¿Cómo estamos hoy? ¿Y mañana?

19 DE MAYO DE 2013

Por Carlos Leyba

La convertibilidad fue el intermedio entre aquél “estamos mal” de Erman González (1990) y el estallido final de la crisis brutal (2001). Estábamos mal al final de Isabel, al final de la Dictadura genocida, al final de Alfonsín y al final de la convertibilidad. Fuimos de mal (en el punto de partida) en peor (en el punto de llegada). Todos los intermedios tuvieron una etapa festiva, déme dos, Plan Austral, déme dos. Todos terminaron con más inflación más desempleo más pobreza y más deuda. El período K empezó con el peor “estamos mal” de los previos; el intermedio fue el de mayor crecimiento y sin acudir a la deuda. ¿Cómo estamos hoy? ¿Y mañana? La economía de mañana depende de la calidad de la política de hoy que es directamente proporcional a la distancia en el tiempo de los resultados de las decisiones que se toman hoy.

“Estamos mal, pero vamos bien” A ésta frase la hizo famosa, en el angustiante verano de 1990, el tercer ministro de economía de Carlos Menem, el contador riojano Erman González. Un tercer ministro en pocos meses habla de terreno movedizo. Y lo era.

La fama se debió, primero, al reconocimiento de la realidad que, como era previsible, le abrió un crédito de sinceridad. Y segundo, la fama derivó que se trataba de una promesa (vamos bien), cuya credibilidad, era esencial para cambiar las expectativas. Esas expectativas, para validarse, necesitaban de decisiones de política que torcieran el rumbo de la realidad (estamos mal) y encaminaran las cosas (para ir bien).

La promesa no se cumplió. Las cosas, lejos de mejorar, empeoraron. Lo que siguió fue la convertibilidad que, como todo sabemos, estalló dramáticamente en 2001. Para cumplir con la historia la frase correcta debió haber sido: “Estamos mal, pero estaremos peor”. Habría sido una afirmación célebre del optimismo perverso.

Las experiencias que partieron del “estamos mal”, después de múltiples maniobras del tipo excluyente “consuma ahora y pague después”, nos llevaron al puerto de peor: los mismos males (inflación y desempleo)  de partida y con más deuda.

La hiperinflación de Raúl Alfonsín, Plan Austral por medio, derivó en la hiperinflación de Menem (estamos mal) y ésta, convertibilidad por medio, terminó en la hiper deflación de Fernando de la Rúa (terminamos peor).

Desde aquél “estamos mal”, todos los remedios – que siempre bajaron la fiebre y los dolores por un rato – fueron en definitiva agravantes.

Desde cada “estamos mal” – descripto generalmente con el inventario verdadero de una herencia maldita –, una década después, nos enfrentamos a más desempleo; más pobreza; menos industria; más deuda externa; y mucha mas inseguridad.

Mal en 1983, mal en 1989 y mal en 2001. A causa de la sumatoria estábamos peor.

Es que, cada uno de estos alivios intermedios (los programas), fue una ilusión cuyo desencanto terminó en un infierno mayor.

No se puede sostener que el “alivio intermedio” – por ejemplo la estabilidad importadora y endeudadora (los años de oro de la convertibilidad) – haya valido la pena. ¿Qué quedó de ello? Muchos de los mismos que sancionaron las leyes que formaron el sistema de los 90 han sido los que, luego, las condenaron o las derogaron. El intermedio fue un error para los mismos que lo erigieron en solución. Y lo repudiaron.

El intermedio, que es el período que empieza cuando adquirimos conciencia de que “estamos mal” y expresamos la voluntad de ir para mejor, sólo se puede calificar en función de lo que hoy es “mañana”.

El intermedio vale poco si el final, que es “el mañana”, vale menos que el principio. La convertibilidad fue el intermedio entre aquél “estamos mal” de Erman González; y el estallido de la crisis brutal con la que comenzó el Siglo XXI.

Entendámonos bien: el intermedio es inexorablemente una fantasía, si es que “el mañana” es peor que el punto de partida.

Nuestra historia económica reciente es una sucesión de largadas desde el “estamos mal”, posteriores rupturas intermedias que, hasta ahora, concluyen  en “estamos peor”.

Cuando el dictador Rafael Videla, muerto en la cárcel este viernes, destituyó a Estela Martínez la economía y la sociedad, estaban mal. Pero cuando, después de la derrota de Malvinas, los militares huyeron del poder, las cosas de la economía y la sociedad estaban peor. Isabelita, con inflación y desempleo, no tenía ni dólares ni deuda. Los militares, con mas inflación y desempleo, nos dejaron con una deuda enorme. Fuimos de mal en peor. El principio de Alfonsín fue mejor que su final. Con Menem también su principio fue mejor que su final. En el medio de la dictadura hubo la fiesta del déme dos; en el medio de Alfonsín hubo la fiesta del Plan Austral; y en el medio de la convertibilidad también hubo fiesta en Miami al compás del déme dos.

