¿Despertará la política?

16 de junio de 2013
Una versión abreviada se publicó en El Economista
Por Carlos Leyba
Se largó la competencia 2013 por el poder; de ella depende la posibilidad “pacífica de la reelección”. No hay proyecto K sin Cristina. ¿Podrá sustituirse la Reforma por “Fulano al Gobierno, Cristina al poder, renuncia de Fulano y nueva elección? Cuál es el para qué, en términos sólidos, el proyecto de país, de unos y de otros? La carencia de suficientes trayectorias políticas, de claridad de diagnósticos y de proyectos sistémicos; es la consecuencia del adormilamiento de la política; del desguace de los partidos; y de su reemplazo por operadores, militantes o managers, cuyas visiones no pasan por un proyecto sugestivo de vida en común sino por otros horizontes simplemente menores, cortos, que no superan las hojas del calendario electoral. El cambio de horizontes es el despertar de la política. Lo estamos esperando.
Con el cierre de la inscripción de las alianzas electorales se largó la competencia 2013 por el poder.
De lo que resulte serán, mayores o menores, las posibilidades “pacíficas de la reelección”.
Pero ningún resultado hará declinar la decisión del kirchnerismo de “ir por todo” que es, por definición, la manera de expresar la irrevocable decisión de la continuidad de CFK al frente del Gobierno. No hay proyecto K sin Cristina.
¿Hay alguna posibilidad de reformar la Constitución? ¿La mayoría de dos tercios necesaria será la de los legisladores presentes o la del Parlamento? Podrá no ser una interpretación pacífica. En Harvard, Cristina fue contundente: del Parlamento. Pero…
O tal vez hay alguna probabilidad de armar en subsidio algo cómo “Cámpora al gobierno, Perón al poder”. En la idea no procedimental de la democracia, que se alienta en las filas oficialistas, la no reelección es una forma de proscripción; y la manera de salvarla sería, si no hay Reforma, un triunfo del candidato de CFK, comprometida su renuncia, la llegada de una nueva elección y CFK nuevamente al frente.
La elección de Héctor Cámpora fue consecuencia de la proscripción de Perón; y su renuncia, fue la consecuencia inevitable de su orfandad política. Es que la mayoría había votado a Perón; y él le había transferido los votos a Cámpora. Ninguno de los que votó a Cámpora lamentó su renuncia. De inmediato Perón fue aclamado con un 30 por ciento más de votos que Cámpora. Cámpora fue el puente para eliminar la proscripción.
El 54 por ciento de Cristina, dejando de lado precisiones estadísticas, es formalmente un poco más que los votos de Cámpora; pero mucho menos que los votos a Perón. Pero, lo relevante es responder si es posible que CFK pueda hacer, en 2015, lo mismo que hizo Perón en 1973: hacer votar a un candidato débil, secundario, menor; y reemplazarlo para terminar con la proscripción.
CFK – sin reformar la Constitución  – puede intentarlo, si tiene una mayoría contundente para el que haya elija. Pero esto depende de lo que ocurra en 2013. Las encuestas van y vienen. Pero en realidad, el resultado de la carrera electoral, depende de los que realmente larguen y corran.
En la carrera el equipo oficialista aparece disciplinado. El opositor francamente disperso.
El oficialista suma trayectorias, discursos, opiniones que, si uno las analiza, son profundamente contradictorias en sí; y además entre sí. Pero la disciplina del partido del Estado establece muros de consolidación de los que sólo pueden escaparse muy pequeñas filtraciones. Esos muros de consolidación se han hecho muy altos; y es difícil que se produzcan migraciones, de votantes libres, hacia el interior del oficialismo o de los de adentro hacia afuera. El oficialismo tiene lo que tiene; y no lo va a perder. Consolida un voto estanco. ¿Cuánto es ese voto estanco en porcentaje? Todo indica que es la primera minoría. Y eso es toda una definición que se completará con el tamaño de la distancia entre la primera minoría y lo que le sigue.
El tamaño de lo que le sigue a la primera minoría depende de la división que se genera. El partido del Estado, que es siempre el oficialismo, divide a la oposición a la vez que sus potenciales votantes multiplican sus deseos de unificación.
Los potenciales votantes no valoran positivamente las diferencias al interior de la oposición. Pero los opositores se dividen para que los potenciales votantes los consideren. Esa contradicción refleja la distancia entre la realidad – representada por los potenciales votantes – y la percepción autorreferencial de los opositores.
