PENSAR EL FUTURO O LLEGAR TARDE

3 de junio de 2013

Por Carlos Leyba

Una versión reducida fue publicada en El Economista

Los beneficiosos términos de intercambio son la nota destacada de la década K. En la “desindustrialización”(1993-2002) el promedio de participación de la industria en el PBI fue 17 por ciento. En la década K no mejoró. La desindustrialización menemista se acompañó con un crecimiento de la deuda que equivalió al 150 por ciento del crecimiento del PBI. El default inevitable. Salir de la convertibilidad generó mejora en los precios relativos de la producción y la exportación. Se recuperó la capacidad de decisión de política económica del Estado. La ganancia de los términos del intercambio equivalieron al 56 por ciento del crecimiento del PBI en el período K. Dos tensiones sistémicas, pobreza y falta de inversiones o deuda interna, siguen siendo la gran amenaza del futuro.

Sin dudarlo, los beneficiosos términos de intercambio, es decir la relación efectiva entre el precio de nuestras exportaciones y de nuestras importaciones, han sido la nota destacada en la evolución de la economía argentina durante toda la década K. Los datos son precisos y contundentes.

Las ganancias que hemos obtenido, en una década, a causa de la evolución favorable de los términos del intercambio, representaron el equivalente al 56 por ciento del crecimiento del PBI en dólares oficiales en la década K. No hay otra década comparable.

Entre 2003 y 2012 los términos del intercambio han generado un impacto – traducido como “viento de cola” – que empujó, en el mar de la economía, a algunos sectores productivos y contribuyó a fortalecer las finanzas públicas. Si analizamos la relación entre las ganancias del intercambio y los dos últimos períodos presidenciales, el de Néstor Kirchner fue el menos afortunado. La relación entre las ganancias en los términos del intercambio durante NK  y el crecimiento del PBI es de el 25 por ciento. Y desde que Cristina Kirchner está al mando esa relación fue de 67 por ciento. Fue de más de 100 por ciento en 2012.

Las “condiciones dominantes” de la economía mundial, desde hace 10 años, empujan el vehículo material de una economía que creció y que sigue recibiendo, de manera creciente, ese impulso. La crisis de empleo en el viejo continente no se ha constituido en una barrera rompeviento para nosotros y por ahora.

Pero ha de tenerse en cuenta que algunos vientos amainan, los precios de algunas materias primas dan señales de agotamiento. El índice en dólares de las materias primas (The Economist, mayo 2013) en mayo y en un año, ha disminuido 3,2 por ciento; y casi 1 por ciento en el mes pasado. La caída de los precios de las materias industriales ha sido muy importante (6,4 por ciento) y de los alimentos menor (-0,9 por ciento) aunque está acelerándose. Un dato: el oro se desplomó 12 por ciento en un año. Si el dólar se fortalece, las materias primas se debilitan. Todo esto es para tener muy en cuenta respecto de nuestras políticas. ¿Lo estamos haciendo?

Entre 2003 y 2012 el PBI – a los precios de 1993 – creció 83 por ciento. Parte de ese crecimiento se debe a la recuperación de los niveles der actividad pre crisis. La crisis, a la que aludimos, comenzó en 1998. Entre 2012 y 1998 el PBI creció 63 por ciento. Comparando las dos tasas observamos que un quinto del crecimiento ocurrido entre 2012 y 2003 fue recuperación de los niveles perdidos (gran parte en el periodo de Néstor). Y cuatro quintos han sido de crecimiento neto (gran parte en el período de Cristina).

A ambos crecimientos, el de la recuperación y el neto, contribuyeron los beneficiosos términos del intercambio. Pero particularmente durante el crecimiento neto, que ocurrió principalmente en la etapa Cristina, ocurrieron los mejores términos del intercambio.

¿Qué sectores productivos fueron los protagonistas de esta expansión? El sector productor de servicios (comercio, transporte, bancos) aportó, desde 2003 a 2012, el 72 por ciento del incremento del PBI. El sector productor de bienes aportó el 28 por ciento. A esta expansión del sector productor de bienes contribuyó significativamente, a precios constantes, la industria manufacturera. ¿Este aporte representa un proceso de “industrialización”?