Síntesis “estamos mal” cuando empezamos; luego una fiesta; y estamos peor cuando terminamos. Hasta ahora ha sido así.

¿Cuál es la causa? ¿Qué tienen en común todas esas estrategias, por sus frutos, equivocadas?¿Qué podemos aprender de esas experiencias atroces en materia económica?

Al lector le sorprenderá: todos esos períodos intermedios (“los milagros”) tienen en común la ausencia de dos cosas que la historia económica ha consagrado como las bases del éxito de largo plazo, la transformación, la cuestión del mañana. Esas dos cosas son, primero un alto volumen de inversión reproductiva; y giro de las exportaciones hacia la industrialización.

La dictadura, de hecho suprimió ambas cosas en la medida que su política económica prescindió de una estructura de incentivos contundentes hacia ambos objetivos. Desde 1976 la economía argentina fue menos industrializada, medida por la participación de la industria en el PBI; y sus exportaciones no reflejaron mayor agregación de valor. La dictadura destruyó industria porque entendía que la misma no respondía a nuestra disponibilidad de recursos.

El alfonsinismo no supo, no quiso, no  pudo, revertirlo y sólo acumuló una década perdida. El neoliberalismo explícito, tanto en su versión PJ, Menem-Cavallo como en su versión Alianza, Carlos Álvarez-Cavallo, hizo de las importaciones, financiadas con deuda, la herramienta final del “industricidio”.

No se le escapa al lector que  con menos industria es inevitable más pobreza y mas inseguridad. Y que con más importaciones industriales es inevitable la acumulación de deuda. Fue así 1983, en 1989 y en 2001 respecto de los puntos de partida.

Carlos Pellegrini acuñó la expresión de “sin industria no hay Nación”: no hay soberanía ni hogar. La soberanía que marca la autonomía de cada proyecto; el hogar-Nación que incluye a todos y para el que la pobreza es una contradicción radical. El peso de esa contradicción es, por un lado, la definición de qué es pobreza; y por el otro, cuántos habitantes la sufren. Lo dejamos ahí.

Pero no hay industria sin un masivo proceso de inversión reproductiva y sistémica. Y ese proceso no existe sin instrumentos monetarios y fiscales que están y estuvieron disponibles, allí donde la industrialización transformó la sociedad. Y esos instrumentos sólo son sistémicos si responden a un Plan de Largo Plazo el que no es posible, en democracia, sin consenso económico, político y social.

La mirada al pasado ayuda.

La dictadura, que obviamente prescinde el consenso por su misma esencia, aplicó su poder salvaje para desindustrializar. Ya lo vimos. Pero la nueva democracia – en todas sus versiones – fue incapaz del consenso, del Plan, del largo plazo, y de los instrumentos fiscales y monetarios imprescindibles para la industralización de la economía y de las exportaciones. Por eso dejó un legado de desempleo, pobreza y deuda.

Con esa herencia (estamos mal) comenzó el período Adolfo Rodríguez Saa, Eduardo Duhalde, Néstor Kirchner y Cristina Kirchner. Las operaciones a cielo abierto fueron drásticas y sangrientas, default, devaluación, pesificación. Néstor renegoció la deuda, administró el tipo de cambio alto, cosechó la soja, logró controlar – sin nueva deuda – la caja en pesos y la caja en dólares, excluyendo al FMI de todo consejo; con él el intermedio fue crecientemente exitoso, bajó la pobreza drásticamente y aumentó el empleo. Los triunfos electorales de Cristina lo ratifican a nivel de la sensación de bienestar de la mayoría. CFK cosechó mucha más soja que NK pero, por la fuga y la presión energética, perdió el control de la caja en dólares; y por el peso de “las compensaciones” perdió el control de la caja en pesos. La crisis internacional, la sequía, hicieron de esta segunda etapa del intermedio una más complicada: la inflación es más alta, la pobreza no disminuye y el empleo se estanca. Hubo avances compensatorios, entre ellos la Asignación Universal por Hijo; la recuperación del control mayoritario del Estado, a través de YPF, de los pozos potenciales de Vaca Muerta; múltiples programas de asistencia social. ; etc. Pero todos esos avances compensatorios son la contrapartida de atrasos sistémicos como el empleo en negro, el fracaso de la política energética y la ausencia de una estrategia sólida de erradicación de la pobreza.

Esta última década tuvo como punto de partida el peor “estamos mal” de los últimos 40 años. Y el intermedio ha sido, de todos los anteriores, el único que ha avanzado sin nueva deuda externa y el que ha logrado la mayor tasa de crecimiento del PBI en promedio de todos los períodos comentados. Sin duda el mejor intermedio.