El equipo opositor, disperso, se divide por trayectorias, por discursos y por opiniones. Y sin embargo dentro de cada subdivisión se encuentran abismos de trayectorias, de discursos y de opiniones. No hay muros de consolidación; y las migraciones o fugas, son continuas. Y además, los estrategas del oficialismo, operados por asociados comunes a unos y otros, introducen, en cada espacio, nuevas divisiones, todas ellas, disimuladas en el “personalismo” de los dirigentes que – en realidad – es la lógica del marketing que ha fagocitado a la política.
En realidad esta enfermedad, sin duda, es propia de la época y ha generado el negocio de los gurues asesores de aquellos que aspiran a figurar en las encuestas. En estas tierras el que contagió la enfermedad fue Julio Mera Figueroa, con su invención de Palito Ortega y de Lole Reuteman por el sólo hecho de que ya tenían, antes de la política, una enorme inversión en imagen publicitaria: eran en realidad, socios capitalistas, en el sentido comercial de la palabra, en tanto aportaban imagen. Julio a su vez heredó de Vicente L. Saadi la célebre libreta en la que figuraban los punteros del PJ de todo el país y las mañas para sumar sin problemas, desde el aporte financiero y la cara para gestionar el diario de Montoneros, más el acuerdo con la UCR para la estructura judicial y sellarlo con el reparto generoso de los Registros de Automotor. Eduardo Duhalde instaló – en ese marco – la dependencia de las encuestas – otro negocio – que transformó, a la pedagogía de rumbo como materia central de la política, en el seguimiento de la opinión encuestada. Los dirigentes, cuando están en el llano, trabajan de recoger encuestas y repetir lo que ellas dicen. Pasaron de conductores a conducidos. Siempre hay excepciones y mientras existan hay esperanza.
En ese marco, y en estas elecciones al igual que en todas las que presidió el kirchnerismo, hay un Caballo de Troya, funcional al oficialismo, para cada fragmente de la oposición. La idea de los estrategas del oficialismo es que siempre haya un “candidato de división”. El objetivo es que la primera minoría, el oficialismo, supere por un amplio margen al primero del pelotón opositor. Diez, quince, puntos de ventaja respecto del segundo dejará a la oposición con muchos votos pero que no son sumables. Lo mismo pasó cuando CFK compitió por la primera presidencia.
Lo que hoy está en juego electoralmente es una clasificación para la gran carrera. Y en este punto de largada nos interesa relevar qué es lo tenemos compitiendo. Sabemos que la competencia es por el poder; pero, ¿quiénes compiten, por qué y para qué?
Aproximémonos a la imagen que nos está brindando esta largada y comparémosla con un marco teórico. Para ello recurramos a la visión de José Ortega y Gasset del atleta lanzado a la carrera. Manos firmes sobre la tierra; un pie sostenido en el pasado; y la mirada firme, cabeza erguida, puesta en el horizonte. Esta es la visión que estimula nuestra expectativa frente al comienzo de una competencia deportiva. Los que están allí los identificamos, se identifican; se aprestan; y tienen una meta, más allá de las estrategias del momento.
Esa misma visión debería estimular la participación popular ante cualquier carrera electoral.
Cada uno de los que aspiran al poder debería exhibirse con su trayectoria – el pie en el pasado, en su pasado -; su diagnóstico del presente – las manos firmes sobre la tierra, palpando la realidad -; y su proyecto, aquello para lo que aspiran el poder – la mirada firme en el horizonte-.
Con ese mensaje – su historia, su ubicación, su futuro- cada uno de los competidores cumpliría los requisitos necesarios para que la carrera electoral tenga sentido democrático: gobierno del pueblo, para y por el pueblo, y con el pueblo. ¿Acaso tendría sentido una carrera por el poder entre personas que no pudieran exponer de manera transparente su trayectoria política, su trayecto recorrido? ¿O una carrera entre personas que ignoraran dónde están, en qué país viven, qué es lo que le duele a la sociedad y cuál a su criterio las causas del dolor? ¿O entre personas que simplemente compitieran por el poder sin tener, y sin ofrecer claramente, su proyecto para el colectivo?
