Muchos – con nula información – imaginan un ataque por sorpresa allí donde el General decía “se encuentra la entraña más sensible del ser humano: el bolsillo”. Y ponga allí lo que a Usted le apetezca. Y será poco

La inquietud, por el poco relevante mercado paralelo del dolar, está generando, en distintos niveles, que van desde el ciudadano de a pie – titular de la versión “¿donde hay un verde viejo Gomez?- , hasta el comando del pais y de los que merodean el poder, una comezón inquietante.

Es que lo mínimo, si es que persiste la brecha ( y peor si se agranda), genera el  efecto de la cárcava. Es decir el mínimo hilo de agua, día tras día por el mismo lugar, se come el suelo, y con él, la fertilidad, y hace camino para el torrente cuando este se descarga del cielo.

Cualquiera sea el diagnóstico, que unos y otros, tengan acerca de las razones de esa brecha; y cualquiera sea el pronóstico acerca de la conducta futura de la misma; la única realidad es que hacen falta mucho más que decisiones “operativas marginales” sobre ese mercado, sean estas intervenciones de liquidez verde esporádica, o policiales repentinas.

Es que en la medida que este estado de cosas se naturaliza, se traslada al mundo de la economía real generando nuevas distorsiones. Y ninguna de ellas es buena para la estabilidad, para el crecimiento, para el empleo. La brecha debe bajar.

Hay quien sostiene que se procurará, en los proximos dias, un arbitrio para que esa información, acerca de la cotización marginal, desaparezca de los medios de comunicación. Es posible. Aunque el remedio pueda ser infinitamente mas grave que la enfermedad. Las estimaciones alternativas de inflación necesitaron, para ser publicadas, que la minoría parlamentaria, protegida por sus fueros, las hiciera conocer. Convengamos que, ni el silencio obligado ni la publicidad parlamentaria, perturbaron la realidad. La inflación y las distorsiones de precios no se modificaron por el efecto silencio. Y si bien es inimaginable que la minoría parlamentaria, procurado que sea el silencio en los medios, se haga cargo de contar como cotiza el mercado negro, no es menos cierto que “el rumor” termina siendo más dañino que la información.

Lo cierto es que la comezón evidencia que hay decisiones que tomar. Y ninguna de ellas tiene sentido de manera aislada o sucesiva, paso a paso, o por capítulo. En realidad ese método revela que se camina a ciegas y a tientas, o buscando la llave bajo el farol de la esquIna porque hay luz, aunque la llave se haya perdido a la mitad de la cuadra. Así no.

La estructura de base de nuestra economía goza de extraordinaria salud. Es más, dadas las condiciones de valoración de los mercados mundiales, nunca hemos sido tan, pero tan ricos. Nunca nuestra naturaleza, bien que heredada, nos ofreció tamaño potencial: hay un mundo de miles de millones de habitantes que necesita las cosas que nos sobran. Así de claro.

Lo que no goza de la misma salud son los reflejos de la política económica. Remedios equivocados o escasos y por lo tanto insuficientes, o sobredosis malsanas o aplicaciones a destiempo, o todas esas cosas a la vez, hacen que tengamos síntomas de enfermedades que no deberíamos tener dado nuestro estado general. La fiebre del viernes por la noche hablaba, en el mejor de los casos, de placebos o, en el peor de los casos, de dosis extremas de medicinas equivocadas. Seguramente, ¿cómo saberlo?, nada de eso va a pasar. Pero lo que seguro agrava las consecuencias de la ausencia de salud de la política es, por ejemplo, dejar todo como está.

Algo tiene que cambiar en el camino y en la dirección correctas. ¿Qué es eso?

Hoy más que nunca, por el inmenso potencial del que disponemos, un diseño de política que refleje un acuerdo de voluntades e intereses en la dirección y en las etapas del camino, es posible; y es, a la vez, garantía de retomar el crecimiento y de descubrir el desarrollo, cuyo olvido está en la base de la falta de salud de la política económica y de los males que nos aquejan.

Descubrir el desarrollo, la manera de poner en acto todo el potencial, es la gran tarea, aún hoy, en la urgencia. Claro que ese descubrimiento, aunque parezca exagerado, sólo es posible a partir de un pensamiento colectivo: hay más desarrollo cuando más intereses están incluidos en su concepción.

¿Cómo estamos hoy? Las reservas en divisas en poder del Banco Central al 26 de abril, última fecha publicada en el sitio web de la entidad, se ubicaron en 39.750 millones de dólares, bastante menos que los 47,7 mil millones del mismo día de 2012 y mucho menos que los 52,1 mil millones del mismo día de 2011. El marginal, un mercado definitivamente pequeño, crece; y las reservas bajan. El terreno cambiario hace tiempo que dejó de ser un sembradío pródigo. Y la evidencia que dejó de serlo es la imposición de un cepo. El cerco, la cotización marginal y la caída de reservas, señalan que ahí hay un problema que, a la fecha, no ha encontrado solución. Si bien no existe información fidedigna acerca de discusiones al interior del gobierno respecto de este tema, es evidente que preocupa y que debe haber varias alternativas.