Pero ¿cómo estamos hoy? La versión implícita del gobierno no es para la sonrisa. Todavía se impone en nuestra percepción la mesa de los cinco capitostes de la economía reconociendo problemas gravísimos. Porque solamente problemas gravísimos pueden hacer comprender el porqué acudir a un blanqueo (lavado) de dinero para lograr (según voces oficialistas) juntar 4000 millones de dólares. Cifra que equivale a una veinteava parte de lo que se fugó (incluso por derecha) durante la primera presidencia de CFK en la que aún regía la norma para expatriar 2 millones de dólares por mes y por persona. Este pragmatismo K es difícil de conciliar con las convicciones que no se iban a dejar fuera de la Casa Rosada cuando llegó el líder de esta corriente al poder. Y sólo lo puede conciliar la percepción de una situación extrema de esas que ponen en colisión dos principios.

Pero ¿es tan grave, como sugiere la mesa de los cinco, el cómo estamos hoy? Rotundamente NO.

Es cierto que la economía ha estado estancada; que el empleo está estancado a nivel de alta productividad; que la construcción declinó; que las reservas caen; que la inflación no afloja; y que las cuentas fiscales no están cómodas; y que la cuenta energética es espantosa. Pero ninguna de esas variables, ni ninguna otra que pese, está en estrés o totalmente fuera de control.

Sí, claro, el dólar blue mide la desconfianza de los que tienen con qué desconfiar; y genera incertidumbre en los ciudadanos de a pie. Pero lo que sí preocupa es que a la negación del problema, la mesa de los cinco, la sustituyó por un cañonazo que no parece que vaya a dar en el blanco.

Es más que no va a dar en el blanco si es que el blanco es resolver el porqué en esta economía, sin estrés evidente, el PBI crece poco; el empleo se estanca, sobre todo en los ámbitos de alta productividad; la construcción declina; las reservas caen; la inflación no afloja; y las cuentas fiscales no están cómodas y la cuenta energética espanta.

Para dar en ese blanco no hay sorpresa. El intermedio sólo tiene una manera de brindarnos un final feliz. Eso es más, mucha más, inversión reproductiva e industrialización de las exportaciones.  Esto no ocurrió. No porque hayan fallado los instrumentos. Sino porque los instrumentos no están. Y no están, primero, porque el lavado de cabeza que la ideología económica de la dictadura y del neoliberalismo, han infringido en los dirigentes económicos y políticos ha sido enorme. Hoy es difícil – ninguno de los que está en la mesa de los cinco lo sostiene – que en el oficialismo y en la oposición, existan cabezas comprometidas con el consenso, el largo plazo y los instrumentos para el desarrollo.

Desde el punto de vista del desarrollo todos parecen ser ortodoxos, y lo que es peor, sin saberlo; y creyendo y predicando que son lo contrario.

Si me pregunta ¿cómo estamos hoy?, le contesto: mejor que lo que cree el gobierno y que de lo que cree la oposición. Y si me pregunta por cómo fue o está siendo, el período intermedio, le repito “mejor que los anteriores”, porque todo lo bueno se logró sin deuda externa.

Y si me pregunta por mañana, no lo dudo: en la medida que continúe la ausencia de instrumentos para el salto gigante en la inversión reproductiva y la industrialización de las exportaciones, al mañana lo veo venir rengueando.

Y le recuerdo, en democracia, el largo plazo, el plan, las grandes transformaciones reclaman el consenso.

No lo hubo con Alfonsín, no lo hubo con Menem ni con de la Rúa.

¿Usted piensa que lo habrá?

Siempre, siempre, la economía de mañana depende de la calidad de la política de hoy.

Y la calidad de la política de hoy es directamente proporcional a la distancia en el tiempo de los resultados de las decisiones que se toman hoy – respecto de los que gobiernan – y de los horizontes de las políticas que prometen los que aspiran a gobernar.

Segunda pregunta al lector: ¿Usted vislumbra, entreve, considera, que las decisiones de estos días apuntan a la urgencia o a lo importante?

Por ejemplo ¿hago industria para la infraestructura o me dedico a importar equipos para salvar la tragedia? ¿genero una moneda para tener un sistema financiero o salgo a cazar un verde donde hubiere y a como dé?

O bien ¿Usted se apasiona por las discusiones de la oposición que proponen nuevas orientaciones para superar el trabajo en negro o el vacío poblacional o el aprovechamiento decente de nuestras riquezas minerales?

Si su respuesta no es de entusiasmo, entonces va esta pregunta programática:  ¿qué vamos a hacer para cambiar la manera de hacer y pensar la política que nos encierra en la urgencia y la bronca? El optimismo de la voluntad va por ahí.

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18 mayo 2013

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