Ese escenario de carencia de trayectorias, diagnósticos y proyectos, sólo tendría sentido para los competidores para sí. Pero no tendría un sentido colectivo. En ese caso estaríamos frente a un proceso democrático débil porque no hay disponible un proyecto de vida en común, fundado y con capacidad de estar conducido. Fortalecer la democracia requiere de la sociedad alistarse para exigir el cumplimiento de esas condiciones a los competidores. La interpelación a los candidatos es ¿quién fuiste y quién sos? ¿Cuál es tu visión? ¿Qué proponés? ¿Cómo? Es que, en definitiva, sin proyecto de vida en común, la Nación es una palabra, no un proyecto. Y no hay nada que pueda ser realmente común sin esa interpelación previa.
¿Qué se puede decir sobre un corredor sin trayectoria? ¿Qué de uno que no revela su diagnóstico de los bienes y los males de presente? Y finalmente ¿cómo predicar acerca de alguien que no ha revelado su proyecto, su horizonte, su para qué el poder?
Si todos los competidores fueran personajes en el aire, con ausencia de testimonios vividos; de atención perspicaz de lo que ocurre, aquí y ahora; o incapaces de verbalizar un rumbo; entonces, la competición carecería de sentido colectivo y común, en el doble sentido de esa expresión. Eso no es política. Es marketing. Peor. Es solamente la persecución de la suerte para el corredor: el cargo un premio y  no un compromiso.
La política, el ejercicio del poder legítimo, requiere antes que nada, siguiendo a Ortega, tener ideas claras acerca de lo que hay que hacer desde el Estado para construir la Nación. Y esa idea no se puede concebir sino es a partir de un proyecto, un horizonte, un rumbo. Y el proyecto no se puede articular sin un diagnóstico de la realidad y las circunstancias. Y no se puede ejecutar el proyecto sin contar con la confianza popular que, en democracia – y cuando no media dádiva del poder – surge de la trayectoria política de cada cual. Es muy importante remarcar cuáles son las condiciones en las que se genera la auténtica y necesaria confianza popular. La basada en la trayectoria apuntala la calidad de la democracia. Sin embargo, para la mayor parte de los actores visibles de la política, la trayectoria es un valor que ha caído en desuso. Pero, atención, una trayectoria sinuosa hace riesgoso el tránsito de los que van por detrás. Veamos.
Entre los más conspicuos articuladores del discurso crítico del menemismo se encuentran aquellos que lo hicieron al menemismo. Al inventario de “las cosas del menemismo” nadie lo ignora. Sin embargo los verdugos de hoy son sus padres. Es una violación al sentido común. Hacen cola para vituperar al menemismo los que se empujaban para estar en la foto con Carlos Menem.
En otros espacios también ocurre esa fragilidad de trayectoria. Ejemplos: el más lúcido crítico de la convertibilidad, en tiempos de Domingo Cavallo, fue Jefe del gobierno que se hundió por conservar la convertibilidad. Un ministro K, el que provocó la mayor derrota política de la gestión CFK; y que avaló el tren bala a Rosario, hoy es crítico de esos actos pero sin arrepentimiento y, peor, con la asignación de culpa a un tercero. La genética de la ausencia de trayectoria es negar el propio pasado: oportunismo.
Sin dirigentes fieles a una trayectoria, o que no ponen luz de giro al ejercer el derecho de cambio, es imposible construir la confianza en la política. En ausencia de trayectoria la democracia con participación y representación es una casualidad.
Pero no todo es negro: un ejemplo reciente es el de un ex ministro de economía K que renunció para no avalar el estropicio del INDEC y para no avalar el tren bala. Mantuvo la trayectoria. Y hay muchos dirigentes que pueden acreditar trayectoria en todos los espacios.
Pero también están en el candelero los que construyen una trayectoria ad hoc. Es el ejemplo de las viudas K. Todos ellos dicen, luego de haber estado en el gobierno, que-  hasta que ellos partieron – se habían hecho las cosas bien en el gobierno. Y que dejaron de hacerse bien cuando ellos salieron del gobierno. O peor, que en su área se hizo todo bien, pero que -al mismo tiempo -las demás áreas eran un aquelarre. ¿Cómo se puede formar parte de un gobierno sabiendo que un compartimento es un aquelarre? ¿La pierna derecha va para un lado, la izquierda para otro? ¿Cómo ser parte decisoria de un gobierno, no uno ni tres ni meses, sino años, sin ser parte de un todo?  Estos barros siempre vienen de aquellas lluvias.