La alternativa que aún hoy – viernes 3 de mayo – parece predominar es dejar las cosas como están. Es decir, un dólar oficial ajustado a un ritmo de 17,2 por ciento anual respecto del mismo mes de 2012 y en 2012 del 8,6 por ciento anual respecto del de 2011; y un marginal a su propio ritmo. En dos años, a pesar de la aceleración del ritmo de ajuste, lo  que resulta evidente es el retraso cambiario respecto del ajuste de precio de los bienes y servicios al interior de la economía.

Detrás de este problema está la tasa de inflación que la información oficial subestima. Esa es la posición, la de la subestimacion de la inflacion, de todos los sindicatos, oficialistas o no; y , en los hechos, la del Ministerio de Trabajo de la Nación que dialoga, discute, genera conflictos, en torno del 20 ó 25 por ciento de incremento de salarios. Esa referencia pone en claro que la inflación reconocida es más del doble de la informada por el gobierno con o sin congelación, con o sin control. Y lo peor es que la cotización oficial orienta algunas decisiones inclusive de carácter fiscal.

La cotización oficial del dólar, la base sobre la que se aplican aranceles a las importaciones o reembolsos y retenciones a las exportaciones, se ha ido acomodando,  pero lleva un retraso largo, de años, respecto de la tasa de inflación que golpea a los costos de producción.

En términos de la producción argentina, en relación a la producción de otros países, la conversión en dólares nos saca de competencia en muchos bienes y mercados. Somos muchas veces, más que un  tiempo atrás, más caros en dólares. Y el grado de encarecimiento es directamente proporcional al valor agregado en la cadena de producción.

En los primeros eslabones somos competitivos, y a medida que se avanza en la cadena de valor dejamos de serlo. La performance de la soja o de la minería es una muestra de ello. Y también la razón por la que, de no revertirse la tendencia, iremos primarizándonos.

La buena noticia, el lado bueno de la luna, es que podemos hacerlo y que si se trata de obtener dólares de ese origen estamos habilitados para ello; y el mundo, por ahora, nos ofrece un escenario promisorio. El lado malo de la luna, la mala noticia, es que la primarización no genera un espacio laboral capaz de emplear con alta productividad; y no produce la capacidad de empleo que una sociedad democrática demanda.

Uno de los principales especialistas del país en materia de economía laboral, Javier Lindemboin, de la Universidad de Buenos Aires, ha señalado que desde 2007 la tasa de empleo se ha mantenido prácticamente constante y que ese “magro comportamiento se ha sostenido en el alto ritmo de aumento del empleo público(3%) por encima de los trabajadores por cuenta propia y de los protegidos (2%)” y que “a la salida de la convertibilidad, por cada puesto estatal agregado se sumaban 17 puestos asalariados (protegidos o no). En el lustro más reciente, por cada nuevo empleo estatal se agregó algo así como medio puesto asalariado privado”.

En buen romance que la inflación se ha comido la capacidad de generar alternativas de trabajo de alta productividad; y, en compensación, el Estado – a través del empleo público en todas sus formas –  ha brindado consuelo, pero sin lograr mejores servicios de educación, salud o seguridad. O lo que es lo mismo, sin poder argumentar la mejora en la productividad de los servicios públicos.

La traducción es que la falta de dinamismo en la creación de empleo en actividades productivas, generalmente asociadas al sector privado; y su compensación por diversas políticas públicas de empleo o de generación de recursos, está señalando, por un lado, una capacidad estatal ejercida para solventar necesidades básicas – lo que ubica al poder público atento a las necesidades sociales y eso es muy bueno – y por el otro, la incapacidad del sector privado para generar empleo, en general, de mayor productividad, lo que es consecuencia de fallas graves en la política económica la que es algo esencialmente distinto de las políticas compensatorias.

La capacidad sustentable de generar políticas compensatorias, como es obvio, depende de la productividad del sistema. Las compensatorias no generan recursos.

Cuando la política económica genera decisiones de empleo productivo, las politicas compensatorias dejan de ser necesarias; y paradójicamente pasan a ser más posibles. En ese estadio de productividad las políticas compensatorias, ahora innecesarias, habilitan a las políticas de desarrollo. Las estadísticas de empleo del INDEC nos informan que “el pleno empleo” se ha logrado en las provincias del NEA, el dato revela el peso de las políticas compensatorias: sin duda no se trata de empleo de alta productividad. Y ese caso denota la densidad del problema. O el desarrollo ausente.

Una cosecha de soja superior a la del año anterior con precios similares señala que el seguro está ahí para compensar accidentes. Sin embargo la economía continúa aletargada hace más de un año. El resultado es que la creación de empleo es flaca, y las expectativas no son optimistas: en lo proyectado la inversión no crece y, en el día a día, la brecha del paralelo no amaina. Las paritarias no terminan de cerrar y los conflictos sindicales forman parte del calendario.

La política, encerrada en la contienda electoral, en los cuarteles del oficialismo no brinda toda la aténcion necesaria a la gestión económica; en las materas de la oposicion, no se procura la oferta de soluciones.

Por ahora, la política, se desentiende de la realidad más alla de algunos despachos de apuro.

Se dice que la suerte no suele pasar dos veces. Hoy y hace tiempo, la tenemos aquí, como estacionada. Más alla de las intenciones y las capacidades, los datos del presente nos dicen – en el empleo, la cuestión cambiaria, la inflación – que no la estamos aprovechando o que la estamos dejando pasar. Y el despilfarro de la ventura no es una virtud.

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05 mayo 2013

Aprovechar la suerte es una virtud

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