La respuesta es estadística. En el período 2003-2012 la industria representó el 16 por ciento del PBI. Ese promedio no mejoró en 2012. Durante la etapa de la “desindustrialización”, 1993-2002 el promedio de participación de la industria en el PBI fue 17 por ciento; y en la hecatombe de la crisis (2002) fue de 15 por ciento. En ese sentido hemos avanzado: del piso de la peor crisis de la economía nacional subimos 1 punto de porcentaje. Pero respecto del año (1998) previo a la crisis de la convertibilidad estamos igual. Esto ayuda a comprender el peso que, sobre el conjunto, han tenido los términos del intercambio o las condiciones mundiales. ¿Permanecerán una década más? Sobre esto volveremos.

Un contraste notable de la década K con la menemista, en versión peronista como en “progre” (de la Alianza), es que el marco externo – “la condición dominante” – no fue el de la emergencia china (viento de cola, términos del intercambio) que sí protagonuzó la década K. Esos términos del intercambio se tradujeron en movilización del aparato productivo que es lo importante. En el menemismo ocurrió todo lo contrario.

“La dominante mundial” durante la convertibilidad fue el desarrollo mundial y el peso de las finanzas en los países subdesarrollados. A esa “dominante”, nuestro país, fue sorprendentemente permeable. La mejor expresión de esta permeabilidad fue el monumental incremento de la deuda externa, privada y pública. La misma aumentó, entre 1991 y el primer trimestre  de 2001,  en 128 mil millones de dólares; y el PBI de 2001 fue superior en 84 mil millones de dólares al de 1991. En buen romance el crecimiento de la deuda fue el 150 por ciento del crecimiento del PBI. ¿Cómo podríamos haber pagado la deuda debiendo más y produciendo menos del aumento de la deuda? ¡Que locura!

Sin dudarlo, el período de la convertibilidad 1991/2001, se sostuvo – en su débil crecimiento de 45 por ciento en una década – gracias a un endeudamiento no aplicado ni a la inversión ni al desarrollo social y productivo: importamos bienes de consumo para “bajar la inflación” y disciplinar el conflicto social. El resultado fue pobreza, desempleo y desindustrialización. ¿Lo hemos revertido?

Como con Menem crecimos poco en relación a la deuda, y nada de esa deuda fue aplicada para la transformación estructural; el resultado fue que no hubiéramos podido pagar la deuda. El default y la renegociación eran inevitables (el abandono de la economía de la deuda). Las condiciones internacionales dominantes a 2001 no aportaban nada positivo. Nuestra capacidad productiva sufría el deterioro del mercado interno (desempleo, pobreza, deflación); la falta de competitividad de las exportaciones (ancla cambiaria o enfermedad holandesa por la deuda); y el deterioro y disminución relativa del equipo de capital reproductivo (baja productividad).

El remedio – la salida de la convertibilidad con devaluación compensada – aumentó el desempleo y la pobreza; pero generó una mejora en los precios relativos en el sentido de la producción y en el sentido de la exportación.

A ese resultado, de punción hacia abajo y rebote interno, se sumó un cambio extraordinario en las condiciones internacionales que, como describimos en el primer párrafo, se tradujo en los términos del intercambio que nos ofrecieron el desarrollo y la continuidad de los superávit gemelos.

La traducción de esos superávit, en términos de política económica,  es – nada más ni nada menos – que la reconstrucción – después de 30 años – de la capacidad de decisión de política económica en manos del Estado lo que condujo a la posibilidad de materializar el completamiento, en una negociación, de la inicial decisión del default.

La consecuencia es esta economía con menos compromisos externos y con más recursos externos a consecuencia de los mercados internacionales. Pero también de más capacidad de respuesta del sector productivo acumulada desde hacía décadas.

Hoy la deuda externa no es la que fue; los términos del intercambio siguen siendo los que fueron en todo el período K. Es decir las condiciones internacionales favorables se mantienen. Pero a pesar del crecimiento previo la economía atraviesa un período de tensión.

Esas tensiones devienen de cuestiones estructurales y por lo tanto, de no resolverse, amenazan el futuro. Un futuro que dificilmente cuente con el incremento sostenido de las ganancias de los terminos del intercambio y que posiblemente deba contar con un aporte reducido o nulo de las mismas a futuro.

Una de esas tensiones es la de las personas que viven bajo la línea de la pobreza. En términos porcentuales son un poco menos o iguales a algunos períodos de los 90; y por cierto menores y mucho, comparadas con la decadencia, iniciada en 1998, de la convertibilidad.