En síntesis la trayectoria importa porque de ella depende la confianza. La democracia exige participación popular. Pero también que quienes gobiernan asuman que son solamente representación que debe dar cuenta de sus actos. La disponibilidad de trayectorias es un elemento fundamental, sobre todo, cuando los partidos políticos se encuentran en estado de anemia. Y ese es el estado de nuestros partidos.
Vamos a la disponibilidad de diagnóstico. ¿Hay en los discursos de la política diagnóstico profundo, sobre los males y las causas de los males, de la sociedad? El lenguaje binario de la televisión lleva los políticos a remolque. Pero ¿cuándo ellos se apean de la ametralladora banal de los medios, esos dirigentes, revelan sus reflexiones? Veamos.
Un diagnóstico económico, en una sociedad que necesita de transformaciones, no puede hacerse sin conocer el estado de los términos de la función de producción: trabajo, recursos naturales, capital en todas sus acepciones.
Empecemos por lo principal: la población, la fuerza de trabajo actual, futura y pasiva. Sólo el 10 por ciento, tal vez el 15, está empleada en actividades de alta productividad. Bastante menos del 60 por ciento tiene empleos formales o de jornada completa. Las oportunidades de vida no se cesan de concentrarse en las grandes ciudades al tiempo que abandonamos la conquista de nuestra inmensidad territorial yerma. Los fracasos en las pruebas internacionales de educación acreditan un retroceso que encoge el potencial nacional. El 20 por ciento de la población vive en la pobreza. Otros no están ahí el primer día del mes. Pero a lo largo de las semanas y al correr de la inflación, al término del mes, vuelven a la condición de pobres. Mes tras mes deben ser rescatados para no caer en la pobreza. ¿Cómo lo llamamos a esto? La AUH – ¿quién puede criticarla? – es un paliativo para el trabajo en negro y el desempleo. Pero estos dos problemas son más que graves y están sin solución. ¿Cuál es el diagnóstico de los dirigentes sobre este término de la función de producción social?
El segundo término, de la función de producción, es el patrimonio inmenso de nuestros recursos naturales. Pero ¿cuál es el diagnóstico que se expone frente a la tendencia al monocultivo, la baja en el valor agregado exportador que representa exportar más forraje que proteína animal, la condena de la abundancia? O ¿cuál el diagnóstico acerca de los problemas de la explotación minera, la deforestación, los manejos del agua para la producción, etc.? ¿Quién se interroga a viva voz por estas cuestiones; y quién responde fundadamente los porqué que nos atrasan en términos de nuestro potencial?
El tercer término es el capital, imprescindible para poner en marcha el trabajo de explotar la naturaleza al servicio del bienestar presente y futuro. En las Cuentas Nacionales se computa como inversión la construcción residencial. Pero ¿qué lógica productiva tienen que el 30 por ciento de los metros construidos en Buenos Aires, en los últimos años,  sea de edificios suntuarios? ¿Qué impacto en la productividad tiene esa supuesta inversión contable que, en realidad, es un ahorro en ladrillos? Nuestra economía tiene un atraso descomunal – descomunal – en capital productivo. Y ni la dimensión ni la calidad de la infraestructura, ni la del equipo reproductivo, se compadece con la que exige nuestro potencial. Un territorio vacío y rico y una fuerza de trabajo desperdiciada.
En estos términos ¿cuál es el diagnóstico de los políticos, de los economistas orgánicos de los partidos o de los divulgadores, acerca de esto que es lo determinante de “todo lo demás”?
¿Qué es todo lo demás? Por ejemplo, la inflación, la regresión distributiva, los problemas fiscales y del sector externo y las cuestiones monetarias. Todas esas cuestiones y muchas más, en tanto que problemas, surgen de las condiciones en las que opera la función de producción y no al revés. Estos diagnósticos y el orden causal de los problemas, está fuera del debate tanto de la oposición como del oficialismo. Hay excepciones. Pero en esta dimensión adiagnóstica operan, casi todos, de la misma manera.
En términos generales, las excepciones cuentan, pero el escenario lo forman los términos generales y allí estamos en ausencia de trayectoria y en ausencia de diagnóstico. En esas condiciones |hablar de proyecto es una quimera.
Una quimera no es una utopia. Quimera es un animal fantástico de la imaginación, una aventura irrealizable. Es cierto que sin sueños, sin utopías, las sociedades agonizan. Pero, sometidas a la quimera, las sociedades se extravían. Y cuando se estrellan en el delirio, buscan la redención con la violencia del chivo emisario.
Dijimos que hay excepciones. En la largada hay personalidades con trayectoria; y módulos de diagnóstico. Y hasta hay exposición de proyectos aunque parciales, incompletos, como consecuencia de diagnósticos también truncos. Es que, a pesar de la buena voluntad, no hay proyecto sin recurso y sin gerencia. Por eso es condición previa, trayectoria y diagnóstico, para definir un proyecto. Recién estamos en la línea de largada y tal vez algo este por alumbrar. ¿Hay una alternativa a la carencia?
Sí la hay. Por ejemplo “la prospectiva”, el deseo. Una frase resuena a la manera de “yo tengo un sueño”. Ese es un sano estado del alma. Porque “el sueño” puede motivar a generar diagnóstico y a encontrar trayectorias a su servicio.
Estamos en la línea de largada y es cierto que, en el curso de la carrera, todo puede cambiar. En eso reside la esperanza: la esperanza es la posibilidad del cambio y también la expectativa del mismo.
Pero ¿hay sueños? ¿Cómo es la Argentina que, al menos, desean los corredores? ¿Dónde y cómo ocurre ese sueño?
Exploremos el pasado del espacio político más amplio y dominante de nuestra historia reciente. Cualquiera sea la opinión que se tenga de Juan Perón habrá que reconocer que su sueño, su primer mensaje, fue el de ser “el primer trabajador” para más justicia social, independencia económica, soberanía política. Olvídese de que Perón lo dijo. ¿Quién negaría que la idea del trabajo y esas tres propuestas llanas, conforman un sueño hoy apetecible? Pero no es un proyecto. Es un sueño que puede provocarlo.
Carlos Menem, nacido del peronismo, fue, por el contrario, el primer consumidor. No era un sueño, sino una hipnosis letárgica de primer mundo adquirido contra deuda que no se iba a poder pagar. Olvídese de Menem. Pero la excluyente apuesta al consumismo, sin epopeya inversora, en la que casi todos los políticos de hoy parecen estar aletargados, sepulta los debates de la función de producción, a los que hemos aludido, en la cotidianeidad numérica y ramplona, de los ping pong periodísticos de la inflación, de los problemas fiscales, cambiarios y monetarios. Son problemas. Claro que sí. Pero de segundo orden en términos estructurales.
En estas condiciones de largada, envueltas en las mareas de encuestas que van y vienen, la trama profunda de la Nación pide a gritos la vuelta de la política, es decir, el retorno del sentido de Ortega tanto de la política como de la imagen de los atletas prestos a la largada.
La política es algo mucho más serio y necesario, de lo que parece ser “la política” cuando se escucha la “política” en los medios. Pero lo serio y necesario por ahora no aparece.
El consuelo es que habiendo recién largado puede que, del cansancio, surja el sueño reparador. El sueño, paradojalmente, puede ser la manera de despertar la política. Todo llega.
Ahora, la largada 2013, con las condiciones necesarias ausentes, está comprometida con lograr que 2015 sea una competición con o sin CFK. Esto es lo que en realidad nos proponer discutir. Aunque parezca reduccionista, sin definiciones profundas, es una pelea por la administración. ¿Por qué?
Porque es imposible encontrar, en uno y otro alineamiento, el para qué.
Al presente y desde hace rato, la algarabía discursiva, la pasión actoral, no se encarna en la búsqueda y el anuncio, de un proyecto que merezca el nombre de tal y nos cobije a todos; tampoco la claridad conceptual de la palabra alumbra la realidad y las causas que la provocan; y pocos son los que, al conjunto, le inspiran, en todos los planos, la confianza de la trayectoria conocida e imaginable.
Todo esto es la consecuencia del adormilamiento de la política y el desguace de los partidos; y su reemplazo por operadores, militantes o managers cuyas visiones, necesariamente, no pasan por un proyecto sugestivo de vida en común sino por otros horizontes. El cambio de horizontes es el despertar de la política. Es lo que estamos esperando.
Política como pedagogía de rumbo; reversión de la tendencia a la frivolidad del marketing; conciencia de que la “existencia del todo” depende del respeto por “las partes” y estas se expresan en partidos capaces de señalar trayectoria, asumir diagnósticos, proponer proyectos. Como todo eso no está es que la respuesta del millón es si despertará la política.
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16 junio 2013

¿Despertará la política?

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