Lo grave es que, en términos de cantidad de personas, los que viven bajo la línea de pobreza hoy son muchos más. Estamos discutiendo alrededor de 8 millones de personas. Y entre ellas se destacan las personas jóvenes.

Dos comentarios.

Uno, las estadísticas, particularmente de precios, que se requieren para posteriores cálculos, están en discusión. La puesta en cuestión de las estadísticas oficiales ha sido realizada publicamente por funcionarios jerárquicos vinculados al tema. Cuando hablamos de pobreza se abre un abismo entre las estimaciones privadas – naturalmente débiles técnicamente – y las oficiales que arrojan evidencias de inconsistencia. Es obvio que las discusiones económicas deben partir de un consenso en los datos. Ese consenso está en default.

Pero son muchos los indicios que nos permiten afirmar que los excluidos –los pobres – son aproximadamente el 20 por ciento de la población, 8 millones de personas y con una enorme proporción de jóvenes. La pobreza no es sólo un resultado presente grave y negativo. Afecta al producto social potencial futuro a través de la capacidad de calificación de las personas. Entrar a toda marcha al Siglo XXI requiere de una población capaz de incorporarse en plenitud a las nuevas tecnologías. Los jóvenes en la pobreza pierden parte de ese potencial. Es una debilidad en el progreso. Pero además es una regresión. En 1974, hace 40 años, las personas bajo la línea de pobreza eran menos de 1 millón; y representaban, bien medido, menos del 5 por ciento de la población. Acerca de estos datos hay consenso pleno.

Lo nuestro no es falta de progreso sino regresión de largo plazo que, por cierto, no se debe a la gestión presente.

El segundo tema es qué ha hecho el sector público ante esta situación. No ha dejado los pobres a la deriva. Sí. Pero las acciones que se ejecutan – que no son sistémicas –  se transforman en paliativos o tal vez remedios. Pero los remedios no alimentan. Esta tensión del presente y del futuro, se mantiene incólume, a pesar del crecimiento y de las ganancias de los términos del intercambio.

Dos. La otra tensión, que también afecta al presente, a través del empleo;  y al futuro, a través de la productividad, es la demora en la inversión reproductiva. Podemos agregar a esto la debilidad de la infraestructura, que afecta a la productividad sistémica, particularmente en términos de energía y de transporte. En el aspecto de la infraestructura, lo que hemos hecho, está afectando nuestro potencial.

En energía nos afecta un presente escaso y deficitario en términos de comercio exterior. En transporte tenemos costos (económicos y sociales) superiores a los que se derivarían de una transformación apropiada.

Los datos de empleo están refiriendo que “la productividad” no es una característica de los nuevos puestos  de trabajo; y que los puestos de alta productividad no crecieron al ritmo de expansión de la economía.

Esta tensión se sintetiza en la falta de inversión en una economía que ha generado un excedente notable. Basta referir que en el primer período de Cristina Fernández 80 mil millones de excedente no se transformaron ni en crecimiento del sistema financiero local (ahorro) ni en inversión reproductiva. Simplemente se fugaron del país.

¿Qué nos dice el comentar el peso positivo de los términos del intercambio y la mención a estas dos tensiones extraordinarias? Nos dice que mientras la política de la deuda nos arrojó a una crisis sin salida (nada más lejano al éxito); la política presente – alentada por los términos del intercambio – no se ha plantado, todavía, frente al futuro. Pero tiene enormes posibilidades para hacerlo. El ciclo de las materias primas tiene resto. Aunque no es eterno.

La falta de inversión, y el no encarar un programa sistémico para erradicar la pobreza, puede llegar a constituir un peso demasiado fuerte aún para el soplo virtuoso del Sol Naciente.

Si raudamente no aligeramos ese peso corremos el riesgo de ver apagarse el soplo y tener, sin el peso de la deuda externa, el peso de deudas internas dificiles de soportar.

Con deudas, internas o externas, se puede avanzar pero está probado que no se progresa.

La falta de progreso devora al tiempo. El que no piensa en futuro siempre llega tarde. Estamos a tiempo.  Esa es nuestra permanente  esperanza: gracias a nuestro potencial, a pesar de cada presente, siempre estamos a tiempo.

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03 junio 2013

PENSAR EL FUTURO O LLEGAR TARDE

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